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En Tierra Firme

El muerto al hoyo y el vivo al bollo

 

Las sirenas que sonaban en el exterior llamaron mi atención. Me asomé al balcón y vi una patrulla de la Guardia Civil y una ambulancia dirigiéndose a toda pastilla hacia el paseo marítimo.

Traté de averiguar qué estaba pasando y dirigí la mirada hacia la playa. Se había formado un tumulto. Al parecer, había una persona tendida en el suelo. Rápidamente, los agentes se abrieron paso entre la multitud y pude ver que se trataba de una señora, de unos cincuenta años y de complexión gruesa. Los operarios de la samu iniciaron el proceso de reanimación. Los guardias civiles trataban de alejar a los curiosos para que no entorpecieran el trabajo de los médicos, pero la gente seguía el espectáculo desde la distancia. Las madres más cautelosas mandaron a sus hijos a casa. No querían que los niños presenciasen el macabro desenlace que se auguraba en el ambiente.

 

Un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto tiempo pasó. Los de la Samu se levantaron y dieron por concluido el trabajo: no fue posible reanimar a la señora. Algunos curiosos habían perdido la paciencia y se fueron, pero habían sido sustituidos por otra tanda de curiosos que alargaban el cuello como pavos para ver qué estaba pasando. Querían presenciar la muerte en directo. La agonía de una persona que estaba debatiéndose entre la vida y la muerte.

 

Algunos de los que estaban con sus toallas cerca de la fallecida se marcharon angustiados, otros, más prácticos, cogieron sus bártulos y se desplazaron unos cien metros para alejarse del molesto dispositivo que había montado y poder seguir disfrutando de aquel maravilloso día de verano.

 

Los de la cruz roja taparon el cuerpo y para evitar las miradas curiosas de la gente, los guardias civiles colocaron a cada lado de la fallecida dos sombrillas abiertas y tumbadas. El espectáculo parecía haberse terminado, pero de pronto llegó una señora, acompañada por un agente, que se avalanzó sobre el cuerpo y comenzó a llorar desconsolada frente al cadaver. Agarró con sus manos el rostro del cuerpo, incrédula, suplicando y maldiciendo con un llanto desgarrador el maldito destino que le había arrebatado a su ser querido. Los agentes trataron de animarla y alejarla, pero nadie puede consolar a alguien que acaba de perder a un ser querido.

 

La Samu se fue. Los guardias civiles se quedaron. Comezó la larga espera para que llegase el juez y autorizase el levantamiento del cadaver. Era medio día y posiblemente estaría almorzando. Quizá por eso tardó tres horas en llegar. Durante ese tiempo, la gran mayoría de curiosos que estaban allí se fueron marchando poco a poco. Pensaron que ya no quedaba mucho más por ver. Yo seguía en la terraza del apartamento como uno más. Incrédulo ante lo que estaba aconteciendo. La espera se hacía infinita. Alrededor del cadaver con las dos sombrillas tan sólo estaban los guardia civiles custodiandolo. A un radio de cien metros todo iba volviéndo a la normalidad. La gente fue llegando a la playa. Los niños comenzaron a jugar con la pelota a pocos metros de allí. Vida y muerte estaban conviviendo con total harmonía, como en las más sagradas familias budistas del Tibet. Por fin se había contagiado algo de la cultura oriental a este mundo sin espíritu. Completa indiferencia. Llegó un momento en que los niños que jugaban a fútbol le dieron a la pelota muy fuerte y llegó hasta el radio en el que no había nadie. El niño se apresuró a ir a por la pelota, sacándola de un pelotazo hasta donde aguardaban los amigos.

 

Ahora que había llegado el verano, la gente solía comer en las terrazas. A mediodía, cuando sales a comer al balcón, siempre puedes escuchar las conversaciones de los vecinos, que hablan mientras se escucha el habitual tintineo de los cubiertos. La gente salió a sus balcones como siempre, y comieron disfrutando de la brisa del Mediterraneo, del paisaje de sus aguas, y del tufo a muerto que desprendía la playa, pero eso no importaba.

 

La gente que paseaba por la orilla de la playa, cuando veían que había un cuerpo tapado, se paraba preguntándose si era posible. Todos reaccionaban igual: paraban, observaban, se miraban entre ellos, se preguntaban si estaba muerta la persona, se sorprendían un poco y luego continuaban el paso. Era sólo un muerto tapado al que se le veían los pies. Nada interesante.

 

Durante ese tiempo a mí también me dio tiempo a comer y aunque no entendía muy bien por qué, seguía pendiente de lo que estaba pasando en la playa. La gente se bañaba, los niños jugaban a la pelota, otros tomaban el Sol, otros paseaban por la playa, la gente comía en las terrazas... el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

 

Por fin llegó el juez. Nunca entenderé por qué la justicia tarda tanto en hacer las cosas. Vale que es un muerto, que no van a solucionar nada llegando antes, pero hay otros que están vivos a los que una decisión y una acción judicial a tiempo, les puede salvar el cuello. Pero lo que menos entendía era a la gente, y mucho menos a mí, que permanecí allí, más fiel que nadie, para ver qué sucedía.
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9 comentarios

Trankiller -

Hablando de selectividad... caballero, hce 1 semana ke salieron las notas y nos tiene aki en ascuas a todos!!

Por cierto, retiro lo de la ingenieria, las ciencias son para gente sin alma, como yo, ( y como Pitágoras, Descartes, Da Vinci... vamos... gentuza sin alma y sin inkietud alguna todos ellos)

monocamy -

Es inavitable que la muerte resulte atractivo-morbosa, por ser desconocida y familiar, a un tiempo. Aceptada y temida.

Pero lo cierto es que no encuentro otra cosa en la vida más íntima que morir, ese instante en el que todo lo que representas y eres se desvanece, mucho más dramático que quedarte desnudo y avergonzado en plena calle. El momento más crítico, más humillante, a los ojos de los que te desean ver vivo... sin que puedas complacerlos.

Y te lo digo con total inexperiencia, puesto que nunca en mi vida me he muerto.

En Tierra Firme -

De todas formas gracias por pasar por aquí. Encontré tu blog por casualidad, aunque no es el que aparece en tu link. me gusta ver relatadas las experiencias de selectividad que yo tb he vivido hace nada.

En Tierra Firme -

Qué deprimente...

Va a ser cierto eso que das una patada a una piedra y te salen 20 periodistas. Empecé bachillerato con esa idea... y se me está quitando....

Marta -

Hola! He visto que has visitado Pan con aceite y sal. Encantada de dar un paseo por tu "Tierra Firme". Yo voy a estudiar periodismo, ¿y tú? ¿ya te has decidido? Nos leemos, un beso.

Alicia -

No te lo tomes tan a pecho hombre! Si no practicas mucho, como no los vas a cometer. Es increible que se te pueda olvidar como escribir en tu idioma pero es posible.
Yo desde que vivo fuera me esfuerzo para no cometer errores ortograficos pero a veces meto mucho la pata.
A repasarrrrrrr ya!
Por cierto, me alegro de que hayas seguido tus suenhos y dejado la tienda esa, ANIMO!
(No es peloteo ok? )

En Tierra Firme -

Esto está fatal, cada vez que lo releo descubro nuevos errores, estoy cansado de corregir. Por lo visto cada día escribo peor.

Alicia -

Me he puesto a pensar en lo que yo he hecho ante una situacion parecida, y me parece que no varia mucho de lo que has descrito aqui.
Pero a mi no me molesta que la gente siga con sus vidas, es la muerte de otra persona no la de ellos, yo no esperaria que esas personas dejasen de "vivir" por unos dias pensando en mi . Solo cuando nos pasa cerca, entendemos realmente el concepto de muerte, pero no lo entenderemos con solo ver un cadaver, porque eso es lo que es para los que no somos familiares y no conocimos a las persona en vida.
Es un poco hipocrita el querer demostrar sentimientos por alguien , ya sin vida que no conociamos.
Yo puedo sentir pena por los familiares , me puedo poner en su lugar y desearles que lleven la situacion lo mejor posible, y para el/la muerto/a que pase a mejor vida.

En Tierra Firme -

Agradecimientos y dedicatoria para Elena! Gracias!
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