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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Relatos.

A ciegas

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“Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito”
J. L. Borges


Estrella paseaba por la calle. Eran las seis de la tarde de un martes de abril. Había quedado con su amiga Verónica para tomar un café en la Plaza Mayor. Estrella era esteticista y había terminado su jornada laboral. Se pasaba el día trabajando en un salón de belleza. Era una de las mejores especialistas en cuidados del cutis, toda su clientela estaba satisfecha con el trabajo que ella les hacía porque era capaz de sacar lo mejor de un rostro, de limar sus imperfecciones y hacer que todas salieran mucho más guapas del salón de belleza en el que trabajaba.

Verónica esperaba sentada en la mesa que siempre ocupaban, al lado de la gran vidriera en la que estaba inscrito el nombre de la cafetería con letras curvadas: Café Aleph. Estrella abrió la puerta de la cafetería y mientras sonaba el tintineo el camarero le dio las buenas tardes.

- ¿Lo de siempre Estrella? –preguntó el camarero.
- Claro que sí, Jorge.

Estrella y Verónica se saludaron con dos besos. Dejó su bolso y su chaqueta en el respaldo de la silla y se sentó. Verónica tenía una belleza que destacaba por encima de la Estrella. Llevaba generosos escotes, su mirada era penetrante y sus labios lucían un rojo intenso que hacía que no pasará inadvertida. Estrella, sin embargo, era más escueta. Tenía una belleza natural adorable y pese a ser esteticista siempre era la sombra de Verónica en las fiestas. Era más reservada y tímida, pero el contraste que hacía con Verónica, que tenía un don de gentes extraordinario que la hacían el centro de atención, la relegaban a un segundo plano.

Hablaron de sus cosas. De cómo les había ido el día. Mientras tanto, miraban a la gente pasar a través del cristal.

- ¡Mira que chico tan guapo! –exclamó Verónica.

Estrella se giró y lo observó. Y suspiró.

- No sé cómo lo haces. Tú has tenido la oportunidad de estar con muchos chicos que te han querido y los has rechazado a todos –dijo estrella.
- Ninguno valía la pena –dijo mientras se encendía un cigarrillo muy segura de sí misma.
- ¿Ninguno? Fidel era un buen chico, estaba realmente enamorado de ti.
- Fidel era un pelmazo.
- ¿Un pelmazo? ¡Pero si te trataba como a una reina!
- Sí, di todo lo que quieras, pero aparte de eyaculador precoz era un gilipollas.

El camarero dejó dos cafés en la mesa y ellas le dieron las gracias.

- No sé por qué has despreciado tantas oportunidades. Ya me gustaría a mí tener a un chico que no me quiera para una sola noche –dijo Estrella.
- ¿Ah sí? –Sonrió maliciosa Verónica– ¿Tienes ganas de estar con un chico?
- Bueno, no estaría mal… -dijo Estrella no muy convencida.
- Si quieres te puedo organizar una cita a ciegas.
Estrella estalló en una carcajada.
- ¡Eso de las citas a ciegas está muy visto!
- ¿Muy visto? Pero es la mejor forma de conocer a un chico partiendo de cero.
- ¿Y si fuera una cita a ciegas pero completamente a ciegas?
- ¿Qué quieres decir? – preguntó Verónica extrañada.
- Pues quedar a ciegas. Completamente a oscuras. Sin vernos.

Verónica la miró como si estuviese loca durante unos segundos, sin pronunciar palabra. Entonces cambió el semblante de su rostro.

- ¡Es una idea genial! ¡Es de lo más excitante! Imagínate, quedar con un chico y sólo poder comunicaros con la voz y con el tacto. ¡Qué bonito!
- ¡Es buenísima la idea!
- Yo te puedo conseguir una cita con alguien.
- ¿De verdad?
- Sí, claro. ¿Pero tú estás segura?
- Claro que sí. Me gustaría hacer una locura más en la vida. Si ya he fracasado otras veces de forma convencional qué más dará. Además, puede ser divertido.
- Pues estos días buscaré una cita para ti y te llamaré.


Días más tarde Estrella recibió una llamada. Era Verónica. Había encontrado un chico dispuesto a quedar a ciegas con ella. Le dio una dirección de una casa en la Avenida Pearson de Barcelona. Se citarían allí el viernes, con las persianas completamente bajadas y sin luz alguna. Según dijo Verónica esa no era la vivienda del chico sino una simple casa que compró, por lo que sería un terreno más o menos neutro. Estrella al principio estaba asustada ante la idea, pero Verónica le dijo que confiara en ella, que era un chico de fiar y que lo pasaría bien.


Estrella se miraba al espejo, estaba poniéndose guapa, estuvo varios días pensando qué ropa iba a ponerse para quedar con el chico misterioso hasta que esa misma tarde del viernes lo decidió. Comprobó cada uno de los detalles en el espejo varías veces, hasta que al final dijo en voz alta:

- Parezco tonta, estoy arreglándome para una cita en la que no me van a ver.

Llegó a la Avenida Pearson en su coche. Aparcó cerca del número que le había dicho. Salió del coche y vio que era una calle llena de mansiones de lujo. Se acercó a la puerta número 7 y llamó al timbre. Ella esperaba una respuesta pero la puerta se abrió sola. Atravesó el umbral de la puerta y vio un jardín inmenso, unas palmeras, una piscina enorme, era una casa impresionante. Se quedó asombrada. Siguió por el camino que conducía hasta la puerta de la mansión. Al llegar encontró una enorme puerta blanca entreabierta. La empujó y siguió adelante.

- ¿Hola? ¿Se puede? –preguntó Estrella.

Todo estaba oscuro. No había ninguna luz encendida. Cerró la puerta tras de sí y se quedó completamente a oscuras. Por un momento tuvo miedo. Pero siguió adelante unos pasos.

- ¿Hola? ¿Hay alguien?
- Adelante, pasa –dijo una voz cálida y varonil que parecía próxima.
- Es que no quiero tropezar con nada.
- Tranquila, no hay muebles en la entrada, acércate a mi voz.

Avanzó unos pasos más.

- ¿Tú debes ser Estrella verdad? – preguntó el chico ahora en una distancia muy próxima.
- Sí, soy yo. ¿Y tú cómo te llamas?
- Me llamo Helios.
- Encantada.
- ¿Nos damos dos besos?
- Sí, claro. Espera.
- Por aquí, estoy aquí, ten cuidado, me acerco yo.

Se escuchó el sonido torpe de dos besos.

- Esto es una locura ¿verdad? –preguntó Estrella.
- ¿Y qué no lo es? – Respondió Helios – Antes de cerrar las persianas he preparado café, ¿quieres un poco?
- Sí, gracias.
- Espero no derramarlo.
- ¿A qué te dedicas?
- Mejor sin preguntas.
- ¿Cómo que sin preguntas? – preguntó extrañada Estrella.
- ¿No has visto Casablanca?
- No.
- Bueno, es igual. Prefiero que tratemos de ser nosotros mismos, de hablar de nosotros sin que digamos a qué nos dedicamos, ni cuántos años tenemos, ni de dónde somos, ni lo que nos gusta hacer y lo que sabemos. No quiero hablar de esas cosas que en realidad no dicen nada de nosotros.
- Me parece estupendo –contestó Estrella.
- Lo que sí me gustaría saber es cómo es tu cara. ¿Puedo tocártela?
- Venga.

Oscuridad y silencio.

- Tienes la cara suave.
- Sí, es que soy est..
- Shhh, no quiero saber a qué te dedicas.
- ¿Puedo tocarte yo la cara?
- Claro.

Más oscuridad y silencio.

- Me gusta tu voz y tu cara. Eres dulce.
- Gracias.
- ¿Y qué piensas de esto?
- Solo hay una respuesta a todas las preguntas.

Entonces en la oscuridad se escuchó un beso. Una respiración acelerada y más besos, ese sonido de los bocas que se juntan similar al que hacen los macarrones cuando los mueves.

En el café Aleph Verónica bebió un sorbo de café y estalló.

- ¿Me estás diciendo te acostaste con él y en ningún momento os visteis la cara?
- Sí.
- ¿Pero tú estás loca o qué?
- No, fue muy especial.
- ¿Y si es un monstruo?
- No lo creo. Tiene una voz impropia de un monstruo. Pero una cosa… ¿Tú no le conocías? ¿Tú sabrás cómo es no?
- En realidad… no le he visto, digamos que es un amigo de una amiga.

Helios y Estrella volvieron a verse. En sus citas no se hacían apenas preguntas. Eran dos desconocidos que se amaban. Ella estaba fascinada por el trato que él le daba. Era misterioso y se comportaba como un caballero. Su tono estaba lleno de amor e inspiró en ella una pasión semejante. No la juzgaba y no le pedía cuentas por nada. En cada cita él le regalaba un ramo de flores que ella no podía ver en el momento, pero sin verlas pensaba que eran las flores más bonitas del mundo tan sólo con olerlas. Decidieron no verse para no romper la magia que se había creado. Ella salía de la casa primero, con su ramo de flores que podía contemplar al salir, que siempre era más bello de cómo se había imaginado. Hasta que ella no se iba con el coche él no salía. Era un juego absurdo pero divertido.


En el Café Aleph Verónica no daba crédito.

- ¿Todavía no os habéis visto? ¿Qué me estás contando?
- Él dice que es mejor así. Que si nos vemos se perdería la magia.
- ¿No has pensado que igual es horrible?
- Puede ser, pero no me importa.
- ¿Cómo que no te importa? Te estás acostando con un tío que no sabes ni cómo es. Yo de ti, mientras él duerme, cogería una linterna y le enfocaría la cara para ver cómo es. No puedes estar así. Igual es alguien en busca y captura o un famoso asesino. ¡No te puedes fiar de él!
- ¿Sabes lo que te digo? Que en realidad me da igual cómo sea. Le quiero. Es el único chico hasta el momento que me ha hecho feliz, que me hace sentir plena, que me lo da todo, aunque sólo sea a oscuras. Me siento bien a su lado, siento paz cuando estoy con él y no pienso en nada más. No quiero que me metas en la cabeza dudas.


En la siguiente cita Estrella le preguntó a Helios si podía verle, le dijo que ya llevaban tiempo citándose y tenía curiosidad por verle y que ya iba siendo hora.

- ¿Por qué deseas verme? –Dijo Helios- ¿Tienes alguna duda de mi amor? ¿Hay algún deseo que veas insatisfecho? Si me vieses, quizá me temieses, quizá me adorases, pero lo único que yo deseo es que me ames. Prefiero que me ames como a uno más.
- ¿Qué pasa? Si eres feo no me importará, de verdad, te quiero seas como seas.
- Si me quieres sea como sea entonces de nada sirve que nos veamos. Nada va a cambiar y mejor que permanezca así, en un estado de amor puro.

Por la noche, cuando dormían, ella se levantó de la cama y abrió su bolso. Allí guardaba una linterna que había guardado expresamente para ese momento. Él dormía profundamente. Encendió la linterna y apuntó a sus pies. Fue subiendo poco a poco, y veía que tenía un cuerpo precioso, como el de un ángel y justo cuando fue a apuntarle a la cara él la cogió de la muñeca bruscamente y apartó la linterna que cayó al suelo.

- ¡Qué coño haces!
- Nada.
- ¿Es así como pagas mi amor? ¿Eres capaz de suponer que soy un monstruo?
- No, lo siento, es que una amiga me hizo dudar.
- Pues vete con tu amiga, cuyo consejo juzgas preferible al mío. No confías en mí. Y yo no puedo seguir así. Mi mayor castigo va a ser dejarte para siempre. El amor no puede convivir con la sospecha. ¡Sal de esta casa!

Llorando recogió sus cosas y salió de allí. Estaba descompuesta y destrozada.

En el Café Aleph Estrella le contó lo sucedido a Verónica.
- Dame su número, por favor, necesito llamarle y pedirle perdón. Fue un error dudar de él.
- Es que la cita la hizo una amiga mía, yo no tenía el número de él.
- Pues llama a tu amiga y consíguelo, por favor, necesito hablar con él y decirle que lo siento. Le quiero de verdad, le amo, quiero decírselo, quiero pedirle perdón por haber dudado de él.
- Veré lo que puedo hacer.

Una vez en casa Verónica buscó en su ordenador las conversaciones guardadas. En ella estaría la charla de aquel chico de la página de contactos al que endosó a su amiga. No sabía qué rostro tenía pero la felicidad de su amiga le había hecho despertar su curiosidad. Al final encontró el número de Helios y le llamó.

- Hola Helios, soy Verónica, la amiga de Estrella… sí … fui yo la que os citó … que ya me he enterado de todo lo que ha pasado … pero no te preocupes … yo sabía que la cosa acabaría así. ¿Estrella? … está muy bien… está saliendo ahora con otro chico y está de lo más bien. No es una chica de fiar, así que hiciste bien en deshacerte de ella… oye, me gustaría hacerte una pregunta, ¿Te gustaría quedar conmigo en la casa? Me han hablado tan bien de ti que tengo curiosidad por conocerte. Además, seguro que yo te puedo enseñar muchas más cosas que la modosita de Estrella… yo estoy mucho más buena que ella… ¿Hola? ¿Hola? ¿Estás ahí?

Estrella, desesperada, fue a la casa en la que se citaba con Helios con la esperanza de verle. Al llegar le invadió la tristeza al comprobar que la casa estaba en venta. Llamó al número del cartel y se puso una oficina inmobiliaria, al preguntar por el dueño le dijeron que no podían facilitarle datos del antiguo propietario y que la inmobiliaria ya había comprado la propiedad.

Se fue a pasear sola por la ciudad en un intento inútil de encontrar a una persona que nunca había visto.

- Sé que estás ahí – gritó en medio de una plaza – sé que andas por alguna parte. Te encontraré, aunque no pueda reconocerte por tu rostro, aunque no te haya visto antes te reconoceré por la voz y por tu esencia, te reconoceré por lo que eres tú y no por lo que aparentas. Sé que antes o después escucharé tu voz y serás inconfundible, sé que te reconoceré porque te habré escuchado y desde hoy estaré siempre atenta a lo que digan, a lo que sienta mi corazón porque nunca nadie me lo hará latir si no son con palabras como las tuyas.

 

Lunes, 09 de Junio de 2008 15:45 #. Tema: Relatos Hay 8 comentarios.

La mujer que quiso inventar un color

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Paloma no tenía límites. Para ella no existían los muros ni las fronteras. Ella nadaba en las aguas de la libertad y con frecuencia visitaba las fronteras del Universo para ver cómo iban las obras de expansión.

Una vez, en pleno delirio creador, se planteó la idea de crear un nuevo color que ningún ojo humano hubiese visto antes. Comenzó a mezclar colores, pero todas las tonalidades que conseguía ya eran conocidas. Investigó sobre el tema y se dio cuenta de que jamás podría conseguir su propósito a no ser que consiguiera que el ojo humano consiguiese ver más allá de los límites infrarrojos y ultravioletas. Todos los colores existentes se hallaban en el espectro de una gota de agua y ella no podía cambiar la capacidad visual del ojo humano.

Deprimida se fue a un lugar lejano. Le gustaba ir a los confines del Universo para ver cómo continuaba la creación. Le encantaba saber que su propio universo no tenía límite, que crecía sin más, que su frontera aumentaba, que el espacio aumentaba, que la explosión continuaba y que nunca se detendría. Allí se sentía en contacto directo con Dios y con el nuevo mundo. El tiempo se creaba a su paso y hacía surf sobre la ola explosiva que se abría paso entre la nada.

A su vuelta, Paloma, tuvo una nueva idea. Se acordó de los comerciantes mesopotámicos que en su día tuvieron que utilizar pequeñas piezas de arcilla para representar mercancías. Pensó en esos auténticos genios que decidieron representar con pictogramas las palabras e inventaron símbolos que equivalían a verbos. Se acordó de todos esos que pensaron que la cultura debía transmitirse de forma escrita. Le hubiese encantado conocer a todos aquellos que inventaron las escrituras cuneiformes que se expandieron por toda Asia, pasando por India hasta llegar a Creta y desde el mar Negro hasta Arabia. Aunque una de las primeras cosas para las que se utilizó el lenguaje escrito fue para escribir leyes y delimitar a la gente. Pero no eran ellos los que le interesaban. Paloma prefería a los fenicios, que fueron los primeros en asignar un signo individual para cada sonido consonante. Quería saber quienes fueron esos que asociaron 22 letras para el alfabeto fenicio y arameo, o los que crearon las 30 letras para el alfabeto cuneiforme de Urgarit y para el sur de Arabia, esos que luego las adaptaron a formas lineales para escribir más fácilmente sobre los papiros…

Quería conocer a esos griegos que adaptaron el alfabeto fenicio e inventaron las vocales, quería conocerlos porque ellos fueron los primeros poetas, los que hicieron la verdadera creación. Son los que no tuvieron límites porque tuvieron la idea literaria más grande de todas, la que primero se enseña en las escuelas. Ella admiraba con veneración a esos héroes anónimos que hicieron posible la literatura.

Paloma, empeñada en seguir con su creación sin límites se fijó en las letras. No entendía por qué unos sonidos con la boca tenían su equivalente en letra y otros no. En realidad pensaba que todas las letras eran absurdas. Pensaba en la L y la repetía: Ele, ele, ele… recreándose en la posición que adoptaba la lengua para que se formara ese sonido. Era tan absurdo como fascinante. ¿A quién se le ocurriría la idea de poner ese símbolo a esa forma de la lengua?

Luego pensó en la B. Y comenzó a emitir una B larga con sus cinco vocales, recreándose también en esa forma absurda que adoptan los labios para que la be, suene como como una B.

¿Pero cuántas posiciones diferentes podías adoptar con tu boca? Se podían hacer una infinidad de sonidos diferentes con la boca que todavía no tenían equivalente en letra.

Y en ese terreno Paloma quiso diseñar su obra innovadora. Entonces se centró en crear una nueva letra para una posición de la boca que emitía un sonido cuando iba acompañado de una vocal. Y Paloma pensó en el beso. El beso acompañado por una A, por una E, por una I o por una O. Era perfecto. El beso todavía no tenía una letra y ella la iba a crear.

Y así fue como Paloma dibujó su beso y así fue como creó su letra. Se sintió muy satisfecha por su logro y quiso que las academias lingüísticas de todos los países la utilizaran para inventar palabras. Pero en las academias no aceptaron su propuesta, le dijeron que ya tenían letras suficientes para crear nuevas palabras y no era necesario añadir más. En pocas palabras le dijeron que lo que pretendía era un disparate.

Y aunque su letra nunca fue reconocida ella siempre se sintió orgullosa de su creación.

La pena es que nunca pudo utilizarla para sus escritos porque nadie entendía ese símbolo.

Y yo tampoco les puedo enseñar la obra de Paloma con este obsoleto teclado.

Domingo, 11 de Mayo de 2008 04:35 #. Tema: Relatos Hay 7 comentarios.

A todos los que se sientan valencianos: unios a la causa

Lo primero que tengo que decir es que me llamo Vicente, como un buen valenciano, y mi esposa se llama Amparo, como buena valenciana. Vivo en una barraca de L´horta valenciana. Tengo dos hijas, de 9 y 13 años. Estoy apuntado a la falla de mi barrio desde que nací, mi padre me apuntó cuando tenía una semana de vida. Mi padre también era fallero de esta falla, y el padre de mi padre, por lo que tengo las fallas en mi sangre. Puedo decir que llevo 40 años siendo fallero, soy un auténtico valenciano y me emociono cada vez que canto el himno de Valencia y veo salir a la geperudeta.

Desde hace un tiempo está de moda criticar todo lo que se desconoce: que si los toros, que si Estados Unidos, que si Canal 9... seguramente ninguno de los que critica ha ido nunca a los toros, ni ha viajado a Estados Unidos y no sabe cómo funciona canal 9 por dentro. Son como esos hippies que ahora les da por criticar las fallas, la fiesta grande de Valencia, la que nos identifica y la que nos une como pueblo y nación, caguen deu.

Debemos luchar contra este tipo de anarquistas peligrosos y reforzar nuestras convicciones. Hay que identificarse con nuestras raíces y señas de identidad. Debemos hacer de la pólvora, del arroz, de las naranjas, de la horchata y del sol de nuestras playas mediterráneas nuestras señas de identidad. Aunque haya antivalencianos que digan que eso no representa a nuestra tierra, no hagamos caso a esos que dicen que si la pólvora y las naranjas vienen de China y que la horchata la trajeron los musulmanes y que en las zonas del interior de Valencia no hace tanto Sol como en la costa… dejaros de tonterías: en la Comunidad Valenciana confluyen una serie de circunstancias que hacen que nuestra cultura y nuestras paellas sean únicas en el mundo.

Debemos entonar el himno con nuestras doçainas, un instrumento con un timbre agradable que hace que nuestros oídos se acerquen al deleite más profundo que puedan experimentar nuestros sentidos.

Debemos celebrar con solemnidad la conquista de Jaume I y hacer del 9 d´octubre una fecha histórica para nuestra Comunidad, al menos hasta que dentro de unos siglos venga otro conquistador y diga “esta tierra es mía” y entonces cambie la fecha del calendario para celebrar la fiesta en nombre de otro conquistador. No importa con qué causa nos invadan, ni el credo del que nos invada, lo importante es la fiesta que se celebrará después.

Debemos respetar, venerar y adorar a nuestros artistas falleros, pues sin ellos las fallas no se podrían celebrar. Ellos son merecedores de toda nuestra admiración y su contribución es impagable y por mucho que les paguemos y por mucho que invirtamos en los monumentos falleros… siempre será poco, aunque esos hippies digan que es una aberración quemar tanto dinero en cartón y pólvora habiendo tantas necesidades por satisfacer como que muchos niños tengan que dar clase en barracones, porque ellos no saben lo que es llorar viendo arder una falla, no tenen el sentiment per dins de la festa, no saben lo que es el olor a ninot quemado, nada en el mundo huele así. ¡Qué delicia oler a ninot quemado por la madrugada! Una vez, cuando era joven, nuestra falla ganó el primer premio de la secció especial, cuando la quemaron fui a ver las cenizas… no encontré a ningún ninot entero de aquella falla. ¡Qué olor a ninot quemado! Aquella falla olía… a… victoria…

Defengam les nostres arrels, les nostres idees, la nostra llengua, les nostres taronjes, les nostres costums, la nostra paella, el nostre arrós, la nostra fideua, el nostre all i pebre, les nostres falles, els nostres artistes fallers, la nostra senyera i el nostre President de la Generalitat: Francescs Camps.

Domingo, 04 de Mayo de 2008 04:53 #. Tema: Relatos Hay 2 comentarios.

Publicidad

Podría haber contestado al examen la definición que me sabía de memoria, podría haberles repetido lo que ponía en los libros, podría haberles satisfecho... pero en ese caso nunca hubiese dicho lo que he aprendido.

Según la definición oficial la publicidad es una disciplina científica cuyo objetivo es persuadir al público meta con un mensaje comercial para que tome la decisión de compra de un producto o servicio que una organización ofrece ¿Pero como iba a contestar eso?

Mi único crimen fue dejarme llevar y tomarme la pregunta “¿qué es la publicidad?” como si me lo preguntasen personalmente a mí. Evidentemente no contesté lo que debía.

Cogí la hoja del examen y contesté lo que realmente pienso, olvidándome de todo lo estudiado o de todo lo que intentaron hacerme creer.

Dije que la publicidad es el arte de engañar, de manipular a las masas, de aprovecharse de una situación de desconocimiento del receptor para tratar de hacerles recordar marcas o servicios. Que la publicidad también es propaganda (entiéndase propaganda como la propagación de ideologías) y que la democracia se basa en la mentira estadística y en la ignorancia general.

Dije que la publicidad es el instrumento más cancerígeno de la sociedad capitalista, que la propaganda se distribuye entre la ignorancia de la gente a través del “Pan y circo” (panem et circenses que decía Juvenal) que profesaba el visionario Julio Cesar 50 años antes de Cristo. Ya entonces sabían que para mantener controlada a la gente y ocultar las cosas importantes bastaba con darles comida y espectáculo. Es la Paella y fútbol de Canal 9 en Valencia, o las paellas gigantes que organizan los del PP en Valencia, pidiendo agua (aunque se destruya la delta del Ebro) para regar campos de golf.

Dije que la publicidad es el arte de llevar hasta la extenuación la célebre frase de Goebbels “Si una mentira se repite las suficientes veces acaba siendo verdad”. Y que es un insulto a la inteligencia y un aprovechamiento de la gente que no tiene un nivel cultural suficiente para poder discernir lo que las multinacionales quieren hacerles pensar. Dije que la publicidad es la ejecución de la propaganda nazi al servicio del capitalismo.

Dije que la publicidad es el enemigo de la democracia. Porque gracias a ella los que más dinero tengan para difundir sus ideas por los medios masivos serán los que alcancen el éxito electoral o comercial.

Dije que la publicidad es el engaño a los instintos más primarios para generarnos necesidades que no tenemos. Que utilizan los instintos maternales para vender una marca de pañales a una madre o los instintos sexuales para tratar de encasillarnos un coche. “Bebe este refresco y tendrás a esta mujer”, “Ponte esta colonia y las mujeres se pelearán por ti”, “Con la moda de esta firma los hombres siempre se fijarán en mí”.

Dije que la publicidad se ha asentado como algo normal en nuestras vidas. Que nos ha engañado para hacernos creer que es normal que en los edificios se cuelguen letreros con marcas, que vemos normal que las películas se corten para ver mayonesas y enemas desfilar por nuestro televisor.

Dije que en el mundo sobraban los publicistas. Que el señor Foster Kane ya nos enseñó de qué forma funciona la publicidad y la propaganda, y que uno triunfa porque alguien quiere que triunfe, porque alguien tiene dinero y quiere promocionarlo y nunca por méritos propios.

Y sobre todo, dije que yo no había venido a estudiar esta carrera para engañar a la gente, que yo no quería ser publicista, que el conocimiento de ella lo único que me ha aportado es una seguridad para ser inquebrantable ante ella, y que no estaba dispuesto a seguir contestando el resto de preguntas del examen. Yo estaba allí para aprender, para ser comunicador y transmitir algún día la verdad a la gente para intentar hacer un mundo mejor y no pensaba contestar esas definiciones absurdas de libro.

Dije que si lo que pretendían era convertirme en un robot que repitiera de memoria una definición para sacar un 10 y ser el mejor de la promoción que conmigo habían fracasado. Pero si por el contrario, creían que era un éxito que alguien lograse pensar por sí mismo, que tuviese ideas propias, que plantase cara a la afrenta que supone repetir mentiras y luchar por unos ideales, que conmigo lo habían conseguido.


La cuestión es que este examen no ha parecido gustarle a la profesora de publicidad. Que al día siguiente me llamó para ir a su despacho. Me pidió una explicación y lo único que le dije es que me remitía a lo dicho en el examen.

Me preguntó si me creía un graciosillo. Que la publicidad es un negocio que mueve mucho dinero, que es una industria de la que trabaja mucha gente y que tenía una idea muy equivocada. Le dije que la verdad está por encima de todo el dinero que puedan ofrecer las marcas, que para mí hay un millón de cosas más importantes que el dinero y que esas cosas estaría dispuesto a defenderlas con mi propia vida.

Me levanté de la silla y la insulté, le dije que era una incompetente y que era una vergüenza que gente como ella impartiera clases en una universidad. Que con gente como ella sería imposible llegar a una sociedad ideal, pues no pueden educar profesores que no están educados.

Juró que me acordaría de lo que acababa de decir.

Hoy me han citado ante el despacho del rector para comunicarme oficialmente mi expulsión por insultos y agresión verbal a una profesora. En la charlita que me han dado me han dicho que he echado a perder mi futuro, que no puedo ir así por la vida, que nunca obtendré el título universitario con esa actitud y que yo podría haber hecho mucho más si hubiese querido.

No he protestado, ni siquiera he tratado de defenderme. He abierto la boca el menor número de veces posible.

Mientras me comunicaban la decisión les miraba con desprecio porque ellos no saben que los principios de uno están muy por encima de los títulos universitarios. Que hay gente como yo que todavía tiene ideales, que es inquebrantable y que no le importa demasiado tener una orla de licenciados colgando en el despacho de su oficina si dentro de mí se anida el verdadero aprendizaje de la vida.

Martes, 22 de Enero de 2008 17:00 #. Tema: Relatos Hay 25 comentarios.

Relato científico-literario que demuestra de forma contundente que mentimos vilmente cada vez que decimos “Esto que he pasado no se lo deseo a nadie”

20080113165931-20070710235506-woody.jpgHe pasado una de las peores noches de mi vida. He estado vomitando, estaba mareado, tenía dolores de cabeza, de espalda... me dolía hasta el alma. He tenido taquicardias y todo tipo de contratiempos que, en algunos momentos, me han hecho pensar que me iba a morir.

He pasado una noche que no se la deseo a nadie. Ni al peor de mis enemigos. Bueno sí... a ese sí, para qué vamos a engañarnos. Y también se la desearía a todos esos que me caen mal y les tengo manía, sobre todo a todos aquellos que van de expertos sobre un tema sin tener ni puta idea de lo que hablan, pero más todavía a esos que intentan discutirte a ti, que eres entendido en la materia, diciendo disparates de un calibre sin precedentes. A esos no sólo les desearía la noche que he pasado, sino además, desearía que se repitiera todas las noches de sus vidas y, mientras están agonizando en sus camas, que un ave carroñera les saque los ojos en vida y se los coma. Después que vayan un par de jabalís hambrientos y comiencen a morderlo por la tripa y se le coman las tripas mientras todavía está vivo y agoniza.

Y no sólo eso, sino que me gustaría que a esa persona lo metieran en una trituradora de carne humana desde los pies para que sufra un poco más. Y además les desearía que les vaya todo mal en la vida y así me alegraría de verles jodidos (Sí, soy una persona cruel, que se alegra cuando a mis enemigos les va mal, pero si encima lo trituran pues mejor).

También me gustaría que encerrasen a esas personas en una habitación llena de pinchos por las 4 paredes y que estas se fueran cerrando poco a poco hasta hacer de él un coladero.

En esa sala de pinchos metería al director de Amelie, a Fernando Alonso y a todos los que llevan Gafas de Pasta, que son una lacra social a los que hay que combatir porque son más peligrosos que todos los terroristas de Guantánamo juntos. Debemos prevenir al mundo de posibles ataques de estos especimenes. No entiendo por qué los EEUU atacan las bases de entrenamiento de terroristas suicidas en oriente medio y no bombardeen todas las universidades europeas en las que se imparten clases de comunicación audiovisual y fnacs en los que se alojan estos personajes que son el cáncer del mundo. Podrían evitar que una catástrofe terrorista como que se vuelva a rodar una película parecida a Amelie, podrían hacer un ataque preventivo en toda regla. Y aunque puedan haber daños colaterales y maten a gente inocente, en este caso el fin justifica los medios. Debemos tomar medidas contra los gafas de pasta que ramonean al margen de la ley y que se cuelgan pósters de Amelie en sus habitaciones amparándose en los vacíos legales que existen para detener y crucificar a este tipo de gente.

También deberían bombardear todas las fábricas de gafas de pasta en las que echan un veneno especial que hace que quien se las ponga comience a ver Amelie y se crean que son Woody Allen, porque las gafas de pasta son la nueva arma de destrucción masiva que asola nuestro mundo. Es una nueva arma química y destructiva. La ONU, la Union Europea y todos los organismos internacionales del mundo no deben hacer la vista gorda ante este problema que nos afecta a todos, sobre todo a mí.
Domingo, 13 de Enero de 2008 16:58 #. Tema: Relatos Hay 7 comentarios.

El Aleph está en tu nevera y no en lo íntimo de una piedra

20071114165609-pict0008.jpgAbro la nevera y está vacía. Tengo que ir a comprar.

Subirse a un autobús a las seis y media de una tarde de noviembre es un acto poético. Ya es de noche y la ciudad está iluminada de tristes y cálidos tungstenos. Miras a través del cristal sucio las luces de los coches y escuchas el rumor del tráfico. Los del asiento de atrás mantienen una conversación sobre móviles. El chico cuenta que se cambió de número y le dio el móvil a su novia, el problema es que mucha gente todavía tiene su antiguo número y llaman a su novia cuando quieren dar con él. No sé qué caras tienen, pero trato de imaginármelas.

Dos paradas después ellos se levantan para salir y les veo las caras. No eran como me esperaba. Tenían la cara mucho más demacrada de lo que creía. A la gente siempre se la imagina mejor de lo que es. Nuestra mente, nuestros ojos, nuestras lentes hacen más bellas a las personas. A veces me gustaría quedarme ciego para no poder ver la decrepitud de las personas. Todo sería más bonito y evitaría ver la erosión que el tiempo ejerce sobre nuestras caras. Tan sólo me quedarían las palabras, los gestos y el contacto físico. No vería nunca más una mirada esquiva, una mueca de asco y no vería las calles sucias con esos feos chicles asquerosos incrustrados en el suelo. Todo me lo imaginaría recién pintado y radiante. Toda la gente estaría siempre sonriente aunque sólo perciba de ellos el ruido de sus pasos. Ahora sólo veo a un inmigrante con la mirada perdida y con las manos destrozadas de trabajar.

Existe una fauna en la ciudad. Ratas, cucarachas, hormigas, gorriones, todos ellos se han adaptado a lo urbano. Saben que el árbol en el que viven está en un parque y que no están en plena naturaleza. Con los poetas ha pasado igual, se han tenido que urbanizar, ya no evocan a los lagos, ni a las praderas, ni hablan de la naturaleza. Tienen que hablar de azulejos, ladrillos, paredes o charcos. El Sol ya no se ve entre los edificios y a los pájaros ya no se les escucha cantar.

Hay una chica guapa en el autobús. Ella sabe que es la chica más guapa de todo el autobús porque está todo lleno de viejos. Al levantarse para bajar en su parada un viejo le mira el culo con una expresión que dice: “ojala tuviera 30 años menos”. Yo tengo los años que él desearía tener y no hago nada. El viejo piensa que soy idiota. Todos los viejos dicen lo mismo, que aproveche el momento, es un carpe diem sexual. Seguramente, cuando sea viejo (si no lo soy ya) pensaré lo mismo.

Llego al supermercado. Lleno el carro de la compra con lo primero que veo. Paseo mi cesta-carro entre estantes de tomate cruzándome con más gente con carrito. No nos miramos a las caras porque nos avergonzamos. Sé que todos están pensando lo mismo que yo. Que somos inútiles. No nos miramos por la vergüenza de no estar cazando, como debería ser, para conseguir nuestros alimentos. Nos hemos convertido en una auténtica basura animal. Compramos trozos de filetes ya cortados, ya ni siquiera los criamos para matarlos y comérnoslos, ahora nos los tienen que cortar ellos e, incluso a veces, cocinar. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Dónde está mi espíritu guerrero y cazador? Las sociedad da asco. Nacimos así y ni siquiera nos hemos planteado nada. Todo está hecho e inventado. La era digital consiste en meternos los dedos hasta la campanilla para vomitar todo lo que hemos bebido.

Me pongo en la cola de la caja. Hay una empleada del supermercado que ha terminado el turno y se pone delante de mí. Sólo va a comprar una cosa: una caja de condones. La compañera de la caja le pregunta “¿Hoy toca eh?”, ella no dice nada, sólo sonríe con esa sonrisa que sólo puede tener una mujer que sabe que se la van a follar bien follada.

Salgo de allí pensando que todos somos irreales. Que no hay nadie auténtico. La gente de la ciudad se oculta en sus burbujas. Caminan abrigados con sus chaquetas, con sus mochilas llenas de apuntes y con sus ipods. A la gente de ciudad la distingues porque siempre llevan auriculares que resuenan débilmente. A los poetas los distinguirás porque están observando, intentando captar la belleza de las cosas, descubriendo en cada segundo que hasta en la más remota mota de polvo hay belleza. Hoy es de esos días que siento que dentro de mí se anidan los poemas más bellos. Hierven con burbujas y a veces salen por los poros como el vapor, pero la gran mayoría se quedan dentro y nunca ven la luz.

Cada vez que te subas en un autobús estarás escribiendo una poesía urbana. Luego, cuando llegues a casa, recordarás lo triste que es todo y verás que las cosas no son mejores en un autobús o en un supermercado. Te desesperarás yendo y viniendo de un lado a otro, estarás atrapado en casa, abrirás y cerrarás la nevera un millón de veces, como si dentro de esa nevera buscaras una respuesta a una pregunta indefinida, como si allí dentro algún día apareciera el Aleph que llene el estómago de nuestra curiosidad. Como si algún día, al abrir la nevera, apareciera ese algo que te fuera a solucionar la vida.
Miércoles, 14 de Noviembre de 2007 16:56 #. Tema: Relatos Hay 8 comentarios.

La mariposa

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"Cuando la felicidad es demasiado grande, cuando a uno le curan de una herida demasiado mala, cuando todo es demasiado bonito, sólo hay un presentimiento que un hombre sensato pueda tener: algo está a punto de joderse."

Lorenzo Silva – La flaqueza del bolchevique

Me regalaron el póster cuando estábamos en Valencia. Me acuerdo que caminábamos sin rumbo, nos daba igual a dónde ir, lo único que importaba era estar juntos después de cinco eternos días sin vernos. Caminábamos cogidos de la mano. Cada dos pasos tenía la necesidad de apretarla hacia mí, quería sentirla cerca, quería que su tacto se quedase grabado en mí piel para recordarla cuando no estuviera.

Siempre había odiado a esas parejitas que caminaban encarameladas. Se les veía tan felices que me parecían gilipollas, lo único que deseaba era que cruzasen sin mirar la carretera y que un camión cisterna los atropellara a ellos y a su nube de amor. Pero yo me había convertido en el gilipollas que tanto odiaba y que, en el fondo, envidiaba.

Una vez caminaba con ella y me vi reflejado en el espejo de un escaparate. Fue una de las pocas veces en las que no me reconocí en el espejo. No era por mi cara, ni por mi tipo, tampoco había engordado ni me había salido nada raro. Lo extraño era que tenía una especie de apéndice a mi lado con forma de mujer. Se me hacía tan raro verme con alguien que me asusté. ¿Yo saliendo con una chica? ¿Eso dónde se había visto? Era como si no fuera yo.

Durante el paseo llegamos hasta Nuevo Centro. Allí había una exposición de animales que no me importaba un pimiento porque ella estaba a mi lado y cuando ella estaba conmigo el resto del mundo y el universo era insignificante. En una de las paradas había una azafata con una urna. Era el juego de adivinar qué había dentro de una urna con los ojos vendados. Ella me dijo que no era capaz de meter la mano allí dentro y yo, como soy un orgulloso, le dije que iba a participar en el juego.

Me vendaron los ojos y metí la mano sin miedo. Confiaba en que lo que hubiera dentro no fuese demasiado asqueroso. No creía que algo fuera peligroso porque no iban a poner dentro algún animal hambriento con dientes afilados. Entonces sentí un cosquilleo por mi mano, algo me la recorría, no era muy grande pero se adhería con ligereza en mi mano. No pesaba mucho.

- ¿Es un escarabajo? – pregunté.
- No, casi –dijo la azafata.
- ¿Una cucaracha?
- ¡Acertaste!

Me quitaron la venda y vi que tenía una cucaracha en la mano. Las cucarachas me daban mucho asco pero en mi mano parecía un animal normal e inofensivo. Pasa con todo, cuando una cosa te da miedo o asco lo más difícil es tocarlo por primera vez, luego, cuando te acostumbras, es muy sencillo tocarlas y acercarte a ellas. Ya me pasó con las serpientes y las tarántulas.

No espanté a la cucaracha. Saqué la mano de la urna y observé a la cucaracha. Me dijeron que era una especie de cucaracha de Asia, cosa que me daba igual.

El premio por meter mi mano y jugarme la vida fue el póster que he mencionado antes. Era un póster de una mariposa con las alas extendidas como las que ponen en los museos. Vi que a ella le encantó el póster y decidí regalárselo. Ella decía que no podía aceptarlo porque era muy bonito. Yo le insistí en que se lo quedara, que a mí no me importaba, pero ella se mantenía en sus trece. Entonces, cual Salomón, le propuse que partiéramos el póster por la mitad y nos quedásemos una mitad cada uno y eso le pareció buena idea.

Corté el póster justo por la mitad. A cada lado del póster se quedó un ala de la mariposa y prometimos que nos colgaríamos nuestra mitad de póster en nuestra habitación.

Cuando ella no estaba miraba el póster. Lo tenía enfrente de mi cama. Representaba a la perfección lo que éramos. Nos separaba una distancia no muy lejana pero lo suficiente como para no poder vernos todos los días. Las clases, la rutina hizo que lo nuestro se reducía tan sólo a los fines de semana.

“Me falta un ala para volar” Escribí una vez en el póster.

Juntos volábamos. Pero separados sólo éramos un ala inútil e inservible. Éramos como esos aviones de guerra a los que un misil les ha alcanzado en el ala y que caen abatidos dibujando espirales de humo hacia el suelo.

Un día llegó el frío.

Llegué a su casa ilusionado por verla, tenía ganas de estar con esa persona que me hacía sentir bien. Pero la besé y sentí el frío. No sé cómo lo supe, pero esas cosas se saben. Noté que ese beso no lo sintió, que me lo dio por compromiso, que era falso.

No le dije nada pero notaba que le pasaba algo conmigo. Estaba distante y me esquivaba, era incapaz de mirarme a los ojos. Aguanté eso durante tres días hasta que un día fui en bicicleta hasta donde ella veraneaba. Necesitaba hablar con ella y saber qué le pasaba. No me importaban los kilómetros de distancia, la necesidad superaba el cansancio que me podría ocasionar recorrer la distancia en bici.

Cuando llegué le dije que fuéramos al lago. El mismo lugar en el que pasamos nuestros mejores momentos. Allí era donde le leía las cartas que le escribía. Algunas de esas cartas que le escribía tenían más de 20 folios mecanografiados. Creo que desde entonces se me desató la pasión por escribir.

Le pregunté qué le pasaba. Y ella dijo que no me lo quería contar, que era una cosa que le había pasado y que no podía contármela. Le dije que necesitaba saberlo, que me estaba afectando a mí también y tenía derecho a saberlo. Tras media hora intentando convencerla accedió. Me lo contó todo.

Hubieron muchas palabras, pero era fácil resumirlo: el chico que le gustaba antes de conocerme se le declaró hacía unos días y tenía dudas.

Permanecí callado durante un tiempo escuchando. No pronuncié palabra, estaba procesando y digiriendo lo que me contaba.

- Pero yo te quiero a ti –concluyó ella.
- ¿Y si me quieres por qué tienes dudas?

En el lago se deslizaban los patos y el silencio. El sol se reflejaba en el agua.

- Será mejor dejarlo –dije yo– y cuando se te quiten las dudas me avisas.
- ¡No! ¡Eso no! Si no quería contártelo era para que esto mismo no sucediera. Te necesito, necesito que estés a mi lado, no quiero que te vayas.

Silencio y más silencio.

- ¿Para qué quieres que esté a tu lado? ¿Para que te ayude a decidirte entre otro tipo y yo? ¿Necesitas que te dé palmaditas a la espalda mientras decides si me cortas la cabeza o no?
- ¡No! ¡Eso no es! ¡Yo te quiero!
- Me voy, yo no voy a estar a tu lado para que te decidas.

Cogí la bici y me senté en ella. Antes de comenzar a pedalear me giré para verla por última vez. Estaba acurrucada mirando al lago y llorando. Yo no lloraba por fuera, pero sí por dentro.

Comencé a pedalear hacia casa. Iba a oscurecer y no tenía luces en la bici así que aceleré el vertiginosamente el ritmo de mis pedaleos. No me importaba el cansancio, estaba hecho una furia, no quería quedarme parado, necesitaba que me dolieran las piernas para no pensar en nada. Hasta que llegué a un camino de huertos donde no había nadie, tiré la bici al suelo y di el grito que necesitaba dar, un grito que venía desde el estómago con el que expulsé toda la rabia que contenía dentro. No me quedé mejor, pero era mi única forma de estallar.

Pasé unos días encerrado. No sabía qué hacer. Me ahogaba en su mar de dudas. Necesitaba saber qué pensaba, dónde estaba, qué hacía. Sentí que yo no dependía de mí sino de ella.

Y en medio de ese naufragio estaba el ala de mariposa colgada en la pared. Ella era la única testigo de lo que ocurría. Al fin y al cabo era la más afectada de todas.

En un arrebato le escribí una carta. En un sobre funerario metí a un amor agonizando y a un loco desolado. Le pregunté por dónde volaba nuestra mariposa.

Nunca recibí una respuesta.

Ella comenzó a salir con otro chico al cabo de unos meses. Se olvidó de mí, dejé de existir para ella. Lo último que supe de ella es que después de leer mi carta sólo tenía una cosa clara: que jamás volvería conmigo, que no debía haberle preguntado por qué tenía dudas entre un tío que sólo sabía hablar de porros y yo, y que nunca había dejado de ser egocéntrico que conoció.


Había una estela de ausencia en mi habitación cuando miraba el medio póster de la mariposa. Estaba enfrente de mi cama y todos lo días, antes de apagar la luz de la mesita era lo último que veía. El recuerdo que no podía volar me acompañaba en las pesadillas, el recuerdo de que yo era un avión abatido cayendo espiral me azotaba las pupilas.

Pensé que el único final posible era que las alas se volvieran a unir con una cinta de celo. O al menos que se juntaran y se enterrasen en algún lugar fértil en el que plantar una flor en un acto completamente psicomágico.

Un día de Noviembre todo cambió.

Me levanté como esos gatos que siempre caen de pie. Mis nudillos estaban destrozados de pelearme contra las paredes y los espejos. Mi hígado se resintió. Con valor, con rabia y sin pensar arranqué el póster de la pared. Lo aparté de mi vista. Estaba harto de él. Yo ya sabía que no podía volar, pero no quería que un póster me lo recordase como si fuera una maldición insultante.


Años más tarde hablé con ella. Fue una conversación formal. Nos pusimos al día, vimos los avances de uno y de otro. Fue una conversación repleta de “Yo sabía que tú llegarías a eso”, “yo sabía que tú podías hacerlo”, “Nunca dudé de que conseguirías tus sueños”, “siempre confié en ti”.

Y ya en el rellano, el lugar en el que se dicen las cosas importantes, antes de despedirnos con un “hasta pronto” que se traduciría en un “hasta tarde” quise preguntarle una cosa.

- ¿Te acuerdas de la mariposa?
- Sí, claro que me acuerdo. Durante mucho tiempo la tuve colgada en mi habitación y al verla siempre me acordaba de ti. Nunca quise quitarla y siempre la tuve allí. Pero el año pasado, cuando me mudé de casa, la quité. Desde entonces la guardo en una caja. ¿Tú qué hiciste con la tuya?
- También la guardo en una caja.

Nos quedamos mirándonos.

- Oye –dijo ella– tengo el estómago vacío, podríamos ir a comer algo.
- Es buena idea, yo también tengo el estómago vacío.

Y llenamos nuestros estómagos de comida para paliar algo más que el hambre. Y entonces, después de eso, ya pudimos decirnos un falso hasta pronto.
Lunes, 05 de Noviembre de 2007 12:22 #. Tema: Relatos Hay 18 comentarios.

La triste y maravillosa historia del dinosaurio-galleta suicida

La triste y maravillosa historia del dinosaurio-galleta suicida. Una superproducción casera que conjuga la fuerza del amor a las galletas con el deseo irrefrenable de un dinosario que nació encarnado en galleta que quería quitarse la vida. ¿Por qué se extinguieron los dinosaurios? Quizá este demoledor relato pueda darles la respuesta.
 
Domingo, 04 de Noviembre de 2007 01:48 #. Tema: Relatos Hay 1 comentario.

Barrio sésamo y los guionistas que van de setas

Casimiro llegó drogado al trabajo, como siempre. Se había tomado una ración de setas alucinógenas que le estaban haciendo efecto en ese preciso momento. Estaba en su despacho. Eran las diez de la mañana y a las once tenía que entregar un texto para el capítulo de Barrio sésamo que tenían que rodar ese día.

Cogió papel y bolígrafo. Imaginó a una niña que paseaba una llama por las calles y la llevaba al dentista. La llama se llamaba Marichari, sí, era el nombre ideal para una llama. Entonces allí la recibiría el dentista y le harían una limpieza de dientes y la niña esperaría ansiosa a que termine de limpiarle la dentadura para irse a jugar con ella por la ciudad. La niña andaba orgullosa con la llama porque era muy grande y sus amigas tan sólo tenían perros enanos que podrían ser aplastados por su llama.

Pensó que lo mejor para la secuencia era que una voz femenina relatara lo que sucedía a modo de canción. Entonces escribió una bonita canción titulada “Yo y mi llama” que decía así: “Yo y mi llama, pues llama se llama, vamos a la clínica dental...”.

Ya eran las once. Abrió la puerta del despacho del director y le entregó el texto. El director lo leyó todo e hizo un gesto de incredulidad. Parecía que iba a decirle que aquello era una basura.

-¡Esto es una genialidad! ¡Enhorabuena! Este texto es lo mejor que has hecho desde que escribiste la canción de masticar . ¡Empecemos a rodar ahora mismo!

Y este fue el resultado:

Martes, 11 de Septiembre de 2007 22:39 #. Tema: Relatos Hay 15 comentarios.

Mi novia es gilipollas

Nos conocimos en una discoteca muy popular entre gritos, empujones, derramamientos de vasos y música techno de fondo. No era el sitio ideal para encontrar a una novia, pero cuando uno va borracho se lía con cualquiera sin preguntarse por qué. La cosa se prolongó y llevamos tres meses juntos. Ahora ella duerme a mi lado.

No es que yo fuese muy exigente a la hora de estar con una chica. Yo era de los simplistas que se conformaba con quererla y que me quisiera. Con eso sobraba. Pero pasado todo este tiempo veo quién es ella y no estoy muy seguro.

En principio me pareció una chica sencilla, de lo más normal. Pero pronto comencé a notar un comportamiento extraño en ella. Cuando ya llevábamos un mes apareció en casa con una enorme gasa sobre su culo, justo donde comenzaba su columna vertebral.

- Mira lo que me he hecho.

Se quitó la gasa y vi un enorme tribal cuyas ramificaciones desembocaban justo en el principio de la raya del culo. Sólo pude abrir la boca de asombro y no pronunciar nada.


- ¿Te gusta? –preguntó.
- Sí, creo que sí...

No me gustaba nada. Era un tatuaje con forma de flecha que estaba sobre su culo. Parecía indicar por dónde tenía que metérsela. Ese mismo día me la follé por detrás y no paraba de mirar su estúpido tatuaje. Como había fumado un porro tuve una alucinación y vi que su tribal se transformó en una flecha y apareció un letrero en rojo que parpadeaba y decía: “insert coin”. Entonces me aparté de ella bruscamente y se me bajó la erección.

- ¿Qué te pasa?
- No lo sé, creo que me ha sentado mal el porro.

Pocos días después apareció con un piercing. Parecía una verruga en el extremo de su labio. Era una mancha sobre su cara. Una cicatriz en su bello rostro. Una auténtica gilipollez que estaba de moda. Aquel día intenté no besarla. Me daba asco su piercing.



- No me besas porque no te gusta el piercing ¿Verdad?
- ¡Sí! ¡Es por eso! Es que todos los que se hacen tatuajes y piercings me parecen deficientes mentales que necesitan ensuciarse la piel y hacerse agujeros para intentar demostrar que son diferentes cuando no son más que una mierda.
- ¡Eres un imbécil! Yo simplemente me lo hago porque me gusta.
- Claro, no lo dudo, pero a ti te gustan las gilipolleces.
- Puede que por eso esté contigo.

Ese día se marchó dando un portazo.

Los días en los que fuimos felices también notaba cosas extrañas. Un día la vi en la habitación haciéndose fotos ante el espejo. Mientras tanto ella ponía morritos como si estuviese chupando una pajita. Entré en la habitación y le pregunté:

- Oye, ¿se puede saber qué haces?
- Me estoy haciendo fotos para colgarlas en votamicuerpo . Ya tengo un 8,5 de media y quiero poner una foto mejor para tener más puntuación. Voy a demostrar que soy una modelo.



Se metió en el cuarto de baño y se sacó una foto medio en pelotas en las que salía el water de fondo. Le dije que la estética de la foto era pésima y que para hacer una foto buena debería buscar un fondo uniforme que cuadre en la composición y no un water o un bidet.

- ¿Pero quién coño se va a fijar en el fondo? ¡En eso sólo se fijan los frikis como tú!



Salíamos de fiesta juntos. Cuando la veía maquillarse no entendía por qué cogía la pintura de los ojos y se pintaba la raya de forma exagerada como si fuese una faraona, se hacía la raya tan larga que casi daba la vuelta a su cabeza. Le decía que no estábamos en carnavales y no era necesario disfrazarse de geisha, pero ella decía que era un ignorante por pensar eso y se reía.

Pasó un tiempo y me presentó a sus amigos. Quedamos en un parque donde todos habían aparcado sus coches amarillos en la puerta y algunos estaban probando sus equipos de música. La mayoría llevaban gorras, cadenas de oro, camisetas de tirantes, pantalones de chándal y zapatillas de deporte. Ellas iban con tops, turbantes blancos, pendientes de anillos tan grandes como los de Saturno, vestían más o menos como mi novia. Todos tenían una estética gitana pero no lo eran. Sólo eran mamarrachos a los que les hubiese gustado nacer gitanos. Uno tenía en la luna trasera de su coche una pegatina enorme de Camarón. Pensé que le interesaba el flamenco y las guitarras, pero cuando le pregunté por el flamenco se limitó a decirme: Camarón es el puto amo, la hostia puta ya.



Yo sonreía ante ellos y me metí las manos en los bolsillos. Tan sólo deseaba que me tragase la tierra. Hablaban sobre la coca de calidad que pillaron el sábado y estaban planeando si iban a pillar para este fin de semana o qué. Entre ellos discutían quién podía sacarla a mejor precio. Yo apenas hablé, tan sólo deseaba irme de allí.

 



Las cosas con mi novia no funcionaban muy bien. Aunque yo tenía esperanzas en esa relación. Yo la amaba, pero no me miren raro, hay gente que ama a los delfines y nadie se mete con ellos.

La gota que comó el vaso llegó el día que me mandaron este video por Internet. La llamé y le dije que viese el video, que era muy fuerte.

 



Al verlo me dijo qué ella tampoco sabía que la Luna giraba alrededor de la Tierra. Le dije que cómo no podía saber eso y ella me respondió que no era tan lista como yo, que siempre estoy hablando con palabras “técnicas” y que la dejara en paz.

Luego se conectó un rato a Internet y comenzó a escribir cosas a sus amigos como: Le ninia que mas keroooo, olee esa shulaaaa, km00jk000ier00 madre, la hauserikAAAAAAA, sa m0t0 wnA der bryaN, lidíAchuchEE tekier00'g0rdiyAA, viced0,,$,,llunAAA,, s0ys l0 mej0rrr pa siempre.

Y entonces sospeché que tras esas frases indescifrables se escondían versos satánicos y que mi novia practicaba la brujería, pero no estaba muy seguro.

Follar follaba bien, pero era bastante gilipollas y sumisa. Me contó que los novios con los que había estado se enfadaban muchísimo cuando a ella no le apetecía y como tenía miedo de perderles pues les hacía lo que querían. Por eso se extraño el día que no le dije nada cuando me dijo que le dolía la cabeza. Me dijo que su ex le pegaba cuando ella no quería follar.

- Eres tan diferente, Fredy.... –me decía mientras me acariciaba la cara.
- Y tú también –le decía mientras pensaba que en mi vida había visto a persona más estúpida –oye, cariño, ¿Cuál es tu sueño?
- ¿Mi sueño? Despertarme algún día y ver a Camarón vivo. O mejor aún: despertarme y ser gitana. ¿Y el tuyo?
- ¿El mío? No lo sé –y me di la vuelta en la cama.

Ahora duerme como una princesa.

Si la dejo se morirá de pena o volverá con alguno de esos chulos que le pegaban.

Creo que lo mejor que puedo hacer por ella y por mí es matarla.

Sí... es lo mejor.

Martes, 04 de Septiembre de 2007 05:19 #. Tema: Relatos Hay 42 comentarios.

La verdadera historia de la muerte

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Rodolfo era más feo que Picio (tenía feo hasta el nombre). Desde pequeño ya apuntaba maneras, su madre murió de un paro cardiorrespiratorio tras parirlo, pero no fue por culpa del parto, no. La tragedia comenzó cuando cogió a su bebé en brazos. Era tan feo que al verlo no pudo creer que había parido a una criatura tan horrible y su corazón no pudo resistirlo y murió. Nadie pudo hacer nada por salvar su vida porque parió sola en un granero de un pueblo perdido de Teruel. Así comenzó la historia de la muerte.

Durante el primer día Rodolfo se alimentó del pecho de su madre muerta. La macabra amamantación no sólo era un presagio de su siniestro futuro sino que fue el alimento de su vocación. Su complejo de Edipo le llevaría siempre a desear los senos muertos de su madre.

El segundo día de vida la madre ya no daba más leche y comenzó a apestar. Era una madre soltera, por lo que nadie echaba en falta su presencia. En Teruel nadie echa en falta la presencia de nadie. De hecho, lo raro es que haya alguna presencia en esa provincia que no existe, o, mejor dicho, que está muerta.

Por allí se acercó una loba que olió la presencia del niño. La loba estaba muy cultivada, leyó muchos libros (al contrario de lo que pueda parecer, los animales pueden leer, lo que ocurre es que nunca nadie se ha molestado en enseñarles). Su intención no era comerse al niño (al contrario de lo que pueda parecer, los lobos no son seres sanguinarios que se comen a los niños malos, a veces también tienen sentimientos, el cuento de caperucita dio la mala fama a estos animales), su verdadera intención era convertirse en un mito. Ella había leído la historia de Rómulo y Remo y quería convertirse en la patrona de Teruel (aunque era una ciudad que no existía), se visualizó como Luperca dando de mamar a Rómulo y Remo en el escudo de la Roma. Si amamantaba al niño algún día podría estar en el escudo del equipo de fútbol de Teruel jugando la Champions League (Al contrario de lo que pueda parecer, los animales son más tontos de lo que parecen).

Así que la loba se acercó al niño y se dispuso a darle una teta. De pronto le dio la vuelta a Rodolfo y vio su cara. La loba cayó fulminada, murió de un susto al ver la horripilante cara del niño.

Al día siguiente aquello parecía un desfiladero de animales. Todos querían darle de mamar al niño para convertirse en leyenda y algún día estar en el escudo del Teruel fútbol club jugando la Champions (aunque no exista equipo de fútbol en Teruel, porque, como todo el mundo sabe, Teruel no existe). Hipopótamas, luciérnagas, jirafas, velociraptoras, vacas, y un sin fin de hembras de todas las especies mamíferas se acercaron con la intención de amamantar al niño, pero todas murieron de un infarto al ver la cruel fealdad del niño. Las malas lenguas cuentan que incluso algún que otro macho fue a intentar darle de mamar al niño, pero no queremos imaginar qué iba a darle de mamar, por dios, qué asco.

Afortunadamente, por allí pasó una topa (la novia del topo). Se acercó y debido a su ceguera pudo darle de mamar al niño. Nunca sospechó que estaba amantando a un adefesio que provocaba sustos de muerte a todo aquel que lo mirase. Durante los siguientes años Rodolfo fue criado con topos que vivían bajo la superficie y se convirtió en una especie de Tarzán de los topos.

La topa lo crió pensándose que era una bellaza, imaginando que se convertiría en un adonis encantador. Se veía a sí misma (pese a ser ciega) en el escudo del equipo de fútbol del Teruel Fútbol Club jugando la Champions.

Rodolfo se fue haciendo mayor. De vez en cuando salía de los túneles subterráneos para ver la luz del día. Le gustaba jugar con mariposas, cada vez que cazaba una se moría al ver la horrorosa y asquerosa cara de Rodolfo. Tampoco le resultaba difícil salir de caza, le bastaba salir de detrás de un árbol para matar a toda una manada de ciervos y alimentarse durante varios meses. Podríamos decir que Rodolfo tuvo una infancia feliz, no muy distinta a la de cualquier niño de Teruel que, como todos, viven incomunicados en algún pueblo de cuatro o cinco habitantes que desconocen las maravillosas ventajas que la electricidad aporta al ser humano.

Cuando Rodolfo cumplió 14 años sintió un impulso incontenible de bañarse en un río. Quería experimentar la sensación de lavarse, pensó que podría ser algo estimulante. Cuando se acercó al río se vio un pequeño reflejo de su cara y se dio un susto de muerte. Por suerte sólo se vio la frente y tan sólo se desmayó, de haberse visto la cara entera podríamos estar hablando de un suicidio. A partir de entonces asoció el agua con el peligro y nunca más se le pasó por la cabeza bañarse.

Días más tarde, y aunque parezca mentira (ya que en Teruel no habitan personas)vio pasar cerca de su casa a una chica con dos coletas. Rodolfo se enamoró instantáneamente de ella. La observaba detrás de unos matorrales. Tras unos minutos de intensa emoción hormonal decidió salir de su escondrijo y presentarse ante su amor. Así que salió y ella murió ipso facto al ver la terrorífica fealdad de Rodolfo.

Entonces se enrabietó y comenzó a maldecir su suerte. Pero él hablaba en el idioma de los topos y dijo algo así: Puschif pufi cuschip pufit macawendios yenla virgen. Así que se fue a su refugio, donde todavía estaba el esqueleto de su madre, allí iba cuando se sentía triste. Entre los objetos del granero vio una guadaña y un traje negro. No sabía para qué servía la guadaña, pero quedaba muy bien estéticamente y decidió enfundarse la ropa y salir por el mundo teruelano para vengar la muerte de su novia.

No tuvo mucho trabajo en Teruel porque Teruel ya está muerto. Pero decidió traspasar las fronteras de Teruel. Fue un gran cambio para Rodolfo saltar al mundo civilizado. Entre Teruel y el resto de España hay una diferencia de varios millones de años de evolución. De hecho, se dice que en Teruel todavía quedan ejemplares vivos del hombre de Cromagnon.

Fue entonces cuando nació el mito del hombre que anda con una guadaña y al que visita se lo lleva al otro mundo.

Muchos científicos de pacotilla niegan la existencia de la muerte personificada. Pero es que los científicos a veces parecen idiotas, argumentan que nunca nadie ha visto a la muerte. Pero vamos a ver idiotas: ¿Es que no sabéis que si alguien lo ve se moriría y no viviría para contarlo? Es que parecéis tontos.

Otro tema controvertido sobre la muerte es su paradójica inmortalidad. Pero todo tiene una explicación científica: los virus tienen tanto miedo de su cara que nunca invaden su cuerpo. Ni los piojos quieren saltar a su cabeza. Tampoco envejece porque sus células nunca hacen copias de sí mismas. Las células son inteligentes y son tan consecuentes con el medioambiente que no quieren hacer más copias de sí mismas para que nadie sufra la fealdad de Rodolfo. Por lo tanto no se produce ese proceso de envejecimiento causado por los pequeños errores en las copias de las células.

Rodolfo, o la muerte, como se le quiera llamar. Aún va por ahí provocando muertes. Algún día nos visitará. Tengan cuidado y procuren mantener los ojos cerrados para no verle.

La topa que amamantó a Rodolfo todavía sigue viva y sueña que algún día su proeza se verá recompensada. Espera que el Teruel F. C. Gane la champions con ella en escudo. Pobre ilusa, pero es lo que tienen los ciegos: que a veces no quieren ven la realidad.

 

Pd: La historia se me ocurrió cuando vi a una chica tan fea que me dio un susto. Se me aceleró el corazón y pensé: joder, si llega a ser más fea ma mata de un infarto. Entonces imaginé a la chica fea y pensé que una persona tan fea que matase a la gente de sustos podría ser la muerte. Gracias a esa persona por inspirarme. No siempre las musas son guapas.

Pd2: Sergio, recupérate pronto. Estoy deseando que vuelvas a escribir tus obras maestras en tu blog. Un abrazo.

ACTUALIZACIÓN:

La muerte en acción, no se pierdan este video:

Viernes, 17 de Agosto de 2007 02:04 #. Tema: Relatos Hay 22 comentarios.

Lucidez hormonal

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Justo cuando me corro dentro de ti comienzas a darme asco. Abro los ojos y lo único que veo en ti es vulgaridad. No eres más que una idiota a la que he engañado hasta conseguir abrirla de piernas. No eres esa chica especial que te he dicho, ni me siento bien a tu lado, ni siento como si te conociera toda la vida. No te engañes: todo eso te lo he dicho porque lo único que quería era follarte. A mí lo único que me interesa de ti es tu coño y ahora que lo he conseguido me gustaría echarte de mi cama a patadas para poder dormir bien ancho. Pero sigo fingiendo y te abrazo cariñosamente porque estaría mal echarte ahora de mi cama. Además, he de ser práctico, si te echo me odiarás y puede que algún día me pique la polla y no tenga a nadie mejor para metérsela.

Mírate, ¿Cómo has podido pensar que eres alguien especial? Si como tú habrán más de un millón de mujeres en el mundo. No destacas por nada y no eres nadie especial. Mujeres como tú las hay a patadas ¿De verdad ibas a pensar que yo iba a sentir algo por una imbécil como tú? ¿De verdad te has creído que me ha sorprendido lo inteligente que eres? Si yo tuviese que follarme a alguien por su inteligencia debería ser homosexual y necrófilo para profanar las tumbas de Oscar Wilde, de Nietzsche o de Cortázar y follarme sus esqueletos. Tú eres patética, te crees que eres especial sólo porque algún tío se te acerca de vez en cuando y no quieres ver la realidad, no quieres ver que ninguno se te acerca por tu forma de ser, que no se interesan por ti y por lo único que se interesan es por tus tetas, que es lo único destacable en ti.

Ahora lo que más me gustaría es que te callaras y te durmieras. No me interesa tu vida, no me interesa la ropa que te compras y no me interesan tus uñas. Eres como todas y no aportas nada interesante a mi vida. Ojalá pudiera acostarme contigo sin tener que aguantar tus putas conversaciones de mierda.

Yo me echo a un lado y miro al techo. Te miento y te digo que me has destrozado, que ha sido uno de los mejores polvos de mi vida y que eres una fiera. Disimuladamente voy cerrando los ojos, como haciéndome el cansado, para te veas que no puedo seguir hablando, no quiero soportare más. Atribuyo a tu potencia sexual el hecho de que esté destrozado para que así no te siente mal que me duerma e, incluso, te tomarás como un triunfo haberme dejado así. Después te apoyas en mi pecho y yo te acaricio el pelo.

Lo que me fastidia es que pronto acabará esto. Los cojones se me volverán a llenar y seré preso de mis instintos primarios, volveré a decirte que te quiero y que me gustas sólo para poder aliviarme. Pero antes de que acabe mi lucidez hormonal permíteme decirte algo: odio ser hombre y tener esta necesidad de meterla en algún lado. Estoy cansado de fulanas como tú.
Jueves, 09 de Agosto de 2007 02:58 #. Tema: Relatos Hay 14 comentarios.

La memoria del tacto

Nunca verás cómo mis manos baten el aire para extraer la memoria del tacto, aunque apenas te toqué. A veces mis manos eran útiles, pero tú podías hacerlas completamente inservibles cuando no las necesitabas.

No te gustan los poemas. Me preguntas qué es eso que escribo. Te lo enseño. Lo lees con indiferencia y no dices nada, no quieres decírmelo, piensas que pierdo el tiempo escribiendo cosas que no sirven para nada, que vale, que es una buena historia, pero ¿y qué?

Me pides que salgamos a dar una vuelta y yo te sugiero que vayamos a la Albufera. Tú me dices que está muy lejos, al final no salimos, nos quedamos otro día más en casa sin hacer nada. Tú miras en la tele estúpidos programas de cotilleos y a mí no me gusta la tele, tú quieres ver una película y a mí no me gustan las películas que a ti te gustan, te sugiero ver películas de los años cuarenta y me dices que quieres ver alguna actual, a ti te gustan los piratas del caribe y yo los odio.

Ni siquiera sé por qué hablamos, parece que hablemos en idiomas distintos y cuando trato de explicártelo me dices que estoy de nuevo con mis filosofías, que deje de decir lo que dicen esos libros que leo y que lo único que hacen es comerme la cabeza, me dices que tenga pensamientos propios y no sacados de otros autores. Yo te digo que son pensamientos propios, que los libros no sirven para darme ideas sino para ayudar a conocerme. Tú contestas irónicamente que nunca llegarás a mi nivel, que seguirás siendo una cateta y serás feliz así y que sientes no cumplir las expectativas de un sabio como yo. Luego me preguntas que si tan listo soy por qué no me presento a presidente del gobierno. Yo no contesto. Me quedo mirando la tele callado. Hay un hombre que habla de Julio Iglesias, ¿A quién le importará la vida de Julio Iglesias?

Estoy triste. No sé si soy feliz.

Le pido el mando distancia para cambiar el canal y ella me dice que ni lo sueñe, que si no me gusta el programa que me vaya al cuarto a ver lo que quiera.

Me voy a al cuarto sin darle un beso de buenas noches. Enciendo la tele y mientras hago zapping me acuerdo de ella. Estoy con una persona y me acuerdo de aquella chica que conocí hace tiempo. ¿Dónde estará? Apago la tele porque no hacen nada interesante, me tapo con la sábana, apago la luz de la mesita y se queda todo oscuro. Estoy aislado en medio de la oscuridad y no sé si esto es lo que llaman felicidad.

Viernes, 03 de Agosto de 2007 17:38 #. Tema: Relatos Hay 5 comentarios.

El ladrón de tiempo

He conseguido suficiente cianuro como para matar a un caballo y lo he inyectado en un producto de un supermercado. Alguien lo comprará, se lo beberá de un trago y se morirá al instante. No le dará tiempo ni de llamar a una ambulancia.

Pero no se escandalicen. Dejen que me explique:

Lo he hecho debido a mi incapacidad de poder tener un hijo inmortal. Si pudiese tenerlo lo tendría, me gustaría mucho ser padre de un niño inmortal. Pero no de un niño que algún día morirá. No quiero dar vida a alguien que va a morir.

Y yo no quería convertirme en un asesino.

Cuando una persona muere de vieja nadie se espanta. Dicen que es el ciclo natural de la vida. Nacer y morir. Sin embargo, cuando una persona es asesinada se clama justicia contra el asesino, y si se le detiene se le priva de la libertad e incluso puede que en algunos países lo condenen a muerte. Nunca ocurrirá eso con unos padres que tienen un hijo. Un niño viene a este mundo y está sentenciado a muerte desde el mismo momento en el que sale del útero de su madre.

No creo que exista una muerte digna y justa. Toda muerte, salvo el suicidio lúcido, es asquerosa e indeseada. En realidad nadie quiere morir y, contradictoriamente, todos se empeñan en perpetuar la especie, en perpetuar la agonía... en firmar nuevas sentencias de muerte. Traen al mundo seres que crecerán y morirán en manos de un asesino de guante blanco o de un verdugo en forma tiempo.

La gente celebra los nacimientos y se alegran cuando alguna mala puta se queda preñada. Todos los días nacen bebés que sin tener culpa de nada van a ser ejecutados. Sin embargo lloran cuando alguien se muere, cuando deberían alegrarse por haber terminado, por fin, con su agonía vital.

Sé que hay gente que piensa que la vida puede valer la pena. Puede que en determinados momentos podamos reírnos y entretenernos, en ocasiones podemos olvidar nuestro terrible y triste final. Pero eso no me sirve, no me consuela. No me alegra ver a más presos condenados a muerte mientras camino por el corredor de la muerte.

Algunos pensarán que soy un asesino por lo que he hecho. Pero yo no inventé la muerte. La persona que se beba la botella mortal tan sólo adelantará la fecha de su desenlace. En realidad él ya estaba sentenciado. Yo no le voy a quitar la vida. Tan sólo le habré quitado un poco de tiempo. Así que, por favor, no me llames asesino... llámame, más bien, ladrón de tiempo. Y si sigues empeñado en clamar justicia no me apuntes a mí con tu dedo índice, apunta hacia el cielo, hacia el lugar en el que se supone que está Dios, el asesino más sanguinario de todos los tiempos, por su culpa, por haber inventado la muerte, todos pasamos por el cadalso.

Y no creas que me voy a sentir culpable por eso. Si lo he hecho ha sido para compensar. Para tratar de reparar el error que cometí la semana pasada cuando acudí a aquel banco de esperma a cambio de 60 euros. Doné un poco de mi elixir vital tan sólo para poder comer. Con él fecundarán el óvulo de una mujer con marido infértil. Con ese esperma nacerá (y por lo tanto morirá) una criatura. Por mi puta culpa. Por una paja mal hecha. Envenenar a alguien es mi forma de pedir perdón.

 

Me acusarán de asesino, incluso puede que me acusen de terrorista. Mi única ilusión es que me condenen, que adelanten mi fecha de caducidad... puede que así perdone mi único crimen: traer una criatura a este puto mundo.

Lunes, 09 de Julio de 2007 04:16 #. Tema: Relatos Hay 14 comentarios.

El planeta de cristal

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Existió hace tiempo un planeta en el que todo era de cristal. La gente, las casas, el suelo, la comida, las plantas... todo era de cristal transparente. Era un planeta en el que no existían las sombras, se podía ver a través de cualquier objeto, no había nada oculto.

Los habitantes del planeta podían ver todo. Si cerraban los ojos veían a través de sus párpados de cristal. Cuando se ponían una venda en los ojos veían a través de ella. Sus corazones eran de cristal. Las paredes eran de cristal. No existía la intimidad. No había nada oculto. No existían los secretos. No podían enterrar sus tesoros de cristal. No podían enterrar nada. Su pasado siempre estaba presente.

Un día llegó un visitante al planeta. Era un ser opaco procedente de un planeta lejano. Cuando bajó de la nave pronunció las palabras: “un pequeño paso para el hombre y gran paso para la humanidad” y al pisar tierra firme ensució el planeta con la suela de su zapato. Cuando puso el segundo pie en el frágil suelo de cristal todo comenzó a resquebrajarse. Las grietas se expandieron por todo el pequeño planeta. La gente también se resquebrajó. Impotentes vieron cómo sus cuerpos se descomponían. En cuestión de minutos el planeta se vio reducido a minúsculos trozos de cristal que se esparcieron por el universo.

Hoy en día no se sabe nada de aquella civilización. Toda su sabiduría se perdió para siempre. Pero, según cuenta la leyenda, todavía podemos verles cuando miramos hacia las estrellas a través del fondo de un vaso de cristal.
Miércoles, 27 de Junio de 2007 04:25 #. Tema: Relatos Hay 9 comentarios.

Después de la vida

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“No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda”
Woody Allen

 

Estaba remando en la barca de Caronte. Me sorprendí mucho, pensaba que después de la vida no existiría un más allá. Creía que una vez muerto iba a llegarme la paz eterna, pero ahora un puto viejo me estaba haciendo remar como si me hubiesen condenado a galeras. En ese momento me arrepentí de no haber seguido con la medicación.

La situación era curiosa, yo remaba en la barca en compañía de un viejo harapiento y nunca en mi vida llevé a mi mujer a El Retiro. Ella siempre me preguntaba cuándo la llevaría y yo le contestaba con evasivas, ahora que estaba muerto lo estaba haciendo con ese viejo apestoso, lo que hay que ver.

Llegamos a la otra orilla. Esperaba que me llegase mi merecido descanso. Pero, cuando me dispuse a bajar de la barca, Caronte me dijo:
– Dame una moneda.
– ¿Una moneda? –pregunté extrañado.
– Sí, a todos les pido una moneda.

Busqué en mis bolsillos, encontré una moneda de dos euros y se la di. Nunca había pagado tan poco por un descanso tan largo. Si la gente supiera qué barato resulta un descanso eterno dejaría de gastarse el dinero en estúpidos balnearios y se suicidarían en masa.

– Gracias –dijo Caronte.
– De nada buen hombre. Ten cuidado no se te vaya a hundir la barca y te ahogues.

Después me adentré en aquella tierra desconocida. Tras avanzar unos metros me encontré con un abominable perro de tres cabezas que me miraba muy pero que muy mal. Me asusté mucho e intenté avanzar por un lado del sendero, pero el perro comenzó a ladrar.

– Perrito, perrito bueno... –dije asustado para tratar de tranquilizarlo.

Estaba aterrorizado, parecía un perro peligroso. No sabía qué hacer para quitar al chucho de en medio, así que en un acto heroico cogí una rama seca y la lancé para que el perro fuese a buscarla.

–¡Busca campeón!

El perro permaneció inmóvil y siguió la trayectoria de la rama con una de sus tres cabezas, las otras dos seguían mirándome fijamente.

– ¿Tú eres gilipollas? –Dijo la cabeza de en medio. Al parecer, era la mas autoritaria de las tres.
– Esto... yo –no sabía qué decir, me sentía estúpido– ¿Tú quién te has creído para llamarme gilipollas?
– Soy Cancerbero, me encargo de que ningún vivo entre vivo al mundo de los muertos y de que ningún muerto salga de aquí.
– ¿Entonces puedo pasar?
– Pasa Fredy, pero eso sí, ya no podrás salir de aquí nunca más –y el maldito perro pulgoso estalló en una carcajada.

Sentí deseos de darle una patada. Pero no quise cometer un pecado de última hora justo cuando se acercaba mi juicio final.

– Oye Cancerbero, ¿Ahora a dónde tengo que ir? –pregunté.
– Mira, ¿Ves ese sendero de ahí? –Señaló como un nativo que conoce el lugar a la perfección– Si sigues todo recto verás un cartel que dice "hacia el juicio final" tú sigue por ahí todo recto.
– Gracias perrito.
– ¡No me llames perrito! - Gritó enfurecido.

2

Seguí aquel largo camino. Odiaba el senderismo y ahora muerto tenía que hacer todo aquello que no me gustaba hacer en vida.

Subí por una pendiente muy pronunciada. Caminé durante media hora hasta que encontré una bifurcación en el camino en la que había una señal en el medio. Una de las flechas apuntaba hacia la izquierda y ponía “Hacia el juicio final”. La otra apuntaba hacia la derecha y ponía: “Hacia el cielo”. Decidí acortar camino y saltarme el juicio final. Al fin y al cabo el juicio era una pérdida de tiempo. Yo estaba seguro de que iba a ir al cielo.

Continué por aquél pesado camino. Subí tanto que las nubes se encontraban por debajo de mí. Aquella montaña parecía tener una altura infinita. Parecía que aquello no se iba a acabar nunca, pero finalmente, al girar una curva vi una puerta inmensa que irradiaba una luz desde dentro que nunca antes había visto. Era una luz que transmitía paz y amor. Me di cuenta de que el cielo sería algo así como fumarse un porro y apuntarse con un flexo en la cara. Era maravilloso.

Me acerqué a aquella puerta dispuesto a abrirla. Pero un portero que estaba allí me puso la palma de su mano en el pecho y me detuvo. Tenía el pelo rizado y en su mano izquierda custodiaba una llave.

– Hola ¿Es aquí el cielo? –Pregunté inocentemente.
– Sí, es aquí estimado Fredy. Mi nombre es San Pedro, custodio las puertas del cielo, ¿Has traído la documentación?
– ¿Qué documentación?
– Pues hombre, la del juicio. ¿Ya te han juzgado?
– No, pero te aseguro que yo he sido bueno en esta vida.
– Pero es que sin el certificado del juicio no puedes entrar aquí.

Me di cuenta de que la burocracia en el mas allá no había mejorado mucho más que en la Tierra. Aquello era como cualquier ventanilla de este maldito país en la que siempre te decían que faltaba algún papel.

– Pues dígame San Pedro, ¿Qué tengo que hacer?
– Mira, ahora es la hora del almuerzo, te puedo acompañar hasta nuestro Santo Padre.
– Gracias San Pedro, eres muy amable.
– De nada Fredy, para eso estamos.
Y emprendimos el viaje hasta los juzgados.

Por el camino le pregunté si se ganaba mucho dinero siendo pescador de hombres. En la Tierra no existía ninguna empresa en la que se ofrecieran esos servicios y alguien podría haberse hecho multimillonario con ello. También le comenté que por las noches muchas prostitutas salían por las calles para pescar hombres. No sé por qué extraña razón a San Pedro no le gustó ese comentario.

Pronto llegamos al juzgado celestial y me despedí de San Pedro, que tenía prisa por irse a almorzar al bar.

– ¡Hasta luego San Pedro! –Le dije amablemente como si fuésemos colegas de toda la vida.
– No estés tan seguro de que nos vayamos a ver.

No me gustó la broma de San Pedro.

Me giré y observé el edificio. La puerta era inmensa y estaba decorada con imágenes de santos talladas en oro. Supuse que la puerta era así de grande para que el gran Dios pudiese entrar. Aunque pensándolo bien, si Dios era omnipotente podría entrar por cualquier puerta. Subí las escalinatas del juzgado. Cuando me acerqué al edificio la puerta se abrió sola y una voz de ultratumba me dijo desde dentro “adelante”.

Atravesé el umbral con miedo. Miré a mi alrededor y vi que aquello tenía el mismo aspecto que un juzgado americano de esos que salen en las películas. Dirigí la mirada al asiento del Juez y lo vi. Era él. Estaba, por fin, cara a cara con Dios. Había soñado con este momento durante toda mi vida. Dios se parecía a Fernando Fernán Gómez. Él me miró y en esa mirada encontré la compasión y el amor de Dios. Era el momento más emocionante de mi vida, (bueno, mejor dicho: de mi muerte, pero si hubiese estado vivo sin duda alguna hubiese sido de el momento más emocionante de mi vida). Me embriagó una profunda emoción, estaban a punto de saltarme las lágrimas, sentí deseos de arrodillarme, se me puso la carne de gallina, el corazón me latía fuerte, la respiración...

– ¿Se puede saber qué cojones miras? –Dijo Dios enfurecido– deja de mirarme con esa cara de gilipollas y siéntate de una puta vez. No tengo todo el santo día.
– De acuerdo Santo Padre –le dije emocionado.

¿No tenía todo el santo día? Pensaba que aquí no existiría el tiempo, ¿Dios tendrá agenda? En ese caso debería ser un fastidio ser Dios y tener que atender todas las peticiones de los fieles, aunque para algo tenía el don de la omnipresencia.

– Vamos a empezar el juicio. Se ruega silencio en la sala.

Miré a mi alrededor, pero no vi a nadie en la sala.

Dios apagó la luz y sacó un mando a distancia. Presionó un botón y en el extremo opuesto de la sala descendió una impresionante pantalla de plasma de más de cincuenta pulgadas.

– ¡Joder! ¡Qué pedazo de tecnología tenéis aquí! –No pude evitar decirlo.
– ¡No blasfemes maldito inútil!
– ¿Y tú qué acabas de hacer? –Le dije extrañado, pues acababa de llamarme inútil.
– Yo tengo impunidad, ¿O voy a ser juzgado por mí mismo? –Dijo de forma despreciable– la cantidad de idiotas que tengo que aguantar a lo largo del día... Dios mío –dijo para sus adentros.
– Entiendo –Volví a mirar la tele. Debía medir más mis actos y mis palabras.

Eso de que el propio Dios dijera "Dios mío" me había dejado atónito. ¿Dios tenía otro Dios? ¿Tendría a otro creador por encima? ¿Hemos adorado a un simple creador que fue creado por otro?

Parecía que Dios estaba rebobinado la cinta. Reinaba un gran silencio. Pensé que ya que estaba ante él podría solventarme las dudas que siempre tuve.

– Oye Dios... ¿A ti quién te creó? ¿Por qué hay tantas injusticias en el mundo? ¿Por qué hiciste al hombre tan imperfecto y luego te enfadas cuando no actúa bien? ¿No deberías enfadarte contigo mismo por haber creado unos seres tan imperfectos? ¿No eres tú el causante de tanto mal? ¿No crees que eso de juzgar a seres que venían con defecto de fábrica es injusto?
– ¡Cállate idiota! ¡Deja de preguntar gilipolleces o te envío directo al infierno!

Me callé. En ese momento averigüé que ese amor de Dios al que todos imploraban no existía. Era todo mentira. Dios sólo era un dictador más.

Dios apuntó con el mando a distancia hacía la tele. Presionó con su pulgar uno de los botones repetidamente, pero aquello no parecía funcionar.

– Me parece que esta mierda no tiene pilas.

Permanecí callado y lo miré con una ligera preocupación. Dios era un torpe y a mí me hicieron creer que era perfecto. Me reí de mí mismo por haber sido tan ingenuo durante este tiempo. Tan sólo hacía falta ver a los hombres para darse cuenta de que Dios podría ser cualquier cosa menos perfecto.

Al cabo de un rato, Dios todopoderoso, consiguió encender la tele.

– Vamos a ver el vídeo –dijo como si fuera un presentador de televisión.

Las imágenes se proyectaron ante los dos. Eran escenas de mi vida. Lo primero que vi no me gustó nada y a Dios, por la expresión de su cara, parecía que tampoco. Aquello era muy desalentador.

3

Terminó el video. Dios apuntó con el mando, apagó la tele y me miró fijamente asintiendo con la cabeza.
– ¿Qué tengo que hacer contigo? –Preguntó Dios con resignación.
– ¿Y por qué no han puesto las cosas buenas que hice? ¿eh? ¿Por qué no ha salido el día que llevé a un ciego hasta su casa? –Protesté.
–¡Ese era un ciego de verda