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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2007. Rosa![]() Había quedado con Rosa en el bar de siempre. Tenía ganas de verla, los dos días que habían pasado desde la última vez que nos vimos me parecían una eternidad. Ella era muy especial para mí. Pensaba todo el día en ella; me despertaba pensando en ella, me acordaba de ella en cada acción que hacía a lo largo del día, en el reproductor de mp3 tan sólo ponía las canciones que habíamos escuchado juntos; cada vez que me vestía, aunque no la fuera a ver, pensaba si a ella le gustaría lo que me iba a poner. Quería gustarle, era lo único que me preocupaba en la vida. No hacía mucho me dijo que ella también pensaba mucho en mí, que hablaba de mí a todo el mundo, que sus amigas le decían de broma que se ponía muy pesadita cuando se ponía a hablar de mí. Eso me halagó mucho. Parecía que ella iba sintiendo por mí lo mismo que yo por ella. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien con una chica, ella me inspiraba confianza y seguridad, algo que no había hecho ninguna hasta el momento. Llegué al bar antes que ella pero no quise entrar, prefería esperarla en la puerta pese al frío que hacía. Hundí mi cuello entre la chaqueta y la bufanda, levanté los hombros y metí las manos en los bolsillos para resguardarme del frío mientras miraba a un lado y a otro. Tras cinco gélidos minutos de espera interminables la vi aparecer. Dejé de apoyarme en la pared y me incorporé para ver cómo se acercaba. Estaba más guapa que nunca. Intenté disimular mi alegría al verla, escondí mi sonrisa tras la bufanda, aunque sospeché que se notaba. Cuando me vio sonrió, llevaba un gorro blanco que contrastaba con su fino pelo moreno. Llevaba una chaqueta de plumas, pero se podían adivinar las insinuantes curvas de su cuerpo. Simplemente era perfecta. Nos dimos dos besos y entramos. Nos dirigimos al rincón y nos sentamos en unas banquetas que tenían un tapizado de piel de vaca. Ella se quitó la chaqueta y disimuladamente miré su adorable cuerpo. Cuando me miró desvié la mirada, pero no dejé de fantasear con ella. ¿Llegaría el día en el que caería rendida a mis brazos? Comencé a imaginar cómo sería ese momento que tanto ansiaba. - Ariel -me diría-, tengo que confesarte algo, es algo que no puede permanecer dentro de mí más tiempo o estallaré, verás... eres el hombre de mi vida. He estado mucho tiempo ocultándolo pero no puedo más, te quiero Ariel, desde el primer momento en el que te vi. No puedo soportar estar un día sin ti. A lo que yo le respondería: - Yo también siento lo mismo, desde que te vi que quise conocerte, sabía que eras mágica, que no eres como las demás. Yo también he sentido lo mismo que tú durante este tiempo. Entonces nos besaríamos y seríamos felices. ¿Pero cuándo llegaría ese día? Tenía la esperanza de que hoy fuera ese día y si no lo era al menos quería decirle algo, pero no sabía si me atrevería. Siempre fui un cobarde. Veía las miradas que le arrojaban otros tíos que estaban en el bar. Era imposible no fijarse en ella, era realmente guapa. Se notaba que a todos les encantaría follársela, luego me miraban a mí y hacían un gesto de no comprender por qué una tía así estaba con alguien como yo. La diferencia entre ellos y yo es que yo no era un cerdo ni un salido, o quizás sí, pero al menos lo disimulaba. Realmente la quería, quería protegerla, cuidarla y ofrecerle lo mejor de mi persona. Para mí no era un trozo de carne más. Quería decirle lo que sentía por ella, pero estaba seguro de que ella ya lo sabía, a veces no hacían falta las palabras para expresar lo que uno siente. Mi mirada y mis gestos se lo decían, era imposible que ella no lo supiera. Y lo que era más esperanzador, ella lo sabía y estaba conmigo. ¿Por qué estaba conmigo y no estaba con otro? Podría irse con otro, con quien le diese la gana, pero no, seguía allí, conmigo, pese a que sabía que me gustaba. Eso sin duda significaba algo, no quería hacerme ilusiones pero podría darse la quimérica posibilidad de que yo también le gustase. No hacía mucho me mandó al final un mensaje un TQ y eso no se lo mandaba a cualquiera. Yo inmediatamente le contesté y también le puse un TQ al final acompañado de unos besos. No había noche que no nos mandábamos un mensaje deseándonos las buenas noches. Sin duda esta historia prometía, todo estaba a mi favor, pero no me atrevía a dar el paso, seguía siendo el mismo inseguro de siempre. Pedimos unas bebidas, ella una cocacola y yo una cerveza. Era muy habladora, una vez estuvimos cinco horas hablando por teléfono, me dijo que era su record, que nunca antes había estado hablando con alguien tanto tiempo. Ahora me hablaba de los problemas que tenía con su amiga, una que dejó de hablarle sin motivo alguno. Me gustaba escucharla y siempre estaba atento a lo que decía. Quería quedarme con todos los detalles de las cosas que me contaba para poder darle algún consejo útil cuando me preguntase qué podía hacer, quería ayudarla y que se diese cuenta de que conmigo no iba a tener problemas, que yo podría ayudarla a solucionarlos todos con mi sabiduría y experiencia. Debía impresionarla con alguna frase reveladora y comencé a rebuscar en mi memoria alguna frase impactante de uno de esos libros místicos que me leía, seguro que le encantaría. Debía tratar a toda costa de demostrarle que yo era alguien especial. Pero antes de decirle lo que sentía debía tantear el terreno, tenía que estar seguro de que yo también le gustaba. Pero no sabía cómo hacerlo. Lo único que se me pasó por la cabeza fue preguntarle cómo le fue el fin de semana. - Uff, te tengo que contar muchas cosas. No sé por dónde empezar. ¿Te acuerdas del chico que iba a mi clase con el que me reencontré? Recordaba la historia perfectamente. Se trataba de un chico que iba a su clase cuando ella tenía poco más de diez años y que entonces le gustaba. Perdieron el contacto cuando se fueron al instituto. Pero no hacía mucho se encontraron por casualidad, se saludaron, se preguntaron por sus vidas y como puro trámite se intercambiaron teléfonos y direcciones de correo. Desde entonces hablaban por messenger y ella supo que él tenía novia. Pese a eso, el chico no dejaba de invitar a Rosa a su casa para recordar viejos tiempos. Ella preguntaba ingenuamente por qué quería quedar en su casa y él dijo que así era mejor, porque la gente no podría pensar nada malo si les veían en alguna cafetería y su novia no se enfadaría. Sin duda alguna se la quería follar y le puse alerta al respecto cuando me lo contó. Ella tomó nota de mi consejo y desde entonces le daba largas cada vez que le invitaba a su casa. - Claro que lo recuerdo, ¿Qué pasa? ¿Has quedado con él? - pregunté interesado. La historia con él se había convertido en un culebrón, ambos nos divertíamos comentando la poca vergüenza que tenía el chico por tener novia y que le tirase los tejos a ella. - No, mucho peor. - ¿Qué ha pasado? - pregunté ansioso y extrañado. - Pues como te comenté no paraba de invitarme a su casa. Yo no quería ir y le decía que si quería quedar conmigo tenía que ser en un sitio público, pero ante su negativa decidí vengarme. Así que quedé con su mejor amigo. - ¿Con su mejor amigo? ¿El garrulo que te presentó por el messenger? - Sí, ese. - ¿Y qué ha pasado? - Prefiero no hablar de ello. - ¿Cómo que no? - No lo he asimilado todavía. - ¿Cómo que no lo has asimilado? ¡Cuéntamelo! ¿No confías en mí? - Si no es que no confíe en ti, es que no me apetece hablar de ello. - ¿Qué pasa? ¿Os liasteis? Estaba acostumbrado a que ella me contara historias de tíos que le acechaban. Era normal en una tía así que doscientos tíos al día intentasen abordarla. No era nuevo para mí. Pero esto me estaba resultando muy sorprendente. Ella me miró con cara de cordero degollado y asintió con la cabeza. - ¿Cómo has podido? ¡Si me dijiste que era un garrulo! - Ay, no sé. No quiero hablar de ello. - Pero cuéntamelo, si no pasa nada, si aquí hay confianza -quería saber qué sucedió allí. - No, no, si no es por falta de confianza, simplemente ahora no es el momento de contarlo. Respiré hondo. Estaba confuso. Un cuchillo afilado estaba atravesando mi pecho. Di un trago a la cerveza y me giré para ver cómo jugaban al billar. El chico que jugaba apuntó a la bola blanca, lanzó y metió una bola lisa. Se disponía a lanzar otra bola... - ¿No dices nada? - me preguntó. - Emm, si no me cuentas qué ha pasado no puedo decir nada -respondí. Seguí mirando la partida de billar, no quería que se notase que me estaba rompiendo por dentro, debía disimular, no quería parecer un imbécil derrotado. Tenía que parecer como si a mí no me importase con quién se liara ella, no podía soportar la idea de que ella notase el disgusto que estaba invadiéndome. Me horrorizaba que se diese cuenta de que soy un gilipollas. Di otro trago a la cerveza y la dejé sobre la mesa sin soltarla. La miré a ella. - Dime algo ¡No te quedes así! –insistió. - Bueno, de momento no digo nada. Ya me lo contarás cuando estés preparada -dije fríamente. Todas las frases que había pensado para ella se habían esfumado de mi cabeza. No imaginaba que acabaría dándole consejos sobre otro tío. Seguía con el botellín de cerveza en mi mano. Estaba nervioso. Presioné muy fuerte la botella. De haber sido de plástico la hubiese destrozado. Quería salir de allí pero ante todo no quería que percibiera mis sentimientos. Estaba muy tenso. Miré la botella y me dieron ganas de estrellarla contra la pared y dar un grito, pero debía aguantarme, al fin y al cabo yo sólo era un imbécil que se había hecho ilusiones con la tía más guapa de la ciudad, debía volver a mi lugar solitario y recordar que yo nunca iba a gustarle a una chica así, que ellas prefieren a los chulos de playa, a los imbéciles, a los descerebrados o los garrulos. - Bueno, pues hablemos de otra cosa -dijo ella. - De lo que quieras -contesté yo. - ¿Estás mejor del resfriado? -preguntó. Hice de tripas corazón y continué la conversación como si nada. La tensión continuaba en mí y quité todas las etiquetas de la cerveza poco a poco, las doblé, las enrolle e hice miles de figuras con ella. Tan sólo deseaba irme de allí. Estuvimos dos horas allí metidos. Yo no iba a decir que quería irme, en ningún momento debía notarse mi malestar, así que fue ella la que sugirió que nos fuéramos a lo que accedí gustosamente. Salimos, cada uno había aparcado en un extremo de la calle, así que tuvimos que despedirnos y nos dimos dos besos. - ¿Y mañana qué? -me preguntó. - ¿A qué te refieres? - ¿No te acuerdas? La semana pasada me dijiste que me ibas a invitar al cine. - ¡Ah! ¡Es verdad! Mañana te doy un toque y quedamos ¿vale? - Vale, ¡hasta mañana bonico! Me giré. Bonico me había dicho... mala puta, cerda, guarra, que asco me daba. ¿Cómo se podía jugar así con la gente? ¡Ella sabía que me gustaba! ¡Lo hacía a propósito! ¡Quería ponerme a prueba! Yo ya estaba harto de que jugasen conmigo, no podía soportarlo más y me fui a casa. Al día siguiente me despertó mi madre. - ¿No has ido a clase hoy? - No, mamá -le dije desde la cama- vuelvo a estar mal del resfriado. - Tómate algo, si no ve al médico. - De acuerdo. - Por cierto, ¿Sabes que han roto el espejo del ascensor? ¡A ver si averiguan quién ha sido y que lo pague! ¡Es que no paran de cargar muebles dentro y no se puede! Cerró la puerta sin esperar una respuesta. Levanté la manta que me cubría. Saqué mi mano vendada y cogí el móvil de la mesita. Le di al menú de contactos y busqué su nombre. Tenía que llamarla para ir al cine. Seleccioné su nombre. Rosa. Le di a opciones y luego a borrar. ¿Está usted seguro de borrar este contacto? Sí. Me metí en la cama y me tapé. Tan sólo quería dormir tranquilo. El saber no ocupa lugar![]() En una habitación hay colgada una orla de licenciados en filosofía de la universidad de Valencia. En una de esas fotos está él, Oscar, con semblante sonriente. Oscar está tumbado en su cama, las sábanas son blancas, las paredes blancas, su ropa blanca. Su tripa ruge, es mediodía, hora de comer. Se levanta y se dirige a su cocina blanca. Abre su nevera blanca y ve que no hay ni un solo alimento. Tan sólo hay un libro blanco en una de las rejillas. Lo coge, es la crítica de la razón pura de Kant, lo pone en un plato. Coge un salero y sazona el libro como si fuera lo más normal del mundo. Mete el plato con el libro dentro del microondas blanco, programa el tiempo y cierra el microondas. Pasa el tiempo, suena la campanita del microondas, saca el plato con el libro calentado y se va al comedor. Pone el plato sobre la mesa, coge una servilleta y se la pone sobre su camisa blanca para no mancharse. Coge un cuchillo y un tenedor y mira al plato con ganas de devorarlo. Pero su rostro cambia, le invade una tristeza enorme, parece que va a llorar. El libro ha desaparecido del plato y ahora tan sólo están las espinas de un pescado. Sigue teniendo hambre, pero no puede comer. Se levanta de la silla, se sienta en su sofá gris y enciende la tele. En la tele aparece el presentador del programa Saber y ganar, y anuncia una pregunta en la que los concursantes podrán ganar miles de euros si responden correctamente. La pregunta es la siguiente: ¿En qué libro de Kant se expone la tesis de que religión y moralidad pueden fundarse en la razón? Oscar observa el programa con indignación, su rostro se vuelve iracundo, no lo soporta más, se le hinchan las venas de la frente y se levanta de un arrebato. Se acerca al televisor, arranca los cables de cuajo, lo coge, se dirige al balcón que está en esa estancia y lo lanza con rabia. Se escucha un estruendo enorme. Los transeúntes se paran alrededor del televisor y miran hacia arriba, no ven a nadie, chismorrean entre ellos. Se ve a Oscar que ha bajado de su casa y pasa por al lado de ellos, los mira con desprecio y pasa de largo. Oscar se dirige al supermercado, pero en la puerta ve a un mendigo que pide para comer. Se detiene delante de él y lo mira con piedad, piensa que hay gente que está peor de él. En un alarde de infinita generosidad saca el libro de Kant y lo pone en su cuenco de monedas. El mendigo lo mira extrañado, no entiende por qué le ha dejado un libro, coge el libro y lo abre, agita sus hojas y ve que no cae nada de valor de dentro de ellas, el mendigo se cabrea y le lanza el libro en la cabeza y le insulta. Oscar lo mira muy sorprendido, hace gesto de no entender cómo alguien rechaza algo tan valioso, como si le hubiera dado un billete de 500 euros. Recoge el libro del suelo, se lo mete en el bolsillo y entra en el supermercado. Luego pasea entre las estanterías del supermercado, ha llenado su cesta con un paquete de pasta y un bote de tomate. No le hace falta más. Pero pronto se cruza con una joven de buen ver que va de negro, lleva una caña de pescar levantada, en el anzuelo cuelga un letrero que dice: Compra algo que no necesites. Oscar la ignora, le da la espalda, se mete en otro pasillo y se le encuentra de frente acercándose hacia él. Él se asusta y vuelve atrás por otro pasillo y vuelve a encontrarse con ella de cara. Tiene un semblante siniestro y amenazante, su cara está llena de sombras. Oscar no sabe qué hacer, mira a su alrededor y ve unas chocolatinas, las mete en su cesta y vuelve a mirar a la chica de negro. Ella dibuja una leve sonrisa y se marcha con su caña de pescar. Luego se dirige a la caja. Pone lo que ha comprado sobre la cinta, la cajera le indica el importe de la compra señalando la pantalla electrónica. Oscar mira con indiferencia el importe y como si sacase un billete de su cartera saca su libro, arranca una hoja y se la da a la cajera. La cajera mira estupefacta la hoja y no sabe si echarse a reír o asustarse por estar ante un loco, así que se gira buscando con la mirada al guardia de seguridad, el guarda de seguridad la ve, ella levanta la mano y le hace un gesto de que se acerque. Oscar ve que se acerca el guardia de seguridad a por él, se siente amenazado y antes de que llegue se lanza a correr para que no le coja. El guardia de seguridad sale corriendo detrás de él. Oscar sale a la calle y sigue corriendo, va en contra dirección de toda la muchedumbre, nadie camina en la misma dirección que él. Atraviesa un paso de cebra en el que sólo pisa las líneas negras, el resto de la gente pisa las franjas blancas. El guardia de seguridad se ha quedado atrás y deja de perseguirlo para volver a su puesto. Oscar sigue corriendo un poco más y cuando dobla la esquina cae rendido de cansancio, se apoya sobre sus rodillas y resopla. Mira a su lado y ve un cartel que dice: Se ofrece empleo. Se reincorpora, está oscureciendo, sobre él se ve el cielo crepuscular. Se planta delante de la puerta donde ofrecen un empleo y tras dudar unos segundos entra. Aparece en una estancia muy oscura y muy negra. En la pared ve un letrero en el que pone “Oferta de trabajo” y una flecha que apunta a unas escaleras que bajan. Casualmente sobre el letrero se encuentra la luz de emergencia con la inscripción “Salida de emergencia” que apunta hacia las mismas escaleras. Oscar baja las escaleras y encuentra una estancia similar, pero más deteriorada y más oscura, encuentra un cartel que indica que tiene que bajar por otras escaleras. Baja y aparece en otra estancia mucho más deteriorada, las paredes llenas de manchas y suciedad, un cartel le indica que baje. Llega abajo del todo, hay un pasillo oscuro en el que hay una tubo de luz que funciona a intervalos, al final del pasillo hay una puerta en la que dice “oferta de trabajo” y sobre la que se sitúa la luz de emergencia con el letrero de “salida de emergencia”. Con pasos temerosos avanza, la luz se enciende y se apaga, él está sucio y sudoroso. Abre la puerta con miedo y se adentra. En la habitación hay una mesa redonda iluminada desde arriba, el fondo es negro, muy negro. Hay un hombre sentado que lleva un sombrero y un puro en la boca. Oscar lo mira y el señor le ofrece el asiento que está situado enfrente de él. Oscar se sienta y espera. El señor con sombrero saca un fajo de billetes del bolsillo y los agita. Se los acerca a Oscar y él se dispone a cogerlos, de pronto le aparta los billetes, le niega con la cabeza. Saca de otro bolsillo una pistola y se la da. Oscar la coge y no sabe qué hacer con ella. El señor con sombrero hace un gesto con la mano como apuntándose con una pistola en la sien y disparando, invitándole a hacerlo. Oscar, tras muchos titubeos, coge la pistola y se la coloca en la sien. El señor con sombrero se levanta, le da unas palmaditas en el hombro y se marcha de la estancia. Oscar cierra los ojos, se da un disparo y se cae al suelo. Se ve un reloj en el que pasan siete horas, más una extra. Cuando pasa ese tiempo Oscar abre los ojos y resucita, pero la herida no se le ha ido de la cabeza, con gesto confuso se levanta, lee un letrero en el que dice “hasta mañana” y abandona la estancia. En el suelo ha dejado olvidado su libro, sobre el que sopla un viento procedente de ningún lugar que hace pasar las páginas que ahora están en blanco. |
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