Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.

Las cuchillas de afeitar también sirven para cotarse las venas.

Hay cosas que uno hace sin saber por qué, sin un motivo aparente, simplemente se hacen y ya está. Últimamente no me afeitaba, he estado dejándome la barba durante meses. Tenía la pinta de un bohemio que deja su estética en manos de la naturaleza, de alguien que descuida su aspecto porque le importa un comino la imagen que da. Pero el Lunes fue uno de esos días que te levantas, te miras al espejo y sin más decides afeitarte. Y así lo hice.

Luego me fui al instituto. Entré un poco tarde a la clase de latín, no pasaba nada, en latín no hacemos nada. Me adentré en la clase y al acercarme a la gente una compañera me vio y dijo: “¡Caray! ¡Te has quitado veinte años de encima sin la barba!”. Pues vale, pensé. Me senté en la última fila y el que estaba sentado delante de mí se giró y me dijo: “pareces más joven”. Hice cara de simpático y me callé.

Pasó la primera hora de clase y tuve que ir a otra aula donde hacemos la mayoría de clases y en la que coincido con otra gente. Mientras esperábamos al profesor, se me acercó una chica, la más joven de toda la clase, y me dijo:

- Anda Fredy ¡Te has afeitado¡ ¿Cómo es eso?

No contesté, me quedé mirándola, ¿cómo es eso? Pensaba, ¿tenía que dar una respuesta explicativa, razonada y argumentada al porqué de mi decisión de afeitarme? La tía se quedó mirándome y esperando una respuesta. Yo no sabía qué decir y permanecí callado. Ella se pensó que no la había escuchado bien y volvió a repetir: “¿Cómo es que te has afeitado?” Dejando la boca entreabierta y los ojos entornados como una estúpida. Me dieron ganas de decirle: “¿Yo te pregunto por qué te afeitas el coño? ¿No? ¡Pues déjame en paz!”. No sabía cómo argumentar por qué me había afeitado. Me encogí de hombros y le dije: “No lo sé”. Ella levantó la cabeza y dijo: “ah” y se fue no sé si muy satisfecha. Al rato vino el profesor y empezó la clase. Me senté en la mesa donde me pongo habitualmente. El que se sienta a mi lado, mientras el profesor explicaba, me dijo por lo bajo: “¿Te has afeitado eh? Pareces otro”, lo miré, le sonreí y me giré para mirar la pared blanca, más blanca que nunca. Me pregunté qué sentiría un terrorista cuando se inmola sabiendo que se lleva a toda la gente que le rodea por delante. Yo estaba a punto de explotar y no llevaba ningún cinturón de explosivos.

La clase finalizó y tomé otro respiro, decidí quedarme en el aula sentado y esperando a que llegase el próximo profesor. El compañero de al lado y el que se sentaba delante se pusieron a hablar:

- Esta mañana he corrido 3 kilómetros en media hora.

- Eso no es nada – dijo el otro -. Yo esta mañana he estado levantado ochenta kilos en pesas, he hecho cuatro series y en la última ya no podía más. Mira – levantó el brazo -. Tengo esto durísimo, toca, toca, me duele mucho, seguro que voy a tener agujetas.

Así estuvieron durante unos minutos que se me hicieron eternos. Mientras tanto yo me preguntaba si sería cierto que la muerte por inhalación de dióxido de carbono era tan placentera como dormirse y pensé que el suicidio no parecía una idea tan disparatada.

De pronto, el que estaba hablando de sus músculos, viendo que no participaba en la conversación se interesó en saber mi opinión, quizás fuese por el morbo de saber qué opinaba el raro de la clase al respecto, y me preguntó:

- ¿Y tú? ¿Haces algún deporte? ¿Te gusta ir a correr?

Lo miré, como quien mira a un maniquí y contesté:

- Desprecio el culto al cuerpo y todo en general, no me gusta el mundo material.

El de las pesas echó una mirada cómplice al corredor, les parecía una tontería lo que les había dicho. Entonces me preguntó:

- ¿Tú eres como Platón no?

- No, yo no creo en el alma, pero soy bastante idealista.

- ¿Y es cierto que te gustaría estudiar filosofía? – dijo el otro.

- Me gusta la filosofía, pero yo quiero hacer periodismo, si no tuviese la nota suficiente para hacer periodismo no descartaría estudiar filosofía.

Una chica que estaba allí de pie escuchando lo que decíamos me dijo:

- ¿Es verdad que te gusta la filosofía?

- Sí – consté girándome y mirándola desde abajo. Pensé que estaba interesada en mis inquietudes.

- ¿Y cómo te puede gustar eso? – dijo con cara extrañada y desencajada.

- No lo sé. Simplemente me gusta.

- ¿De verdad? ¡Qué fuerte! – Se acercó a mí para que no lo escuchase nadie más, y me dijo en voz baja: - No digas eso a nadie que se reirán de ti.

¿El suicidio era una idea disparatada? El suicidio, pensándolo bien, era una idea razonablemente válida.

Transcurrió la clase de historia del arte, muy interesante como siempre. Luego siguió la clase de literatura. La profesora nos ha mandado leer “Luces de bohemia” y estaba comentando la biografía de Valle-Inclán.

- Valle-Inclán era un personaje al que le gustaba mucho mentir con su biografía para mitificarse, contaba que su brazo lo había perdido en una guerra en la que nunca había participado, le gustaba mucho fantasear con su biografía.

Cuando de pronto, el que se sentaba a mi lado, que era uno de los de la conversación de los musculitos, dijo:

- Como Fredy

- ¿Cómo? – preguntó la profesora -. ¿Por qué dices eso? – Yo estaba expectante por saber por qué había dicho eso.

- Antes ha dicho que no le gustaba su cuerpo.

- ¡Yo no te he dicho eso! – salté -. ¡He dicho que despreciaba el mundo material!

- Bueno, pues eso – dijo como si fuese lo mismo -. Es un personaje misterioso. – Dijo de broma mientras reía.

- Pero eso no está nada mal – contestó la profesora.

- Y dice que es como Platón.

- ¡No he dicho eso! – contesté.

- ¡Ah! ¡Y también dice que le gustaría estudiar filosofía!

La ventana estaba a mi lado, pero era un primer piso. Miré a la profesora, ella me entendía, sabía qué estaba pensando yo en ese mismo momento, había leído algunas cosas de las que había escrito y eso me reconfortaba. Me quedé quieto y callado. No quise decir nada.

Al terminar la clase, cuando caminaba por el pasillo dispuesto a irme a casa, se me acercó uno y me dijo:

- ¡Te estaba mirando y no te reconocía! ¿Te has afeitado eh?

Jueves, 02 de Febrero de 2006 16:30 #. Tema: Cosas de la vida Hay 15 comentarios.

El clima y el tiempo

Esta semana ha pasado muy rápida y coincide con que ha hecho mucho frío. Posiblemente la sensación de que el tiempo ha pasado tan rápido sea porque las temperaturas llegan a ser tan bajas, que durante unos segundos todos nos quedamos congelados a la vez sin ser conscientes de ello, el tiempo pasa, y cuando de nuevo suben las temperaturas, nos descongelamos, reanudamos la marcha y nos da la sensación de que el tiempo ha pasado rápido sin saber por qué.

Y cambiando de tema, propongo una pregunta a los visitantes: ¿Por qué las tardes de los domingos son tan tediosas?

Que alguien me lo explique.
Martes, 07 de Febrero de 2006 10:48 #. Tema: Divagaciones Hay 8 comentarios.

Estudiando inglés.

Sigo trabado con el inglés, es mi eterna asignatura pendiente desde los tiempos paleozoicos de EGB, ya entonces siempre me quedaba la asignatura pendiente para septiembre. Es extraño, todas esas horas que he empleado estudiando inglés a lo largo de mi vida han sido completamente inútiles. Nunca he memorizado nada ni he aprendido nada. Lo único que he hecho ha sido arrojar apuntes dentro de un agujero negro que jamás devuelve lo que traga. Todos mis conocimientos se los ha tragado mi materia gris. Me pregunto en qué borrachera perdí todas esas neuronas que albergaban los conocimientos que una vez me ayudaron a aprobar

Durante el tiempo que estudié administrativo también tuve la asignatura de inglés, pero era mucho más fácil, entonces, nuestro profesor, viendo las pocas perspectivas de futuro que teníamos, sumadas a las pocas ganas de trabajar, nos aprobaba sin hacernos examen. En esas clases lo único que hacíamos era hablar de Gran Hermano, Crónicas Marcianas, Operación Triunfo... el resto daba igual.

Ya lo sé, no es ninguna excusa, debería estudiar y sacármelo todo con buena nota, pero eso de aprender cosas ilógicas que no tienen ni pies ni cabeza lo llevo fatal. Me desespero fácilmente cuando me autocorrijo ejercicios con las soluciones del libro y descubro que lo hago mal sin entender por qué. Es cuando comienza mi recital de preguntas retóricas: – ¿Por qué? ¿Por qué esto no es así? ¿Por qué Dios mío? – y miro por la ventana mientras blasfemo contra dios, la virgen y todos los santos esperando que se abran las nubes y aparezca la voz de dios para explicarme cómo se escribe bien en inglés. Pero no, no aparece nadie, entonces intento tranquilizarme y le digo a Dios: –Venga, Dios mío, no era mi intención ofenderte, prometo hacerme católico si me pones una lengua de fuego de esas sobre mi cabeza que hace hablar todos los idiomas... aunque sólo sean los días que tengo examen. ¡Por favor! ¡Te lo suplico!–. Pero no viene la lengua de fuego por ninguna parte y comienzo a cagarme en San Pentecostés y la única lengua de fuego es la mía. Al cabo del rato, pienso que durante el tiempo que he estado hablando solo y lamentándome, hubiese podido leer los apuntes e intentar entenderlo. Pero estoy así de loco. ¿Qué se le va a hacer?
Sábado, 11 de Febrero de 2006 02:48 #. Tema: Cosas de la vida Hay 7 comentarios.

EL GRAN POETA - Charles Bukowski

Como sigo bastante ocupado con ciertos menesteres, de nuevo os dejo con un relato del extraordinario Bukowski.

Fui a verle. Era el gran poeta. El mejor poeta narrativo desde Jeffers; aún no había cumplido los setenta y ya era famoso en todo el mundo. Sus dos libros más conocidos quizá fuesen Mi pena es mejor que la tuya, ¡ja! y El chicle que murió de tristeza. Había enseñado en varias universidades, había ganado todos los premios, incluido el Nobel. Bernard Stachman.

Subí las escaleras de la YMCA. El señor Stachman vivía en la habitación 223. Llamé. «¡PASE, COÑO, PASE!», gritó alguien desde dentro. Abrí la puerta y entré. Bernard Stachman estaba en la cama. Flotaba en el aire un olor a vómito, vino, orines, mierda y alimentos podridos. Sentí náuseas. Corrí al cuarto de baño, vomité; luego salí.

—Señor Stachman —dije—. ¿Por qué no abre una ventana?

—Buena idea. Y nada de «señor Stachman», mierda, me llamo Barney.

Estaba impedido. Tras un gran esfuerzo, logró incorporarse en la cama y aposentarse en la silla que había al lado.

—Ahora, listo para una buena charla —dijo—. Era lo que estaba esperando.

Junto a su codo, en la mesa, había una jarra de un galón de tinto italiano llena de cenizas de cigarrillos y polillas muertas. Aparté la vista, luego miré otra vez. Tenía la jarra en la boca, pero la mayor parte del vino se le derramaba por la camisa y los pantalones. Bernard Stachman posó la jarra.

—Exactamente lo que necesitaba.

—Debía utilizar un vaso —dije—. Es más cómodo.

—Sí, creo que tiene razón.

Miró a su alrededor. Había unos cuantos vasos sucios y me pregunté cuál escogería. Escogió el que le quedaba más cerca. El fondo del vaso estaba cubierto por una sustancia amarillenta, endurecida. Parecían restos de pollo con fideos. Escanció el vino. Luego, alzó el vaso y lo vació.

—Sí, esto es mucho mejor. Veo que ha traído una cámara. Supongo que querrá hacerme fotos.

—Sí —dije.

Me acerqué a la ventana, la abrí y respiré aire fresco. Llevaba días lloviendo y el aire estaba límpido y fresco.

—Oiga —dijo—, hace horas que tengo ganas de mear. Tráigame una botella vacía.

Había varias botellas vacías. Le acerqué una. El pantalón no tenía cremallera, sino botones, y sólo tenía abrochado el de más abajo, porque no le cabía en el cuerpo. Hurgó en la bragueta, se sacó el pajarito y puso el capullo en la boca de la botella. En cuanto empezó a orinar, el pajarito se tensó y empezó a cabecear, esparciendo la orina por todas partes... por la camisa, los pantalones y la cara; increíblemente, el último chorro fue a darle en la oreja izquierda.

—Es una mierda esto de no poder valerse —dijo.

—¿Cómo fue? —pregunté.

—¿Cómo fue el qué?

—El quedarse así, impedido.

—Mi mujer. Me pasó por encima, con el coche.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Dijo que no podía soportarme más.

No dije nada. Tomé un par de fotos.

—Tengo fotos de mi mujer. ¿Quiere ver fotos de mi mujer?

—Sí, claro.

—El álbum de fotos está allá, encima de la nevera.

Me acerqué, lo cogí, me senté. Sólo había fotografías de zapatos de tacón alto y esbeltos tobillos de mujer, piernas cubiertas de medias de nylon, ligueros, pantys y toda clase de piernas. En algunas páginas había pegados anuncios del mercado de carne: Redondo de ternera, 69 centavos la libra. Cerré el álbum.

—Cuando nos divorciamos —dijo—, me los dio.

Bernard buscó bajo la almohada de la cama y sacó un par de zapatos de tacón alto, unos zapatos de largos tacones de aguja. Los había hecho cubrir con una capa de bronce. Los colocó en la mesita de noche. Se sirvió otro trago.

—Duermo con esos zapatos —dijo—. Hago el amor con ellos y luego los lavo.

Tomé algunas fotos más.

—Oiga, ¿quiere una foto? Esta es una buena foto.

Se desabrochó el único botón de la bragueta. No llevaba calzoncillos. Cogió el tacón del zapato y se lo metió por el trasero.

—Así. Saque una así.

Hice la foto.

Le resultaba difícil mantenerse en pie, pero lo logró apoyándose en la mesita.

—¿Sigue escribiendo, Barney?

—Yo escribo siempre, coño.

—¿Y sus admiradoras no le interrumpen en su trabajo?

—Bueno, sí, a veces, las mujeres me encuentran. Pero no se quedan mucho.

—¿Se venden sus libros?

—Hombre, recibo cheques por mis derechos  de autor.

—¿Qué aconseja usted a los escritores jóvenes?

—Que beban mucho, que jodan mucho y que fumen muchos cigarrillos.

—¿Y qué aconseja a los escritores de más edad?

—Si siguen aún con vida, no necesitan consejos.

—¿Cuál es el impulso que le mueve a crear un poema?

—¿Y usted, por qué caga?

—¿Qué piensa usted de Reagan y del paro?

—No pienso en Reagan ni en el paro. Todo eso me aburre. Como los viajes espaciales. Y la liga de béisbol.

—¿Cuáles son sus preocupaciones, entonces?

—Las mujeres modernas.

—¿Las mujeres modernas?

—No saben vestir. Llevan unos zapatos espantosos.

—¿Qué piensa usted del movimiento de liberación de la mujer?

—Si ellas están dispuestas a trabajar lavando coches, empujando el arado, cazando a dos tipos que acaben de asaltar una licorería, o limpiando alcantarillas, si están dispuestas a dejar que les rebanen las tetas de un tiro en el ejército, yo estoy dispuesto a quedarme en casa fregando los platos y a aburrirme quitando pelusilla de la alfombra.

—¿Pero no cree usted que tienen cierta razón en sus reivindicaciones?

—Por supuesto.

Stachman se sirvió otro trago. Incluso bebiendo del vaso, parte del vino se le derramaba por la barbilla y le bajaba hasta la camisa. Olía como un hombre que llevara meses sin bañarse.

—Mi esposa —dijo—, aún estoy enamorado de ella. Déme el teléfono, por favor.

Le di el teléfono. Marcó un número.

—¿Claire? ¿Oye, Claire...? —Colgó.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Lo de siempre. Colgó. Oiga, vámonos de aquí, vámonos a un bar. Llevo demasiado tiempo en esta maldita habitación. Necesito salir.

—Pero es que está lloviendo. Hace una semana que está lloviendo. Las calles están inundadas.

—Eso a mí no me importa. Quiero salir. Lo más probable es que en este momento, ella esté jodiendo con un tipo. Probablemente tenga puestos los zapatos de tacón. Yo no le dejaba nunca quitárselos.

Ayudé a Bernard Stachman a enfundarse un viejo abrigo marrón. Le faltaban todos los botones. Estaba tieso de mugre. No era un abrigo de Los Angeles. Era grueso y pesado, debía proceder de Chicago o de Denver, y debía datar de los años treinta.

Luego, cogimos las muletas y bajamos laboriosamente la escalera. Bernard llevaba una botella de moscatel en un bolsillo. Llegamos a la entrada y me aseguró que podía cruzar solo la acera y subir al coche. Mi coche estaba aparcado a cierta distancia del bordillo.

Cuando corría dando la vuelta al coche para entrar por el otro lado, oí un grito y a continuación un chapoteo. Estaba lloviendo, llovía mucho. Di otra vez corriendo la vuelta; Bernard se las había arreglado para caerse y quedar encajado en el suelo entre el coche y el bordillo. El agua le corría por encima. Estaba sentado y el agua le desbordaba, le cubría los pantalones, le daba en los costados; las muletas flotaban torpemente en su regazo.

—No se preocupe —dijo—. Váyase y déjeme.

—Pero, por Dios, Barney.

—En serio. Váyase. Déjeme. Mi mujer no me quiere.

—No es su mujer, Barney. Están divorciados.

—A otro perro con ese hueso.

—Vamos, Barney, le ayudaré a levantarse.

—No, no. No se moleste. Se lo digo en serio. Usted váyase. Emborráchese sin mí.

Le levanté, abrí la portezuela y le coloqué en el asiento delantero. Estaba empapado. El agua le caía a chorros. Luego rodeé el coche y me coloqué al volante, a su lado. Barney destapó la botella de moscatel, bebió un trago y me la pasó. Bebí un trago. Luego, puse el coche en marcha y salí, mirando por el parabrisas, entre la lluvia, buscando un bar en el que pudiéramos entrar y no vomitar en cuanto le echáramos una ojeada al hediondo urinario.


Miércoles, 15 de Febrero de 2006 23:33 #. Tema: Divagaciones Hay 5 comentarios.

La duda metódica como forma de vida.

Sonó el teléfono y lo cogí.

- ¿Sí?

- ¿Está Juan?

- Me temo que se ha equivocado de número, aquí no vive ningún Juan.

- ¿No?

- No.

- ¿Estás seguro?

- ¿Cómo que si estoy seguro? ¿no voy a estar seguro de quién vive en mi propia casa o qué?

- Ah vale. Adiós – y colgó.

- Imbéciles –dijé mientras colgaba el teléfono de forma despreciable.

Estudiar mucho no me estaba sentando demasiado bien.

Viernes, 17 de Febrero de 2006 22:58 #. Tema: Cosas de la vida Hay 8 comentarios.

5 hábitos normales para mí. (extraños para los demás)

Ya hacía tiempo que me invitaron a hacer este pequeño cuestionario, pero hasta ahora no tenía ganas de hacerlo. Ahí os lo dejo.

1. No moverme la leche.

Sí amigos, me pongo 1/4 de vaso lleno de Nesquik, vierto la leche siempre fría. Pongo la cucharilla en el vaso (no puedo beberme la leche sin la cucharilla dentro del vaso, es como si le faltase algo) y sin moverlo me lo bebo (preferiblemente de un trago). En el fondo queda una capa de Nesquik húmedo y entonces hago uso de la cucharilla para comérmelo todo a cucharadas. Es el placer más exquisito del mundo, aunque muchos que me han visto hacerlo les parezca una auténtica guarrada y un peligro para la salud dental o se han quedado atónitos ante el espectáculo sin entenderlo.

2. Llegar siempre tarde a los sitios.

No puedo ser puntual. Vivo pasivamente. El año pasado simplemente lo atribuía a que tenía que madrugar y por eso llegaba un cuarto de hora tarde. Pero este año que entro a clase a las cinco de la tarde sigo entrando un cuarto de hora tarde. Sé que si saliese un cuarto de hora antes de casa llegaría puntual, pero mi cerebro ya está programado así y no puedo modificarlo.

3. Ir siempre por el camino de baldosas amarillas.

No sé si fue desde que vi el mago de oz. Pero al menos en mi ciudad todas las aceras están llenas de baldosas rojas y amarillas. Casi siempre me sorprendo pisando las amarillas, no soporto las rojas, les tengo manía. He conocido a gente que me ha caido mal tan sólo por decirme que preferían pisar las baldosas rojas ¿Cómo se atreven esos insensatos? Por otra parte, cuando no hay baldosas de colores, procuro no pisar ninguna línea y adecuar el ritmo de mis pasos para encajar mi pie justo dentro de la baldosa porque pisar la línea también me da rabia. Me encantó descubrir en la película “Mejor imposible” que había alguien que hacía lo mismo.

4. Vestirme en el ascensor.

En verano, cuando bajo por el ascensor, debido a mi pasividad citada, lo que hago es vestirme o acicalarme en el ascensor. Me pongo los zapatos, la camisa o cualquier cosa. Es porque no me gustan los espejos y, normalmente, sólo me enfrento al espejo cuando subo y bajo del ascensor. Me hago el pelo allí en el corto tiempo que dura el trayecto, de ahí a mi habitual aspecto dejadizo.

5. Escarbar en los contenedores de papel.

Desde que un día por simple curiosidad un amigo y yo comenzamos a escarbar en un contenedor de papel y encontramos numerosas revistas y libros interesantes no puedo evitar escarbarlos. Para ello tienen que estar llenos hasta arriba, de lo contrario no se puede coger nada. Una vez encontré más de 20 libros, todos ellos buenos, periódicos, revistas, ¡incluso un día había un diario personal de una que lo había tirado! Unos lo llaman síndrome de Diógenes (no sé que tendrá que ver el gran Diógenes aquí) yo lo llamo trabajo de investigación y ahorro.

Los que queráis seguir esta práctica, os recomiendo que busquéis en los contenedores de papel próximos a las bibliotecas públicas, suelen tener los más ricos desechos. Lo dicho... los contenedores de papel son una fuente de cultura gratuita.

Yo no voy a obligar a nadie a hacer este juego, simplemente lanzo la pregunta y si quieres contestas: ¿Y tus 5 hábitos normales para ti y exaños para los demás cuales son?

Martes, 21 de Febrero de 2006 13:58 #. Tema: Cosas de la vida Hay 10 comentarios.

Conversaciones interesantes

En el cuarto de hora de descanso la gente se agolpa en la puerta del bar para fumarse un cigarro, tomarse la merienda, estirar las piernas y, como siempre, todos hablan un rato. Yo no suelo intervenir mucho en las conversaciones, soy más bien reservado y silencioso. No me gustan mucho los charlatanes, ni esos que hablan por los codos, ni toda esa gente que dice que los silencios les resultan incómodos. El silencio es algo maravilloso, sobre todo cuando estás rodeado de gente que por sus bocas sólo expulsan mierda. A veces desearías ser sordo, o tener un mp3 que eclipse todas las expresiones que emiten esos cerdos erguidos que dicen llamarse humanos, que representan la zafiedad y mal gusto por todo.

Allí estaba yo, y a mi lado un compañero, el cual vestía con unos vaqueros, chaqueta Alfa con bolsillos casi en los pectorales, gafas y mirada de matón de moscas, que estaba hablando con otro y decía:

- Y cuando estoy allí y veo a todos esos moros, en serio tío, cerraría las puertas y le prendería fuego y que se quemasen todos. ¡Qué asco me dan! ¡Que se vayan a sus putos países!

Era el momento adecuado para intervenir. La charla podía ser interesante.

- ¿Por qué dices eso? – le pregunté.

- Por que sí tíooo, ¿Tú sabes lo que es entrar al pub y verte bailando a todos esos moros sin camiseta que dan asco? parece que si les miras te vayan a pegar, son unos chulos.

- ¿No conoces a chulos españoles? –formulé la pregunta de forma muy inocente pero con una malicia profunda, él mismo era un chulo.

- Sí, claro ¡pero tío! ¿A qué viene toda esa gente? Que vengan con contrato de trabajo y cuando acaben – y hace un gesto con la mano señalando a la puerta – que se larguen. Aquí sólo vienen a delinquir para que así los metan en la cárcel y quedarse ¿o es que no lo ves?

- ¿Tú no conoces a ningún español que haya delinquido?

- Claro tío, pero esos tíos... ¡que los echen del país! a un español no lo pueden echar.

- ¿Las leyes no son iguales para todos? ¿Es que si un español delinque no le hacen juicio o qué? ¿O es que quiere quedarse en el país?

- Que sí, que hay gente de toda clase, habrá gente buena y mala, pero esa gente, cuando acabe de trabajar, ¡que se vayan a su puto país y cuando tengan otro contrato que vuelvan!

- ¿No pueden quedarse en paro según tú? ¿Qué quieres? ¿Que haya gente de primera y segunda categoría? ¿Qué cuando un español se quede en paro tenga derecho a cobrar y a buscarse otro y si un inmigrante se queda sin trabajo que se vaya del país sin derecho a nada? ¿No crees que es una forma de legalizar la esclavitud?

- A veeer, a ver... que yo no tengo nada en contra de los inmigrantes eh. Que habrá gente honrada. Lo que yo digo es que cuando acaben que se vayan de aquí.

- Estás tocando un tema muy delicado que hay que ver con mucha perspectiva.

En ese momento pasó por nuestro lado una chica de buen ver, el chico clavó los ojos en ella y se enmudeció. Siguió la trayectoria de su culo hasta que se perdió a la vuelta de la esquina.

- ¡¡Jodeeeer!! Joder, joder, jodeeeeeer. ¡Que buena está! La cogería y le haría ¡Así! ¡Así! – hacía gestos extremadamente exagerados con la pelvis y los brazos como si estuviese esquiando– y asíi. ¡La madre que la parió!

Definitivamente, volví a pensar que el silencio es precioso. Me di cuenta que la conversación había terminado, era mejor hablar de otra cosa, por ejemplo, de fútbol.

Martes, 28 de Febrero de 2006 13:28 #. Tema: Cosas de la vida Hay 8 comentarios.