|
Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006. Parte oficial de guerra
Desde el cuchitril oficial del estudiantilísimo. Correspondiente al día de hoy, primero de junio de 2006. Año triunfal. En el día de hoy, acabados los exámenes de segundo de bachillerato. Han alcanzado las tropas estudiantiles sus últimos objetivos escolares.
El bachillerato ha sido aprobado. Baraka![]() Según los musulmanes, la baraka es una cualidad invisible, excepto por sus efectos, que hace tener grandes éxitos y suerte. Las personas con báraka están cerca de los dioses y están protegidos por ellos. La suerte de esta gente puede proyectarse e incluso se contagia. Pues bien, desde el día que dejé el trabajo me convertí en un ser con báraka. Yo trabajaba de promotor de telefonía móvil. Ese trabajo me disgustaba mucho y sentía que estaba echando mi vida a la basura. Mi “yo creador” estaba muriendo día a día en aquel puesto de trabajo. Estaba convirtiéndome en una pieza más del gran engranaje del mundo capitalista. Allí estaba agotando mi alma. Me estaba cosificando. Me estaban creciendo raíces en los pies y ramas en las manos. Dejé de ser una persona sin ilusiones porque sólo generaba dinero para comprarme cosas. Y en realidad, las únicas cosas que quería eran libros y música. ¿Realmente hacía falta sacrificar 7 horas al día durante 6 días a la semana, todos los días de mi vida para poder conseguirlo? Tenía un contrato indefinido y lo rechacé. Envié a la mierda a la empresa y todo el materialismo que la envolvía. Yo no quería convertirme en una rata más. Yo era un artista, un creador y no un vendedor de teléfonos de mierda. Decidí volver estudiar. Pero no quería estudiar el módulo de informática que estaba haciendo, no. Estaba apuntado a un módulo de informática porque creía que me gustaban los ordenadores y teniendo un título informático se me abrirían muchas puertas en el mundo laboral. Era un hipócrita que sólo pensaba en el dinero.
¿Quién era yo? ¿Qué quería yo? Yo era una persona preocupada por lo que pasaba en el mundo que de vez en cuando escribía, aunque no demasiado bien. Quería vivir la vida y no quería que el dinero me condicionase a la hora de tomar decisiones. Sólo quería hacer lo que verdaderamente me gustase.
Cuando acabé EGB mis padres me dijeron que yo no valía para estudiar. Yo me lo creí. Me arrebataron enseguida mis ilusiones y me convencieron de que estudiase formación profesional. Lo hice y, hoy en día, todavía no me ha servido ese título para nada. No quería volver a cometer semejante equivocación. Ahora que tenía capacidad de decidir por mí mismo y con 23 años a mis espaldas iba a hacer lo que siempre quise hacer: estudiar una carrera que me gustase. Para eso, tenía que matricularme en bachillerato y hacer los dos cursos, pero no importaba, quería luchar por mis sueños. Fui a matricularme y cuando entregué toda la documentación la secretaria me dijo: “veo que ya has hecho un módulo superior de administrativo, eso significa que no será necesario que hagas primero de bachillerato, tú pasarás directamente a segundo”. Era la primera vez que el título de administrativo me servía realmente para algo útil. Eso significaba que me ahorraría un año. ¡Un año! No acababa de comenzar mi nueva aventura y las cosas ya comenzaban a salirme bien. Estaba comenzando a creer la patraña de Paulo Coelho y su alquimista, que dice que si luchas por algo con todas tus fuerzas, todo el universo se conspira para que la consigas. Pero bueno, Paulo Coelho puede decir eso, que ha vendido más de 20 millones de libros en todo el mundo. No creo que se ponga a decir semejante memez un escritor que esté en casa comiéndose los mocos. En fin, a lo que íbamos: Me matriculé en segundo de bachillerato y decidí emplearme al máximo para demostrar que yo sí que valía para estudiar. Aunque muchas veces pensé que estaba equivocándome, que estaba haciendo el gilipollas, que era un iluso, que nunca iba a hacer nada en la vida, que los que decían que yo era un idiota que no servía para estudiar tenían razón. Tenía mucho miedo de equivocarme de nuevo.
Cuando me matriculé me di cuenta de un grave error: yo quería hacer letras y me inscribí en el bachiller de letras. Pero lo que no sabía es que había clases de latín. Yo no sabía nada de latín, y todos los que estaban en segundo ya habían dado durante el primer año esa asignatura. Yo tenía que aprender en un año lo que todos aprendían en dos. Comenté mi situación a la profesora de latín. Ella me dio ánimos. Me dijo que no era la primera vez que tenía un caso así y que si me aplicaba podía aprobar. Cuando pasaron las primeras semanas me di cuenta que no me iba a hacer falta esforzarme mucho para aprobar. La profesora no enseñaba nada. En su clase nos dedicábamos a hablar de cualquier asunto menos de latín. A veces nos poníamos a hacer fotos, uno se ponía a hacer abdominales, yo me ponía a leer, otras estaban comentando la actualidad del corazón... llegó el examen de la primera evaluación y a la profesora le daba igual que hablásemos entre nosotros durante el examen. Pude copiar el examen del que estaba delante sin mayor dificultad. Saqué un 7,5 sin saber ni las declinaciones ni el verbo sum (Sigo sin saber nada). La profesora me felicitó por mi gran examen y me dijo que estaba muy orgullosa de mí porque sin haber dado antes latín había sacado una buena nota. Yo le dije que había estudiado mucho durante toda la evaluación, y, aunque había cosas que no sabía muy bien cómo hacerlas, las contestaba por intuición. Ella se quedó muy sorprendida con mi explicación, se pensó que yo era un chico inteligente. Un compañero que estaba escuchando mi conversación con ella, más tarde me confesó que tuvo que aguantarse la risa cuando le explicaba a la profesora que hacía el examen por intuición.
Hasta ahí me había llegado la suerte. Habían colocado en mi clase a la profesora más incompetente y más pasota de toda España para que pudiese aprobar sin dificultad esa asignatura que, en caso de haberla impartido una profesora medio normal, no hubiese aprobado nunca.
Terminaron los exámenes de la primera evaluación. Logré un gran éxito en literatura con un flamante 10. Era mi asignatura favorita. Muchos compañeros de clase no entendían cómo me podía gustar la literatura o la filosofía. Sin embargo, yo no entendía que a ellos les pudiera gustar el tuning, las discotecas, y que comprar ropa fuese su principal afición.
Cuando ya estábamos en la segunda evaluación vino a verme el jefe de estudios. Me dijo que las asignaturas que tenía ahora eran incompatibles. Me comentó que como no había hecho primero estaba obligado a tener como asignatura optativa latín de primero. Es decir, en vez de tener la literatura como asignatura optativa, debía hacer más horas de latín con la profesora incompetente. Me jodió mucho que me quitasen la asignatura de literatura. Era una asignatura de las que realmente me interesaba. Se lo comenté a la profesora de literatura y también lo lamentó. Me dijo que era una lástima perder al único alumno que se interesaba de verdad por la literatura. Me despedí de ella y afronté la nueva situación. Eso significaba que la nota media descendería muchísimo a final de curso sin ese diez que iba a sacar en literatura. Además, haciendo latín de primero no tendría a nadie de quien copiarme para poder aprobar y me delataría. Era el fin.
Me marché de la clase de literatura y poco más tarde pasé por delante de la sala de profesores y vi que la profesora de literatura estaba hablando con la de latín. No sabía qué se estarían diciendo. Pero nunca antes las había visto hablando y era extraño. Un día más tarde, la profesora de literatura vino a hablar conmigo y me dijo: “He hablado con la profesora de latín y hemos hecho un trato. Verás, como tú ya tienes la asignatura de latín de segundo y la estás aprobando sin dificultad, le he propuesto, que en la casilla del boletín donde aparece la nota de latín de primero te ponga la que saques conmigo en literatura y así no tendrás que abandonar la asignatura. No me ha puesto ningún problema. Espero que estés contento. ¿No decías que te gustaba la literatura?”
Era un ángel venido del cielo. Tenía la suerte del que lucha por sus sueños, del que sabe lo que quiere, del que posee la baraka, del alquimista. El viento soplaba a mi favor. La profesora de literatura se había inventado una pirula impresionante para que pudiese continuar haciendo lo que me gustaba. ¿Cómo le podría agradecer ese gesto solidario?
Llegaron de nuevo los exámenes. Todas las asignaturas las superé sin mayor dificultad. No me presenté a ciertos exámenes porque no había estudiado pero las recuperé después sin mucho esfuerzo. Iba bien en todas las materias menos en una: INGLÉS. Nunca he sabido nada de inglés. Desde EGB siempre suspendía inglés para septiembre. Siempre he sido un completo inútil para conjugar nada. Para mí resulta todo abstracto. Ya sé que soy gilipollas, ya sé que me vais a decir que el inglés es el idioma más fácil del mundo, que es cuestión de práctica, de estudiar, que es matemático. Pero a mí no me entra. Son un negado y un inepto. Doy la razón a todos los que decían que no valía para estudiar tan sólo por esta asignatura. Además, durante los cinco años que hice administrativo no hicimos nada en clase de inglés. El profesor que tenía era igual que la profesora de latín de ahora. En sus clases lo único que hacíamos era hablar de Crónicas marcianas, de Gran hermano, de Operación triunfo y poco más. El profesor nos contaba sus sueños y, a veces, incluso, le contábamos los nuestros y nos los interpretaba. No lo critico. Debo decir que sus clases eran las más amenas y divertidas que hice durante aquella etapa. Además, el hombre sabía muchísimo sobre cualquier tema. Decía que pasaba de dar clases porque simplemente no veía ningún interés en nosotros. Cuando llegaba el final del curso nos preguntaba uno a uno qué nota creíamos que íbamos a sacar, después no hacía examen y ponía esa nota que habíamos dicho. Era un genio. Ahora estaba pagando las causas de tanta holgazanería. Incluso he viajado a Estados Unidos e Inglaterra y no he aprendido una sola palabra decente. Esa asignatura haría que todo el curso se me fuese a la mierda. Suspendí la primera evaluación y la segunda y por fin llegó el examen de la tercera. Pusieron un texto que me sonaba de algo. Lo leí y pronto lo reconocí. Era el estudio sobre un científico que había descubierto que a través de la genética no era posible prolongar la vida más de 115 años. Lo supe por algunas palabras clave que habían en el texto, pero no porque las entendiese sino porque ese mismo texto ya lo había leído en castellano en algún periódico. Sabía qué decía el texto sin saber qué ponía. Pude contestar a las preguntas tipo test y las acerté todas. Luego contesté como pude las preguntas para desarrollar. Finalmente, debía escribir una redacción sobre la death penalty. Aproveché para maldecir en inglés al gobierno americano, y para rellenar un poco metí unos cuantos fragmentos de canciones que me sabía de memoria. El resultado: que aprobé no sé ni cómo.
Hoy he recogido las notas. Ya es oficial: he aprobado todo. Ahora tan sólo me queda superar el selectivo. Debo confesar que no estoy muy contento, porque he sacado un 7,20 de media, y es poco para lo que quiero acceder (periodismo o comunicación audiovisual), pero como ahora estoy convencido de que los dioses me protegen, de que tengo baraka, sé que si esto ocurre así es por algún motivo concreto. La suerte está de mi lado y escoja el camino que escoja, me acompañará a donde vaya.
Tan sólo me queda hacer una pequeña mención especial a los que me ayudasteis y me apoyasteis. A los que nunca me habéis reprochado nada. Gracias a todos los que habéis creído en mí. Gracias por esa fuerza. Estoy convencido de que esos dioses protectores sois vosotros.
Ya estamos en la recta final. Tan sólo queda el último obstáculo. Hemos llegado hasta aquí... y ya nadie nos podrá parar.
¡Hasta pronto! Seremos de nuevo un imperioLos Nikis. Uno de los mejores grupos que ha dado la música española.
Los zombies van en motoEstás cerca de un cementerio y te encuentras con esto:
Un bonito despertar:
Selectividad y su puta madreNos habían convocado a las ocho y media de la mañana. Yo no estaba acostumbrado a madrugar. Llegué puntual aunque eso es extraño en mí. Como me figuré, nos dijeron que llegásemos antes para que así nadie se retrasase. Me habían robado tres cuartos de hora de mi vida.
La gente fue llegando poco a poco. Los que eran de otras localidades venían en autobús. Paraban enfrente del instituto y bajaban dispuestos a enfrentarse con los exámenes que determinarían sus vidas. No pude evitar decirle al profesor:
- Esto me recuerda a los trenes llenos de judíos que iban llegando a los campos de concentración nazis para meterlos en la cámara de gas.
El profesor me miró y me dijo sí sí, pero estaba pensando que estaba loco. A lo largo de este curso he notado que por comentarios como ese la gente se ha creído que no estoy bien de la cabeza. Pero es que el lugar donde se hacían los exámenes se asemejaba por fuera a las cámaras de gas. Éramos las víctimas del sistema, éramos los mártires de nuestro tiempo.
Yo era prácticamente el más viejo de los que había allí. Tan sólo conocía a una persona que era más mayor que yo. La gente me miraría como si fuese un vago, se pensarían que he sido un parásito que ha estado repitiendo más de 20 veces bachillerato y al final me han aprobado por pena. Nadie les ha contado la verdad, nadie les ha dicho que en realidad me dejé el trabajo fijo para volver a estudiar y hacer algo que me gustase. Me siento un viejo, un residuo de una generación pasada que ya debería tener una carrera, un trabajo estable, una novia, un coche y estar pagando la entrada de un piso. Sin embargo no tengo nada, soy un inadaptado social que sueña demasiado. La gente se ríe de mí. Cuando me preguntan qué hago no sé qué responder, me da vergüenza decirles que quiero estudiar, que estoy pensando en hacer una carrera, que quiero marcarme una meta, que durante todo este tiempo he pensado que yo sirvo para algo más que para vender teléfonos móviles. Pero lo peor es cuando ellos me dicen qué están haciendo y me hablan de sus proyectos laborales, de sus parejas, del nuevo coche que se han comprado. ¿Por qué no he podido ser una persona normal? ¿Por qué no estoy empeñado hasta las cejas para poder pagarme caprichos? ¿Será porque pienso que tener objetos es totalmente inútil y lo único que vale la pena en esta vida es aprender, leer, escuchar música y ver fútbol? Porque esa es otra. ¿A quién se le ocurre convocar los exámenes de selectividad en pleno mundial? ¿Es que no tienen sensibilidad futbolística? Estas cosas no suceden en Argentina. Un país se debe parar cuando se celebre un mundial. Seguramente los que diseñan el calendario de exámenes sean de esos intectualoides que dicen la típica frase: "¿Fúbol? ¿Ver cómo 22 multimillonarios corren detrás de una pelota es divertido? Eso es para el populacho".
Comenzó el primer examen, era hacer un comentario sobre un texto que hablaba del botellón que había escrito un periodista del ABC. Pensé en ponerle en la opinión personal que yo también era un borracho que a veces también salía a la calle a beber, que mi vida también era una mierda y necesitaba el alcohol para mitigar las penas. Pero no, fui un hipócrita políticamente correcto que dijo que no entendía cómo los jóvenes tan sólo tenían esa diversión. Le cité unos cuantos libros de Bukowski, borracho por excelencia, como ejemplo de la desolación a la que puede llegar un borracho. También le cité a Pessoa, aunque no he leído nada de él y a Baudelaire. Quise hacerme pasar por intelectual que conoce a muchos autores.
Después hice un examen de historia, me sabía prácticamente todo. Lo que menos sabía era el franquismo. ¿Y qué salió? Efectivamente: El franquismo. Aún así recurrí a la épica para rescatar de mi memoria todos los recuerdos que tenía acumulados y rellené las diez hojas que nos dan para contestar y tuve que pedir hojas suplementarias. Puse demasiados detalles innecesarios. Era mi venganza contra el destino por haberme puesto justo lo que no quería que me saliera. El corrector se cagaría en mi puta madre al ver tantas hojas y sobre todo al ller la letra infernal que suelo hacer. Mi letra no la entiende ni Cristo.
Al día siguiente, como ya me habían hecho la jugarreta de hacerme esperar tres cuartos de hora tontamente, decidí llegar puntual, es decir, justo a la hora del examen. Al llegar una profesora que había en la puerta con gafas que tenían forma de almendra me dijo alterada: "¡Mira que llegar tarde! ¡Los profesores se enfadan mucho cuando alguien llega tarde!" Yo no le dije nada, simplemente la insulté con la mirada. La miré de arriba abajo y me pregunté por qué todas las profesoras repelentes tienen esas gafas dignas de personas sin sentido del gusto. Entré y nadie me llamó la atención. Todos estaban sentados y un organizador me indicó dónde estaba mi lugar. Al menos no me habían robado mi valioso tiempo, porque vale que se lo roben a los demás, que no tienen cerebro y sus vidas son una mierda, ¿pero a mí? ¿A un genio como yo? Hacer algo así a alguien como yo debería estar tipificado como delito.
Hice el examen de valenciano, que también era un comentario de texto. Este texto hablaba sobre el vacío que genera el consumismo. Era un buen texto. De hecho estaba de acuerdo con todo lo que decía. Yo escribí un relato que hablaba de eso para el concurso de narrativa del instituto pero no me lo premiaron. Prefirieron premiar unos relatos completamente abominables que tenían un final feliz. No aceptaron mi crítica social. No entienden que a veces el arte y la literatura puede servir para escupirle a alguien en la cara, que no todo tiene que ser belleza y proporción. En la vida real Superman no va a venir a rescatarnos cuando nuestro avión se vaya a estrellar, sin embargo, la gente prefiere ir al cine para ver aventuras fantásticas con un final en el que el bueno se casa con la tía buena. Quieren olvidarse de que la vida es una mierda. Quieren creen que la vida es algo especial, que el bien existe, que los criminales acaban en la cárcel. No me extraña que con esta actitud las iglesias estén llenas de gente que después de comulgar se vayan de putas.
Después hice un examen de historia del arte. Salió una escultura de Bernini y unos cuadros cubistas de Picasso. Por lo visto había algunos institutos que no se habían estudiado nada de eso, se formó un pequeño alboroto, había alumnas que se pusieron a llorar, otros mientras miraban el examen decían: "¡Hostia! ¡Hostia!". Por suerte en mi clase sí que dimos ambos autores, nuestro profesor era bastante bueno. Al acabar el examen teníamos otro de Geografía. ¡Justo cuando estaba jugando la selección! Sólo me dio tiempo a ver la primera parte. Iban 2-0 y yo había apostado a que quedaban así. ¡Por favor que se mantuviese el marcador intacto! Entré otra vez a la gran cámara de gas, no había estudiado absolutamente nada de geografía durante estas dos semanas de estudio. Tan sólo me había dado tiempo de mirar entre examen y examen el desarrollo demográfico de España en el siglo XX. Repartieron los exámenes y ¡Tachan! El examen era sobre demografía y una de las preguntas era: Explica el crecimiento demográfico en España durante el siglo XX. La baraka había vuelto a mí por unos instantes. Hasta que salí de la cámara de gas y vi que España había ganado por 4-0. Me cagué en los nuestros. A mí no me supuso ninguna felicidad. Cinco euros a la mierda.
Llegó la última jornada. Tan sólo me quedaba por hacer el examen de inglés y latín. Las asignaturas que más mal he llevado a lo largo del curso. Por suerte hice todas las preguntas bien en inglés, y en latín... pues nada, si saco un uno ya será suficiente. Resulta paradójico que habiendo sacado un 8 de media en latín ahora no sepa hacer absolutamente nada. Pero ya sabéis, los que me habéis leído, que la profesora que nos ha impartido clase durante todo el curso ha pasado absolutamente de todo. No tenía voluntad de enseñarnos nada, y, para colmo, nosotros tampoco hemos tenido muchas ganas que digamos. Al final del examen, tras hacer una traducción espantosa y literal del texto que habían puesto, puse una nota que decía: "siento el despropósito, pero en mi vida he dado latín y la profesora no nos ha enseñado nada a lo largo del curso". No lo hacía para dar pena, ni para que me aprobasen, simplemente era porque sentía vergüenza de estar allí haciendo ese examen mientras veía que la gente que estaba a mi alrededor no paraba de escribir. Por lo visto todos los empollones hacen letras. Un compañero de clase y yo nos mirábamos y nos descojonábamos. Pero en fin, supongo que por un examen no se hundirá Roma. Además, durante la hora y media que estuve metido en la cámara de gas estuve mirando a una que estaba sentada cerca de mí que tenía unas mandorlas místicas descomunales. Al menos eso me alegró la vista durante el espantoso trance que tuve que atravesar.
Ahora tan sólo queda esperar a que salgan las notas de selectividad publicadas en Internet. Espero haber aprobado, aunque no con muy buena nota. El objetivo que me marqué a principio de curso de sacar una media muy alta se fueron desvaneciendo a medida que vi la dificultad de ciertas asignaturas. Sustituí el objetivo de sacar buena nota por simplemente aprobar. Aún así, y contando el traspié que ha supuesto el examen de latín, creo que he hecho un buen papel.
El viernes que viene publicaré qué he sacado. Aunque ya sé que os importa una mierda. De hecho no creo que a nadie le interese, pero ya sabéis, a los que no os gusta leer, adiós. A partir de ahora dedicaré el tiempo a leer libros. Tengo una gran lista de títulos que me gustaría leer. Ya veremos si me siento capaz de ponerme a escribir algo serio de una vez. Mi vida no es la de Henry Miller, pero veremos qué se puede hacer.
¿Comunicación audiovisual o periodismo?Estos días he estado replegado en casa y cavilando sobre las posibilidades que se me abren de cara al futuro. Tengo dudas sobre qué hacer. No lo tengo muy claro. Tampoco tengo la nota para saber exactamente qué carreras puedo elegir y dónde puedo hacerlas. Pero ya tengo hechos los esquemas básicos. Acabo de repasar los artículos que publiqué en septiembre del año pasado cuando estaba en plena crisis existencial. No sabía qué hacer, sentía que estaba echando mi vida a perder y ahora no me arrepiento de la decisión que tomé. Ahora, gracias a eso tengo muchas expectativas e ilusiones. Hice lo que el corazón me pedía. Gracias Marta por aquel comentario que cambió el rumbo de mi vida. Aún no sé si la nota me llegará para quedarme en Valencia. De lo contrario me iré a Madrid a estudiar. Cuando comencé el bachillerato tenía claro que quería estudiar periodismo, pero a medida que ha avanzado el curso me he planteado más posibilidades. Ahora barajo sobre todo dos opciones: Comunicación audiovisual y periodismo. Ambas carreras son parecidas en su estructura, de hecho, las asignaturas troncales son las mismas. Pero, por lo visto, una trata más el proceso de la información y la otra las formas de transmitir cualquier tipo de información. Ambas me gustan, pero en función de las notas que saque decidiré qué hacer. En el post que publiqué cuando estaba desesperado dije cosas como: A mí me gusta el arte, soy un artista. Tengo sueños que realizar, me gusta expresarme, me gusta causar sensaciones en la gente, me gusta plasmar cosas que no se hayan plasmado antes. Hacer cosas originales. Únicas. Me gusta hacer reír. Creo que con eso está todo dicho. Ahora suscribo lo que dije entonces y, además, leer eso me ayuda a saber quién soy y qué quiero. A veces es necesario volver al pasado para situarse en el presente. El muerto al hoyo y el vivo al bollo
Las sirenas que sonaban en el exterior llamaron mi atención. Me asomé al balcón y vi una patrulla de la Guardia Civil y una ambulancia dirigiéndose a toda pastilla hacia el paseo marítimo. Traté de averiguar qué estaba pasando y dirigí la mirada hacia la playa. Se había formado un tumulto. Al parecer, había una persona tendida en el suelo. Rápidamente, los agentes se abrieron paso entre la multitud y pude ver que se trataba de una señora, de unos cincuenta años y de complexión gruesa. Los operarios de la samu iniciaron el proceso de reanimación. Los guardias civiles trataban de alejar a los curiosos para que no entorpecieran el trabajo de los médicos, pero la gente seguía el espectáculo desde la distancia. Las madres más cautelosas mandaron a sus hijos a casa. No querían que los niños presenciasen el macabro desenlace que se auguraba en el ambiente.
Un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto tiempo pasó. Los de la Samu se levantaron y dieron por concluido el trabajo: no fue posible reanimar a la señora. Algunos curiosos habían perdido la paciencia y se fueron, pero habían sido sustituidos por otra tanda de curiosos que alargaban el cuello como pavos para ver qué estaba pasando. Querían presenciar la muerte en directo. La agonía de una persona que estaba debatiéndose entre la vida y la muerte.
Algunos de los que estaban con sus toallas cerca de la fallecida se marcharon angustiados, otros, más prácticos, cogieron sus bártulos y se desplazaron unos cien metros para alejarse del molesto dispositivo que había montado y poder seguir disfrutando de aquel maravilloso día de verano.
Los de la cruz roja taparon el cuerpo y para evitar las miradas curiosas de la gente, los guardias civiles colocaron a cada lado de la fallecida dos sombrillas abiertas y tumbadas. El espectáculo parecía haberse terminado, pero de pronto llegó una señora, acompañada por un agente, que se avalanzó sobre el cuerpo y comenzó a llorar desconsolada frente al cadaver. Agarró con sus manos el rostro del cuerpo, incrédula, suplicando y maldiciendo con un llanto desgarrador el maldito destino que le había arrebatado a su ser querido. Los agentes trataron de animarla y alejarla, pero nadie puede consolar a alguien que acaba de perder a un ser querido.
La Samu se fue. Los guardias civiles se quedaron. Comezó la larga espera para que llegase el juez y autorizase el levantamiento del cadaver. Era medio día y posiblemente estaría almorzando. Quizá por eso tardó tres horas en llegar. Durante ese tiempo, la gran mayoría de curiosos que estaban allí se fueron marchando poco a poco. Pensaron que ya no quedaba mucho más por ver. Yo seguía en la terraza del apartamento como uno más. Incrédulo ante lo que estaba aconteciendo. La espera se hacía infinita. Alrededor del cadaver con las dos sombrillas tan sólo estaban los guardia civiles custodiandolo. A un radio de cien metros todo iba volviéndo a la normalidad. La gente fue llegando a la playa. Los niños comenzaron a jugar con la pelota a pocos metros de allí. Vida y muerte estaban conviviendo con total harmonía, como en las más sagradas familias budistas del Tibet. Por fin se había contagiado algo de la cultura oriental a este mundo sin espíritu. Completa indiferencia. Llegó un momento en que los niños que jugaban a fútbol le dieron a la pelota muy fuerte y llegó hasta el radio en el que no había nadie. El niño se apresuró a ir a por la pelota, sacándola de un pelotazo hasta donde aguardaban los amigos.
Ahora que había llegado el verano, la gente solía comer en las terrazas. A mediodía, cuando sales a comer al balcón, siempre puedes escuchar las conversaciones de los vecinos, que hablan mientras se escucha el habitual tintineo de los cubiertos. La gente salió a sus balcones como siempre, y comieron disfrutando de la brisa del Mediterraneo, del paisaje de sus aguas, y del tufo a muerto que desprendía la playa, pero eso no importaba.
La gente que paseaba por la orilla de la playa, cuando veían que había un cuerpo tapado, se paraba preguntándose si era posible. Todos reaccionaban igual: paraban, observaban, se miraban entre ellos, se preguntaban si estaba muerta la persona, se sorprendían un poco y luego continuaban el paso. Era sólo un muerto tapado al que se le veían los pies. Nada interesante.
Durante ese tiempo a mí también me dio tiempo a comer y aunque no entendía muy bien por qué, seguía pendiente de lo que estaba pasando en la playa. La gente se bañaba, los niños jugaban a la pelota, otros tomaban el Sol, otros paseaban por la playa, la gente comía en las terrazas... el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Por fin llegó el juez. Nunca entenderé por qué la justicia tarda tanto en hacer las cosas. Vale que es un muerto, que no van a solucionar nada llegando antes, pero hay otros que están vivos a los que una decisión y una acción judicial a tiempo, les puede salvar el cuello. Pero lo que menos entendía era a la gente, y mucho menos a mí, que permanecí allí, más fiel que nadie, para ver qué sucedía. Estalla la guerra Debería estallar una guerra. Un gran conflicto que agite las conciencias de la gente y que movilice a toda la juventud que deambula por las calles sin ningún ideal. Deberían meterles los teléfonos móviles por el culo. Deberían rapar el pelo a todos esos que quieren parecerse a Fernando Torres y enviarles al frente para que luchen contra los enemigos. Necesitamos que pase algo que haga hundirse todas las bolsas, que quiebren todos los bancos, que escaseen los alimentos y que la gente se mate entre sí. Necesitamos despertar del sueño que nos produce un nivel de vida cómodo. Ya está bien de tanta tontería, de tanta máscara y de tanto engaño. Es por eso que he decidido volver a la guerra. A partir de la semana que viene voy a iniciar de nuevo mis andanzas por los puestos de telefonía. Sí, queridos amigos, aquellos stands que tanto he criticado y de los que huí hace un año como de la peste. Os pensaréis que tengo una actitud sadomasoquista y que soy un charlatán que se contradice. Pero necesito dinero y para conseguirlo tengo que trabajar un poco, y nada mejor que volver al lugar que más odio para ganarme los cuartos. El trabajo será hasta final de agosto, y tan sólo trabajaré los fines de semana. Es decir: Viernes, Sábados y Lunes (incomprensiblemente el lunes es uno de los días que más teléfonos móviles se venden a lo largo de la semana, a todos les da por comprar los lunes, si alguien sabe el porqué que me lo explique por favor). Con esto podré sentir que hago algo útil este verano y conseguiré inspirarme para escribir nuevas historias con las vivencias que me sucedan en aquel antro. Me moriría si no escribiese las anécdotas y putadas que ocurren en un puesto de trabajo con tanto trato humano. He tenido que ir a Valencia para firmar el contrato. Mientras paseaba por las céntricas calles de Valencia he vuelto a sentir el asco que me produce el lugar. La gente me parece que está acartonada. Por esas calles camina demasiada gente vestida con corbata, grandes ejecutivos, empresarios y hombres de negocios que arrastran una bola de plomo invisible encadenada a sus pies. La alienación ya no es propia de los estratos sociales más bajos, ahora atrapa también hasta a los directivos de las compañías más importantes. Todos ellos se cruzan con jovencitas trabajadoras, bien vestidas y acicaladas, que muestran sus generosos escotes a esos hombres de negocios casados, puteros y que se suelen acostar con su secretaria mientras le tiran los tejos a la nueva chica que ha entrado de prácticas. Cuando he llegado a la empresa he visto al jefe echar un puro a unas azafatas de congresos. El jefe les decía que había recibido quejas sobre ellas, les explicaba que no debían de estar allí esperando a que alguien se acercase para ayudarles, tenían que ofrecerse constantemente, debían poner ganas e interés, debían ser competentes. Después las amenazó con no llamarlas más si seguían con esa actitud. Para colmo, le informaron que vieron a una de ellas tomarse un café en la cafetería del congreso. Algo imperdonable por lo visto. Cuando el jefe vio que yo estaba allí cambió su rostro y con una actitud muy amable y un tono muy cordial, me invitó a que esperase 10 minutos fuera y que me tomase un café o algo. Ese cambio de actitud tan brusco demostraba que era un gran actor, no se puede estar cabreado con unas personas y de pronto dirigirte a otra tan amable, y después volver al tono de antes. Lo que no sé es con quién fingía: si con ellas o conmigo. Salí de allí y entré en el bar más cercano que había. Me dirigí a la barra, en la cual no había ni una silla para sentarse y pedí un café con leche. El camarero me preguntó si quería tomarlo en la barra o en una mesa, supuse que lo preguntaba porque había distintas tarifas dependiendo del lugar, así que decidí tomármela en aquella incómoda barra, de pie, y con ganas de irme de allí cuanto antes. En una zona tan comercial hay que pagar incluso por sentarse, los espacios públicos no son públicos, son de las empresas, necesitas pagar por todo, a este paso pronto nos invadirá la moda europea de cobrar por entrar en los servicios para poder echar una meada. Mientras tomaba el café estuve reflexionando sobre las azafatas de congresos. Una vez conocí a una chica que trabajaba de azafata y me contó que en los congresos tienen que estar aguantando a los empresarios salidos que intentan conquistarlas de forma insistente, los hay que incluso les ofrecen dinero por acostarse con ellas. Se rumorea que muchas se ganan un sobresueldo con este tipo de actividades. Creería que sería una leyenda urbana si no fuera porque traté con esa gente cuando trabajé de botones en un hotel. Aún recuerdo cuando algunos de ellos me ofrecían suculentas propinas por buscarles una buena puta. Al volver a la empresa me extendieron mi nuevo contrato y lo firmé. Me sorprendió descubrir una nueva cláusula que no figurabaen el anterior contrato que decía así: "El trabajador se compromete a guardar silencio por los secretos comerciales, métodos, procedimientos, datos comerciales o industriales u otra información de naturaleza confidencial (...) El trabajador velará, con la debida diligencia profesional, por la seguridad de la información del contrato de trabajo, impidiendo que terceros puedan acceder a dicha información, obligándose a no transmitirla, almacenarla en cualquier sistema de almacenamiento, reproducirla por cualquier medio de duplicación manual o electrónico, mecánico, óptico o cualquier otro medio, ni sustraerla o hacerla pública en cualquier forma o manera. La inobservancia de las obligaciones anteriormente descritas se considerarán incumplimiento grave y culpable del trabajador, siendo considerado como falta susceptible de la sanción disciplinaria que en Derecho corresponda" No tengo ni pajolera de leyes, no entiendo ni lo que dice, pero esto parece una amenaza a todos aquellos que les gusta publicar en sus blogs las miserias internas de sus empresas. Ya se han dado casos en los que algunos bloguistas han puesto verdes a sus empresas y en los buscadores más conocidos aparecían esos blogs cuando introducías en nombre de la misma y han tenido pleitos por eso. De todas formas yo no tengo nada que temer, todo esto es pura literatura, como bien sabe la gente que me conoce personalmente, todo lo que hay publicado aquí es fruto de mi imaginación delirante, los personajes que aparecen son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Así que tentaremos a la suerte un poco, veremos hasta dónde está el límite y si me echan me importa un pito: me harán un favor. Y ahora partiré a Madrid, este fin de semana me marcho. No es que quiera asistir a la manifestación por el orgullo gay, más bien quiero echar una preinscripción para solicitar plaza en las universidades de allí. Todavía no he escogido ninguna carrera en Madrid, pero ya lo decidiré. Sin embargo, en Valencia ya he echado la preinscripción y he optado por poner como primera opción periodismo, pero mi nota es insuficiente, así que seguramente me acepten en comunicación audiovisual. ¿Los resultados de selectividad? Pues desconcertantes. He aprobado pero con notas muy diferentes a lo que me esperaba. Pensaba que la nota más alta sería la de lengua castellana y sólo he sacado un 7,3. Sin embargo, en otras asignaturas que esperaba una nota más mediocre como en historia o historia del arte he sacado un 9 y un 9,5 respectivamente. Incluso he sacado más nota en mi odiado valenciano (8,7) que en castellano, que ya es sorprendente, y eso que apliqué en la asignatura lo mismo que sabía de castellano pero traducido. En geografía las cosas también funcionaron bien, y saqué un 8,5, y en mi temido examen de inglés conseguí superarme y alcanzar un 6,6. No está mal para no saber nada. Por otro lado, como era de esperar, en latín he cosechado un estrepitoso fracaso con un 2,5. Aunque la nota es mucho más alta de lo que en realidad merecía, puesto que hice una traducción literal de diccionario y me inventé los tiempos verbales. Por lo visto aquella nota de disculpa que puse al final del examen conmovió al corrector y me puso ese 2,5 completamente inmerecido. Gracias señor corrector, si lees esto. En total una media de 7,2 en el selectivo y un 7,14 de nota media definitiva. Bastante mediocre para las expectativas que me marqué al principio. ¡Hasta pronto gentes! |
|||||