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En Tierra Firme

La operación. Capítulo II

La operación. Capítulo II

Tras los crueles pinchazos que me dieron, el urólogo volvió a preguntarme:

- ¿Sientes algo?

- No.

El dolor se había apoderado de toda esa parte de mi cuerpo. Acababa de descubrir que, la anestesia, consistía en provocarte un dolor hasta dejarte insensible. Tampoco me agradaba la idea de imaginar qué estaría haciendo el cirujano cuando preguntaba si sentía algo. Seguro que acaridiándome no estaba.

Procedieron a la operación, la doctora se sitúo a mi derecha y el cirujano a mi izquierda. Tenía entendido que la operación duraría aproximadamente una hora. Decidí que emplearía ese tiempo en contemplar las luces del foco y en estudiar detenidamente la composición del techo. Pero pronto descubrí que era imposible concentrarse. Me molestaba el ruido de las constantes vitales y el que hacían los cirujanos cuando dejaban la herramienta en la bandeja y cambiaban de utensilio continuamente.

De vez en cuando, venía una enfermera a vigilar cómo iba el suero y la pinza que tenía en la mano. Esperaba que todo funcionase y saliese bien.

De pronto, en medio de la operación, los cirujanos empezaron a hablar. Hice esfuerzos por no hacerles caso. No quería escuchar lo que decían acerca de la operación o enterarme de algún detalle escabroso que me hiciese vomitar. Un amigo me contó, que durante su operación, le pusieron unos cascos con música. Conmigo no tuvieron esa delicadeza. Aunque pensándolo bien, si me hubiesen puesto alguna música desagradable, hubiese confundido el quirófano con una mazmorra de la santa inquisición.

Al final no pude evitarlo y les escuché:

- ¿Entonces hiciste la promoción en Valencia? – Dijo el urólogo.

- Sí, y luego hice las prácticas en el clínico de Valencia y después me trasladaron aquí.- Contestó ella.

- Sí, suelen hacer eso. ¿Y cuantas horas te han puesto?

- Pues tengo que hacer 300 horas en total divididas en...

No me lo podía creer, estaban hablando de sus cosas, ¡En medio de mi operación! Por lo que pude escuchar, veía que el urólogo estaba muy interesado en ella. Al parecer, no se conocían de nada, habían coincidido en esa operación y se estaban contando sus vidas cómo dos compañeros de trabajo que quedan en un bar, se sientan en una mesa y toman una cerveza. Con la diferencia, que allí, lo único que había entre los dos era mi polla. ¡Oh! ¡Mi polla era la celestina de una bonita historia de amor! Y así como en los bares los enamorados quitan las etiquetas de las botellas de cerveza, lo mismo ocurría en el quirófano; Despellejaban mi polla de la piel que le sobraba. Amor puro.

Me invadió una preocupación, a parte de que podían empezar a utilizar su lenguaje corporal para mandarse señales, con lo que ello conllevaba: hacer círculos con el dedo en el borde del vaso, coger la botella por el mango, mirar fijamente a la otra persona mientras bebes de la botella... Me preocupaba el hecho de que estaban jugando con objetos punzantes, y en cualquier momento, podrían distraerse y cortar más de lo debido provocando una fatalidad irreversible. Hice todo lo posible por quitar esos oscuros pensamientos de la cabeza, tarareé canciones dentro de mí, apretaba los dientes y respiraba hondo. Cuando de pronto, escuche un ruido infernal, era el ruido similar al de un taladro pero menos intenso, como el de un cepillo de dientes eléctrico. Seguramente sería una pequeña sierra eléctrica para cortarme. Escuchar aquello era aterrador. Me puse, aún si cabe, más nervioso. Aquel artilugio sonaba cada vez más cerca de la zona sensible. Se me ocurrió mirar la bata del médico. Quería ver si la sangre le salpicaba en su ropa blanca, cómo ocurre en las películas gore cuando descuartizan a alguien con una sierra eléctrica. No fue así, tenían tecnología punta contra las salpicaduras de sangre. Finalmente el ruidito de aquel artilugio cesó. Pero no estaba tranquilo. Decidí mirar a un lado y contar el tiempo que faltaba. Quizás la intranquilidad se reflejaba en mi cara, ya que el médico, de repente me miró y me preguntó:

- ¿Estás bien?

Lo miré como un cordero degollado y le dije desde lo más profundo de mi alma:

- ¿Cómo quieres que esté bien si me estáis cortando la polla?

El urólogo y la enfermera estallaron en una carcajada, cosa que me inquietó más por el miedo a que cortasen más de la cuenta. El urólogo se reincorporó tras la risa y me dijo.

- A ver, jejeje , no es eso chavalín, lo que te estamos haciendo es una pequeña incisión para que el prepucio no esté... bla bla bla.

- Sí, sí, ya sé en qué consiste.

El urólogo y la cirujana se intercambiaron una mirada cómplice y graciosa. Se lo estaban pasando bien. Y entonces intervino ella:

- Lo que hacemos, es cortar un poco, pero tu cosita se mantiene intacta.

- Entiendo.

Y el urólogo añadió:

- Pero oye, hay que aclarar, que cuando ella dice “cosita”, no está diciendo que la tengas pequeña ni nada por el estilo. No la vayas a malinterpretar.

Y esta vez nos desternillamos los tres. Todo estaba resultando muy gracioso, pero a mí luego me quedaría un dolor y a ellos el orgasmo del polvo que echarían luego.

El ambiente se distendió, la operación transcurrió entre más bromas, tales como la del urólogo:

- Ahora, sin la piel esta ya todo irá mejor, porque así como la tenías... no la habrás metido en ningún lado.

El urólogo ya se estaba pasando de gracioso, pero es lo que suele pasar cuando hay una mujer presente entre muchos machitos de pacotilla, se meten puñaladas traperas entre ellos perdiendo su habitual camaradería y creyendo que así captarán mejor la atención de la hembra. Siempre que ocurre eso prefiero huir. Aunque en esta ocasión era imposible, estaba atado, de pies, manos y polla.

Finalizó la operación. Me trasladaron en camilla hasta la puerta del vestuario. Allí bajé, e inmediatamente, lo primero que hice fue mirar el descosido que me habían hecho. No vi nada, estaba todo entre gasas. Me puse la ropa y salí como si nada. No me dolía nada. Era extraño. Mis padres estaban sorprendidos de mi entereza y valentía. Pero cuando volvíamos en el coche, comencé a sentir que despertaba toda la zona en cuestión. Allí estaba yo, sentado en la parte trasera del coche, recostado, aullando, maldiciendo y blasfemando sin contemplación alguna. Parecía una embarazada camino del hospital con la diferencia que yo volvía del hospital.

Una vez en casa, al cabo de unas horas, me dieron ganas de mear. Tuve que quitar todo el aparatoso vendaje. Y observé, por fin, como había quedado aquello. Fue realmente desagradable ver toda mi tierna y dulce cosita con un número incontable de puntos circundándola en su diámetro. Rápidamente me di cuenta que el corte de la parte de la chica había quedado muchísimo más torcido en forma de curva, frente a la parte del urólogo profesional, que pese a estar constantemente tirándole los tejos a ella, hizo su trabajo a la perfección. Ella estaría abrumada por las constantes acometidas de él o bien era una torpe novata. Ya no había nada que hacer, las cosas habían salido así, y hoy en día, 7 años después siguen igual aunque ya no se aprecia tanto.

Finalmente, al día siguiente, confirmé en mis propias carnes las leyendas que me habían contado acerca del dolor de la operación. Me levanté con una considerable erección, la más trágica, la más dolorosa y la más indeseable que he experimentado en toda mi vida.

La operación. Capítulo I

La operación. Capítulo I

Fue muy difícil dar el paso y operarme. Aquello ya no tenía otro remedio. Me armé de valor, comenté el problema a mis padres y días más tarde fui al médico y le dije:

- Tengo que operarme.

- ¿De qué?

- De fimosis.

- Muy bien... Acompáñame. – Cada vez que alguien decía esa palabra me acordaba de “sorpresa sorpresa”.

Le seguí hasta a la camilla.

- Bájate los pantalones.

- Vale. – Nunca antes había sido tan sumiso.

Me bajé los pantalones y los calzones. El doctor se ajustó las gafas y miró aquello como si no hubiese visto una polla en su vida. ¿Es que él no tenía una? Me preocupaba porque miraba demasiado. Entonces me dijo:

- Ahora vengo.

No sabía a donde coño iba. Miré como estaba y dudé entre subirme los pantalones o esperar tal cual y que se me ventilase. Decidí que se ventilara y estuve con la chorra fuera esperando. Al rato volvió con otro médico.

- Míralo tú porque yo no sé.

¡Menudo incompetente! El nuevo médico me inspeccionó y me sometió a tocamientos impuros. No quería pensar mal y dudar de su profesionalidad, pero no podía evitarlo.

- Pues sí, sí. – Decía.

Yo pensaba ¿Sí qué? ¿¿SÍ QUÉ?? ¿Me quedaría estéril? ¿Me la cortarían? ¿No tendría remedio?

- Bueno, ya está. Te voy a mandar al urólogo.

aHizo el papeleo para el urólogo y allí estuve días después.

- Bueno ¿Qué te pasa?

- Pues eso.

- Pues eso ¿Qué?

- Joer.. pues eso.

- Pero es que yo no sé qué es eso.

¿No lo tendría apuntado en el papel o es que quería afrontarme?

- Que tengo fimosis.

- Ah, muy bien. Acompáñame. – Otra vez la melodía.

Le acompañé.

- Bájate los pantalones.

Ya empezábamos otra vez. Tocamientos, inspección, manoseos, excitación por su parte...

Volvimos a la mesa y me dijo:

- La operación será en 2 meses.

Pasó el tiempo y cuando ya casi me había olvidado de todo, recibí una carta del hospital indicando la fecha de la operación. Sería una tarde a las 6. Las noches anteriores las pasé fatal. Pensé en las probabilidades de quedarme inútil, pensé en lo doloroso que sería. Llegué incluso a escribir varias poesías hablando del dolor, del sufrimiento, de amputaciones y de supervivencia en tonos dramáticos. También pensé en redactar un testamento. Pero si hoy por hoy soy inútil escribiendo por entonces lo era todavía más y era incapaz de escribir más de una línea.

Mis padres me llevaron al hospital. Me daba la sensación de estar camino del matadero. Nos sentamos en la sala de espera del quirófano. Todos los que había allí eran viejos. Dijeron mi nombre y fui al mostrador. La chica se cercioró de que era yo y con su rotulador fosforito subrayó en su lista mi nombre y, a continuación, otra palabra que me estremeció al leerla: Circuncisión.

Me acompañaron adentro, mis padres me despidieron como si no me fuesen a ver nunca más en la vida. Un simpático joven me acompañó hasta un vestidor. Me dio una bata azul, y me dijo: Quítate toda la ropa y ponte esto. Me quité todo y me puse aquella bata que no me tapaba nada. Allí en el vestidor había un viejo que me daba muy mala espina. Estaba quieto y con la mirada perdida mirando al frente. No se movió ni un segundo ni para mirarme. No se inmutó en ningún momento. Parecía un muñeco de un museo de cera. Estaba ensimismado. Todo se hacía cada vez más escatológico. Finalmente guardé mi ropa en una taquilla y salí. Allí me esperaba el chico con una gran sonrisa y una camilla. Me dijo que me acostase en ella. Me llevó por los pasillos llenos de luces como si se pasease con el carrito de la compra. Durante el trayecto en camilla, dentro de los límites de mi campo de visión, veía a enfermeras, enfermeros, médicos.. Todos parecían salidos de una película de médicos asesinos que traficaban con los órganos de los pacientes a los que mataban a conciencia. Me miraban como si fuesen gente buena que me iban a ayudar, pero dentro de ellos había demonios que se reían con una carcajada cavernosa. Era como estar dentro de la casa del terror, o dentro de una pesadilla donde todos parecen buenos pero sabes que te van a hacer algo malo. Entonces me empezó a hablar:

- ¿De dónde eres?

- De Culebra.- Le dije.

- ¿Ah sí? Tengo allí un apartamento.

- Mira que bien...

No me importaba una putísima mierda lo que dijera, el tío sería nuevo trabajando y estaría aplicando los conocimientos de psicología para pacientes que le dieron en la universidad. Se creía que estaba idiota. Sabía que esas eran las típicas charlas para tranquilizar a los pacientes, y estaba seguro de que no tendría ningún apartamento en mi ciudad. Cuando trabajé en el hotel de botones, siempre preguntaba a los clientes de donde eran. Independientemente del sitio que me dijeran siempre respondía que tenía familia allí, que era un lugar precioso y que había muy buenos vinos por allí. De este modo, la propina siempre era mucho más generosa.

a

El chico de la camilla me llevó a una sala que parecía un parking de camillas. Vio un aparcamiento libre entre dos camillas y me encajó allí en medio. A mi derecha se encontraba un hombre de 40 años, parecía sano. A izquierda había un hombre con un gotero que estaba moribundo. Me preguntaba de qué iban a operar a toda esa gente. Seguro que todos esos tenían enfermedades mucho peores que la mía, pero no me consolaba lo más mínimo. Estaba nervioso. No me gustaba el panorama. Veía a los médicos pasar de un lado a otro. Habían unas puertas en las que ponía: Quirófano 1, Quirófano 2. En eso que pasó una enfermera, me vio y se fue. De pronto pasó otra y lo mismo. Luego me dio la impresión de que todas las enfermeras pasaban sólo para mirarme. Incluso vi a una, que se asomó a la puerta, me miró y se metió para adentro. Era como si se dijeran las unas a las otras que fuesen a verme. Llegué a la conclusión de que cada vez que había uno que se operaba de fimosis se extendía el rumor e iban a verlo. También cabía la posibilidad de que me estuviese volviendo paranoico. De pronto, vi a una enfermera, y me pareció que era mi vecina. ¡Se enterarían todos de que me iban a operar! ¡No!

Imaginé que cada vez que subiese en el ascensor de casa y que me cruzase con algún vecino y se reiría de mí diciendo: “¡Se ha operado! ¡Se ha operado!” Y harían bromas absurdas sobre la operación.

Al cabo del rato llegó mi San Martín. Un camillero me metió por la puerta donde ponía quirófano. Otra vez estaba en el trenecito del terror acostado. Entré en una sala, toda llena de aparatos, y allí estaba el urólogo que me inspeccionó hacía dos meses. Me dio la bienvenida mientras se ponía unos guantes de látex en la mano. Y de no haber llevado mascarilla apostaría que tras ella había una gran sonrisa con un diente centelleante. En ese momento me dieron ganas de saltar de la camilla y salir corriendo. Renunciaría a una sexualidad satisfactoria para toda mi vida. No me importaría el hecho no poder meterla en condiciones. Bueno... pensándolo mejor sí que me importaba. Me quedaría.

Me pusieron en la camilla, vino una enfermera, me clavó la aguja de un gotero en la mano. En el dedo, me pusieron una especie de pinza para indicar mis constantes vitales. Me colocaron una sábana verde por encima. La máquina empezó a emitir pitiditos con las constantes vitales. Se encendió un gran foco sobre mí y entonces pensé en la luz que ven los que han tenido experiencias cercanas a la muerte. En la película de Ghost salían los espíritus metiéndose por ese foco. Tendría una salida fácil en caso de que las cosas saliesen mal.

De pronto apareció una mujer que se situó a mi derecha. También con el gorrito y la mascarilla. ¡Me iba a operar también una mujer! El que tenía a mi izquierda, el urólogo, saco una aguja. Mi pene ya estaba dispuesto a ser tratado. Me dijo:

- Te voy a poner la anestesia. Esto te va a doler un poco...

Entonces se dirigió con la aguja hacía mi desamparada polla. No quise mirar nada de lo que me hiciesen. Miré a la luz. Y sentí el peor pinchazo que me han dado jamás en mi vida en la parte posterior de mi pene. Era como un clavo traspasándome. No emití ningún gruñido, ni gemido, ni nada. Solo miraba la luz para ver por dónde aparecía Dios.

- ¿Sientes algo?

- Sí.

Metió otra inyección.

Y otra.

Tres pinchazos mortíferos en distintos puntos de mi geografía más sensible y en la luz no aparecía nadie. 

 


El moribundo ambulante

El moribundo ambulante

Ayer también tuve otra noche de insomnio, la segunda seguida. Ya era demasiado. Esta vez tenía un malestar general, una constante angustia y, para colmo, me han salido unas llagas en la boca que me están amargando. No puedo comer, ni puedo hablar sin parecer medio gilipollas. Por la noche llegué a la desesperación. Me levantaba, creía que iba a vomitar. No lo hacía. Me volvía a acostar. Era como si mi estómago fuese una lavadora centrifugando. Además tenía que levantarme por la mañana obligado; tenía que ir a la oficina de empleo para tramitar el paro y también tenía que inscribirme en la SGAE.

Se hicieron las 8 de la mañana y me levanté. No quedaba más remedio. Antes de ir al la oficina de empleo, tenía que pasar por Valencia y recoger en las oficinas de la empresa donde trabajaba los últimos papeles que me faltaban. Me fui en tren. Me daba la impresión de ser un zombi. Un demacrado que se tambaleaba en busca de su objetivo. Me metí en el tren y me senté. Me puse el mp3 en marcha. Era mejor no escuchar al resto de la gente. De este modo escuchaba mi música favorita mientras veía a los demás mover la boca y gesticular con sus manos. Enfrente de mí veía como un tío le estaba echando los tejos a la chica que tenía enfrente. Intentaba hacerla reír y todas esas cosas patéticas. Cuando ella apartaba la vista, el chico recorría con su mirada todo su cuerpo. Realmente estaba desesperado. Pero yo estaba con mi música, ajeno a todo eso y dudando si aguantaría todo el trayecto sin morirme.

Bajé del tren y me dirigí a las oficinas de la empresa. No sabía que comentarles cuando les viese, así que pensé en ser sincero y cuando me preguntasen como me iba tal les diría: “bien pero que estoy bastante enfermo y tal...”.

Cuando llegué, me abrieron la puerta, me dieron los papeles y no me preguntaron ni qué tal. ¿Para eso estuve un rato del camino pensando de qué hablaría con ellos? Eso son recursos humanos sí. Tan sólo les faltó no llamarme por mi nombre sino por el número de trabajador. A la mierda. Todavía no entiendo por qué existen las ETT.

Salí de allí y me dirigí a la SGAE. Tenía que hacerme socio porque tengo un asunto pendiente entre manos que ya comentaré cuando esté todo hecho. Ya fui allí una vez a pedir la documentación y ahora ya lo llevaba todo firmado. El gran problema para hacerme socio era que tenía que registrar al menos una obra y la canción debía presentarla en partitura. Yo sé leer minimamente las partituras, pero no se escribirlas bien, así que me la tuvo que hacer un amigo. Otro problema es que también pedían una prueba de que ya has estrenado alguna obra. Yo me preguntaba ¿Cómo vas a estrenar una obra si no la has registrado antes? Entonces pensé en los conciertos que hice cuando tenía el grupo y que quizás en el instituto me firmarían un papel acreditando que yo he estrenado canciones propias. Y así fue, los muy buenos me hicieron el favor.

Llegué y la chica encargada de los registros estaba almorzando. La que estaba de guardia de seguridad me dijo que me esperase y me dijo que había una cafetería al lado. Esperé y cuando empezó a sacarme tema de conversación decidí irme al bar. Cuando volví la chica todavía no había llegado, la guardia volvió a hablarme de tonterías. Parecía que aburría bastante y además era una desesperada de la vida. Parecía llevar buscando durante años al hombre definitivo que la aguatase. Yo no iba a ser su candidato, así que le dije que iba a esperar arriba. Allí había unos sofás muy cómodos. Llegó la chica, le di la obra, la documentación y pagué. Cuando ya estaba todo hecho. Le dije:

- ¿Y mi número de socio?

- Te lo enviarán por correo en un mes

- ¿¿En un mes?? ¡Si yo lo único que quería era el número!, ¡He hecho todo esto por el número!

Volví a la estación de tren justo cuando iba a salir el mio. Entonces salí disparado para cogerlo. Emprendí una carrera. Parecía estar en los 100 metros lisos. Ya estaba a punto de entrar, entonces sonó el pitidito. Pi pi pi pi pi. La puerta se cerró en mis narices. Presioné el botón verde para ver si la abría pero el tren partió y yo me cagué en su puta madre. La gente que estaría dentro del tren seguro que se estaba riendo de mí como yo me reía cuando estaba dentro y veía algo igual. Debía esperar media más hora en la estación a que saliese el próximo tren.

Subí al otro tren. Aún le quedaba rato para salir. Me puse de nuevo el Mp3 para escuchar a Joaquín Sabina. Todo iba bien aunque empecé a sentir de nuevo los retortijones de barriga. De pronto, entró un señor mayor, me preguntó algo y yo al tener los cascos puestos no entendí nada. Aun así le respondí que sí. El hombre se sentó y el tren partió. Al rato me preocupé por si el hombre me había preguntado si el tren iba a Castellón, a Xativa o a cualquier sitio menos al que iba. No importaba... en ese caso ya se daría cuenta cuando llegase.

aMe fijé en la gente, siempre lo hago. Nunca he entendido nada sobre lenguaje corporal. Pero me daba la sensación de que todas las pueblerinas soían llevar bolso. Cuando se sientan se lo ponen encima de los muslos, con las manos cruzadas encima y con la mirada al frente como si estuviesen concentradas rezando el rosario. En esos momentos es cuando me surgen los pensamientos más profundos. Juntarse con la humanidad y observarla me dice mucho. Muchas veces me pregunto si el resto de los que están en el tren piensan tantas cosas como yo o simplemente van y vienen con las cabezas huecas. Da la sensación de que nadie tiene sentimientos puros, basta con ver las miradas que se echan entre ellos porque comparten el mismo tren y el mismo camino. A veces me dan ganas de saltar y gritar. Decir que ya basta. Que ya está bien de tanta tensión. De tantas miradas de asco. De poner sus mochilas o sus carpetas al lado de sus asientos para no tener a nadie al lado. La humanidad se odia entre sí. Y ya no es xenofobia. La xenofobia es rechazo hacia lo que viene de fuera. Esto es rechazo a lo que viene de dentro, a lo tuyo propio. ¿Habrá alguna palabra que lo defina?

Todo esto lo dice alguien que puso su carpeta en el asiento de al lado... ¿Qué más da lo que hiciese el resto del día?

Insomnio

La falta de sueño me ayuda a escribir mejor. Anoche pasé una noche de insomnio involuntario. Es horrible estar en la cama, cerrar los ojos y no conciliar el sueño. Estaba dando vueltas en la cama de un lado a otro y me sentía estúpido al querer dormir y no poder. Lo peor de todo era cuando abría los ojos, miraba el reloj digital en medio de la oscuridad y veía que marcaba una hora más, o mejor dicho, una hora menos de descanso. Las 2, las 3, pasaban las horas y yo lo único que quería era dormir cuanto antes. Las 4, las 5, las 6 hasta que finalmente desistí. Me levanté, escarbé en la nevera y piqué algo.

En medio de la desesperación, encendí el ordenador y vi conectado a un poeta que vive al otro lado del charco que me hizo la noche más llevadera. Siempre es bueno encontrarse con alguien así en medio de una noche delirante. Al menos, espero que las conversaciones con él le lleven a buen puerto, ya que yo, naufragué hace tiempo. Los que somos buenos guiando a la gente con consejos es porque nuestro barco ya encalló mientras nos adentrábamos en bahías intransitables. Aunque en realidad, no sé si soy bueno dando consejos, pero al menos advierto a los que se acercan para que no sigan mi camino, que ya es algo. Luego siempre digo: “no soy quién para dar consejos, ya me ves como he terminado”.

Sigo con las clases. Todo parece que funcione bien, estoy aprendiendo, avanzando y trabajando. No es el eslogan de un partido político, es lo que quiero hacer. Siento que voy a hacer algo importante. Algunos días visualizo mi futuro y me veo triunfando, veo que hacen calles en mi ciudad con mi nombre, hacen estatuas conmemorativas con mi figura y tengo un reconocimiento popular. Aunque para mí eso no es triunfar, triunfar es sobrevivir mientras haces lo que te da la gana. Otros días, visualizo mi futuro y me veo en un cuchitril hediondo, plagado de cucarachas y ratas que me comen vivo y que acabo muerto en un rincón de la casa en la más absoluta soledad sin que nadie me eche de menos. Días mas tarde encontrarían mi cadáver en avanzado estado de descomposición debido a la fuerte peste que desprendería mi cuerpo que acabaría alertando a los vecinos. Si dicen que en el equilibro está la virtud, ya veis que en mi se alojan todas las imperfecciones del mundo.

Tengo miedo de que en clase me asocien con la figura del pelota. Por eso ya no me siento en primera fila, ahora opto más por sentarme en segunda fila. La primera fila siempre ha tenido mala fama, están los lameculos, los responsables idiotas y demás fauna estercolera. Y digo eso porque ahora a una compañera se le ha ocurrido llamarme “superdotado”, porque, según ella, lo sé todo. Era lo peor que me podía pasar, hasta ahora me encontraba cómodo en clase, cuando preguntaban algo contestaba sin tapujos, ahora me lo pienso dos veces. Soy un puto inseguro y no es porque crea que yo sé mucho, todo lo contrario, no sé nada; no sé nada de latín, inglés lo llevo como el orto y creo que no estudio lo suficiente. Todo viene a raíz de que un día en clase de literatura, la profesora estaba explicando la historia de las rimas de Bécquer, y cometí el error de avanzarme y decir que sus rimas se quemaron y luego las reconstruyo de memoria. Cualquiera que siga la poesía sabe eso. Pero entonces saltó la chica en cuestión y me preguntó:

- ¿Eres superdotado o qué? ¡Lo sabes todo!

Yo como no sabía lo que decirle le dije:

- Sí, soy superdotado sexual.

No me ha gustado nada, lo peor es que insiste. Estuve a punto de decirle que no es que yo sepa mucho, simplemente es que los demás no saben nada. Algo así como que en el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero es que no llego ni al estatuto de tuerto. Cierto es que a veces me dan ciertos arrebatos pedantes, en los que parece que únicamente quiera hacerme el interesante, como por ejemplo, cuando en clase de historia del arte, apareció el templo de Artemisa, una de las 7 maravillas del mundo. Pregunté si ese era el templo que quemó un tal Eróstrato para hacerse famoso. Pero eso no es cultura, ni es saber, eso es tener un cierto gusto por lo insano, los destructores y cosas por el estilo me llamaron la atención durante un tiempo. Por eso a veces me siento cretino, estúpido y gilipollas. Los demás están teniendo una imagen de mí que no corresponde, y me atormenta que yo haya podido contribuir a crearla sin querer. No quiero ser un hipócrita. Lo mejor será callarse la boca.

Al igual, otra vez, estaba hablando con un compañero de libros, y no sé por qué mierdas le comenté que al año me leía entre 10 y 30 libros y luego lo comentó en voz alta a toda la clase, enterándose la mismísima profesora de literatura.

Cambiando de tema, he optado por afeitarme la barba que llevaba desde hacía más de un mes y que me daba un aspecto muy descuidado y bohemio, ese día, al entrar a clase me senté y una que hasta entonces no me había dirigido la palabra para nada me dice:

- Te has afeitado... Pareces más joven así. Estás raro.

Yo me giré, la miré con mala cara y le dije:

- Yo con barba o sin barba soy raro.

Y así miles de anécdotas más, debería escribir historias a diario, sé que me dejo muchas en el tintero, pero la mejor es lo que ocurrió la semana pasada, cuando unas cuantas chicas se fueron dos horas antes a casa y comentaron a otras:

- Nos vamos.

- ¿Ya os vais?- le dijo la chica que se quedaba y que curiosamente es la que me llama “superdotado”.

- Sí tía, que hoy empieza gran hermano y no me lo quiero perder por nada del mundo. Si entra algún tío bueno en la casa te mando un mensaje.

- Tranquila, no hace falta que me lo mandes que yo cuando llegue a casa ya me enteraré.

En ese momento yo estaba sentado al lado de la ventana y me dieron ganas de arrojarme al vacío.

El rebaño esquizofrénico

El rebaño esquizofrénico

El pastor estaba loco porque creía que todos los seres vivos con cerebro podían hablar. Todos los días, llevaba a las ovejas a una pradera donde instaló una pizarra en la que dibujó la letra A.

- A ver, Tú. Yo sé que puedes, ¿Qué letra pone aquí?

- Beeeeeee. – Respondió la oveja.

- Noooo. ¡Es la A!

Daba las clases sin ningún éxito. Pero el pastor no perdía la esperanza.

Curiosamente, una de las ovejas que había allí, entendía perfectamente al pastor. Esa oveja nunca había hablado porque siempre estaba escondida en la última fila y el pastor nunca le prestó atención. La oveja se apiadaba del pastor y no entendía como sus semejantes no aprendían a hablar. Pensó que el trabajo del pastor era tan inútil como intentar dar clase a unos insectos. Entonces se imaginó una escena en la que una oveja daba clases de lectura a una mosca. Esa imagen surrealista le hizo gracia y, ese día, cuando llegó a casa, se puso a escribir una historia de una oveja dando clase a unas moscas.

Pareja de enamorados

Pareja de enamorados

Había una vez una pareja de enamorados que se fueron de viaje a una isla muy lejana donde tenían 24 horas de Sol. En un arrebato de romanticismo incondicional y rutinario, los muy burros se fueron a ver una puesta de Sol.

Nunca más se volvió a saber de ellos.

Hoy me remito

Hoy me remito a un texto de Patxi Irurzun que leí gracias a Sergio, y Sergio lo encontró gracias a mí y lo publicó en su blog. Yo también lo voy a publicar porque me he acordado de ese cuento hace poco. Me parece un relato extraordinario y yo también me he sentido identificado con ese bloqueo. Os dejo con el cuento:

BLOQUEO

Llevaba cuatro días tumbado panza arriba en mi cama y el techo, después de ese tiempo, ya no era amarillo salpicado con cagarrutas de mosca y chorretones de pintura, sino a veces una nube de color indefinido, gris o blanca, o gris blanquecina, y otras veces como una balsa de aceite apedreada, con sus ondas doradas y espesas que se extendían hasta desaparecer... En realidad me importaba un huevo de qué color fuera el techo. Sobre la cama, alrededor de mi cuerpo, había folios arrugados y otros llenos de tachones y un par de libros de cuentos de Bukowski, el mejor escritor del mundo (Bukowski también se había quedado bloqueado una vez, diez años nada menos; yo, sin embargo, no podía esperar tanto, pues lo único que tenía importancia para mí en este jodido mundo era escribir). Sobre la mesilla un cenicero lleno de colillas, unos cuantos huesos de melocotón tan resecos como mi cerebro y el mando a distancia del compact-disc. Cada vez que el disco de AC/DC se acababa apretaba un botón y la música volvía a sonar a todo volumen. Hasta hace cuatro días AC/DC era uno de mis grupos preferidos; ahora (es decir, entonces) los odiaba, pero no me apetecía levantarme a cambiar el disco y aquella mierda de mando a distancia no podía hacerlo por mí.
Hacía calor. El sol de julio se colaba a través de la ventana de mi habitación y escarbaba en mi piel en busca de pozos de sudor, pozos que no se secaban nunca: me sudaba la frente, me sudaban las axilas, me sudaba la espalda y me la sudaba sudar. Las sábanas estaban empapadas, sucias y olían, toda la habitación olía: a sobaco, a pies, a lefa seca, a pedos de estómago triste, a humo... Daba igual; me importaba un huevo aquel olor a cebolla quemada; me importaba un huevo julio, los punteos de Angus Young y hasta el borracho de Bukowski. Lo único que me importaba era escribir algo y no se me ocurría nada. Cualquier escritor sabe que, cuando eso pasa, lo único que se puede hacer es esperar. Yo llevaba esperando cuatro días y no encontraba otra manera de hacerlo que mirando el techo. Quizás Bukowski se habría emborrachado de güisqui en un bar de mala muerte, o les habría enchufado sus veinticinco centímetros a unos cuantos culos enormes y rosados. Yo me ponía pedo de aceite y follaba con la inspiración sin que ninguno de los dos llegáramos a corrernos.
- Tienes que salir - me repetía. - Después de todo sólo tienes veinte años y no sabes demasiado de la vida -. Pero seguía tumbado panza arriba. Lo poco que sabía de la vida era suficiente para entender que tarde o temprano soltaba una patada en los cojones, o dos, o tres, o mil, y que entonces, una de dos: o te levantabas enrabietado y le hacías frente, o te quedabas retorciéndote en el suelo hasta que el dolor desaparecía; y lo primero sólo sucedía en las películas y en las solapas de las novelas, donde las biografías de los escritores hablaban de trabajos miserables y fracasos estrepitosos que precedían a la fama (yo no tenía ni idea de cómo iba a ser escritor, si nunca había trabajado ni me había pasado ninguna de esas cosas extraordinarias que les pasaban a los escritores - "licenciado en filología, su novia le dejó por otro": así no iba a vender ni un puñetero libro -. Lo poco que sabía de la vida era suficiente para entender que, aunque ahora estaba tan resabiado con ella como para que me resultara indiferente, tarde o temprano la muy puta me volvería a hacer llorar. De momento, sin embargo, mis lágrimas se habían secado y la vida, para mí, era como me apetecía dictársela a mi pluma. La otra, la de verdad, simplemente pasaba sin hacerme sentir nada. Ahora yo era Dios y, la verdad, me comportaba tan bastardamente como Él, porque las historias de mis criaturas transpiraban tristeza, dolor, odio, repugnancia, crueldad... (Después de todo yo no tenía la culpa de tener dos ojos en la cara ni de leer todos los días el periódico). Quizás eso fuera la vida, Dios escribiendo cuentos acerca de lo que veía a su alrededor, ahí arriba en el cielo, o en el infierno, o donde quiera que estuviese. Si efectivamente consistía en eso, Él no tenía la culpa, pero nosotros íbamos jodidos. Si sus cuentos eran únicamente una distracción, Dios se merecía una buena paliza.
- Tienes que salir - me repetía. Y pensaba en las piscinas con las chicas dejando que el sol de julio las sodomizase o lamiese sus pezones con su lengua de fuego, pero seguía tumbado porque todo aquello era sólo carne, carne sin ojos, carne sin cerebro, carne sin nombre con la que me iba a ser imposible escribir un cuento. Carne con la que, de todos modos, descargué mi juventud caliente sobre el estómago. Fue algo exclusivamente orgánico, como ir a mear, algo triste, porque me resultó imposible pensar en nadie. Fue como palpar mi vacío entre las manos y sentirlas llenas.
Seguí tumbado panza arriba. Me importaba un huevo todo. En las piscinas las chicas desnudaban sus cuerpos en lugar de sus entrañas, en las calles había manifestaciones de todo tipo (el etarra fue asesinado por la guardia civil pero ojalá hubiese sido al revés, el etarra tenía un tiro en la sien pero es que se suicidó, el etarra es un muerto como los demás y "estamos por la paz" pero en el fondo no nos da pena, y en fin, uno menos) pero nadie se manifestaba contra Dios por haber escrito un cuento tan miserable y tan sangriento, tan lleno de odio. Incluso Induráin había ganado el Tour de Francia y le esperaba un recibimiento multitudinario. Yo seguía tumbado mirando el techo. Me importaba un huevo hasta el mismísimo Induráin. Lo único que quería era escribir un cuento hermoso y que lo leyera todo el mundo, mis vecinos, el cartero, el chófer del autobús, mis amigos, mis enemigos, todos los que me habían despreciado alguna vez o se habían pensado que yo era subnormal, que lo leyeran las tías buenas que me cruzaba por las calles y que al verme se dieran codazos, me señalaran a hurtadillas, susurraran "mira ése, el que ha escrito ese cuento tan bonito" y se quedaran boquiabiertas, pues encontraban mi alma tan atractiva como el cuerpo de Miguel Bosé, que lo leyera la chica del telediario, y Angus Young, incluso Induráin, que lo leyera hasta Bukowski, el mejor escritor del mundo y que dijera: "no es tan bueno como yo, pero el hijoputa escribe bien". Eso era lo único que quería y no podía hacer otra cosa que esperar tumbado. Además salir no me iba a aportar nada, pues en realidad la vida de un escritor es un bloc de notas, una prostituta pagada con tinta. Si salía y conseguía ligarme a una chica pensaría mientras la besaba: "su lengua era un helado de fresa dentro de un vaso de cerveza con posos de ceniza", si me peleaba con alguien intentaría grabar en mi memoria lo que me gritaban sus ojos "inyectados en sangre"... Recordaba una vez que se me desgarró el frenillo haciendo el amor con una chica. Veía borbotonear la sangre allá abajo y lo único que se me ocurría era "tío, aquí hay un cuento alucinante". La vida de un escritor es llorar o alegrarse por una puta de trescientos duros, pero esta vez yo quería algo mejor, la Virgen María duchándose en la balsa de aceite del techo de mi habitación, mi corazón reventándose granos de pus, los pensamientos bellos de un dictador o Bambi chutándose heroína, así que no pensaba levantarme de la cama hasta que se me ocurriera algo.
Se abrió la puerta de mi habitación. Era mi madre.
- Te llaman por teléfono - dijo. Y sonrió. Ella creía que yo no salía porque estaba colgado y se alegraba por mí. Me entraron ganas de pegarle un grito y, a la vez, de comérmela a besos.
- ¿Quién es? - dije mientras me incorporaba.
- Mikel, tu amigo.
Salí de la habitación y me arrastré desganado hacia el teléfono.
- ¿Qué tripa se te ha roto? - pregunté.
- ¿Te apetece salir a dar una vuelta?
- No.
- Vale, entonces a las ocho donde siempre.
- Bien. - Colgué. Y me quedé con el teléfono en la mano preguntándome a ver de qué coño iba yo, pero como tampoco me importaba demasiado, en apenas unos segundos estaba pensando en lo mucho que me fastidiaba tener que afeitarme la barba de cuatro días. De todos modos lo hice, y también me duché, e incluso me vestí como yo creía que estaba mejor. Era como rellenar una quiniela, porque yo sabía que cuando salía con Mikel el asunto eran tías, tías y tías, y a mí ya lo único que me importaba era la chica de mis sueños, una chica inteligente, llena de vitalidad, algo imprevisible, que una noche dijera "qué te parece si hoy nos emborrachamos en París" y al día siguiente "podíamos pasar el verano en Sudamérica, o en un campamento con niños disminuidos", una chica guapa por fuera y por dentro, sin maquillaje en sus armarios, una chica con sentido del humor, o por lo menos que entendiera mi sentido del humor, y que llorara si me veía llorar; ella escribiría cuentos en una esquina de la habitación y yo en la otra, y, aunque yo estaba seguro de que escribía mejor que ella y ella de que escribía mejor que yo, a los dos nos gustaban los cuentos del otro, y además nos los publicaban a ambos, y cuando fuimos a recoger el premio Nobel íbamos vestidos con nuestras chupas vaqueras... O sea, una quiniela de catorce (aunque podía ser también de trece, ella podía tener el culo un poquito más gordo de lo normal, y hasta de doce, ella no era escritora sino actriz, o reportera de guerra, o animadora sociocultural en una residencia de ancianos...) Lo que estaba claro era que si no rellenaba la quiniela nunca me podría tocar, así que me puse la ropa con la que creía que estaba mejor. De todos modos hubiese preferido seguir tumbado mirando el techo, porque las tías, en realidad, también me importaban un huevo. Nunca me había tocado una de catorce y no tenía esperanza alguna de que me tocara en el futuro. No sabía por qué había quedado con Mikel. Yo era gilipollas. No sabía ni lo que quería pero me daba igual.
Fuimos a un bar de niñas pijas. "Las niñas pijas son estúpidas pero están más buenas" dijo Mikel, y aunque, por desgracia, tenía razón, para mí aquello era como buscar una perla entre los vómitos de un borracho.
El bar tenía altavoces por todos los lados, y éstos escupían una música que era como si alguien le diese patadas a una persiana metálica mientras un robot afónico eructaba, así que de este modo resultaba imposible mantener una conversación. Aquello se asemejaba a un centro para sordomudos o para epilépticos en celo, porque eso parecían todos esos pijos cuando bailaban. Mikel y yo pedimos unas cuantas cervezas y mientras las tomábamos nos pusimos a mirar a las chicas. Ellas nos ignoraban. No éramos guapos ni llevábamos zapatos marca la madre que los parió. ¡Pero qué se creían todas esas estúpidas! Otro gallo habría cantado si uno pudiese llevar marcado en la frente que tenía un librito de cuentos publicado y que un día de éstos iba a escribir el relato más hermoso de la literatura universal, aunque tampoco merecía la pena, porque seguro que todas aquellas cabezas de chorlito, cuando llegaban a su casa, jugaban una partida al comecocos en su ordenador en lugar de ponerse a leer un buen libro, y uno sólo les podía interesar porque suponían que era famoso y rico. En fin: por mí como si Snoopy se las follaba a todas. Me giré hacia la barra y empecé a pedir una cerveza detrás de otra. "Por lo menos me emborracharé", pensé, pero uno no puede emborracharse si derrama sus cervezas en una alcantarilla. Yo era el hombre vacío, el hombre lleno de mierda si os apetece más, pero no sentía lástima por mí.
Al final Mikel se dio también por vencido y nos fuimos a casa. Cuando llegué me encontré con la habitación ordenada y limpia. Mi madre era una santa. Me tumbé panza arriba en la cama y me puse a mirar el techo. No pensaba moverme hasta que se me ocurriera algo para mi cuento. Esta vez no. Estuve un par de horas así. El techo era otra vez una balsa de aceite apedreada. Decidí salpicarme otra vez el estómago con las brasas de mi juventud, pero no había nada capaz de levantarme el ánimo. Me hubiese gustado llorar pero no podía. Estaba tumbado sobre un lecho de chinchetas pero no sentía el dolor. Intenté dormirme. Quizás al día siguiente pudiera escribir lo vacío que me sentía y entonces la vida sería hermosa.

Sigo la estela

He tenido la primera depresión del nuevo curso al ver los exámenes de selectividad, pero que no cunda el pánico porque ya estoy resarcido. Todo ha sido tras echar una ojeada a los exámenes de selectividad, he visto tantas cosas que no sabía, tantas preguntas que no sé ni de qué hablaban que al leerlo he empezado a agobiarme. Eso ha sido esta mañana, ahora estoy mejor porque pienso que con constancia y estudio podré superar toda la prueba. Tengo un pequeño truco cruel para subirme la moral en estos casos. Simplemente pienso en toda esa gente que ha aprobado segundo de bachillerato, concretamente en los que ya han aprobado y considero unos zoquetes. Ellos me consuelan, pienso ¿Si esos idiotas han podido por qué no voy a hacerlo yo? Es un viejo sistema que ya utilicé cuando me apunté a la autoescuela, cuando veía impensable el hecho de aprenderse todo el libro de tráfico. Me sentaba en las paradas de autobús y veía a los conductores de los coches que pasaban. Todos tenían cara de gilipollas y me preguntaba: Si ese idiota ha podido ¿Yo no voy a poder? Y es cuando, después de todo lo que me pasó, me tomé el teórico en serio y aprobé en menos de un mes.

Todo va bien, el rodaje ya está hecho, aunque tengo la sensación de que no trabajo todo lo que puedo y quiero estudiar más. Lo que más me ha llamado la atención de estas primeras semanas ha sido la ineptitud de la profesora de latín. Desde que ha empezado el curso no hemos hecho nada. La profesora llega a clase, se sienta y empieza a mirarnos las caras, otras veces se pone a mirar sus papeles y a escribir cosas, nosotros nos quedamos sorprendidos y comenzamos a hablar entre nosotros y nos hacemos caras como preguntándonos ¿Qué está pasando aquí? Apenas ha explicado nada y lo poco que hemos hecho en clase ha sido fruto de nuestra propia iniciativa. Le preguntábamos a la profesora ¿Hacemos algo hoy? Y es cuando empezamos a analizar alguna frase o algo por el estilo. Un día incluso, en medio de la confusión, la profesora se sacó el bocadillo y empezó a cenar tan campante como si nada. Por esta y por muchas más cosas sigue siendo la asignatura que más miedo me da.

Lo único que no me gusta de todo este meollo de la profesora de latín es que mis compañeros, en vez de hablar con la profesora y decirle claro que necesitan preparase, se dedican a hablar con la tutora, con el jefe de estudios, con sus madres y con todo el mundo, en vez de afrontar el problema de frente e intentar solucionarlo. Me recuerdan a los compañeros que tenía en preescolar y se chivaban al primer responsable cada vez que veían que algo estaba mal. Son los que van de correctos y que dicen “aquí estoy yo, soy una persona responsable y voy a hacer lo posible para que todo esto funcione bien”. Para mi no son más que hipócritas.

Con las relaciones personales he dado pasos atrás y no lo digo porque no hable con la gente, sino por todo lo contrario, he hablado demasiado. Le comenté a un compañero de clase que conocía de vista si era de mi ciudad y me dijo que sí. Yo le dije que también era de allí. Me respondió lo de siempre: ¡Nunca te he visto! No está mal para una primera toma de contacto si no fuese porque al poco tiempo me dijo: Oye, pues mañana me podría venir contigo en el coche. Yo no podía negarme, así que acepté; ahora lo tengo en mi coche todos los días. Muchas veces me llaman mala persona por cosas como esta. Pero a mí me jodió muchísimo que se acoplara conmigo en el coche porque me encanta conducir solo. Ahora, el hecho de tener a una persona desconocida todos los días en el asiento del copiloto y tener que forzar conversaciones absurdas me saca de quicio. A mí me gusta ir solo, ir a mi ritmo, ir cantando, hurgándome los mocos, un día ir rápido, otro día ir pisando huevos... Me agobia tener todos los días a una persona esperándome. No sé si me entendéis. Es difícil, puesto que una persona que opta por la soledad como opción voluntaria es un bicho raro. Casi todo el mundo necesita ir acompañado a los sitios, no conciben ir al cine solo, ir de compras solos, ir a tomarse una cerveza por ahí solo. Se echan las manos a la cabeza y me preguntan como si estuviese loco: ¿Y te vas solo? Al menos, el nuevo copiloto no me ha desagradado del todo, me ha comentado que es músico y que quiere aprender a tocar la guitarra porque tiene intención de montar un grupo, le he comentado que cuente conmigo para proyectos de ese tipo. También me pone al día de las noticias de mi ciudad, yo no me entero nunca de nada. No es mal tío si no fuese que me quita mi soledad. El primer día que vino conmigo opté por conducir temerariamente para ver si se acojonaba y no venía nunca más conmigo, pero él estaba indiferente, así que un día de estos optaré por el plan B. Le hablaré del dinero de la gasolina y ya que se viene conmigo todos los días que me pague. Es cuando aprovecharé para darle algún sablazo bajo el pretexto de que la gasolina está cara. A ver si se le quitan las ganas de venir conmigo.

Tengo la sensación de que todo el mundo está loco, a veces creo que soy el único hombre cuerdo de la Tierra, mucha gente me comenta cosas sin importancia, otras veces ves cada cosa por ahí que dices: ¿Pero esto como puede ser? O ¿Cómo se puede ser tan idiota? No voy a preguntarme si el loco soy yo, eso está muy visto.

Espero seguir escribiendo más, tengo muchísimas historias en el tintero, aún tengo anécdotas divertidas del trabajo que no he escrito por pereza. También he pensado en añadir nuevas historias laborales de la época en la que trabajé de botones; estuve trabajando de botones durante tres veranos y os aseguro que aquel trabajo daba para escribir 4 o 5 historias diarias. Veía gente de todo tipo y había un contacto más directo y personal. Todo se andará, lo que tengo claro es que debo seguir la estela de lo que quiero, no quiero centrarme en estudiar olvidándome del motivo principal por el que estoy haciendo todo eso, no quiero olvidar cual es el objetivo. La esencia de todo está en la escritura.

¿Crees que el arte debe perseguir una finalidad didáctica? ¿Por qué?

Para saber cual es la finalidad del arte, debemos remontarnos a su origen, y ver cuales son los hilos que mueven a un artista al iniciarse en la creación de una obra. Normalmente, el artista, cuando coge su pincel, su pluma o su herramienta de trabajo, es movido por una necesidad de expresar y decir algo fruto de una inspiración procedente del mundo real o divino. Cuando un artista trabaja, se sumerge de lleno en el éxtasis de la creación y no se detiene para pensar en lo que pueda opinar el espectador. Se establece una comunicación directa entre el artista y su obra. El artista transmite lo que quiere decir en su obra a través de palabras, pinceladas o golpes de martillo. En ese éxtasis, el único que valora la obra es el propio autor, y es al único al que le debe agradar o desagradar. Él mismo es quién valora si la obra refleja lo que quiere transmitir porque es el único que realmente va a entenderla en todo su esplendor.

Una obra puede ser didáctica pero no es necesario que así lo sea, ya que, con una obra también se puede transmitir una inquietud, un sentimiento o una sensación. Cuando se imponen unos cánones en los que debe hacerse la obra, el arte desaparece y se convierte en un prisionero sin libertad. Los artistas que así lo creen (dudo que haya alguno) no se dan cuenta que tienen el mismo campo de movimiento que un albañil colocando ladrillos en el sitio que le ha indicado el arquitecto (Que es el verdadero artista) y se convierten en marionetas estéticas. ¿Qué sería de nosotros si a Jonh Lennon le hubiese dado por explicarnos el teorema de Pitágoras, o si Hamlet nos hubiese impartido clases de Barrio Sésamo? ¿Dónde quedaría el arte de Dalí si hubiese confundido un lienzo con una pizarra? ¿Qué serían de los cuentos sin moraleja de Julio Cortazar?

Por el contrario, el didactismo, tiene que ver más con el receptor de la obra que con el artista. Uno puede ver un Picasso y no ver nada, otro puede ver un Picasso, interesarse en su obra y despertar un interés que puede concluir en un aprendizaje. Uno puede leer una poesía y quedarse igual, otro con una mente inquieta la lee y aprende cosas. Se puede leer una novela y pasar por alto todas las palabras y términos que desconozcamos o se puede leer una novela y buscar todos términos desconocidos y aprender cual es su significado.

Hay que distinguir entre una obra de arte y tener arte para enseñar. No cabe duda que existe un arte para enseñar, al igual que lo hay para cocinar, para pelar gambas, para hacer barquitos de papel o para darle una paliza a alguien (Para otros llamado artes marciales).

Sin embargo, siempre habrá gente que seguirá confundiendo una novela con un libro de texto de segundo de bachiller. Para ellos son lo mismo: Libros.

Cualquier artista sabe que una creación nace dentro de su corazón. Sin ir más lejos, Leandro Fernández de Moratín, ilustrado por excelencia, uno de los principales promotores del didactismo en el teatro neoclásico, criticó en su obra “El sí de las niñas” la educación de sus tiempos. Pero detrás de ese trasfondo didactico, esconde una historia personal: la mujer a la que pretendía se casó por obligación con un primo suyo. ¿Será que los ilustrados, al contrario de lo que parece, se dejan guiar por sus sentimientos? ¿Será que ocultaban sus traumas y vivencias personales detrás de una crítica con fines didácticos?

¿Y tú qué opinas?

Nota: Esto era para un trabajo de clase, pero ya que lo he escrito por lo dejo por aquí...

23 Vueltas

23 Vueltas

La Tierra ha dado 23 vueltas al Sol desde que nací. Esa situación planetaria es digna de celebración.

¿Reflexiones? Ninguna, no siento nada especial. No me siento ni más viejo, ni tengo una depresión, ni me he marcado ningún objetivo nuevo. No pido deseos de ningún tipo, si es que soplo alguna tarta; No creo que se cumplan, en todo caso ahora lucho por conseguirlos. No voy a celebrarlo, ni voy a montar la gran fiesta. El año pasado, por ejemplo, lo que hice fue soplar dos mecheros. Muy triste. Pero a la vez me daba igual.

De todas formas, acepto regalos de todo tipo, siempre y cuando sean caros. Tampoco acepto regalos útiles, nada de pijamas, calcetines ni prendas que pueda a usar a diario, a no ser, que encontréis mi tan ansiada camiseta de “Clockwork orange” con la silueta de los drugos. Los regalos cuanto más inútiles sean mejor. Pueden ser elementos decorativos, como una bola de cristal con rayos eléctricos que cuando pones la mano te salen más rayos. Aunque... pensándolo bien, puedo exceptuar algún regalo útil como puede ser un coche o un apartamento. También, en caso de no disponer en vuestras arcas un activo suficiente para realizarme el regalo, podéis brindarme vuestros favores sexuales, siempre y cuando sea una señorita “respetable”.

Y ahora, como primicia, ¡Voy a mostrarme en foto! Os voy a dejar con una imagen del eclipse proyectado sobre mi mano, característica por su sensualidad sin igual.



Seguramente el hecho de coincidir el fenómeno con la semana de mi cumpleaños es un buen presagio. Hasta pronto amigos. ¡Y comprended mi ironía! ¡Gracias a todos los que se acuerden y a los que no!

¿Esperar o no esperar?

-Nunca esperes nada en el amor, ya llegará solo.- Le dijeron.

Días más tarde llamaron a su puerta. Se levantó del sofá desperezándose. Volvieron a llamar a la puerta.

- ¡Ya va joder!

Abrió la puerta y se hizo la luz. Era la mujer más hermosa del mundo, la más radiante y pura dama. Esa que había nacido sólo para él. Para vivir juntos durante el resto de sus vidas, para entregarse el uno al otro y formar un solo ser.

- Hola. – Dijo la más bella dama del mundo.
- ¿Qué quieres?
- Soy el amor de tu vida.
- Ah no no no, no espero nada ni a nadie. Te has equivocado de puerta. Adiós.

Y le cerró la puerta en las narices. Desperdiciando, una vez más, la oportunidad de encontrarse con el amor de su vida. Él seguía al pie de la letra los consejos de sus amigos, no debía esperar a nadie aunque, contradictoriamente, el amor llegaría solo.

Integrarse o morir

El rodaje está haciéndose intenso, me cuesta empezar, me noto en baja forma, tengo agujetas físicas y mentales. La reestructuración no es fácil pero todo sigue adelante. Normalmente el mes de septiembre empieza como el fin de todo, como la vuelta a la rutina, como el fin de las vacaciones, como la línea que delimita lo bueno de lo malo. Pero este año para mí es al revés, he dejado de trabajar y ahora encaro el futuro con ilusión.

En clase he cedido ante el problema del idioma, no quiero que sea una traba, no voy a emprender una cruzada en contra del sistema de educación. Ahora me integro y hablo con la gente en valenciano y escucho las clases sin tener pensamientos negativos. No quiero gastar energías en balde.

Como he dicho, todo va avanzando poco a poco. Por ejemplo, ya sé de qué va el latín, ya he pillado el truco de su sistema, ahora me queda lo más difícil que es aprendérmelo. Ya conozco a todos los profesores excepto a la de inglés que no volverá de viaje hasta principios de octubre. No tengo nada que destacar de ellos. Tan sólo los ojos tristes de la profesora de literatura. Expresan mucho esos ojos y su forma de hablar. Estoy seguro que detrás de ella se esconde muchísima poesía silenciosa que nunca ha visto la luz. El profesor de filosofía como no podía ser de otra forma es un personaje rocambolesco, por lo poco que lo he visto promete muchas disertaciones interesantes. El que menos me ha gustado de momento ha sido el de valenciano, simplemente porque me llamó la atención una vez porque una chica de clase había formulado una pregunta y yo le respondí. Me dijo que quién era yo para contestar y él era el profesor y tenía que responder él. Lo dijo con un aire de prepotencia que no me gustó nada. Otra a destacar es la profesora de latín, parece la típica profesora a la que todo el mundo le toma el pelo pero desprende un aura de bondad fuera de lo normal, parece muy freaky, es mayor pero está tintada de pelirroja y el primer día apareció con una camiseta del señor de los anillos. También me sorprende que antes de empezar las cases se pasase 20 minutos de reloj mirando sus fotocopias sin decir nada y nosotros esperando a ver cuando se decicidía a empezar la clase. Muy extraña. Aun así, se está portando muy bien conmigo ya que conoce que es mi primer año de latín y está repasando desde el principio. Todo un detalle. Una buenaza.

El instituto es el mismo que el año pasado. Todo el instituto desprende una sensación de suciedad, da la impresión de ser muy viejo y desgastado. Una auténtica mierda. Lo único bueno del instituto es que en vez de sonar una tradicional sirena cada hora suena un fragmento de canción. Y esta semana, para entrar en el nuevo curso, han acertado poniendo a Nirvana en la sirena, concretamente la canción Lithium. Con esa música siempre dan ganas de entrar a clase.

En las relaciones sociales tampoco he avanzado, de hecho habrán repetido más de cien veces la lista de clase y todavía no se me ha quedado el nombre de nadie. Tampoco quiero forzar nada, he hablado un poco con la gente, pero poco más, en la hora del descanso me bajo me apoyo en la pared y paso de integrarme en las conversaciones, si quisiese estaría con ellos comentando la actualidad futbolística o las proezas de Alonso, pero debo reconocer que estoy más bien solo pensando en mis cosas.

He aprovechado el fin de semana para hacer limpieza a fondo de mi habitación, estoy tirando todas las cosas que son inútiles, estoy sacando todo de los armarios y haciendo espacio nuevo, incluso he aprovechado para comprarme un escritorio más grande y hacer una jornada de bricomanía montándolo. En la tele y en las instrucciones todo parece facilísimo de montar, pero si te pones es un auténtico rompecabezas.

Lo que sucede a mi alrededor refleja más o menos como está mi interior. Estoy haciendo espacios nuevos dentro de mí, y quiero rodar al máximo. Siento que ahora no estoy muy ligero, incluso escribiendo me encuentro mucho más espeso y sin chispa, quizás sea el dolor de cabeza que tengo ahora, pero perdonadme, no puedo dar más de si.

Educación

Idiomas en los que se imparten las clases en mi el prestigioso instituto.

- Latín en valenciano.
- Valenciano en valenciano. (Esto lo veo evidente)
- Historia del arte en valenciano.
- Historia contemporánea en valenciano.
- Geografía en valenciano.
- Filosofía en valenciano.

Sólo me queda por ver que las asignaturas de castellano, literatura e inglés las den en valenciano también ... entonces cojo la soga y ... los ahorco a todos.

En clase de geografía el profesor nos repartió un mapa de España con en nombre de las provincias, increíblemente el mapa estaba en castellano, entonces apareció una lerda paleta diciendo que quería poner las provincias que estaban en castellano en valenciano, hay algunas que no se llaman igual y ella preguntó al profesor como se traducían.

En Alemania, por ejemplo, no traducen nunca el nombre de los países, los escriben igual que en su idioma autóctono. Tampoco traducen el título de las películas y si tienen que decir “Spiderman” pronuncian “Espaidermen” y no se andan con tonterías. Respetan los nombres originales. Además la mayoría de películas las ven en versión original para aprender inglés y sobre todo ABRIR FRONTERAS.

Respeto a la gente que quiera estudiar en valenciano, así como respeto a los coprófagos, a los que coleccionan moscas disecadas o a los ermitaños. Cada cual puede hacer con su vida y su cuerpo lo que le da la gana. Pero que me impongan un dialecto regional para estudiar a Miguel Ángel, para estudiar la guerra civil española o para estudiar a Platón me parece un abuso y una falta de respeto al buen gusto y a la cultura. Debería ser optativo el valenciano, no al revés. ¿O es que quieren que yo me dedique a ser periodista hablando en valenciano y escribiendo para los prestigiosos periódicos de Carcaixet, Algemesí, Sollana o en el New York Times de Cullera?

¿Quién sería yo hablando valenciano cuando me desplace a más de 500 kilómetros?

IDIOMA UNIVERSAL YA (Y QUE NO SEA EL VALENCIANO).

Por cierto, en la mayoría de clases permanecí completamente solo, sentado marginalmente ya que todos se conocen entre ellos y nadie se atreve a sentarse a mi lado. Yo soy el nuevo al que miran con expectación cuando hablo, pero no hablo mucho, ahora me limito a observar, a analizar a la gente y si puede ser a mirarlos con mala cara. Tengo mala primera impresión si se puede llamar así, muchísima gente me ha confesado una vez me ha conocido bien que la primera impresión que les di es la de un loco asesino psicópata y que temía que cualquier día los mataría a todos. Lo peor es que no se equivocaban todo y de hecho, lo de loco lo siguen reafirmando cuando ya me conocen.

Ha habido una persona se ha sentado al lado de mí, me ha caído bien, se ha interesado por saber de donde soy y que hago allí. Era un tipo que iba de rojo, supongo que habrá sido enviado por el resto de la corte para averiguar quién soy y luego abr dado parte al resto de gentes. Lo he visto un tío legal, me ha dado ánimos con el latín ya que cuando comenté que era el primer año muchos dijeron “buah, pues la llevas clara” y el me dijo, “tranquilo, si le pillas el truco es fácil, lo dicen para asustarte”

Así son las cosas y así se las hemos contado.

Nueva era

Por motivos que no me da la gana explicar me he matriculado en segundo de bachiller, desde que me plantee todas aquellas dudas no hace ni dos semanas mi vida ha dado un vuelco. Me replanteé todo lo que quería hacer. Me di cuenta de que no me gustaba lo que hacía. Me di cuenta de muchas cosas. En realidad, cuando escribí la historia de la decisión no estaba pidiendo consejo, era más bien una llamada de socorro. Venía un tren dispuesto a arrollarme y yo permanecía quieto pero me he salvado a última hora. Bueno ... ¿Había dicho que no me daba la gana explicar los motivos?

Siento como una sombra en blanco y negro con mi imagen se desdobló de mi cuerpo e hizo su vida por separado. Hoy se inauguraba el nuevo centro comercial, el mismo día que empiezan las clases. El otro yo, el de la sombra, está ahora en el centro comercial, amargado, trabajando, pensando que eso sólo es una época de su vida y que podrá actuar más adelante. Pero el día menos pensado hubiese acabado comprándose un coche, pidiendo un préstamo y endeudado hasta las cejas sin poder dejarse el trabajo y pensando que en un futuro podrá hacer algo y no hacer nada. Pensando toda su vida que vale para algo y sin hacer nada.

El otro yo, el de colores, está ilusionado, creyendo que va a hacer algo de provecho, algo útil y que tiene la posibilidad de dar lo mejor de si para beneficio propio y desgracia de los demás.

¿Y qué es lo que hago ahora?

Empezaré diciendo que este blog no quería que se convirtiese en un diario personal, pero ahora es necesario escribir sobre lo que me ocurre, me da igual que ahora esto se vuelva aburrido, me da igual que a partir de ahora nadie me lea, este blog va a cambiar porque necesito expresar todo lo que me atormenta en estos días, necesito contarlo, lo hago para no envenenarme, para no acumular basura. Los que me conocéis sabéis que para mí son difíciles las relaciones sociales, y ahora, enfrentarme ante un nuevo curso con gente que no conozco de nada y nuevas situaciones supone una gran acumulación de vivencias e impresiones que deben salir por algún sitio si no quiero estresarme y agobiarme con el mundo que me rodea. Siempre he dicho que de esta forma la locura adquiere cierta cordura.

Ayer fue la presentación del curso, estaba muy ilusionado, tenía ganas de ver qué asignaturas me tocaban. Me informaron que en ese instituto le daban a cada uno las optativas que a ellos les daba la gana y más en el curso de nocturno. Salí de casa tarde como siempre a las siete menos veinte, tenía que llegar justito, y tuve que correr con el coche para ser puntual y llegar exactamente a las 7. Iba bien de tiempo, pero en el último tramo del camino se me puso delante una marujona cotorra que iba lentísima y yo ya no podía adelantar por ahí. Veía a la marujona gesticular con la mano con la copiloto y avanzando con toda la tranquilidad del mundo. Yo estaba furioso ¿Esa marujona no entendía que yo ya iba a llegar tarde el primer día? Estuve así un rato hasta que finalmente aparqué el coche justo las 19 en punto. Y a las 19:03 ya estaba dentro.

Había muchísima gente congregada en la puerta, empecé a mirar caras para ver si me resultaba alguna conocida. Todos ellos eran los matriculados en bachillerato, en primero y en segundo. Vi a gente de mi pueblo, los conocía de vista, habían ido a mi colegio, en caso de verme apurado en máxima soledad les hubiese hablado. Pero tampoco me preocupaba estar solo esperando. No me interesa lo que digan los demás. Pero de pronto alguien me llamó. Me giré y era un viejo conocido, era del grupito de gente con el que me juntaba hace 4 años cuando iba mucho por Tavernes. No me acordaba de su nombre, de hecho creo que nunca lo he recordado, nunca he tenido ninguna necesidad de recordarlo y mucho menos de llamarlo. Él tampoco parecía acordarse de mi nombre pero se acordaba de mí, me preguntó como me iba con la guitarra, yo le pregunté a él lo mismo. Me acuerdo de haber tocado la guitarra con él alguna vez. Pero lo recuerdo sobre todo porque por aquella época yo salía con una chica de aquella ciudad. Cuando lo dejé con ella este personaje le pidió de salir a los dos días de haber roto. El típico carroñero. Después apareció en escena otro personaje de la ciudad de los que conocía de vista para hablar con el carroñero. También hablaron de guitarras ¿Es que todos en ese pueblo tocan la guitarra? Este tiene una pinta de freak que no se la acaba. Antes siempre llevaba camisetas de Metallica, de Motorhead y grupos “heavys” (en comillas por que no me atrevo a catalogar a Metallica) por el estilo y ahora llevaba una camiseta de Camarón y sólo habló de su evolución con la guitarra en flamenco. También comentó que desde hacía 6 meses no se marcaba ningún punteo de AC/DC. Los cambios de gusto de la gente nunca dejan de sorprenderme.

Tanta prisa que me había dado para llegar puntual y hasta las siete y media no nos avisaron para entrar. No voy a escatimar en detalles. Nos metieron en el salón de actos y allí empezaron a hablar los tutores, lo típico; no se puede fumar en el instituto, la asistencia es obligatoria, y los mismos cuentos de siempre. Allí estaba yo rodeado de desconocidos. Empecé a sentirme mal, pero no era por la gente, era más bien por el ambiente que respiraba, había algo que podía conmigo, que me subyugaba. Todo el mundo hablaba en valenciano. Todos los profesores, todos los alumnos, en ese pueblo todo el mundo habla valenciano, son cerrados de pura cepa. Hasta yo mismo me encontré hablando valenciano y cuando yo hablo valenciano no me siento yo mismo, no me expreso bien, me falta el vocabulario que tengo en castellano, siento que me trabo, que me faltan decir cosas y no puedo expresarme tal como soy. No soy un hombre de valenciano, jamás entenderé eso de los idiomas regionales, ¿Las clases también las iban a implantar en valenciano? Si era así ya me podía preparar. Aunque pediré contestar en los exámenes en castellano. A mí no me puede obligar a hablar una lengua con la que no me identifico. Yo pienso, hablo, sueño, río y hasta cago en castellano. Cuando hablo en valenciano traduzco y no soy yo. Es imposible que la gente me conozca realmente si hablo en valenciano. No pueden alcanzar lo más profundo de mí porque yo no fluyo en ese idioma. Así que ya sabéis. Espero que la cosa cambie en clase, pero me temo lo peor, ahí son campesinos puros. Como dice un amigo, a estos cerrados de mente y de fronteras les falta dar las clases de literatura castellana en valenciano. No sé por qué se empeñan en cerrarse al mundo de esta forma. Es cavarse su propia tumba, es condenarse a la permanencia, el valenciano no es apto para una mente nómada como la mía. Lo odio. Dando las clases en valenciano los condenan a la eterna ignorancia exterior y al fracaso. Cualquier día, estos nacionalistas estúpidos pondrán una asignatura de recolectar arroz, una optativa para recolectar naranjas y otra asignatura de hacer paellas. ¿Es eso lo que quieren no?

Más tarde, una vez explicada toda la pesca me dieron el horario, pero aún no saben las optativas que nos darán a cada uno. Así que de momento acabaré de escribir. Me quedo corto pero no quiero extenderme y además tengo que irme a comer. Esta tarde tendré las clases normales, por lo tanto me envenenaré más y escribiré más.

Pin de adultos

Los noto a distancia, los veo venir, tienen una especie de aura a su alrededor que indican que van a ser los protagonistas de una historia, los personajes rocambolescos siempre vienen con paso decidido hacia mí.

Este era bizco, de estos que mientras comen un coño pueden vigilar su coche. Se apoyó en el stand y yo ya estaba dispuesto a recibirlo, mira a un lado, mira a otro, y me preguntó:

- ¿Qué significa el pin de adultos?
- ¿Qué pin de adultos? – pregunté yo.
- Para entrar en ciertas páginas el teléfono me pide el pin de adultos y yo no sé qué hay que poner.
- Pues eso dependerá de la página o si usted ha puesto un pin.

Pensaba que era un padre preocupado por que sus hijos no entrasen a determinadas páginas con el teléfono y así preservar la integridad inocente de su infancia.

- Es que antes podía entrar a las páginas y ahora no.
- Aja... entiendo.
- Pues averígualo ¡Haz algo! ¡De un día para otro me pide eso y yo no he tocado nada!

Le observé la mirada, nada de buen padre, era un solterón que rozaba la cuarentena con una pinta de freak que no se la terminaba. Un completo y absoluto enfermo mental. Observé como hacía intención de sacarse el teléfono del bolsillo. ¿Es que se creería que iba a inspeccionarlo imaginando lo que hacía con su teléfono mientras visitaba ciertas páginas? ¡Me producía grima ese teléfono, nunca lo hubiese cogido!

- A ver caballero, el distribuidor telefónico no tiene que ver nada con ese tipo de páginas que usted entra. Para eso se tendría que poner en contacto con el servidor de esa página.
- Es que yo podía entrar por ejemplo a la página tentaciones sin problema, pero es que no sé que es eso del pin de adultos. En fin.. ¿Entonces no puedes averiguar nada?
- No – Ni pensaba hacerlo aunque pudiese.
- Pues nada.... hasta luego.

Y se fue desolado, como al que se le muere la gallina de los huevos de oro, como calimero perdido por la ciudad, como el niño sin su jueguete. Sentí pena por aquel pobre hombre que ya no podía visualizar sus páginas porno favoritas. Aquel que en un principio pensaba que era un padre sensible y de estricta moralidad católica. Me pregunté si no sería su madre la que le puso el pin de adultos a él.

Se perdió a la vuelta de la esquina, me disponía a escribir la historia que se merecía este hombre. Relaté la desgracia de aquel pobre hombre a mis compañeros, cuando de pronto, para acentuar mucho más la sensación de surrealismo que a veces vivo trabajando, apareció una vieja con un cuchillo en la mano, de haberlo llevado un joven con pintas extrañas hubiese sido amenazador, pero viendo a la pobre anciana inspiraba más bien pena pensar que hasta ahí podía llegar la tercera edad porque sus pensiones les impiden llegara fin de mes. Entonces la venerable anciana preguntó con el cuchillo en la mano:

- ¿Aquí afiláis cuchillos?

Por una vez en mi vida

Me levanté de la cama tambaleándome, me llevé la mano a la cabeza y resoplé. Había bebido demasiado la noche anterior y aún tenía el sabor del alcohol en mi boca. Salí de la habitación oscura y me dio de pleno la luz del mediodía que me molestaba más que a un vampiro. Crucé el pasillo encorvado y entré al cuarto de baño. Abrí el grifo del lavabo y me apoyé allí con los brazos extendidos mientras dejaba el agua correr. Miré el agua y me quedé pensativo. No me gustaba estar así, debía acabar con todos esos excesos nocturnos.

Me llevé el agua a la cara, estaba fresca, me reanimó y salí del coma profundo. Al alzar la vista me encontré en el espejo. ¿Ese era yo? Tenía un aspecto rescacoso, pero vi a otro yo. Vi a un Fredy diferente, un Fredy que sabía lo qué quería. Me vi diferente. Estaba orgulloso de mí. Me agradaba lo que veía, no me avergonzaba lo que era, de haber sido mujer hubiese dicho que me gustaba ser mujer. Me gustaba tal como era. Fredy en toda su plenitud.

- Bien, Fredy, Bien – me dije.- No te has convertido en una víctima del tiempo.

Era lo que yo quería ser y por una vez en mi vida me gusté.

Por una vez.

Estoy bien conmigo mismo.

No venían las señales a por mí y salí a buscarlas.

¿Qué hacer? Esa era la pregunta. Necesitaba a alguien, que no fuese yo, que creyese en mí. Necesitaba escuchar al público decirme que siguiese adelante.

Estaba en el tendido de un coliseo romano vestido de gladiador y preguntándole al César si ejecutaba al rival. La gente gritaba enloquecida “¡Mátalo! ¡Mátalo!”, veía sus rostros llenos de ira, con ganas de ver la sangre derramarse. El Cesar asintió y yo, sin dudarlo, alcé mi espada para clavársela a mi rival en el corazón.


Lunes por la mañana. El tiempo para tomar la decisión expiró. Llamé por teléfono a la empresa.

- Oye, ya lo he pensado.- dije.
- ¿Y qué? ¿Te interesa?
- Sí, pero quiero que me paguéis la gasolina. Son más de 30 kilómetros, en total casi 70 kilómetros al día, se me irá mucho dinero.
- En el convenio no entran dietas de transporte.
- ¿No? Tengo entendido que a partir de 30 kilómetros están obligados.
- No, en este convenio no.- Se hizo un gran silencio muy tenso, sabía que me engañaban y que eran unos ratas-. Bueno, ¿Te sigue interesando?
- Sí. – La decisión estaba tomada antes de saber lo de la gasolina, eso era solo por probar.
- Vale, pues te mantendré informado y te diré que día firmarás el contrato. Hasta pronto.

Había que complacer al César y al respetable.

Una Gibson Less Paul sería para mí. Un piso compartido, independencia. Todo eso a cambio de caminar por un pozo hacia la perdición. No estaba mal. Conocía a gente que había vendido su alma al diablo por mucho menos.

Si clavaba la espada a aquel pobre imbécil la gente vitorearía mi nombre, alcanzaría la fama, ganaría prestigio, me podría convertir en un gran gladiador y algún día salir de ese mundo por la puerta grande para codearme con la clase alta, podría incluso hacerme entrenador de gladiadores y ser un hombre respetable en Roma. Todo estaba a favor. Pero eso sí, todo tenía que salirme bien. Perder una sola batalla era la muerte. Ganar siempre o morir.


Todo estaba a favor. Aceptaría el trabajo. Esa misma tarde, después de aceptar, me dirigí a buscar piso con un amigo. El piso era amplio, tres habitaciones, 400 euros al mes, cerca de la playa, piscina, pista de tenis, tranquilidad asegurada. Lo alquilaríamos entre 3 personas, perfecto.

Después de salir de allí, pensé; ya que he aceptado el trabajo, ¿Qué tal si voy al nuevo centro comercial al que me van a destinar? Me interesaba mucho ver mi nuevo puesto de trabajo. Se inauguraría el día 20 de este mes. El centro comercial estaba a unos 33 kilómetros de donde yo estaba. Jamás había ido a esa ciudad, pero sabía por donde se iba. Cuando me di cuenta ya estaba rumbo a aquel lugar. ¿Cómo sería?

Tardé unos cuarenta minutos en llegar. La carretera era una mierda. Me daba miedo recorrer todos los días esa carretera. Seguro que algún día tendría algún accidente, viendo el estado de esa carretera no se podía pensar otra cosa. Un punto en contra más. El centro comercial aún estaba rodeado de vallas de obras, todavía habían máquinas, camiones, albañiles ¿Eso lo tenían que inaugurar en 12 días?

Habían guardias de seguridad vigilando las entradas. Lo único que quería ver era el stand, quería ver como era de grande, si habían sillas, si estaba la conexión a internet. ¿Cómo entraría?
- Hay guardias de seguridad.- le dije a Alvariño.
- Ya, de todas formas... ¿ahora no habrá nada todavía no?
- No sé, yo creo que sí, con ver el espacio y como es me es suficiente. ¿Intentamos entrar?
- Si quieres...
- Si me lo propongo entro.

Nos dirigimos a una de las puertas. Allí había un guardia de seguridad vigilando. Yo aún iba con el uniforme del trabajo. Es decir, que imponía. Pensé que el secreto para entrar era aparentar seriedad, que no nos tomasen por unos curiosos, para ello, en vez de preguntar había que ordenar. Le dije al guardia de seguridad:

- ¿Me puedes decir donde están los stands de telefonía.- El guardia de seguridad tenía aspecto de paleto pueblerino del interior de la comarca, de estos que no saben ni hablar castellano. Me miró de arriba abajo.
- Tienes que entrar por aquí y allí en el fondo hacia la derecha está lo de telefonía. – Me dijo al ver que yo iba decidido.- Pero antes. ¿Me dices tu nombre?
- Fredy tal y cual.
- ¿Y el DNI?

Me inventé uno.

Entramos por allí, pero esa era la parte exterior del hipermercado, era la zona donde estaban colocadas las tiendas, no era dentro del centro, que es donde tenía que estar yo. La puerta para acceder al hipermercado estaba cerrada y vigilada por una gorda. Le dije.

- ¿Por dónde tengo que entrar aquí?
- Por aquí no se entra, tienes que dar la vuelta al recinto y entrar por la zona de carga y descarga.

Eso parecía un juego de rol. Como colarse en un supermercado cerrado y no morir en el intento. Dimos toda la vuelta al centro. Y había otro vigilante de seguridad en la puerta de carga y descarga.

- Perdone, tengo que entrar dentro para ver el stand de telefonía de Vodafone. ¿Dónde está?
Este guardia también me miró de arriba abajo, pero vió mi uniforme y parecía de fiar. Alvariño no llevaba uniforme, pero iba conmigo y era mi ayudante.
- Pues está por allí dentro, pero antes tengo que avisar al jefe de la sección de Electro. Espera un segundo.

Llamó por teléfono al jefe de sección y apareció a los pocos minutos.

- Hola. ¿Qué tal?
- Bien, he venido a ver el stand de telefonía, para supervisar como va todo, me han enviado desde la empresa.
- Ah, muy bien. Ven conmigo.

Nos adentramos hacia el hipermercado, por la sección de electro, todo estaba preparado y a punto para el estreno. No tenía nada que ver con todo lo que se veía por fuera. Las teles ya estaban colocadas, todo estaba en las estanterías. Estaba todo a punto.

- Como ves – dijo- todo ya está a punto. Ya hemos colocado todo. El stand de telefonía también está colocado. Ya tenemos hasta los teléfonos en el stock.

Yo lo miraba pensando ¿Cómo puede ser tan idiota? Se creía que yo soy un pez gordo de la empresa y sólo era un cotilla que estaba allí para husmear. Y me explicaba entusiasmado lo que estaban haciendo con las nuevas instalaciones. Se notaba que era un jefe recién ascendido e ilusionado.

Me llevó hasta el estand. Era el estand más pequeño que había visto en mi vida, encima era un solo espacio para compartirlo también con movistar. Una auténtica ratonera para humanos. Sin espacio para moverse. Ahí dentro no podría desarrollar mis dotes como bailaor de reaggeton ni nada. No había ni silla. Tendría que estar todo el puto día de pie. Y lo más importante....

- ¿Está la línea ADSL instalada?
- Sí, ese tuvo que hay ahí es para eso.
- Bueno, parece que todo está correcto. Tenía que ver más que nada como estaba todo para aportar alguna idea.
- Cualquier idea que usted pueda aportar será bien recibida. Estamos abiertos a propuestas.

¿Cómo se podía ser tan incompetente? Ese estand era una puta mierda y aquel hombre un idiota.

Acabaría con el sufrimiento de aquel idiota, y con el mío propio. Matarlo era lo que procedía. Pero ¿A quién iba a matar? De pronto el gladiador que estaba en el suelo se quitó la máscara. Al ver su cara no podía creérmelo ¿Cómo podía ser posible? ¿Por qué ese hombre tenía mi cara?

La vuelta en coche fue muy pesada. Había algo que no me gustaba. Sentía que aquel lugar me sentenciaría a muerte. Lo sabía e iba a aceptar el trabajo.

¿A quién iba a matar? ¡Era yo! Yo no podía hacer eso. No quería sacrificarme. No quería suicidarme.

No pude dormir en toda la noche.

El público me pedía algo que yo no podía hacer. No puedo matar a nadie.

Miércoles por la mañana.

- Hola, llamo respecto al contrato que me ofrecisteis.
- ¿Qué pasa?
- No me interesa. Tengo prioridad por otras cosas.
- De acuerdo, lo comentaré.


Saludé a la grada con un corte de manga muy cortés y abandoné el tendido. Igual me comen los leones, igual me jode la vida, pero yo no me voy a vender por nada.

Al menos algún día podré decir que “Una vez tuve una vida, no era fácil, pero era mía”.

Decisión

Mañana por la mañana tengo que tomar la decisión:

En el trabajo me preguntaron lo siguiente:

- ¿Aceptas el contrato indefinido? Lunes por la mañana tienes que responder.

Y ahora yo me pregunto. ¿Qué hago? Y el calentamiento de cabeza es extremo. No sé qué hacer.

Voy a exponer la situación:

Estudio un ciclo superior de informática. Son dos cursos y voy a hacer el segundo de nuevo. Empecé ilusionado, pero me di cuenta de que la informática no me entusiasmaba, todas las cosas son demasiado mecanizadas, demasiado matemáticas. Si que hay una parte de creatividad que es lo que a mí me gusta. Pero no es suficiente para mí.

Tengo el título de Administrativo. No está mal el título. Pero tampoco me entusiasma hacer números toda mi vida.

Soy una persona creativa, me gusta idear, crear, hacer cosas, el arte en general en todas sus facetas, me gustaría desarrollarme de este modo. Me gusta la literatura, la poesía, la música, la pintura y el cine Eso es lo único que me llena en la vida.

El trabajo que tengo ahora tampoco me gusta, pero gano dinero y puedo financiar mi vida y mi arte. Pierdo bastante tiempo, también me sobrecarga. Pero ningún trabajo es bueno.

Ventajas si trabajo:

- No tener problemas de dinero.
- Comprarme una guitarra estupenda. (Gibson Less Paul)
- Independizarme.
- Gano Dinero.

Desventajas:

- Trabajaría por dinero, por el fin, no por lo que hago. Cosa inaceptable en mi ideología de vida.
- No me gusta el trabajo.
- Pierdo tiempo.

¿Qué me gusta?
A mí me gusta el arte, soy un artista. Tengo sueños que relizar, me gusta expresarme, me gusta causar sensaciones en la gente, me gusta plasmar cosas que no se hayan plasmado antes. Hacer cosas originales. Únicas. Me gusta hacer reír.

¿Si trabajo estaré renunciando a mis principios? ¿Estaré renunciando al arte? ¿Estaré mintiéndome a mí mismo? ¿Estaré volviéndome loco como el resto de la humanidad que hacen cosas que no les gusta por dinero? ¿Me meteré en el círculo vicioso del dinero y no podré sobrevivir sin él?

¡Decidme que no por favor!

¡Me aterra verme algún día dependiendo del dinero! Si acepto... no me pienso meter en mi vida en ningún préstamo, ni ninguna hipoteca ni nada. Quiero tener la puerta de salida siempre a mano.

¿Si acepto podré irme a vivir a Londres durante una temporada? ¿Podré recorrerme América en una fragoneta? ¿Estaré echando por la borda mis sueños? ¿Sí no?

¿Qué diría Ciorán de esto? ¿Se avergonzaría de mí? ¿Qué diría Bukowski que estuvo trabajando 12 años de cartero? ¿Os imagináis a Shakespeare vendiendo teléfonos móviles? ¡Jordi Sierra i Fabra ven a decirme algo! ¡Paulo Cohelo háblame del alquimista y su historia personal! ¡Dalí! ¿Cómo era eso de que tus pinceladas estaban hechas con el corazón? Daniel Zamora ¡Tú sí que puedes decirme algo! Eres mi maestro. ¿Y tú que estás leyendo esto? ¿Qué piensas? ¿Dónde está esa Marta para decirme bien claro lo idiota que soy? ¡Echo de menos tus represalias!

La respuesta es muy clara:
- Haz lo que quieras.
Pero yo me pregunto.. ¡¡¿Y QUÉ ES LO QUE QUIERO?!!

Me gustaría preparar el acceso a la universidad y hacer una carrera que me guste. Bellas Artes, Filología, periodismo, filosofía, psicología. Algo de eso. ¿Pero podré hacerlo?

Sea lo que sea, no dejaré de escribir. Os lo prometo. Aunque no tenga conexión en mi nuevo piso que ya estoy mirando.

Aun no he tomado la decisión. Supongo que mañana mientras hable con ellos la tomaré.

Deseadme suerte.
Me espera una larga noche.

PD: ¿Alguien entiende ahora por qué no tengo novia? ¿Una persona que se toma las cosas tan a la tremenda puede estar con alguien?

PD2: Siento lo mal que he escrito, esto no tiene ni pies ni cabeza.

Pensión De Mala Muerte - Charles Bukowski

Esta poesía la acabo de descubrir ahora. Me ha llamado mucho la atención. Sobre todo el final "hace frio ahí fuera", como lo que escribí hace 7 años en la canción de Tierra Firme. ¿Nos unía algo? Cada vez que leo algo de algún autor no descubro cosas en los demás, descubro cosas dentro de mí. Es como si una cadena de interconexiones espirituales nos conectaran. Como si los espíritus de todos aquellos a los que admiro me poseyeran y yo sea un ser poseido por múltiples almas que hablan a través de mí. ¿Quién dijo influencias? Yo he absorbido, a modo de posesión diabólica, a múltiples artistas, escritores y filósofos. Todos ellos viven dentro de mí. No son influencias, eso es mentira, sé que en cierto momento al descubrirlos, no he descubierto algo en ellos, sino he descubierto cosas en mí que también sentían ellos. Hace poco, también descubrí, que mi teoría de la fusión del arte con la ciencia como motores sociales mundiales ya fue dicha por Pitágoras hace miles de años. ¿Plagio? No señores. Simplemente tengo el denominador común con ellos. Nos tejen los mismos hilos. Hemos llegado al mismo punto por caminos distintos. Estamos al otro lado de la realidad, más allá de las 3 dimensiones. Sé, que cuando murieron, dejaron un legado que no se escribió en libros, cuadros ni en películas, sino que se escribieron en el alma, en los corazones y en el espíritu. Y que esos pensamientos se han reencarnado en mí como dejando el testigo de la creatividad en mis manos. No los conocí a través de los libros sino cuando el espermatozoide que fecundó al óvulo de mi madre se produjo una concepción mágica más allá del que pueda haber hecho cualquier santísima trinidad. Esto es algo científicamente demostrable.

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A ver si alguien es capaz de decirme quienes son todos estos personajes que aparecen en este fotomontaje que hice un día que me aburría.

Ahora os dejo con Bukowski:

Pensión de mala muerte.

No has vivido
Hasta no haber estado en una
Pensión de mala muerte
Con nada mas que una lamparita
Y 56 hombres apretujados en catres
Y todo el mundo roncando a la vez
y algunos de esos
Ronquidos tan profundos y
Tan bastos e increíbles......
Oscuros, carrasposos,
Infrahumanos, resollantes
Del mismísimo infierno
Parece como si
Se te partiera la cabeza
Entre esos sonidos de muerte
Y los olores entremezclándose:
Medias sucias y rígidos y
Calzoncillos con orines y excremento
Y por encima de todo eso
Un aire que circula lentamente
Muy parecido al que emana de los
Cubos de basura destapados
Y esos cuerpos en la oscuridad
Gordos y flacos y encorvados
unos sin piernas sin brazos
otros sin cerebro
y lo peor de todo:
la total ausencia de esperanza
los envuelve, los cubre totalmente.
No se puede soportar
Te levantás
Salís
Caminas por las calles
Subís y bajás aceras
Pasas edificios
Doblas la esquina
Y volvés a subir
la misma calle
pensando
todos esos hombres
fueron niños una vez
¿qué les pasó?
¿y que me pasó a mi?
Esta oscuro y hace frío ahí fuera

Tetradecálogo.

Extraído del libro “Rabia” de Jordi Sierra i Fabra que a su vez está sacado del libro de Ray Bradbury “El zen en el arte de escribir”. Ray Bradbury ha escrito clásicos como “Crónicas marcianas”.

A todos los que les guste escribir y quieran dedicarse a ello, especialmente para Sergio y Su.

Espero que os guste:

“ .... Yo haría imprimir estas frases y se las haría mamar a todas las próximas generaciones de futuros novelistas. Las he agrupado en cuatro bloques, uno sobre lo que es escribir y ser escritor, otro sobre el sentimiento y las pasiones que por lo general tiene o dominan al autor, un tercero referido al éxito y al fantasma del fracaso, y un cuarto que habla de las imágenes y las sensaciones, pues toda la literatura es imagen en la mente del creador, o pasa a ser imagen cuando el cine o la televisión se apoderan de la historia. Los cuarenta principios básicos son éstos:

Escribir y ser escritor

1. Al escribir, uno recuerda que “estᔠvivo, y que eso es un privilegio.
2. No escribir, para muchos de nosotros, es morir.
3. Escribir es una forma de supervivencia.
4. Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno, y empezaría a morir, o a desquiciarse, o las dos cosas.
5. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.
6. Una hora de escritura es un tónico
7. Si dejo de escribir un solo día, me pongo inquieto.
8. Sabio es el escritor que conoce su inconsciente.
9. Cuando la muerte reduce la marcha de otros, uno tiene que preparar deprisa un trampolín y saltar de cabeza a la máquina de escribir.
10. El primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos.
11. En la rapidez está la verdad. Cuando más deprisa escriba, más sincero seré.
12. Escribo todas mis novelas en un chorro de pasión deliciosa.
13. Hay escritores que tardan años en dar con la historia original que llevan dentro; otros apenas unos meses.

Sentimientos y pasiones

14. No hace falta que te deprimas. No hace falta que te preocupes. No hace falta que empujes. Las ideas te siguen. Cuando bajan la guardia y están listas para nacer, me doy la vuelta y las atrapo.
15. Trabajo. Relación. ¡No pensar! (...porque eso implica MÁS relajación, MÁS espontaneidad y una mayor creatividad).
16. El mundo intenta darte alcance y asquearte.
17. Saber divertirse trabajando.
18. Hay ideas en cualquier lugar.
19. Me fascinan los viejos
20. En los libros de poesías hay ideas por todas partes.
21. Vivimos en una cultura y en una época tan inmensamente ricas en basuras como en tesoros.
22. Todo lo que se hace, hay que hacerlo con entusiasmo.
23. Fiebre, ardor, delicia.
24. Para alimentar a la Musa, es preciso haber tenido siempre hambre de vida, desde niño.
25. Todos necesitamos que alguien más alto, más sabio, más viejo nos digo que a fin de cuentas no estamos locos.
26. Soy esa rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo.
27. Hace mucho que aprendí que yo no veo de manera directa, que el que sobre todo se “embebe” es mi inconsciente.
28. Si todo esto parece mecánico, no lo es. Me guían las ideas. Cuanto más hago, más quiero hacer. Uno se vuelve voraz. Le entran fiebres. Conoce júbilos.
29. Yo creo que finalmente la cantidad redunda en la calidad.
30. La cantidad da experiencia. Sólo de la experiencia puede surgir la calidad.
31. El trabajo del artista es tan arduo que un cerebro que vive por su cuenta acababa desarrollándose en los dedos.
32. Lo que estamos intentando es encontrar una forma de liberar la verdad que todos llevamos dentro.
33. Que el mundo arda a través de uno mismo.

Éxito y fracaso

34. Hacer es ser. Haber hecho no basta. Abarrotarse de hacer: ése es el juego.
35. Más que pensar mucho en mi camino, he hecho cosas y he descubierto quién era y qué era después de hacerlas.
36. No hay nada que fracase. Todo continúa. Se ha hecho el trabajo. Si está bien, uno aprende. Si está mal, aprende todavía más. El único fracaso es detenerse. No trabajar es apagarse, endurecerse, ponerse nervioso. No trabajar daña el proceso creativo.
37. Deberíamos recordar que la fama y el dinero son dones que ese nos otorgan sólo “después” de que hayamos brindado al mundo nuestros dones mejores, nuestras verdades solitarias e individuales.
38. La flecha debe volar hacia un objetivo que nunca hay que tener en cuenta.

Imágenes y sensaciones

39. Toda la vida he pertenecido a las películas. Soy hijo del cine. Empecé a los dos años y he visto todas las películas que se han hecho. Estoy atiborrado. A los diecisiete años veía doce o catorce películas por semana. Diablos, es un montón de películas. Lo cual significa que he visto todo, entre otras cosas, la basura. Pero está bien. Es una forma de aprender. Uno tiene que aprender cómo no se hacen las cosas. Ver sólo películas excelentes no sirve para educarse.
40. Un director de cine se pasa el tiempo procurando que cuarten o cincuenta personas lo quieran o le tengan miedo, o las dos cosas a la vez. Yo estoy acostumbrado a levantarme, correré a la máquina de escribir y en una hora he creado un mundo. No tengo que esperar a nadie.”

El libro de “Rabia” de Jordi Sierra i Fabra a mí me encantó. Os lo recomiendo para todos aquellos que tengáis algún sueño en la vida. El día que conocí a Jordi me cambió la vida ... pero más me la han cambiado sus libros.