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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Diario de exilio. Diario de un exiliado. Capítulo 7. Un día cualquiera![]() Me levanto confuso. Nunca sé bien dónde estoy. Lo primero que veo al despertarme es a Dalí, que me atraviesa con su mirada hipnótica desde el póster. Muchas veces me siento intimidado por él. Diario de un exiliado. Capítulo 6. Chamullar, tranzar y cogerMarcial y yo estábamos sentaditos en la terraza de la cafetería de la universidad. Pegaba un Sol impropio de Enero. Habíamos acabado un examen y necesitábamos relajarnos de la tensión acumulada durante todo un día de estudio y para ello lo mejor era tomar una cerveza. – Uhh, qué paja, y pasado mañana otro examen –dijo Marcial llevándose la mano a la cara mientras se frotaba un ojo. –Ya ves –tomé un trago de cerveza. – Encima tengo que limpiar la casa, está hecha un quilombo. – Uff, pues yo ni te cuento, por mi habitación pasean unas pelusas que parecen rastrojos del oeste. – Y la mía, mis pelusas son tan grandes que ya tienen nombre y me llaman papá. Desde que estoy aquí suelo juntarme bastante con Marcial. Tiene un gran defecto y una gran virtud: es argentino, no digo más. A su vez él se junta con toda una colonia de argentinos que invaden los rincones de las cafeterías y se les reconoce a kilómetros porque siempre llevan un termo y un vaso lleno de unas hierbas que en principio pesábamos que eran alucinógenas, pero se trataba de mate, una infusión a la que todos los argentinos son adictos de forma enfermiza. Si hay algo que les sobra a los argentinos es lengua. Tienen una capacidad para hablar descomunal, todo aquel que conozca a un argentino sabrá qué estoy diciendo. Suelen hablar de muchas cosas, pero hay ciertos temas de conversación que es necesario que salgan cada vez que conversamos, como si fuera algo protocolario. Entre esos temas están, Maradona y sí mismos. Lo primero que aprendí de ellos es que en Argentina no se conduce, se maneja; que toda disertación posible que pueda suscitar si algo es bueno se reduce a tener onda o no, y, sobre todo, que en Argentina ni se liga, ni te enrollas con nadie ni follas, allí se chamulla, se tranza y se coge. A nuestra mesa se incorporó otro compañero de clase. Marcos, de él sólo diré que lleva gafas de pasta y tiene un poster de Amelie colgado en su habitación, sobran los descalificativos... digo, los calificativos. Mientras comentábamos algunas anécdotas del examen y demás Marcial saltó: – Mirá que mina! ¡Que orto que tiene! ¡La parto! Casualmente la chica se sentó en la mesa de al lado, a un par de metros de nosotros. – Ahh, ¡Pero si esta es la turca calientapollas! –dijo Marcos. – ¡Pará boludo! que te puede oir. – Qué va, hombre, si estas erasmus turcas no se enteran de nada y esta en lo poco que lleva aquí ya se ha ganado la fama de calientapollas. – ¿Cómo es eso? – Nada, esta estuvo el otro día tonteando toda la noche con Fran, al final se fueron juntos y cuando él le tiró le habló de su novio, después de haberle estado dando bola toda la noche. – Bueno, pero se trata de Fran, igual se inventó la historia de su novio, Fran le tira a todas las tías habidas y por haber, así que eso no es ninguna novedad. – No, no, que el novio vino una vez aquí el novio y yo lo vi, es un gordo asqueroso. Cuando estuvo aquí estuvieron en una fiesta en la que al parecer discutieron y el tío pasaba de ella y ella estuvo llorando todo el rato, la trataba fatal. – No puede ser, pero como una mina así está con un gordo que la trata mal, si podría levantarse al flaco que quisiera – Pero es que a las tías les encantan los cabrones, cuanto más lo seas más les atraerás, ¿no ves que son todas unas guarras? Entonces llegó Emanuela, otra argentina adicta al mate. Había ido a propósito a casa a buscar el termo. –¿Qué tal chicos? –Bien, aquí estamos, hablando de mujeres –dije. –Sí, no entiendo, mirá esa mina de ahí detrás –ella se giró descaradamente– ¡Disimula un poco cuando mires! Esta con un flaco que es un gordo asqueroso que la trata mal. – Es que tu eres un pelotudo, no sabes como tratar a una mujer, precisamente ayer hablaba de eso con una amiga –decía mientras comenzó a cebar el primer mate de la tarde. – Y que decíais. – Mientras nos cambiabamos tuvimos una charla de estas de chicas, en las que hablabamos bien claro de lo que nos gusta. – ¿Y qué os gusta? – preguntó Marcial muy interesado. – Pues dijimos muchas cosas, pero todas coincidimos en una: A las tías nos encanta que nos follen como a putas y nos traten como a princesas. – Uhh, boludo –dijo marcial girándose hacía mí –pero yo no puedo ser así, a mí me sale ser romántico y bueno. De Emanuela tenemos que aprender mucho. – Ni que lo digas. Y así trancurrió la tarde... Marcial es fanático de los Beatles, se encarga de recordarnos casi a diario que los Beatles son el nexo de unión entre culturas, entre estilos de música y entre gente de distinta ideología, pues, según dice, no hay persona en el mundo a la que no le gusten los Beatles. Emmanuela siempre está hablando de sexo. Marcos es el típico gafas de pasta que pasa más tiempo en fnac que en casa. Y yo... soy yo. – Chicos, –dijo Emmanuela– he visto un vuelo por 30 euros a Italia, ¿Nos vamos? – Sí, necesitamos ir a algún sitio cuando acabemos los examenes –dijo Marcos. – Pues sí, vamonos. Fredy, vente, no seas pelotudo –dijo Marcial. – Bueno... no sé... –contesté. No me preguntéis cómo. Pero acabo de preparar la maleta y esta tarde parto a Italia. He comprado un cuaderno en el que escribiré un diario de viaje. Pronto se reanudará un nuevo capítulo de las crónicas viajeras. Diario de un exiliado. Capítulo 5. Llamada de socorro.![]() Me gusta ser dios de mi universo. Ser el creador de un firmamento. Me gusta dejar las huellas impregnadas en la arena de una playa. Fredy (Soy tan egocéntrico que me autocito)
Diario de un exiliado. Capítulo 4. Follarse a una perra Las dos perras jugaban entre ellas. Los tres estábamos en silencio mirándolas jugar. Jorge dijo:– Oye, ¿A que están buenas las perras? Son muy guapas. Yo me las follaría. Si fuera un perro no lo dudaría ni un segundo. ¿Te imaginas ser un perro? Si te gusta una perra, la montas y ya está, sin preguntar y sin tonterías. Y cuando acabas te vas y no dices ni adiós. Yo me reía del comentario pero Marc le dio la razón. – ¡Pues claro que están buenas! ¿Qué no las ves? Si cuando las saco a pasear todos los perros se la quieren follar. ¿No has visto lo guapa que es? ¡Ven aquí guapa! ¡Ven! La perra se acercó y comenzó a abrazarla. – ¡Ay que guapa es mi niña y que buena estás! Yo alucinaba con ellos. Estaba de visita en su casa. Siempre estoy allí metido. Me encanta estar con ellos. Son los típicos tirados a los que nadie les hace caso. No sé si es por su aspecto de hippies con rastas o por su actitud pasota ante todo. La cuestión es que ellos dos viven juntos y yo siempre voy de visita a su casa. Me apalanco mucho allí, pero ellos me reciben bien. Tuve la suerte de caerles bien y ellos a mí. Y eso no es fácil, pues clasifican a toda la gente de dos formas: o les caes bien o les caes mal. Lo que me gusta de ellos es su espontaneidad, la naturalidad, la sinceridad y lo viscerales que son. Tienen ese punto de desequilibrio mental que les hace más interesantes que la gente normal. Se puede decir que es de la poca gente AUTÉNTICA que he conocido últimamente. A Marc lo conocí el primer día de clase y me cayó bien. Lo sorprendente de él es que tiene aspecto de pasota, la mirada de loco y continuamente se está cagando en todo. Parece ignorante, pero luego lo conoces te das cuenta de que siempre está leyendo, que está muy cultivado y que te habla de Cortázar o de Eduardo Mendoza como sus escritores favoritos. A Jorge también lo conocí el mismo día. Tiene aros en los lóbulos, otro en el tabique nasal y por su pinta parece un grunge o un metalero. Pero luego descubres que le encanta la música hardcore y pincha en raves y discotecas de prestigio. Siempre está riéndose y se le va bastante la cabeza. Ese día Marc se había sacado el carnet de conducir. Así que decidimos irnos a una taberna cercana para celebrarlo con unas cervecitas. – Yo no voy –dijo Jorge– no tengo pasta. – Yo te invito, que hoy tengo dinero y soy rico. Tenía 50 euros y cuando tengo dinero de sobra no me importa invitar a la gente. Llegamos a la tasca y nos pedimos unas cervezas. Allí había más gente con la que Marc había quedado. Por una de esas casualidades de la vida estaba allí un chico que tocaba conmigo en un grupo que teníamos hace unos años. Nos alegramos de vernos y ese casual encuentro fue motivo para tomar unas cervezas más. –Me alegro mucho de verte Fredy –dijo el que era el batería del grupo– si hay algo que me arrepiento durante este tiempo es de no haber seguido tocando contigo. Tu música es un poco popera y tú eres bastante capullo. Pero me caes de puta madre. El chico ya llevaba un rato en la tasca y llevaba un pedal bastante más avanzado. Ya estaba en la fase de exaltación de la amistad. Yo sólo llevaba tres cervezas. Entonces alguien pidió cazallas para todos, para brindar por la amistad y por el carnet de Marc. Nos bebimos las cazallas, hicimos las muecas de asco y continuamos con más cerveza. Jorge ya se había puesto filosófico. Estaba hablando de mujeres. – No entiendo por qué nos tenemos que complicar la vida cuando nos gusta una tía. Yo tengo un problema y es que cuando me gusta alguna no quiero hablar con ella porque luego me olvido de que quería follármela y acabamos siendo colegas y ya estoy harto. Lo peor que puedes hacer es ser colega de alguien que te gusta porque luego no haces nada. Yo quiero follármela y ya está. Echar un polvo y punto. Sin tonterías. ¿Por qué la gente es tan hipócrita? ¿Por qué no puedes ir y decirle a una: oye, me gustas y quiero follar contigo? ¡Es todo una puta mierda! Yo tan sólo me limité a darle la razón. Nos acabamos la cerveza y de nuevo pidieron otra cazalla. Yo no quería pero no iba a hacer el feo de no beber. Me daba angustia oler la cazalla desde que una vez me piqué con un amigo para ver quién se bebía más chupitos seguidos. No recuerdo mucho de aquella noche. Sólo sé que al día siguiente me desperté con ropa, con el cinturón puesto, tapado y cuando pregunté a mis padres por qué estaba así me dijeron que me encontraron tirado en el suelo de mi habitación con una sábana sin desdoblar sobre mi espalda. Al parecer mi primo durmió esa noche en mi cama y no le importó demasiado que yo estuviese en el suelo y me tiró una sábana para que me tapara. El secreto para beber cazalla es engullirla y llevarla directamente al estómago, sin que pase por la boca, de lo contrario me produce angustia. Al otro lado de la mesa Marc hablaba con el batería sobre la amistad y la falsedad. – Mi padre me dijo una cosa que se me quedó grabada en la cabeza–decía Marc con ímpetu –en la vida siempre podrás contar a los amigos de verdad con una sola mano. ¡Y tiene toda la razón! Pedimos otra cerveza más. Marc ya estaba muy pedo. Decía que no quería beber más. Contó que en la última cogorza que pilló se puso a caminar por encima de los coches y cuando se subió encima de una furgoneta se resbalo y se cayó desde arriba. Por poco se mata. Estuvo cojo durante unas semanas. Luego no podía volver a casa y se puso a potar en un portal. Unos que pasaban por allí vieron la papilla que había echado y uno de ellos dijo “¡Mira! ¡Ha potado fideos!” Entonces Marc se cabreó y cogió un poco de potado con las manos y se la tiró sobre el gracioso de los fideos. Después de eso se cayó al suelo y no recuerda más. - ¡Lo que más me fastidió era que dijera que eran fideos! –decía Marc– ¡Eran espaguetis que ya estaban triturados por el estómago! Jorge seguía con sus divagaciones sobre las relaciones entre mujeres y hombres. Comenzó a decirme qué chicas de clase le ponían y me habló de una que le ponía en especial. Me la describió y entonces adiviné quién era. Le dije que yo podía conseguir su número y dárselo. – ¡Vale! ¡Vale! ¡Si me lo consigues la llamo ahora mismo! En ese momento trajeron otra ronda de cazallas. Yo ya no sabía cuántas habíamos bebido. – Mira Jorge, yo te consigo el número, pero con una condición. Si la llamas le tienes que decir abiertamente que quieres echar un polvo con ella. – ¡Vale! ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo voy a decir! De puta madre. Lo digo y me voy a quedar muy a gusto. Necesito decirlo. Quiero quitarme ese trabe. Me da igual lo que diga. Si dice que no le diré: ¡pues tú te lo pierdes cagá! ¡Dame el número! Hice una llamada y pregunté el número de la chica en cuestión. – Ahí lo tienes. Llama. Llamó y habló: – ¿Hola? Soy Jorge, el de clase, ¿sabes quién soy no? (...) Pues nada, que te he llamado porque me apetece que vengas. Estamos aquí unos colegas y yo, me apetece verte. ¿Qué haces? (...) ¿En tu casa con unos amigos? Pues tú haz lo que quieras, o te lo montas con ellos o te lo montas conmigo, lo que quieras. (...) ¿Quién habla ahora? Ahh, Luis, pues nada, aquí llamando a tu amiga, a ver si le pego un polvo o qué. (...) Pásame con ella. (...) Bueno, yo estoy aquí, si quieres vente, si no... tú te lo pierdes. (...) Vale (...) vale (...) pues hasta luego. Colgó. – Dice que se lo pensará y que me llamará si le apetece. JAJAJAJA. Me da igual que no llame. Si no llama mañana la veré y le diré: ¡cagá! Yo ya me he quedado muy bien diciéndolo. JAJAJAJA. Entonces sonó el teléfono de nuevo. Empezamos a aplaudir, vitorear y reírnos. Yo ya me estaba muriendo de risa. Así que Jorge lo coge y dice. – ¿Qué pasaaaaaaaaaaaa?? (...) Ah, papá (...) Nada, nada, bien –se salió fuera y siguió hablando. Al poco rato entró de nuevo. –Nada tío, no va a llamar ¡Pero me la suda! Es más, si me la follo me dará igual que se corra o no, que es ella la que me tiene que hace la faena a mí, que para algo la he llamado. Al rato volvió a sonar el teléfono. Miramos el número. – ¡Es ella! ¡Es ella! Otra vez empezaron las risas y el cachondeo. –¡Eres el puto amo! ¡A partir de hoy vas a ser mi ídolo! Se fue fuera a hablar y al rato entró. – ¡Que se viene! ¡Va a venirse! –dijo con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces nos chocamos la mano y decidimos pedir una ronda más. Al cabo de tiempo el dueño del bar nos echó de allí. Salimos del local literalmente a cuatro patas, pues en la calle nos pusimos a pelearnos, a hacer volteretas, a tirarnos por el suelo, a jugar con las perras y a perseguirnos. En cierto momento se tiraron por el suelo en medio de la carretera y nos pusimos a hacer un montoncito. Hacía tiempo que no me tiraba al montoncito con tanta gente. Pero tuvimos la mala fortuna de que pasaba la policía en ese momento y paró. Algunos llevaban sustancias prohibidas en los bolsillos. Otros tenían mucho más que una pequeña cantidad, pues para pagarse el piso y los estudios tienen que vender cierta cantidad al mes. Pero por suerte eran policías enrollados y cuando les dijimos que estábamos jugando con las perras se tranquilizaron y se subieron al coche, nos dijeron que pensaban que pasaba algo malo porque estábamos por el suelo. Se fueron y, afortunadamente, no registraron a nadie. Llegamos a otra tasca. La chica a la que había llamado llegó. Seguimos bebiendo. Yo ya estaba muy mareado. Vi que ellos dos no se enrollaban y decidí intervenir. Me acerqué a ellos y les dije: daros un besito. Y ella dijo que no, que nos lo diéramos él y yo. Sin dudarlo nos dimos un pico y le cedimos el testigo. Le tocaba. Así que se dieron un besito y comenzaron a enrollarse. Mi alcoholismo llegó a tal punto que comencé a beberme las copas que vi en la barra sin dueño aparente. No me importaba mucho, si me hubiesen dicho algo tenía previsto decir que me había confundido de vaso. Al rato me senté en la terracita con más gente, nos pusimos a hablar de diversos temas intrascendentales como de paellas, cohetes y demás cosas de las que hablamos los valencianos. No tardamos mucho en irnos. Nos metimos seis personas más dos perras en un coche como pudimos y fuimos a parar a casa de Jorge y Marc. Yo me puse a mirar el correo en sus ordenadores y la gente comenzó a marcharse para seguir la fiesta en otro sitio. Jorge y la chica se metieron en la habitación y entonces decidí largarme con el resto de gente. Pero como estaba cerca de casa preferí subir y acabar la noche en ese momento antes de que tuvieran que llevarme entre dos personas. Llegué a casa, me puse el pijama, me metí en la cama, me puse a escribir un poco antes de acostarme, y justo cuando iba a conciliar el sueño el timbre comenzó a sonar repetidas veces, parecía que el que llamaba tenía parkinson, eran las 4 de la madrugada y había gente durmiendo en casa. Me levanté extrañadísimo preguntándome quién era. Abrí la puerta y eran Luís y Carlos. Venían borrachísimos y buscaban a María, la chica que se había largado con Jorge. Les dije que lo mejor era no buscarla, que se había perdido por ahí. – ¡Pero si acabamos de hablar con ella! Dice que está en casa de Jorge y que está cerca de aquí, pero como no sabemos dónde vive pues hemos venido aquí. Les dije dónde era, llamaron, y por supuesto no contestaron y volvieron a mi casa. Luís comenzó a decirme: – Fredy, ganas mucho en pijama, que lo sepas. – Gracias. En una bolsa llevaban una botella de vodka prácticamente vacía. Me dijeron si tenía algo para mezclar y saqué coca-cola. – Uy, nos cuidas muy bien, Fredy, eso es que me quieres poner facilón está noche– dijo Luís. – No creo... – ¿Pero tú eres gay? – Yo no soy nada. – Ay, yo creía que eras gay. – Pues vaya halago. Ambos empezaron a beber. La tele estaba apagada. – Oye, pon porno, ¿No tienes porno? –preguntó Carlos. – Enciende la tele, suele haber un canal porno por ahí –contesté. Encendieron y no encontraron nada. – Menuda mierda, no tienes porno. ¿No tienes porno en el ordenador? ¡Saca el ordenador! –insistió Carlos. – No, no, paso. – ¿Pero tienes porno gay o hetero? –preguntó Luís– ¡Anda! ¡Si tienes un póster de Dalí! ¿Sabes que yo soy fan de Dalí? ¿Sabes que mi padre es pintor? Estuvieron un rato más allí hasta que dieron por imposible sintonizar un canal porno y se cansaron. – Bueno, ya que no sabemos donde está María pues nos vamos. Ya nos veremos –Dijo Carlos. – Venga, adiós, que vaya bien. – ¡Que te vaya bien a ti! –Dijo Luís– Espero que tengas porno en el ordenador... porque si no... Cerré la puerta de casa. Fui a acostarme y todo me daba vueltas y vueltas y vueltas y más vueltas... Diario de un exiliado. Capítulo 3. A todo el mundo le gusta que le abracen y que le besenSalimos de clase. Un compañero me invita a tomar una cerveza en su casa. Camino con él por la calle.
ANDRES Tío, tío, qué buena estaba la nueva chica de clase. ¿Tú te has sentado con ella no?
FREDY Sí. Se ha puesto a mi lado.
ANDRES Qué buena está tío. Me la follaría por todos lados. ¿Qué te ha dicho?
FREDY Nada, que está aquí por una beca que le han dado. Que es de Asturias, que se ha matriculado en varias asignaturas y poco más.
ANDRES Joder tío, menos mal que luego se ha puesto a tu lado. Cuando la tenía a mi lado no podía mirarla bien para ver lo buena que estaba. Es que si la cojo la reventaba.
FREDY Veo que te gusta mucho...
ANDRES Claro tío ¿Qué no has visto lo buena que está?
FREDY Sí, sí, está bien...
ANDRES Me la quiero follar.
FREDY Pues dile algo, igual quiere.
ANDRES Sí, ya veremos... ¿Tú por qué no le tiras?
FREDY Yo no, yo ya paso de las tías, son todas unas calientapollas hijas de puta. Yo soy más inteligente y tengo cosas más importantes de las que preocuparme que de meter un absurdo palo en un agujero de una imbécil.
ANDRES Si ya... que me lo voy a creer. A todo el mundo le gusta que le abracen y que le besen. Tú no vas a ser menos.
No contesté. Tenía razón. Seguimos avanzando unos pasos.
ANDRES ¡Pero tío! ¡Qué buena está joder! ¡Me la follaría ahora mismo!
FREDY Joder, pues no sé, dile algo. Igual te la ligas.
ANDRES Ya, ¿Pero qué quieres que le diga?
FREDY No sé, invítala a tu casa o algo, igual te la follas.
ANDRES ¡Pero tío! ¿Tú estás loco o qué?
FREDY ¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro?
ANDRES ¡Tío! ¡A mi casa no!
FREDY ¿Por qué?
ANDRES ¿Cómo quieres que me la lleve a casa si vivo con mi novia? Continuamos avanzando un poco más hasta llegar a su casa. Al abrir estaba ella, que se levantó y le recibió con un “hola cariño ¿qué tal te ha ido el día?”, “bien”, contestó él, “muy bien”. Diario de un exiliado. 2ª temporada. Cap. 2. ¿A cuántos te has cargado?![]() Ya ha empezado el curso y parece que fue ayer cuando me matriculé en bachillerato. Estaba acojonado por lo que podía pasar en el piso. Tenía miedo de esas criaturas terrestres llamadas mujeres. Pero ahora estoy tranquilo. He descubierto que son personas civilizadas. Mucho más civilizadas que yo. Ahora el piso rebosa vida. La nevera esta llena. Se limpia. Se hacen cosas normales. Se compra lo que hace falta. No hay ni punto de comparación con la pesadilla del año pasado. No hacen competiciones por ver qué compresas son más absorbentes (que yo sepa). Se ha hecho un plan para que cada uno limpie una parte de la casa cada semana. Hay buen rollo. Vemos películas. Celebramos fiestas. Hacemos las cosas que se hacen en un piso de estudiantes normal y corriente. Todo esto ha empezado bien. Este curso puede ser interesante. Las asignaturas de este año están más enfocadas a la publicidad y a la teoría de la comunicación, también tenemos una asignatura de expresión musical. Creo que aprenderé mucho. Intentaré contar aquí muchas cosas de las que aprendo, puede interesar a algún ávido lector (como todos los que leen esto). Aunque tengo a algunos profesores lamentables. Tenemos al profesor más difícil de toda la carrera. No me ha gustado nada. Tiene buenos ideales, pero no tiene ninguna credibilidad. Un buen profesor de comunicación audiovisual debe saber comunicar. Que se sepa toda la teoría no me sirve de nada. Que nos dé toda una panzada de apuntes tampoco. Un buen comunicador debe saber comunicar, debe despertar interés, debe hacer que sus alumnos estén despiertos durante toda la clase y hacerla interesante. Este lo único que consigue es que bostecemos, que nos aburramos, que queramos irnos y que, al final, nadie quiera ir a su clase. En la universidad abundan este tipo de profesores. Son esos profesores que se creen que por suspender al 90% de la gente tienen más prestigio. Sé de buena tinta que muchos profesores se preguntan entre ellos: “¿A cuántos te has cargado?” y si contestan que han suspendido a muchos parece que lo miren con más respeto. Entre ellos critican a esos profesores que aprueban a toda la clase sólo por haberse esforzado. No es que quiera que me den las cosas hechas, a mí no me gusta que me regalen nada en ese sentido porque el objetivo es aprender. Pero no me gusta que estos profesores se consideren “duros” o “buenos” sólo por suspender a mucha gente. Señores: si habéis suspendido a mucha gente no es porque seáis más buenos o más prestigiosos, sino porque no habéis conseguido transmitir lo que queréis a vuestros alumnos y no habéis inculcado nada. En vez de sacar pecho cada vez que digáis que habéis suspendido a 80 personas deberíais estar llorando y tomaros esa cifra como un auténtico fracaso personal. Cuando son tantos los suspendidos no sólo han fallado los alumnos. Os escudáis diciendo que la mayoría son idiotas, pero no es así, la mayoría se esfuerza y estamos aquí porque queremos. Papá y mamá ya no nos ponen el bocadillito en la mochila y nos obligan a venir a clase. Pero lamentablemente seguirán existiendo los profesores pedantes. Estos que tienen la autoestima tan baja que tienen recordar todos los días que han escrito unos cuantos libros que son un auténtico tostón, o que el autor del manual que estamos estudiando es amigo suyo, o que el autor de la teoría de la comunicación más respetada fue compañero suyo en la facultad. ¿A nosotros qué nos importa eso? ¿Es que se creen que por ser amigos de un autor u otro tienen más prestigio? ¿Creen que por ser amigos de algún “famosillo” ya les pertenece parte de esa “fama” y “genialidad”? Limitaos a enseñar, a prepararos clases interesantes y a procurar que la mayoría de gente aprenda lo que tiene que aprender. Os dejo con esta parrafada, que ya copié en su día aquí, de la película Lugares comunes de Adolfo Aristarain. “Mostrar no es adoctrinar, es dar información pero dando también, el método para entender, analizar, razonar y cuestionar una información. (...)Si alguno de ustedes es un deficiente mental y cree en verdades reveladas, dogmas religiosos o doctrinas políticas, sería saludable que se dedicaran a otra profesión, a predicar en un templo o desde una tribuna. Si por desgracia siguen en esto, traten de dejar las supersticiones en el pasillo antes de entrar al aula. No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, no sirve. Lo que se impone por la fuerza se rechaza y en poco tiempo se borra. Ningún chico será mejor persona por saber de memoria en qué año nació Cervantes. Pónganse como meta hacerlos pensar, que duden, que se hagan preguntas.” Diario de un exiliado. Segunda temporada. Capítulo piloto. Las compresas absorbentes.Fui a hablar con la casera e intenté explicarle la situación. – Verás, no quiero vivir más aquí porque... – No importa lo que sea –me interrumpió –el año que viene el piso será tuyo. Confío plenamente en ti y te veo un chico responsable. Búscate a otros dos compañeros de piso y ya está. – Sí, pero es que yo lo que quería decirle... – Que no te preocupes. Sé que en ti puedo confiar. – Bueno... pero es que yo tampoco estoy seguro de vivir aquí el año que viene. – Mira, yo no quiero que se queden ellos. Si quieres te dejo el piso más barato. Si es por el dinero no hay problema. Me gustaría que te quedaras. La casera estaba medio sorda. Tenía que repetirle tres o cuatro veces las cosas para que se enterase de lo que digo. Aunque en realidad entendía lo que le daba la gana. Su oído era selectivo. Cuando volví al piso fui a decirles a mis compañeros que el año que viene ya no estarían en el piso. Que me lo quedaría yo. Pero el rastafari, antes de que le dijera nada, me comentó que este año se iría a vivir a otro piso con unos amigos. Luego el Corama me dijo que quería irse a vivir con sus amigos. Todo estaba solucionado sin que yo tuviese que decir nada. Tan sólo tenía que buscar unos nuevos compañeros. Así que a final del curso colgué un cartel en el panel de la universidad que decía así: Se buscan 2 compañer@s para compartir piso. Interesados enviad un email a: entierrafirme@hotmail.com o llamad a este número de teléfono: XXXXXXX Al día siguiente recibí la llamada de dos chicas. Quedé con ellas para enseñarles el piso. Abrí la puerta y vi a dos conocidas que iban a mi clase. Estuvieron viendo el piso, las habitaciones, estudiaron las ventajas y desventajas y me dijeron que se lo pensarían. Parecían serías y normales. Al día siguiente me llamaron y me confirmaron que querían quedarse en el piso. Yo todavía tenía la oportunidad de decirles que ya era tarde o inventarme cualquier historia. Pero me dieron buenas vibraciones y les dije que sí, aunque tenía un poco de miedo porque yo no sé convivir con chicas. No sé qué hábitos tienen, ni qué pasa por sus mentes. Jamás en mi vida he entendido a una sola mujer y nunca se me había ocurrido convivir con ninguna. No sé qué piensan, ni lo que dicen, ni lo que hacen. Para mí son una especie desconocida de otro planeta que hablan en otro idioma: el idioma de las sutilidades. Supuesto imaginario en el que se refleja el concepto que tiene Fredy de las mujeres: Interior. Atardecer. Dos chicas están en la sala de estar y no saben qué hacer. Chica 1: Me aburro. Chica 2: Yo también. Chica 1: ¿Qué podemos hacer? Chica 2: ¿Qué tal si sacamos nuestras compresas y comparamos cuál es la más absorbente? Chica 1: ¡Vale! ¡Hace tiempo que no comparo con nadie mis compresas! Ambas buscan en sus bolsos sus respectivas compresas y las abren. Chica 2: ¿Qué echamos en las compresas? ¿Agua? Chica 1: No, en el bolso siempre llevo un frasco de líquido azul porque soy muy aficionada a la comparación de compresas. En mi bolso nunca falta el frasquito de líquido azul, las pastillas de la regla, alguna pastilla del día después, un consolador, unas esposas y una barra de labios. Chica 1: Pues tía, igual que yo, pero la diferencia es que yo nunca llevo frascos de líquido azul. Chica 2: Venga, echa el líquido sobre mi compresa. La chica número uno echa el líquido azul sobre la compresa de la chica número dos en un escenario completamente blanco. Chica 1: ¡Oh! ¡Qué absorbente! Creo que a partir de hoy compraré tu marca de compresas. No sé si tengo una imagen acertada de las mujeres. La verdad es que no sé si ha sido buena idea vivir con tías. Tengo pesadillas, sueño con una casa que se inunda de un líquido azul que me ahoga. Es como la escena de El resplandor pero en vez de sangre sale líquido azul para comparar compresas. Veremos qué pasa. Diario de un exiliado. Capítulo 17. ArdienteLo peor que podía ocurrir ocurrió: el Rastafari se echó novia. Era la típica imbécil sin personalidad con la cara llena de piercings que llevaba rastas en la cabeza, en los sobacos y seguro que hasta en el coño. Pero no eran unas rastas normales, sino de las que sólo pueden formarse cuando alguien no se lava el pelo en un año. Era realmente asquerosa, por eso mismo hacía buena pareja con el Rastafari. Debería haberme alegrado cuando me la presentó si no fuera porque la noche anterior estuvieron follando a grito pelado sin dejarme dormir. Yo intentaba conciliar el sueño y cuando creía que por fin iba a dormir comenzaban de nuevo: venga el ruidito del colchón, los golpes contra la pared, los gemidos y los múltiples orgasmos en estéreo. Yo tapaba mi cabeza con la almohada pero no podía dejar de escucharlos. Me levanté y pasee por la habitación para pensar qué hacer. Por un momento quise llamarles a la habitación, ¿pero qué iba a decir a dos personas que están follando como conejos? Disculpad ¿podéis follar con un poco más de discreción? Es que no puedo dormir. Pero no hubiese sido buena idea. Así estuvieron durante toda la semana. Yo trataba de permanecer en el piso el menor tiempo posible. Siempre que podía me quedaba en casa de algún compañero a dormir. Se pasaban día y noche follando. A veces hasta se lo montaban en el cuarto de baño. Parecían tener la receta del viagra en su sangre. Creo que les daba morbo que les escucharan, otra explicación no me cabe en la cabeza. Entre polvo y polvo salían de la habitación sonrientes, medio en pelotas y se bebían mi botella de agua de la nevera. Yo los miraba y pensaba que el futuro de la Tierra a largo plazo estaría lleno de rastafaris fumaporros. Dentro de 1000 años, en las típicas fotos en las que aparece un mono que evoluciona hasta el homo sapiens sapiens aparecerá un eslabón más: el rastafari fumosapiens marihuanensis. En momentos así uno piensa que la eugenesia y el exterminio no es una opción tan descabellada como parece. Pero llegó el día de San Juan. Fui con los amigos a comprar bebida para el botellón nocturno. Cuando volví a casa todo estaba lleno de humo y de gente . Tenía miedo. Cada vez que el rastafari montaba una fiesta sucedía algo paranormal. El humo era exagerado. Pensé que se estaban haciendo un submarino con una cachimba del tamaño de un botafumeiro. No conocía a la mayoría de gente que estaba allí, algunas caras me sonaban del día que el rastafari montó la fiesta en la que me robaron la tarjeta de la cámara. Nadie me decía nada. Todos estaban bebiendo o fumando. De pronto se acercó uno que no sabía quién es. - ¿Tienes papel? –me pregunta. - No, no tengo papel. ¿Se puede saber qué está pasando aquí? - Nos hemos comido setas. Estoy de un buen rollo que flipas. Todavía quedan unas cuántas raciones. ¿Quieres? En serio tío, te da un buen rollo... yo estoy de puta madre ahora mismo. - No, no, gracias... es que me tengo que ir ahora mismo a la playa. Salí de la cocina y entré en el comedor. Entonces vi al Rastafari junto a un montón de chusma y su novia multiorgásmica. Todas las mesas y sillones estaban apartados. Mire hacia arriba y había una mancha negra en el techo. En el centro del comedor había un montaña de ceniza. ![]() - ¿¿Pero qué coño es esto?? - ¡¡Fredy!! –dijo el rastafari– ¡nos hemos comido setas y hemos hecho una hoguera! Me quedé de piedra. - ¿Una hoguera? –pregunté. - Sí, sí. Carí –dijo girándose hacia donde ella estaba la multiorgásmica–. Enséñale a Fredy el video que hemos grabado. –Se volvió a girar hacia mí– Ahora verás que cafrá. Ella se levantó y se acercó con su cámara digital. Me puso el video que acababan de grabar. Y... en fin... ¿para qué les voy a contar? Me quedé tan impresionado que le pedí que me lo copiara para luego poder colgarlo. Le he puesto música para darle un mayor patetismo a la escena. Vean, vean: Al acabar de ver el video no sabía qué hacer. La gente ya estaba flipando demasiado con las setas y decidí irme a la playa aunque faltaba una hora para el botellón. Pasé la noche de San Juan consternado. Al saltar las olas deseeé con todas mis fuerzas que se incendiara el piso y se murieran todos. Pero volví a casa y todos los amigos del Rastafari seguían allí, algunos en coma etílico tirados por el suelo, otros durmiendo en el sofá, otros en la terracita del balcón hablando de cómo rentabilizar el THC de una planta... Al día siguiente llamé a la casera. - ¿Oiga? Soy Fredy, quería hablar con usted. - Sí, dime. - La última vez que vino a cobrar nos preguntó si queríamos seguir en el piso el año que viene. - Sí. - Yo quería decirle una cosa: el año que viene o sen van mis dos compañeros o me voy yo. - ¿Por qué no vienes aquí y lo hablamos? - Vale. Y me fui a hablar con la casera. Diario de un exiliado. Capítulo 16. La visión más cerda y guarra del mundo
Algún día contaré el desenlace del último capítulo del diario de un exiliado. Pero ahora no es el momento porque todavía no se ha escrito la última palabra de esta historia . Cuando me he terminado la pizza he ido a la cocina y me he dado cuenta de que la basura apestaba muchísimo. Está rebosante de mierda desde hace un mes y nadie la tira. Encima seguimos tirando basura en esa bolsa y está tan llena que el contenido se va cayendo al suelo. Así que he decidido tirarla, más que por ellos lo he hecho por mí mismo; para no tener que aguantar esa peste cada vez que entro en la cocina. ¿Os sorprendería si os dijera que en mi piso ya no queda papel higiénico porque nadie quiere comprarlo? El otro día recorté un trozo de sábana vieja para poder limpiarme el culo. La situación era tan esperpéntica que hice una foto del trozo de sábana para que las futuras generaciones del año 4000 vean en las pésimas condiciones que vivíamos los humanos de la II Edad Media (que va desde el año 1900 al 2790).
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Diario de un exiliado. Capítulo 15. No sé si lo que ocurre aquí es normalYo no sé si lo que ocurre aquí es normal. Ahora mismo estoy muy confuso. Igual os creéis que me gusta quejarme por vicio o que hago críticas por pura diversión, pero ahora mismo estoy muy muy cabreado. ¿Cómo estaríais vosotros si después de pasar dos semanas de vacaciones volvéis a vuestro piso de estudiante y os encontrarais con vuestra habitación (la cual habíais dejado impecable antes de iros) patas arriba, con un saco de dormir que no sabes de quién es por el suelo, con todos tus libros esparcidos por ahí, con la cama deshecha y con tu ropa, que habías dejado plegada en una silla, tirada por toda la habitación? ¿Os lo podéis imaginar? Pues así estoy yo. Y encima creo que la culpa es mía. Os cuento: el último día que estuve aquí en el piso sucedió algo muy extraño. Yo estaba durmiendo la siesta. Eran alrededor de las siete de tarde (sí, soy un perro). Tenía pensado volver al día siguiente a mi ciudad y pasar la Semana Santa allí. Mis compañeros de piso ya se habían ido a sus pueblos. De pronto me despertó un ruido. Alguien estaba abriendo la puerta del piso. Era extraño, esa misma mañana había visto que mis compañeros se habían ido con sus maletas. Automáticamente pensé que uno de los dos se había olvidado de algo o que había postergado el viaje. Me levanté de la cama, me puse las zapatillas y salí de la habitación para saber qué había pasado. Me asomé por pasillo y vi a dos personas que no conocía de nada. Ellos también me vieron a mí. - Hola ¿Qué tal? – me pregunta el que tenía pinta de rastafari. - Yo bien – ¿y tú? - Bien también. Era divertido. Estaba intercambiando frases de cortesía con dos personas que no sabía ni quiénes eran y acababan de abrir la puerta de mi casa con las llaves. - Soy amigo del Rastafari – pareció advertir que lo estaba mirando con gesto de preguntarme quién cojones era-, él se ha ido a su pueblo –continuó diciendo- pero como nosotros vamos a pasar aquí toda la semana Santa nos ha dejado las llaves. - Entiendo –dije por decir algo, aunque en realidad no entendía nada. - ¿No te ha llamado para decirte que veníamos? - Pues no. - Pues me dijo que te llamaría. No tardará en hacerlo. - De acuerdo. Miré al otro chico. Me sonaba su cara pero no sabía de qué. Lo había visto antes en algún lugar. - ¿De qué te conozco? –le pregunté. - Ya estuve aquí aquél día que El Rastafari montó una fiesta. - Ah ya. Estaba hablando del día que me robaron la tarjeta de la cámara, de la cual todavía no sé nada. Me despedí de ellos. Yo ya estaba asustado. Me encerré en la habitación y me tumbé de nuevo en la cama. Quería pensar en la situación pero no podía. Sólo escuchaba el rumor de los nuevos huéspedes. Estuve intentando concentrarme pero no pude hacerlo hasta que al cabo de media hora se marcharon. Así que dos desconocidos iban a estar en el piso durante toda la Semana Santa y, encima, uno de ellos estuvo aquí el día que me robaron la tarjeta de la cámara. Bien, muy bien, y El Rastafarí no me había llamado para decírmelo, ni para preguntarme si me importaba que viniesen ¿Para qué? Si aquí todo el mundo puede hacer lo que le dé la puta gana. Estuve esperando la llamada del Rastafari durante toda la Semana Santa, pero no la recibí. Aquella noche no vinieron a dormir. A la mañana siguiente me fui a mi ciudad y no vi aparecer nadie por el piso. Me marché con cierta intranquilidad ya que los dos desconocidos iban a estar allí. Si había algo que me podía molestar era que entrasen en mi habitación y tocasen mis cosas, y más siendo desconocidos. No tuve ocasión de volverlos a ver y advertirles (aunque estas cosas no deberían advertirse porque son obvias) que no entrasen en mi habitación y, si querían estar aquí, que limpiasen todo lo que ensuciasen (en la anterior fiesta que montó El Rastafari nadie limpió después ¿Adivinan quién tuvo que recoger todo?). Y es que, queridos amigos, antes de marcharme del piso emprendí una heroica gesta y lo limpié de arriba abajo yo solito, no podía seguir viviendo entre tanta mierda. Incluso fregué los platos, hecho que había prometido no realizar hasta que alguien se decidiera a colaborar con la causa. Pero fui un iluso, hoy en día El Corama todavía no ha cogido una fregona desde que estamos aquí y El Rastafari únicamente se dedica a fumar porros. Durante la Semana Santa me olvidé de todo, no pensé en el piso para nada, estaba en otro mundo y ya no quería saber nada de este maldito cuchitril. Hoy, al llegar al piso, estaba feliz y despreocupado, tenía la cabeza en la Luna, como siempre. Pero al entrar en mi habitación y encender la luz me he quedado flasheado. No daba crédito a lo que veía. Alguien había entrado y había estado hurgando en mis cosas, las sábanas estaban revueltas, se notaba que alguien había dormido allí. La papelera estaba tirada y el contenido estaba esparcido por el suelo. Mis libros, que cuido con tanto amor, estaban tirados de cualquier forma por el escritorio. Y lo que es peor: la libreta en la que dibujo, escribo poemas, ideas sueltas y cosas muy personales estaba encima del escritorio y ABIERTA. Eso me ha enfurecido muchísimo, no soporto que nadie lea mis cosas personales y menos un desconocido. Al ver el panorama he salido enfurecido de la habitación y he buscado a El Rastafari dispuesto a pedirle explicaciones, estaba tan furibundo que si en ese momento no me convencía (cosa que era lo más probable) hubiese sido capaz de propinarle una paliza. He llamado a su habitación y no contestaba. He abierto y no había nadie. El piso estaba vacío. Luego he entrado en la cocina y he visto que todo estaba sucio y lleno de botellas vacías de alcohol por el suelo. He abierto la nevera y he visto que la poca comida que tenía se la habían zampado. He abierto mi despensa y no estaban mis cartones de leche. Pero lo más asqueroso de todo ha sido encontrar un bote de leche condensa que guardaba en la despensa sin abrir, abierto y con una abominable moscarda flotando dentro. Al verla me han dado ganas de vomitar. Y, como sé que la gente cree que exagero cuando cuento las cosas, he sacado una foto para que quede constancia de ello. ![]() Ahora estoy esperando a que vuelva El Rastafari y hablar con él, ya me he tranquilizado un poco escribiendo esto, pero esto no se puede quedar así. No han respetado mis cosas, ni mi intimidad y no me siento a gusto aquí. No sé si esto debería preocuparme tanto. Sé que hay gente en el mundo que está peor que yo y que esto sólo son problemas domésticos. Pero aquí no estoy tranquilo con esta gente. Igual es que soy gilipollas o simplemente es que soy un paranoico. Mientras tanto me haré muchas preguntas: ¿Qué hago? ¿Me marcho de aquí pese a que ya se está acabando el curso? ¿Vuelvo a casa con mis padres y renuncio a hacer lo que quiera y cuando quiera? ¿Busco otra habitación en otro piso aunque a estas alturas del año sea prácticamente imposible? ¿Me pego un tiro? ¿Me pongo a ver una película y paso de todo? ¡Qué duro es ser estudiante! Diario de un exiliado. Capítulo 14. Vivo en un manicomio![]()
Cuando convives con locos te pueden suceder dos cosas: la primera y más sencilla es que se te contagie y acabes peor que ellos, y la segunda y más preocupante es que te acostumbres y asumas como normales las múltiples situaciones surrealistas en las que te ves involucrado a lo largo del día. A mí me ha sucedido esto último y no me doy cuenta de ello hasta que invito a alguien a mi casa y ven lo que aquí ocurre. Cuando están un rato en el piso alucinan con lo que pasa y me preguntan si todos los días son iguales. Es cuando me doy cuenta de que mi vida no es normal. Hace unos días estaba sentado en el sofá junto al rastafari viendo El diario de Noah . Parecíamos Beavis and Butthead viendo la tele. Mientras veíamos la película el rastafari me confesó que le encantaban las películas de amor y que esa peli ya la había visto al menos veinte veces. Me sorprendió de él, no esperaba que detrás de un hippie tan cerdo como él se escondiera un pequeño romeo sensiblón. Y es que a veces me olvido de que hasta las cucarachas más asquerosas también tienen sentimientos, todo lo contrario que yo, que dejé de sentir el día que intenté suicidarme .De pronto, en un momento culminante de la película, el Corama irrumpió en el comedor abriendo la puerta con gran estrépito. Iba descamisado y con el pelo mojado. - ¡Tíos! –dijo histérico como si nos fuera a contar una noticia catastrófica. - ¿Qué sucede? –pregunté preocupado mientras me incorporaba del sofá. - ¡Me ha salido un hueso nuevo! –dobló su brazo derecho y se tocó con su mano izquierda el codo opuesto– aquí, toca aquí –se acercó a mí y me hizo tocarle su codo- ¿No lo notas? ¿No notas un hueso? ¡Ese hueso no lo tenía antes! - Pero este bulto es normal, al lado del codo está este bultito que es de otro hueso. - ¿Estás seguro? – preguntó preocupado. - Sí, claro. Mira, tócate el otro codo y verás que lo tienes igual –le dije como el que intenta explicarle algo a un loco fuera de sus cabales. Se tocó el otro codo mientras hacía gestos de auténtico demente. - ¡Es cierto¡ ¡Aquí también está el hueso ese! - ¿Ves como no es nada? - Ya, pero es que a veces descubro huesos nuevos... y yo que sé, pensaba que igual me había salido un tumor en el codo o algo así... - Tranquilo hombre, que eso es normal –le dije tratando de consolarle. Al cabo del rato se fue y seguimos viendo la película. Tenía miedo del Rastafari, pensaba que igual las películas de amor también le ponían cachondo y como estábamos tapados bajo la misma manta temía que quisiera meterme mano. De pronto irrumpe el Corama otra vez en la estancia. - ¡¡Tios!! –gritó más todavía– ¡Me he roto una uña! ¿Hay algun botiquín por aquí? –con su tono parecía como si en vez de una uña se hubiera cortado la vena aorta. El rastafari y yo nos miramos. ¿Cómo se le ocurría preguntar si había un botiquín en una casa donde ni siquiera hay lejía para fregar? - No, me temo que no hay –le dije. - ¿¿No?? ¿Y qué hago? –dijo extendiendo la mano como si en vez de una gotita de sangre le estuviesen saliendo los estigmas de Jesucristo. - Échate agua –le dijo el rastafari. - ¡Joder! ¿Por qué no hay botiquín en este piso? ¿Y si algún día pasa algo? - Compra uno –le dije sabiendo que él no iba a comprarlo, nunca ha querido comprar nada que sea para beneficio de todos, ni siquiera un poco de sal, es un paranoico que siempre está pensando que se quieren aprovechar de él. - Bueno... ya veremos –dijo poco convencido. - Oye, una pregunta... ¿Tú eres hipocondríaco verdad? –pregunté. - ¿¿Hipoconqueeé?? – preguntó con una indescriptible mueca de paleto. - Nada, nada, olvídalo. La película terminó. Yo fui a hacerme la cena. Últimamente sólo me alimento de espaguetis. Es lo más barato y fácil de hacer. Podría comprar patatas pero hay que pelarlas y cortarlas y eso es demasiado trabajo para un artista como yo que necesita emplear su tiempo en vivir la vida para poder inspirarse. Yo no puedo perder el tiempo como un vulgar humano. No me extrañaría que dentro de poco, si continúo con esta mísera dieta, termine cagando mierdas con forma de espaguetis. Mientras me preparaba la pasta apareció de nuevo el Corama. Abrió su armario y sacó unas extrañas chocolatinas. - ¿Ves esto? –me dice– son barritas energéticas sustitutivas de comidas, te comes una y ya no te hace falta comer. Tiene todas las vitaminas y proteínas de una comida normal. - ¿Y esto para qué te lo compras? - No sé, así no tengo que cocinar, ni fregar, ni nada. - Entiendo... –me consolaba saber que existía un tío sobre la faz de la tierra muchísimo más vago que yo. - Oye Fredy, ¿No podrías darme un brik de leche? - ¿Para qué? ¿Para mojar la barrita? - No lo sé, es que voy a casa de unos amigos y me han pedido que lleve leche. - Espera que ahora te la doy. Busqué en la despensa donde tenía guardadas mis pocas cosas. Por casualidad encontré un brik de leche que había caducado hacía más de dos meses pero debido a mi falta de tiempo todavía no había podido tirarlo. Decidí que lo mejor era endosárselo, de todos modos si se lo bebía y se moría no me iba a sentir culpable, todo lo contrario, sería todo un alivio saber que ya no me volvería a despertar la siesta con el puto pianito mientras toca la clásica melodía de Supermario una y otra vez como un videojuego rayado. Incluso cuando llevaba a sus amigos a casa se ponía a tocarles la puta melodía para enseñarles lo bien que sabía tocar el piano. Cogí el brik y se lo di. - Oye, esto está caducado –se había dado cuenta. - Pero eso no importa hombre –le dije–, la leche en realidad nunca caduca ¿no lo sabías? Lo que ocurre es que sanidad obliga a poner una fecha de caducidad a todos los productos y esa fecha está ahí por puro trámite. - ¡Ah vale! ¡Entonces pefecto! -Y se fue de lo más feliz. Yo me metí otra vez en el comedor. Ahora había puesto la película Noviembre. Entró el Corama otra vez. - Oye, ¿Tienes desodorante? –me pregunta. - Sí, está en mi armario, cógelo –dije sin dejar de mirar la pantalla. - ¿Pero es de la marca Axe? - No ¿por? –aparté la mirada del televisor y se la dirigí a él. - Es que sólo me gusta la marca Axe. - ¿No tienes desodorante y encima que te dejo uno me vienes con exigencias? –ya estaba hartándome con esas tonterías de niño pijo malcriado. - Tío, no te pongas así, joder. ¿Qué tiene de malo que sólo quiera ponerme de esa marca? - ¡Vete a la mierda hombre! ¡No tienes personalidad! ¡Estás influenciado por la televisión! Te crees que si te pones ese desodorante las tías se te van a echar encima como gatas en celo. - ¡No! ¡No es por eso! ¡Es porque me gusta! - ¡Anda ya! - Bueno, pues hoy no me pongo desodorante. - Pero tío, ¿cómo eres así? ¿No te pones desodorante sólo porque no es de tu marca favorita? ¿Pero tú en qué mundo te has criado? ¿Cómo estás tan influenciado? - ¡Que me dejes en paz! ¡Yo hago lo que quiero! –me contestó nervioso. - Pues haz lo que te dé la gana, pero haz lo que te da la gana de verdad, no lo que te digan cuatro imbéciles que se inventaron una campaña de publicidad para embaucar a críos como tú que no se comen ni un rosco y se piensan que con eso la cosa va a cambiar. Salió del comedor sin contestar. Pensé que tras esta discusión ya no me volvería a molestar más. Aunque también me pregunté si de verdad estaba acostumbrandome a vivir con locos o yo me estaba convirtiendo en uno de ellos. Escuché que la puerta de la calle se cerraba de un portazo. No tenía una respuesta a mi pregunta y tampoco sabía cuánto tiempo más aguantaría en ese piso. Diario de un exiliado. Capítulo 13. Si yo tuviera una escoba...Lo que más me fastidia de barrer es esa rayita de mierda que es imposible subirla al recogedor. Barres hacia un lado, barres hacia el otro, pero no hay forma, siempre permanece la puta rayita de polvo en el suelo. Lo que correspondería hacer con esa rayita es meterla debajo de la alfombra y sanseacabó, pero lo que hago es abrir la habitación de alguno de mis compañeros y de un escobazo meto la mierda para adentro y que les jodan, ya que no limpian al menos que se traguen lo que ensucian.
Las votaciones para el concurso de 20 minutos están llegando a su fin. No seáis hijos de puta y votadme antes de que se acabe haciendo click aquí . Recordad que si lo hacéis estaréis contribuyento a una buena causa . Diario de un exiliado. Capítulo 12. La cena de mierdaHoy he asistido a una cena de mis excompañeros de trabajo. Hacía mucho tiempo que no los veía y que no me iba a tomar unas cervezas con ellos. Lo malo que me he sentido fuera de lugar, como si no pudiera integrarme en sus estilos de vida. He hecho todo lo posible por comentar con ellos viejas anécdotas, por hablarles de mi nueva vida, pero es inútil. Entre ellos y yo hay un abismo. Ellos hablaban de sus proyectos de vida, de las casas que se han comprado, de las reformas de cocina que se han hecho, de lo que han subido sus viviendas durante los últimos meses, de los negocios que están pensando montar y de los hijos que han tenido. Esas conversaciones a mí no me interesan lo más mínimo y soy incapaz de participar en ellas, no sé hablar de esas cosas porque, entre otras cosas, yo no tengo propiedades y no hago nada de eso. Me sentía un inútil junto a ellos, como si fuera una persona que no se acaba de integrar en el mundo. Como un idiota que todavía sigue estudiando y no tiene proyectos de vida a los 24 años. Ellos se han casado o tienen un relaciones estables y yo sólo puedo hablarles de mi vida de estudiante, de lo que estoy aprendiendo, de cine, de videojuegos, de televisión y de frikadas por el estilo que no le interesan a nadie. Desde que dejé el trabajo para poder estudiar siento que me he convertido en un deshecho social, en alguien raro que no promete nada, que no resulta interesante a las personas aparentemente normales simplemente porque no tengo la cartilla del banco llena. Ellos hablan de sus propiedades, como si lo que poseyeran formara parte de sus vidas, como si eso les hiciese mejores personas. Y a mí me gusta hablar de experiencias vitales, de sensaciones, de sentimientos; en definitiva: me gusta mantener conversaciones interesantes. Me gusta que me hablen de cosas que desconozco y aprender, yo sólo quiero estar con personas auténticas que no estén alienadas. Me gustaría poder escapar de aquí. Siento que he defraudado al mundo (aunque puede que el mundo me haya defraudado a mí). Quiero ser escritor y he de hacer algo por conseguirlo. Todavía no me arrepiento de haber dejado ese trabajo fijo, gracias a eso no me he convertido en una mierda de persona que sólo piensa en casarse y comprar una puta casa. Prefiero seguir siendo así, un bohemio que camina sin rumbo y que quiere llevar una vida artística, aunque para los ojos de los demás no resulte más que un introvertido idota que no tiene nada que decir, que se eclipsa en conversaciones aburrídisimas. Quiero seguir adelante. Si hubiese continuado con ese puto trabajo de vendedor de teléfonos me hubiese convertido en uno de ellos. Desprecio a todos aquellos que sólo sirven para pagar hipotecas y para contar cuántas letras tienen para pagar a final de mes, sólo preocupan del próximo coche que se van a comprar, creen tener unas vidas plenas y en realidad son esclavos de sí mismos, de sus coches y de sus posesiones. Yo no quiero ser así. Me gustaría ir a la India y ver cómo es el mundo allí. Sé que allí la gente no vive bien, pero me gustaría verlo. Sé que hay miseria. Sé que hay hambre, sé que los orfanatos están llenos de niños. Pero desde que una amiga fue y vio todo aquello le cambió la vida. Me encantaría descubrirlo y verlo con mis propios ojos. Mi amiga dice que cuando entró al orfanato no tenía intención de coger a ningún niño. Que iba sólo a dejar unos medicamentos que había comprado para donarlos. Pero vio a un niño de apenas un año que estaba llorando. Entonces ella lo cogió y el niño dejó de llorar al instante. Se agarró a ella y se tranquilizó. Después ella no pudo deshacerse de él, era un niño que no tenía madre, un niño que vivía con otros niños que no tenían padres. Estuvo durante dos horas con ese niño en brazos y nunca olvida el momento en el que tuvo que volver a dejarlo donde estaba repleto de felicidad porque alguien le había prestado atención. Me contó que durante mucho tiempo estuvo llorando recordando a aquel niño... y ahora cuando lo cuenta todavía se emociona .... yo quiero llenarme de sensaciones así. Esas son las experiencias vitales que quiero experimentar. Quiero aprender de la vida y saber apreciar lo que tengo. Quiero organizar un viaje a la India para este verano. Aunque lo difícil será reunir todo el dinero que me hace falta para poder realizarlo. Pero no puedo quedarme más tiempo aquí, viviendo como un puto pijo niño de papá, no quiero ser uno más: uno de esos que quiere sacarse una carrera para alcanzar una estabilidad y luego hablar de los coches y pisos que se han comprado. No. Si yo comencé a estudiar comunicación audiovisual es porque quiero transmitir a la gente lo que siento, porque quiero dar voz a las personas olvidadas, porque quiero viajar por los países recónditos de África, porque quiero ser corresponsal de una guerra y contar lo que allí ocurre, quiero hacer algo por el mundo, quiero mostrar a través de mis ojos las cosas que ocurren. No soy uno más. Soy alguien grande. Y así no me voy a quedar. Creedme. Diario de un exiliado. Capítulo 11. El ludópata![]() Mi vida es mucho más lamentable que antes. Me he aficionado a las partidas nocturnas de poker y también llevo unos días yendo al casino. Suelo jugar al poker en casa de un compañero de la facultad que organiza las partidas. Me encanta jugarme el poco dinero que tengo, cuando no tienes nada hay poco que perder. En el casino también me divierto. Esta semana ha sido la primera vez que he ido a uno y lo cierto es que me ha encantado. Entré jugándome cinco euros y acabé con treinta. Me fui contentísimo a casa, como si me hubiese emborrachado. Ahora entiendo lo que contaba Dostoyevski en El jugador . Cuando lo leí no entendía la mentalidad de un jugador, pero ahora lo sé porque lo puedo experimentar en mis carnes. Lo primero que hago al salir del casino es pensar en cuando voy a volver. La sensación de ver caer la bolita en tu numerito, tu color o tu docena no se puede comparar con nada. Tenéis que probarlo, seguro que se os quitan todas las penas que tengáis. También llevo una viciada descomunal al Pro Evolution Soccer 6 , ahora mismo soy invencible. Gano a todos los impresentables que juegan contra mí. Desde aquí quiero retar a cualquier mortal que crea que pueda ganarme , seguro que a los pocos minutos de comenzar la partida se arrepentirá de haberlo hecho y se ira con el culo escaldado a su puta casa. La ruleta es una droga. No quiero ni imaginar cómo será el hipódromo, desde que leo a Bukowski tengo ganas de ir a uno. Si ya me emociono cuando veo caer la bolita en mi número el día que mi caballo entré el primero en la línea de meta me volveré loco. Y no quiero hacelo por el dinero, sino por diversión. Intentaré apostar a los caballos antes de que se acabe el curso. Y hasta aquí todo por hoy. Mañana más. Diario de un exiliado. Capítulo 10. No lo soporto másNo lo soporto más.
Después entro en la cocina. Está todo por fregar, el piso huele cada vez peor. Hace un mes que nadie friega los platos. Yo ya paso de hacerlo, llevo fregándolos desde que empezamos a vivir aquí. Se van a pensar que soy su chacha, así que yo ya no voy a limpiarles nada, estoy en huelga. Quiero ver cuánto aguantan sin fregar y de momento el resultado es este:
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Luego busco algo para comer. No tengo comida, no tengo dinero, no tengo nada. Además, el rastafari y el otro se comen mi comida y se beben mi bebida. Tan sólo tengo lo justo para pagar el alquiler durante los meses que restan de curso. Suelo ir a casa de mis compañeros de clase para ver si me invitan a comer, cuando me ofrecen quedarme a comer les digo con indiferencia que es una buena idea, no quiero que noten que he ido a propósito a eso. | ||||||