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En Tierra Firme

Argumento para un videojuego

Argumento para un videojuego

Nombre del videojuego:

Grand theft Auto. Cullera City.
(Fredy quiere vivir en paz)

 

Primera fase

Fredy está durmiendo y el perro del vecino no deja de ladrar. Para poder conciliar el sueño Fredy debe lanzar desde su balcón salchichas envenenadas para matar al maldito perro de los cojones. Es una prueba de extrema violencia, ya que matar a un animal es más grave que matar a una persona.

Segunda Fase

Fredy quiere seguir durmiendo hasta el mediodía, pero en su casa no paran de poner la tele a tope. Fredy deberá coger una katana y degollar a todos sus familiares. El nivel de dificultad aumenta porque si uno de ellos consigue escapar llamará a la policía y te detendrán. ¡Suerte!

Tercera Fase

Fredy debe ir a trabajar con su coche de mierda y no soporta que lo adelanten los pijos con cochazos que ponen música puchipuchi. Cuando uno de estos descerebrados intente adelantarle, Fredy deberá acelerar para que el pijo no pueda reincorporarse al carril y se estrelle con los coches que vienen de frente. Cuantos más coches de pijos consigas destrozar más puntos ganarás.

Cuarta Fase

Fredy intenta trabajar. Pero la gente le molesta. Fredy deberá matar a todos los que se acerquen al estand de telefonía con los rayos infrarrojos de un teléfono mortífero. Hay que aplicarse con contundencia ya que los clientes tienen la capacidad de resucitar y convertirse en zombies y volver al ataque. Deberá procurar que no acaben con él. El nivel de dificultad aumenta a medida que se matan a más personas.

Quinta Fase

Fredy está harto del consumismo que hay en su centro comercial. Considera que toda la gente es idiota y merece morir. Para ello robará una pistola al vigilante de seguridad e iniciará una matanza indiscriminada contra todo sujeto que circula por el centro comercial. La policía entrará en acción y te podrá detener. Podrás matar a policías y robarles sus armas cada vez más superiores. Nivel de dificultad altísimo.

Sexta Fase.

Tras salir airoso del cerco policial, Fredy intentará salir un poco para relajarse. Entrará por accidente en una discoteca en la que ponen reaggeton y Fredy se indignará. Ante esto, deberá colocar una carga de dinamita en la discoteca y salir vivo de allí dentro. Fredy repetirá en proceso en todas las discotecas del lugar en las que se atente contra el buen busto y la inteligencia.

Séptima fase

Fredy intentará tomarse algo. Pero los precios están muy altos. Fredy, haciendo gala de su sentido de la justicia, deberá pelear contra todos los camareros que le toman por un turista idiota. La pelea será del estilo Street Fighter, con barra de energía en la parte superior de la pantalla. El combate finalizará cuando uno de los dos acabe k.o o muera.

Octava fase

Fredy está harto de la Iglesia. Para acabar con ella roba un tanque en una academia militar y se lanza por la ciudad en busca de Iglesias y conventos que destrozar. La matanza de curas y monjas aumentará tu reputación.

Novena fase

Fredy pasea por Cullera y se da cuenta de que no hay librerías. Los únicos negocios que hay en Cullera son inmobiliarias y la especulación urbanística de cuatro mafiosos. Ante esta situación Fredy pasa a la acción directa y debe incendiar con cócteles molotov todas las inmobiliarias de Cullera.

Décima fase

La fase final. Extrema dificultad, casi imposible. Fredy intenta ligar y deberá encontrar a una mujer adecuada a sus pretensiones. Fredy deberá buscar entre 50 millones de chicas y encontrar a la chica ideal. (si es que existe).

 

Madrid. Capítulo 2

Lo primero que vi al entrar fueron a dos gogos bailando sobre el podium situado en medio de la pista central.

Sólo llevaban un pequeño calzoncillo que tapaba lo mínimo. La discoteca estaba repleta. La mayor parte de la gente se congregaba en la pista central o estaban agolpados en la barra. Aproximadamente había unos veinte tíos por cada tía. Esto iba a ser peor de lo que me pensaba.

Tenía que aguantar. A lo largo de mi vida he pasado muchos malos ratos. He trabajado mucho, he tenido que ver las horas pasar una tras otra hasta que llegase el momento de mi liberación. Cuando curraba me sentía así, por lo tanto hoy iba a ser como uno de esos días: puro trámite. Estaría allí metido con mis amigos, sobre todo con Salva, que encima que me había ofrecido alojamiento no iba a estar diciéndole dónde teníamos que ir o no. No tenía derecho a quejarme. Además, yo no conocía Madrid y no podía irme a ninguna parte. Soportaría lo que fuera necesario.

Decidieron ponerse a bailar en medio de la pista central. Yo apenas me movía, yo era el más muermo que estaba metido allí dentro. No quería llamar la atención a nadie. Quería ser invisible, no quería existir durante unas horas. Los hombres comenzaron a bailar entre ellos y algunos se besaban. Las luces rojas me hicieron imaginar que yo era como Dante y había descendido a los infiernos para observar de primera mano cómo pecaba el ser humano en ese tugurio de mala fama. Un buen periodista debe meterse en la boca de lobo para extraer todo el jugo y dar mayor realismo a sus crónicas, debe estar en plena guerra para contar a través de sus ojos lo que pasa. Pero yo sólo era un idiota que se creía poeta y soñaba con ser periodista que estaba metido en una discoteca de maricones.

Sentía asco de mí mismo, yo, que siempre había defendido a ultranza los derechos de los homosexuales me estaba convirtiendo en un homófobo, tenía miedo de que me hicieran algo, pensaba que me iban a violar y que, para colmo, me iba a gustar. Pero a medida que iba pasando el tiempo me di cuenta de algo: no veía que los homosexuales se liaban mucho más que los heterosexuales en cualquier discoteca. Es más, incluso podía decir que eran más recatados. Además, había una similitud entre las discotecas que conozco y esta: jamás iba a ligar con nadie. Hecho que me consoló en ese momento. Y todo tiene una sencilla razón: Por lo que pude ver, todos los gays se cuidan muchísimo más, la mayoría iban al gimnasio, tenían una ropa que se notaba que habían elegido de forma muy selecta. Tenían clase. Y yo sólo era un barrigón que iba con mis vaqueros y zapatillas. Por suerte no me arreglé mucho para salir.

Salva y Diego se fueron a pedir su consumición. Yo me quedé con el excompañero de piso de Salva, el que se ponía a llorar cuando él se iba. Intenté no intercambiar ni una sola palabra con él. Se me notaría en mi cara el desagrado.

Me fijé que de las pocas chicas que había, la mayoría estaban situadas a pie de los podiums mirando a los gogos. Había una que estaba mirando fijamente a un gogo con cara de ninfómana salida, intentaba provocarle mostrando su escote y dejando caer los tirantes de su vestido para que se asomaran mejor sus dos enormes globos. Con la mirada le estaba diciendo: “quiero que me folles, quiero que dejes de ser maricón y aproveches tu cuerpo para joder a una tía como yo, sé que te la puedo poner dura, mírame, ¿Ves mi cara? Quiero que te corras en ella”. Los gogos les seguían bastante el juego, las miraban, les dedicaban sonrisas, pero no bajaban. No lo entendía. Supongo que muchos de los homosexuales que trabajaban allí lo eran porque ya estaban hartos de perforar coños.


Al cabo del rato vi a un tío que no paraba de mirarme. Mal asunto. Pero de pronto me acordé de las palabras de Salva: me dijo que le gustaba jugar con ellos y mostrar lo que no era solamente para divertirse. Entonces comencé a mirarlo yo también, quería saber qué pasaba, aunque sabía que me estaba metiendo en un marrón. Comenzamos un juego de miraditas completamente descaradas. Yo me reía, el tío se pensaba que me hacía gracia, pero me reía de la absurda situación, yo haciendo juegos de nenas en ese lugar. Era para matarme. Si algún amigo se enterase de lo que estaba haciendo seguramente me dejaría de hablar o cuando fuese conmigo iría siempre con el culo pegado a la pared. Por no hablar de todos esos personajes de mi clase que piensan que ser homosexual es la mayor deshonra que puede haber para una familia y para una persona, como si fuera una enfermedad terminal. Eso no lo contaría a nadie, sería mi ruina. Hasta que me cansé de aquel absurdo juego y ya no le miré más. Se iba a quedar con las ganas. Que le den.

El tiempo avanzaba (no, aunque parezca mentira no retrocedía). Estaba acusando el cansancio del viaje. La noche anterior no había dormido y los pies comenzaban a dolerme. Quería irme a casa pero no podía. Era como un niño pequeño llorando a su mamá en medio del peor antro del universo. Necesitaba sentarme o iba a morirme.

- Salva. Voy a los asientos de allí a sentarme. Necesito descansar un poco.
- Yo te espero aquí.

Me acerqué a los asientos que estaban en el lateral. Tenían forma de media luna. Todos los sitios estaban ocupados menos uno donde estaban dos chicas sentadas en un extremo. Me senté en medio del semicírculo. Mis pies por fin descansaban y mi culo estaba a salvo. De pronto se acercó una borracha y se sentó a mi lado. No le hice mucho caso, pero pronto comenzó a reírse sola, echaba la cabeza hacia atrás y no dejaba de reír. Me quedé mirándola para ver qué le pasaba. Ella se giró y al verme comenzó a reírse más.

- No quiero ni imaginar lo que estarás pensando de mí – me dijo.
- Nada, no pienso nada.
- Es que como estoy aquí sola riéndome, te pareceré patética.
- No, que va. Me parece bien que te rías.
- ¿Qué haces aquí?
- Descansar, tengo los pies molidos. ¿Y tú?
- También descanso. Estoy echa polvo.
- ¿Sabes? Es la primera vez que vengo aquí y a un lugar como este.
- ¿Y?
- Estoy muy sorprendido. Es que yo soy de pueblo y ver todo esto me deja un poco estupefacto.
- ¿Sí no?
- Sí
- ¿Y esperas que me crea este rollo?
- Te estoy diciendo la verdad. ¿No me crees?
- Pues claro que no. Menudo cuento me estás soltando para excusarte de que estás aquí.
- ¡Es verdad! He venido porque un amigo me ha traído.
- Y yo también estoy aquí para acompañar.
- ¿De verdad no me crees? Puedes preguntarle a él que está ahí enfrente bailando.
- No tienes por qué demostrarme nada. Tú eres libre de decir lo que quieras y yo de pensar lo que quiera.
- Sí, pero yo te digo la verdad joder. Yo no tengo por qué mentirte.

Comenzó a reírse de nuevo como una loca.

- Qué fuerte los tíos. Ya no sabéis qué decir.
- Joder, que es verdad. Yo en mi vida he estado en un sitio así. Y ya que estoy pues veo por curiosidad lo que hay, cómo es, me gusta meterme en la boca del lobo. Me gusta estar en el cielo y en el infierno.
- ¿Y esto es el cielo o es el infierno?
La pregunta me había pillado por sorpresa. Si decía que era el infierno igual se sentía ofendida. Posiblemente era una lesbiana despechada que me tiraría la copa por la cara si le dijese lo que pensaba del lugar. Decidí ser prudente y decir:
- No lo sé, la verdad. Sólo sé que todo esto para mí es nuevo y muy sorprendente.
- ¿Sorprendente por qué?
- No lo sé, me gustaría entender qué hay en la cabeza de la gente, qué es lo que quieren y por qué son así.
- Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?

Eché un vistazo y lo único que veía era a mucha gente.

- A mucha gente.
- Fíjate bien. La mayoría están solos.
- Es cierto – observé.
- Vienen aquí para estar solos y bailar. Quieren olvidarse de lo que hay ahí fuera. Quieren desconectar. ¿No te das cuenta?
- Tienes toda la razón del mundo.
- ¿Qué tal si te quitas los prejuicios y sales a bailar un rato? Intenta divertirte tú también.
- Si yo intento divertirme, pero no es mi lugar.
- Es increíble que alguien como tú esté en este lugar. Creo que eres la única persona normal que hay aquí.
- No sé si eso me consuela.
- Bueno amigo, me voy a ir, ya he descansado suficiente. Ha sido un placer hablar contigo. Y lo dicho, sal ahí y diviértete tú también.
- Gracias, el placer ha sido mío. Por cierto. ¿Cómo te llamas?
- Cristina. ¿Y tú?
- Fredy.
- Encantada – nos dimos dos besos – espero verte más tarde.
- Lo mismo digo.

Se levantó del asiento, y se perdió entre la gente con un paso desequilibrado. No la volví a ver.

Inmediatamente, se acercó un tío al sofá y se sentó en el mismo sitio en el que estaba Cristina. No le dirigí la mirada, pero por el rabillo del ojo veía que no paraba de mirarme descaradamente esperando un gesto por mi parte. Era el momento ideal para levantarme e irme. Y así lo hice.

Todavía conservaba el ticket de consumición en el bolsillo. Al principio tenía miedo de ir a la barra solo. Pero me di cuenta de que la gente era inofensiva, era gente normal que lo único que quería era distraerse un rato con la música. Les dije a mis amigos que iba a la barra a pedir y caminé hacia la barra. Esquivé a la gente que se interponía en mi camino, observaba las caras de la gente, ¿y si algún conocido había ido a Madrid y nos encontramos allí? ¿Cómo le iba a explicar que no era lo que parecía?

La barra estaba abarrotada de gente y me costó bastante hacerme un hueco para pedir. Sólo había un camarero pero no tardaría mucho en atenderme a mí. Me apoyé tranquilamente en la barra y me puse a pensar mientras esperaba. En ese momento ya tenía claro que iba a hacer un relato con todo lo que me estaba sucediendo y comencé a pensar cómo lo contaría. Cuando de pronto, un tío se acercó por detrás de mí para pedir y me restregó todo su paquete por el culo. ¡Mierda! Reaccioné enseguida poniéndome firme y de lado. ¡Qué horror! Con el descuido de la barra puse el culo en pompa y un hijo de puta se acercó y arrimó la cebolleta. ¡Me cago en su madre! Sentí un asco indescriptible. Me dieron ganas de empujarle y de pegarle un puñetazo. Pero era imposible hacerlo. Si lo hiciese todos vendrían a pegarme a grito de “¡hay un heterosexual entre nosotros!”, “¡hay un topo!” y me matarían. Era una sensación horrible. Ahora sé lo que siente una mujer cuando un tío se le acerca en una discoteca y le refriega todo su material ¡Qué repugnancia! En mi vida había he hecho algo así, pero sabiendo el asco que ocasiona ni se me pasaría por la cabeza. Aunque bueno.... sé de muy buena tinta que a muchas chicas les gusta sentir eso y por eso van tanto a las discotecas.

Mi copa y yo salimos a salvo de aquel infierno. Eran casi las ocho de la madrugada y la discoteca iba a cerrar. En ese tiempo había visto todo tipo de personas allí dentro: chulos, maricones, violadores, asesinos, pijos, locos, travestis, transexuales, sacerdotes de incógnito, gordos de 200 kilos vestidos de mujer, de todo.

Anunciaron que iban a cerrar. Había pasado cuatro horas dentro de ese antro y pude sobrevivir. Por fin nos iríamos a casa a dormir. Por fin podría descansar. Por fin me alejaría de los homosexuales. Por fin podría dar rienda suelta a mi orgullo heterosexual. ¡Aleluya!

Salimos de la discoteca y la luz del día nos deslumbró. Volví a mirar al cielo y vi de nuevo la bandera de 20 minutos.

Al fin estaba fuera de ese ignominioso lugar. La discoteca Ohm, tenía el nombre el mantra más sagrado, el primer sonido de la creación. En aquel lugar uno podía creer que Dios era gay. Más de un budista habrá entrado a la discoteca pensándose que se trataba de un templo sagrado y habrá salido con un curioso escozor en el ano.

- Bueno chicos, ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Salva.

En ese mismo momento pasó un relaciones públicas por nuestro lado y nos dio unas invitaciones para un after. Diego se quedó mirando la tarjeta.

- ¿Qué tal si vamos a este sitio? Está cerca –dijo Diego.
- Me parece bien –dijo Salva.
- Sí, debe estar bien.

Hijos de puta. Aún tenían fuerzas para ir a un after y yo estaba muerto. Claro, como ellos no acababan de hacer un viaje y no pararon de meterse coca durante toda la noche aún tenían ganas de más. Yo creía que me iba a morir. Pensaba que me iba a ir a casa y ahora resulta que querían ir a un after. Pero bueno, al menos ya habíamos salido de aquel espantoso lugar, en el after al menos habrían mujeres... ¿O era otro local de ambiente?

- Oye Salva –le dije por lo bajo mientras caminábamos hacia el after – ¿El sitio al que vamos también es de gays?
- Sí.

No contesté.

Un hombre con el alma corrupta defecando.

Un hombre con el alma corrupta defecando.

Entró en el cuarto de baño, se situó de culo al inodoro y se bajó los pantalones. Una persona aparentemente normal se hubiese sentado, pero él introdujo su cabeza en el inodoro e hizo el pino. Haciendo un gran esfuerzo consiguió alcanzar el equilibrio y que su culo apuntara hacia el techo, hacia arriba, hacia la Idea de Bien. Comenzó a hacer fuerza. De su culo iba apareciendo lentamente una figura cónica marrón que crecía como una flor, como una montaña que se eleva hacia el cielo, como una orca que sale del océano para dar un salto. Cuando aquel cuerpo castaño estuvo medio fuera, el hombre dejó de moverse y la mierda abrió los ojos, miró a su alrededor y se vio atrapado en aquel ano. Hizo un gran acopio de fuerzas y logró sacar sus extremidades superiores aprisionadas y con ellas pudo impulsarse para salir de aquel agujero negro. La caca caminó hasta el botón para tirar de la cadena, lo presionó y el cuerpo fue engullido por el inodoro y transportado a través de las cañerías hacia una vida mejor.

Y así, queridos amigos, la mierda salió de aquel cuarto de baño dispuesta a encarar su nueva vida mostrándose tal y como era. El alma que habitaba dentro de él, la que daba movimiento a su cuerpo, se había desprendido de su disfraz.
 
Pintura: Elisa M. Rufat 

El maravilloso cuento de Fredyzzila (Remake)

El maravilloso cuento de Fredyzzila (Remake)

Érase una vez un hombre muy pequeñito que se llamaba Fredyrico y vivía en un país muy lejano llamado Torolandia (se llamaba así porque habían muchos toros y toreros). Fredyrico no sabía torear y los toros que andaban sueltos por la calle siempre le cogían cuando iba al colegio. Sus compañeros de clase se burlaban de él porque siempre iba herido de cornadas y con las ropas rasgadas. Fredyrico no era feliz en su país y, por eso, un buen día decidió irse a vivir a Japón. Allí se instaló en una ciudad llamada Hiroshima. Un día, pasó por allí un avión llamado Enola Gay y arrojó una bomba atómica que destrozó toda la ciudad. Por suerte, esa mañana Fredyrico había ido a las afueras de la ciudad a robar naranjas y sobrevivió, aunque resulto malherido.

Su casa fue reducida a cenizas y decidió irse a vivir a otra ciudad japonesa, concretamente a Nagasaki. Días más tarde, los americanos volvieron a arrojar otra bomba atómica que desintegró el lugar. Una vez más, por suerte o por desgracia, Fredyrico sobrevivió a la explosión. Pero resultó malherido y estuvo expuesto durante muchos días a la radiación nuclear y a la lluvia radioactiva.

Pasó un tiempo y, debido a la radiación nuclear, Fredyrico sufrió una mutación genética que lo transformó en un ser asquerosamente grande y peludo. Medía 350 metros de altura y fue expulsado de Japón por feo. Meses después de su metamorfosis, se dedicó a surcar los mares como el patito feo de un lado para otro sin que nadie le hiciese caso. Ningún país quiso acogerlo porque no querían hacerse cargo de los gastos que acarreaba hacerle una casa a su medida y mantenerlo.

Fredyrico se sentía desgraciado y llegó a lamentar no haber muerto en ninguna de las dos explosiones.

Durante un tiempo vivió en el mar alimentándose de orcas y ballenas. Luego se convirtió en una leyenda para los pescadores al que lo bautizaron como: Fredyzzila.

Un buen día, Fredyzzila, que estaba hastiado y aburrido, decidió vengarse de los americanos a los que consideraba responsables de su desdicha y cruzó el océano hasta llegar a Nueva York.

Cuando llegó no fue bien recibido por la población. Todos huían despavoridos al ver al gigante pasear entre los rascacielos de la Quinta Avenida. Varios aviones kazas aparecieron en escena y le dispararon algunos proyectiles sin éxito alguno. Fredyrico había mutado a prueba de bombas y se deshizo de los kazas de un manotazo como si fuesen unas moscas cojoneras.

Fredyrico se acercó al Empire State y lo escaló y vio que la gente que se arrojaba desde lo alto. De pronto, observó a una hermosa mujer en una ventana, la cogió y continuó trepando hasta arriba del todo. Una vez arriba se puso a hacer el paripé y a gritar como un mono. Se pensaba que era King Kong en vez de Fredyzzila. Cuando se cansó de hacer el idiota observó a la mujer que tenía en la mano y se dio cuenta de que era muy bella. Se le empezó a poner morcillona y, entonces, le asaltaron unas ganas terribles de penetrarla y utilizó su fuerza bruta para hacerlo. Cogió su polla erecta de 35 metros y se la intentó meter a la mujer hermosa que gritaba horrorizada. La abrió de piernas y le dio una embestida que la mató en el acto de un pollazo. Hizo un boquete de siete metros de profundidad y cinco de diámetro alrededor del cadáver.

Fredyrico rugió de rabia por haberla perdido.

El problema al que ahora se enfrentaba Fredyzzila es que todavía estaba erecto y no sabía cómo atajar sus ardores. Así que, sin ningún tapujo, comenzó a masturbarse con rabia, dolor y amor mientras pensaba en la mujer que acababa de perder ante la mirada atónita de los ciudadanos de Nueva York y ante las cámaras de la CÑÑ que emitían en directo para todo el mundo lo que estaba sucediendo.

Los ciudadanos de todo el mundo estaban aferrados a sus televisores comiendo palomitas. Todos los informativos hicieron conexiones especiales para narrar en directo la masturbación de Fredyzzila. Las madres tapaban los ojos a los niños para que no viesen la escabrosa escena. Muchas ancianas de todo el mundo murieron de un infarto al ver tal polla descomunal y hubieron varios intentos de suicidio de algunos varones que, debido a esa costumbre varonil de compararse los penes entre ellos, sintieron un gran complejo de inferioridad al ver la titánica polla del monstruo .

De pronto Fredyzzila empezó a decir algo:

- ¡Dios! ¡Dios! ¡AHHHHH!

Y aceleró vertiginosamente el ritmo de su mano y empezó a surgir del diabólico miembro una eyaculación descomunalmente caudalosa. Un torrente de semen que era arrojado sobre la ciudad de Nueva York con saña y alevosía. Un chorro a presión de una sustancia acumulada por años y años de sequía sexual que formó un gran tsunami de lefa que avanzaba amenazante por las calles hacia una población que huía corriendo delante de la gran ola lechosa que se tragaba a los coches, los taxis y a los negros mártires de las películas. La riada de lefa tenía más fuerza que las olas del diluvio universal, ante la cual, la que la mismísima arca de Noe hubiese naufragado.

Desde las imágenes del satélite parecía que sobre Nueva York hubiese caído una gran nevada.

Mientras tanto, Fredyzzila continuaba eyaculando y gritando con una voz atronadora y cavernosa:

- ¡¡Tomad hijos de puta!! ¡¡AHHH!! - y cada vez gritaba más.

Una pareja de jóvenes mancebos, permanecía en un primer piso ajenos a toda la hecatombe que estaba aconteciendo en su ciudad mientras hacían el amor. En el momento álgido del orgasmo de ella el chico le pregunta:

- ¿Hoy me dejarás correrme encima de ti? Porfa, porfa, porfa, porfa, es mi mayor deseo.
- ¡Te tengo que dicho que no! ¡que sólo de pensarlo me da asco! ¿Pero de qué vas? ¿A ti no te daría asco que se corrieran encima de ti? ¡Venga! ¡Sigue moviendo el culo imbécil!

Entonces la ventana estalló estrepitosamente a causa de la presión de la ola de lefa y toda la secreción entró manchando las cortinas, los cuadros de familias sonrientes, la cama y a los jóvenes. Se ahogaron entre el semen y espermatozoides del tamaño de una serpiente.

Tras la torrencial eyaculación, la ciudad de Nueva York se convirtió en zona catastrófica. Fredyzzila se perdió por el mar y se escondió en paradero desconocido.

Tras unas largas horas de incertidumbre la CÑÑ comenzó a entrevistar a los primeros supervivientes:

- ¿Dónde estabais en el momento de la eyaculación?- preguntó el periodista a una chica.
- Estábamos en la calle asustados viendo al monstruo. No sabíamos de qué se trataba. Por un momento pensamos que estaban rodando una película pero cuando vimos venir la ola nos fuimos corriendo y conseguimos aferrarnos a un semáforo. Hemos estado a punto de morir y hemos tragado mucho semen. Ha sido horrible – Decía lachica con su cara todavía llena de heridas y de lefa.
- ¿Ves cariño? – habló el novio intentando consolarla- has tragado bastante semen y no te has muerto, no te pasará nada si te tragas un poquito a partir de ahora.

- ¿Hemos estado a punto de morir y tú sólo piensas en sexo? ¡VETE A LA MIERDA INÚTIL! - Respondió ella.

Semanas más tarde Fredyzzila repitió el proceso en varias ciudades norteamericanas. Las ventas de máscaras anti-lefa se dispararon en todo el país. Al cabo de unos meses Fredyzzila había eyaculado en todo el territorio de los Estados Unidos echando a perder millones de toneladas de cosecha, Burlando a todo el ejercito americano y haciendo tragar semen a la mayoría de sus habitantes.

Pero lo peor estaba por llegar: 9 meses después de los acontecimientos, las mujeres que fueron bañadas por la ola de lefa comenzaron a dar a luz ya que fueron fecundadas involuntariamente y el aborto había sido prohibido en todo el país. Nacieron más de tres millones de niños varones que sufrieron la misma mutación genética.

A los 2 años, las criaturas ya median más de 100 metros de altura y a los 8 todos querían ser compositores. Pero al no recibir la educación adecuada las criaturas empezaron a componer canciones de reaggeton y se expandieron por todo el mundo con ritmo sabrosón y cantando temazos como "Ay ven báilalo, ay ven báilalo, ven gosalo, ven gosalo". Los pesqueros no podían salir a faenar porque temían a estas nuevas criaturas marinas.

A los 12 años, la nueva generación de Fredyzzilas ya se la cascaban y pronto empezaron a eyacular sobre la humanidad. Se repartieron por todos los los contiententes e inundaron el mundo de lefa mientras cantaban canciones de reaggeton. La odisea continuó durante años. Los mares y los océanos estaban viscosos. Los barcos y los trasatlánticos se quedaron encallados en medio del mar y el mundo entero estaba pringoso. Mientras tanto, continuaban naciendo millones y millones de nuevas generaciones de Fredyzzilas.

Y así, queridos amigos, confirmando los peores presagios de Nostradamus y San Malaquías, bajo una nieve blanca que hacía parecer que estábamos ante la cuarta glaciación navideña y con la música reaggeton de fondo, fue como llegó la destrucción del planeta Tierra, que a partir de entonces, fue un lugar en paz y seguro, donde no habían infelices ni se comían perdices... y colorín colorado este cuento se ha acabado.

Ilustración:  Robotv . Gracias por Ilustrar este anticuento.

Borges me perdonaría

Borges me perdonaría

Fui a la biblioteca del instituto a estudiar. No había nadie. No era extraño: en mi biblioteca nunca había gente. Ese día no estaba ni el bibliotecario. Abrí los libros y me concentré en el estudio. Entonces sentí una extraña sensación: miré a mi alrededor y por un momento sentí que los libros de la biblioteca habían cobrado vida y me estaban mirando con pena. Nadie les hacía caso, parecía que se estaban muriendo del asco. Los libros estaban marginados por los alumnos del instituto. En ese lugar la cultura estaba abandonada. Entonces me dirigí a la estantería de literatura española. Desde hacía tiempo que quería leer a Borges, todos decían que era un Dios de las palabras. Vi un libro de relatos del maestro, era una edición del año 82, el año en que nací. El libro parecía nuevo. Seguro que tan sólo lo habrían leído dos o tres alumnos en 23 años. Cogí el libro, lo metí en la mochila y me largué de allí.

Al salir, imaginé que Borges comprendía el acto solidario que realicé con su libro. Él sabía que rescaté a su libro del olvido y que ya no volvería a estar más en esa polvorienta biblioteca. No me sentí culpable, todo lo contrarío: me sentí un santo, como Fray Guillermo cuando en el Nombre de la Rosa rescató de las llamas el mayor número de libros posible.

Aquel mismo proceso se repitió durante semanas con otros libros que merecían estar en un lugar mejor, como, por ejemplo, en mi casa.

Ir al cine solo

Ir al cine solo

Era la una menos cuarto de la noche y de pronto se me ocurre la genial idea de ir al cine. A la una había una sesión y me apetecía ver la nueva película de Superman. Rápidamente me cambié y a la una menos cinco cogí el coche. Llegué a los cines a la una en punto y me fui corriendo a la taquilla.

- Dame una entrada para la película de Superman con el carnet Jove.
- ¿Las dos con el carnet Jove?
- No, no. Sólo quiero una.

Hace sus trámites.

- 10,40 por favor.
- ¿10,40 una entrada?
- ¿Sólo quieres una? – me pregunta extrañada.
- Sí.

Me miró como a un bicho raro. ¿Qué pasa? ¿Qué trabajas en la taquilla del cine y nunca ves a gente que va sola al cine? ¿O es que hay que tratarnos como a marginados? Lo peor es que dio por hecho que iba acompañado. ¿Pero tú has visto a alguien a mi lado? ¿Te he pedido dos? ¿Tan raro es?

Mientras guardaba el cambio en la cartera, vi que la chica cogía el teléfono
- Rápido, pon superman, acaba de llegar uno.

Resulta que yo era el único espectador de la sala. Entré y le di el ticket a los de la puerta. También me miraron como si fuese un parásito antisocial que va marginado por el mundo y se apiadaban de mí.

- Sala 3 –me dice.

Tenía la puerta delante. Entré y ya estaban puestos los trailers. No había nadie. Había soñado con eso alguna vez: tener toda la sala para mí solo. Subí las escaleras y me quedé pensando dónde sentarme. Tenía todos los asientos para mí y ahora me costaba decidirme. No sabía si ponerme en el primer tercio de asientos y vivir la película como si estuviese dentro o ponerme por el final. Miré la ventanita de proyección. Pensé que si me ponía en los primeros asientos me espiarían desde allí y se burlarían de mí, así que decidí sentarme por las últimas filas, desde las cuales no me podían ver desde arriba. Me senté a mis anchas, con los pies por encima de los asientos y con las piernas bien abiertas.

Apareció en pantalla el aviso para que apagásemos el móvil. Busqué el teléfono en mi bolsillo y llamé a mi hermana para decirle que estaba solo en la sala y que eso era una pasada. Me sentía bien. No fumo porros, pero de haber tenido me hubiese liado uno. La ocasión lo merecía.

Comenzó la película. Sonó la banda sonora y se me puso la piel de gallina. De pequeño vi más de mil veces las películas de Superman. Cuando me aburría cogía la cinta y la ponía. Ponía la uno, la dos y la tres. Nunca me cansaba de verlas. De hecho creo que no veía más películas. Sólo los dibujos de Érase una vez el hombre, que los veía pero no me enteraba de nada. Hace poco estaba estudiando historia del arte y volví a ver unos capítulos del renacimiento para enterarme de cómo era la época y me di cuenta que de pequeño no aprendí nada. Lo veía y no retuve ni una sola información.

Apareció el título de la película.

 


 

Yo me pregunté. ¿Por qué cojones ponen Superman Returns y luego el regreso? Si lo repiten porque es la traducción que al menos lo pongan entre paréntesis. Pero parece parte del título y están repitiendo lo mismo. ¡Serán garrulos!

La película me gustó. No voy a ponerle peros porque he visto en que en alguna página criticaban el realismo de la película, como, por ejemplo, el hecho de que superman sujete un avión desde la punta, decían que hacer eso físicamente es imposible. Pero vamos a ver, críticos de mierda, ¿Qué realismo y qué física buscáis en una película que trata de un hombre que vuela y tiene superpoderes? ¿Es que sois idiotas? Buscad realismo en un documental o en las noticias pero no en una película basada en un cómic fantástico.

Habían escenas calcadas de otras películas. Cosa que a los nostálgicos como yo nos emociona. Y el hecho de que Superman tenga un hijo me sorprende. He tenido que volver a ver Superman II para enterarme de que el hijo se gestó cuando Superman se hizo humano. Esto es comprensible, porque si Superman se tira a Lois la hubiese matado de un pollazo. Lo raro es el hijo haya heredado poderes ya que Lois y Superman follaron cuando él era humano. Pero bueno, lo que he dicho antes.. ¿Esto es fantasía no?

Salí del cine entusiasmado. Dos trabajadores esperaban en la puerta a que yo saliese para poder cerrar. Seguramente se cagarían en mi madre ya que por lo visto era la película más larga de todas las que habían en cartelera y estaban esperando sólo por mí. Seguro que el cine perdió dinero conmigo.

Vi que mi coche el último que quedaba en el parking. Me metí en el coche y me sentí como un niño después de ver una película: Creyendo que yo era Clark Kent y que ocultaba al mundo mis verdaderos superpoderes.

 

 

¿Te gusta leer? Capítulo 4

Estoy trabajando. No hay gente y me aburro. La tarde es angustiosa, hace calor y me quiero ir a casa. Intento distraerme como puedo y para ello me quedo absorto en las preguntas filosóficas que habitualmente suelo formularme: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué se creó el universo? ¿Por qué nos crece pelo en los sobacos? ¿Por qué hasta el más idiota tiene novia y yo no?

Mi compañera me dice que se va un momento.
Me quedo solo.
Cuando veo que se aleja me acerco al ordenador y me conecto al messenger. Lo hago por inercia aunque no tenga nada que hablar con nadie. Pero me sigo aburriendo. ¿Qué puedo hacer?
Miro alrededor y compruebo que no hay nadie cerca.
Voy a aprovechar para visitar mi blog y ver si alguien me ha dejado algún comentario. Busco la página en google para que no se quede grabada la dirección en el Explorer; sería fatídico que mis compañeras se enterasen de que tengo un blog y que en él escribo lo que pienso de ellas. Entro y veo que alguien me ha dejado un comentario. Me alegra que me comenten, aunque últimamente no lo hacen mucho, supongo que todos estarán de vacaciones, aunque lo curioso es que últimamente estoy recibiendo más visitas que nunca. El problema es que la mayoría vienen desde google porque andan buscando a Jesucristo. Me he dado cuenta de que si pones la palabra “Jesucristo” en el google imágenes aparece mi página en primer lugar . Es todo un honor que mi página aparezca en primer lugar cuando introduces en el buscador el nombre del personaje más importante de la historia. Seguramente se trate de una señal. Ya sabemos que dios ha intentado comunicarse conmigo muchas veces y esto significará que mis escritos representan la palabra de Dios en la actualidad. No puede ser otra cosa. Einstein ya dijo que el azar no existe y que dios no juega a los dados.

- ¿Qué haces? – me pregunta mi compañera de repente.
- Nada, nada –respondo asustado, no la había visto venir.
- ¿En tierra firme? – pregunta mientras mira al monitor – ¿Qué es eso?
- Nada, nada, una página de teología –le digo mientras me apresuro para cerrar la ventana lo más rápido posible. Precisamente tenía abierta una historia de la saga que hablo de ella. Abro la ventana del messenger y finjo estar hablando con gente para disimular.

- Oye, yo quiero abrirme una cuenta de esas de messenger. ¿Cómo se hace?

Pienso que es una buena forma para que se entretenga. Le indico los pasos a seguir para que se cree una cuenta. Parece que eso la hace feliz.
Finalmente, le digo que abra el programa y que introduzca su dirección y su contraseña. Pone su dirección, le da al cursor en la casilla de la contraseña y me mira.

- ¿Qué contraseña he puesto?
- Tú sabrás, yo no lo te la he visto.
- Pues no me acuerdo.
- ¡Pero si no hace ni un minuto que la has puesto!
- Pues ya se me ha olvidado.
Tras 4 o 5 intentos fallidos consigue recordar que su contraseña era su fecha de nacimiento y, al fin, consigue conectarse.

- ¡Qué bien! ¡Ahora puedo agregar a gente!
- Eso ya es más difícil.

Se levanta y comienza a pedir el correo a todas las chicas de las otras compañías y una a una las va agregando. De pronto se dirige a mí y me dice:

- Dame tu correo.

Me quedo pensando. No puedo dárselo. Si me agrega y visita mi espacio verá que hay un link que dirige al blog y no puedo consentir que eso pase porque vería todo lo que escribo sobre el trabajo.

- Ahora me conectaré y te agrego yo, es que mi dirección es un poco complicada de escribir – le digo para intentar hacer tiempo.

Vienen clientes. Hacemos unos cuantos contratos y vendemos otros tantos teléfonos. Parece que ella ya se ha olvidado de mi dirección de correo. Eso me relaja.

Cuando ya es casi hora de cerrar ella vuelve a conectarse y se pone por el messenger con las compañeras que tiene a dos metros de ella.

- Oye, todavía no me has dado la dirección. Dámela ahora.
Santo dios... si se la doy leerá todo y me denunciará. No me hablará y seré una nueva víctima del mobbing. ¿Qué puedo hacer? Se la daré. Me da igual.
- La dirección es... entierrafirme@hotmail.com

Me agrega.

- ¡Ahora ya podré hablar contigo! ¡Qué bien!

Luego se pone a cantar una canción por lo bajo. Hablaba de amor y de alguien que deja a otro y que, por lo visto, se querían pero su amor era imposible.

- Oye, ¿Se puede saber qué cantas? –pregunto.
- ¡Camela! ¿Te suena la canción?
- No, era curiosidad.
- Es que tengo todo el día esa canción en la cabeza, la cantaba en mi adolescencia. ¿Sabes? Tengo tooooodas las cintas de Camela, imagínate el tiempo que tendrán, cuando me las compraba todavía no tenía ni un reproductor de CD.
- Qué interesante... ¿Y cómo se titula esa canción? – se lo pregunto con la intención de detallar en el blog semejante conversación.
- La canción se titula: “No puedo estar sin ti”. Si te gusta te puedo traer algunas de esas cintas y las escuchas.
- No, no, eres muy amable, pero no es necesario que te molestes.
- Pero si está guay.
Y de pronto comienza a cantar la canción entera: “No puedo estar sin ti, me muero por tu amor...” y se pone a bailar como si estuviese en una discoteca. Un cliente que anda por allí nos mira con mala cara. Yo siento vergüenza ajena. No sé dónde meterme. Ella sigue cantando y bailando. La situación es desesperante y prácticamente irreal. Yo comienzo a reírme sin parar en su cara. Para colmo le he dado mi dirección de correo donde tengo un espacio en el que aparece la dirección del blog. Leerá todo lo que he contado de ella y se lo contará a los jefes y me echarán. ¡No! ¡No puede ser! ¡Debo hacer algo!

Compañera de trabajo:
Sé que esto no es el Código da Vinci y posiblemente no lo leerás, pero si por alguna de aquellas lo lees y encima te enteras de lo que dice, que sepas que me caes bien y que todo lo que escribo aquí es mentira, lo único que pasa es que yo exagero la realidad para que los lectores se diviertan. Suelo hacerme pasar por un tipo duro al que todo le molesta y el mundo le asquea. Yo, en realidad, pienso que la vida es maravillosa y que ser católico es lo mejor del mundo. Como bien sabes, yo amo mi trabajo y en ningún momento pretendo criticarlo. De hecho, me gustaría trabajar más horas para poder estar con vosotras y que me contéis lo bien que lo habéis pasado en la discoteca y lo guays que son vuestros amigos. Ya sabes que me meo cuando me cuentas esas anécdotas tan divertidas que te suceden junto a tus amigos cuando estás en el parking de la discoteca. Espero que me perdones si te has sentido ofendida con alguno de mis comentarios sobre ti, sabes que me caes bien y no me perdonaría nunca hacerte daño. Debería haberte dicho antes que yo quiero ser escritor, y algún día me gustaría poder publicar una novela o escribir un guión de cine, y para ello se requiere decir tantas mentiras como las que yo he dicho aquí sobre ti.

Lo dicho, espero que no te haya sentado mal y que pronto nos podamos ir de fiesta para poder liarla por ahí.
Un afectuoso abrazo.

Fdo: Fredy


Espero que con esta carta tan sincera perdone mi desfachatez.

- Oye, pues tráeme alguna cinta de esas de Camela, igual me gustan –le digo.
- Vale, mañana te la traigo.

Está oscureciendo y es la hora de cerrar. La vida es maravillosa y todo lo que sale en las películas, en los libros y, por supuesto, en los blogs, es mentira.

Y justo en el momento de partir viene un cliente. Lleva un vaso de cerveza en la mano y va borracho. Tiene unas melenas que le llegan hasta la cintura, lleva una camiseta negra y pulseras de cuero. Es un auténtico heavy. Me mira y me dice con su lengua trabada:

- Quiero comprar el móvil más barato... es que cada semana pierdo uno.

¿Te gusta leer? Capítulo 3

- Oye. ¿Has visto la película del Código Da Vinci?
- Sí – le respondo.
- Es que yo la vi y cuando leí el libro no me enteré que la chica era descendiente de Jesús.
- Pues eso lo sabía yo antes de ver la película... y eso que no me he leído el libro.
- Se ve que no me entero cuando leo.
- A mí también me pasa.
- ¿Qué calor hace no?
- Sí.

Tres tristes tigres comen trigo en un trigal.

¿Se puede hablar en verano de algo que no sea el calor? ¡Ya sé que hace calor! ¡No hace falta que me lo digas! Si no sabes de qué hablar quédate callada que no pasará nada. Hazme el favor de no mencionarme el calor que solo de hablar del tema me dan ardores.

Viene un cliente.

- ¿Me puedes decir qué teléfonos suenan más alto?
- Todos suenan más o menos igual –le digo.
- Pero yo es que estoy un poco sordo. Necesito que suene muy alto.

Era extranjero. Se le notaba un poco de torpeza para hablar. Pero lo entendía bien. No sé si él a mí me entendía.

- Pues estos modelos, por lo general, suelen sonar muy alto – y le señalo un teléfono al azar.
- ¿Puedes sacarlo y ponerlo en marcha?
- Sí claro, ¿Cómo no?

Me produce fatiga enseñar los teléfonos. La mayoría de los que me piden que les enseñe los teléfonos luego no los compran. Los mejores clientes son aquellos que saben qué modelo quieren comprar y qué prestaciones tienen. Me gusta la gente con las ideas claras. Busco una tarjeta. Abro el teléfono. Quito la batería. Pongo la tarjeta. Monto el teléfono. Lo enciendo. Voy al menú. Selecciono los sonidos. Los pongo en marcha.

- ¿Qué me dice? ¿Le gusta?
- La verdad es que se oye muy bajito –me dice gritando.
- Pues el volumen está al máximo.

Le cambio la melodía con la esperanza de que se escuche mejor. El hombre arrima la oreja al teléfono y se concentra en la melodía polifónica como si estuviese recibiendo unas instrucciones militares.

- No, no se escucha bien –dice- enséñame otro modelo.

Saco la tarjeta. Monto el teléfono. Cojo otro teléfono de la vitrina. Le pongo la tarjeta. Lo enciendo. Pongo la melodía.

- ¿Y este qué tal? – le digo con la esperanza de que se lo lleve y con una flamante sonrisa en la boca al comprobar la gran potencia con la que suena el teléfono.
- La verdad es que este suena más. Pero me parece insuficiente. Enséñame ese otro –dice mientras señala a otro teléfono.

El hombre iba acompañado de su esposa y de su hija. La esposa parecía muy sucia y la hija hablaba el castellano a la perfección.

- Papá, este se escucha bien –le decía.

De nuevo otro teléfono. Ya me estaba tocando los cojones. Sigue sin gustarle. Dice que suena muy bajito. Me pide que le enseñe otros. Prácticamente le enseño todos los que hay. Cuando le enseño dos teléfonos más y me vuelve a pedir otro le digo:

- Oiga señor, todos los teléfonos suenan más o menos igual.
- Sí. Pero quiero ver si ese suena mejor.
- No va a sonar mejor. Es de la misma marca que el primero que te he enseñado. No va a encontrar ninguno que suene más. Si usted tiene un problema con su oído vaya al médico y que le pongan un sonotone, pero no esté buscando móviles especiales para usted –le digo ya cabreado.

La esposa se siente ofendida. La hija me mira como a un criminal. El hombre creo que no me ha oído. La mujer le tira del brazo.

- Vámonos, vámonos.

El hombre me sonríe. Definitivamente no se ha enterado de lo que he dicho.
- ¡Me lo pensaré! – me dice el sordo.

Se va.
Me giro.
Mi compañera de trabajo se está muriendo de risa.

- ¿Cómo le dices que se compre un sonotone? ¡Estás loco!
- Si lo dices tú, que eres psicóloga, te creeré.

Es la hora de la merienda. Todos quieren salir a merendar. Pero no podemos salir todos a la vez. Hay que turnarse. Como mucho pueden salir dos de las tres compañías que hay.

- Me voy a merendar. Digo.
- Oye, no vayas ahora. Que está ahí delante el jefe –me dice una.

Me señala a un hombre con corbata. ¿El jefe? ¿Y a mí qué? ¿Por qué la gente se comporta de una forma u otra delante o detrás del jefe? Ellas ponen buena cara cuando está delante. Le chupan el culo. Fingen que le adoran y que les gusta trabajar y detrás son unas escandalosas maleducadas. Yo al menos soy maleducado delante y detrás. Me paso por el forro lo que me dicen. Me meo en quien haga falta. Salgo de allí. Nadie tiene derecho a impedir que yo salga media hora a merendar. A mí me importa una mierda causar una buena sensación al jefe. Que le hagan otros la pelota. Quiero mi napolitana, mi kas de naranja y mi periódico. No soy un hipócrita. Yo no tengo miedo de que me echen. Yo no estoy pagando ninguna hipoteca ni ningún coche. No soy como todos esos que han vendido 30 años de su vida para pagar una mierda de piso. Después presumen de que su piso se ha revalorizado el doble de lo que pagaron cuando lo compraron, como si eso les hiciese mejores personas o fuese una grata noticia. ¿No te das cuenta de que si se ha doblado el valor de tu piso también se revalorizan los demás? ¿Qué vas a hacer? ¿Vender el tuyo para comprarte otro que está igual de caro? Estúpidos. Luego la gente se queja de que la vivienda está cara. ¿Qué se puede esperar de estos idiotas que se sienten orgullosos de que sus pisos valgan el doble?

Me paso media hora merendando. Vuelvo. Me pongo de nuevo al frente. El resto de gente se va a merendar. Yo me enfrento contra la gente.

Me doy cuenta de que mi puesto de trabajo se parece a una trinchera. Voy vestido de mi uniforme militar y los enemigos se acercan para intentar acabar conmigo. Me agacho tras la vitrina. Me apoyo contra la pared. Se oyen los estruendos de los disparos y los cañones. En la guerra uno está muy solo. Busco en mi bolsillo interior de mi chaqueta la foto de mi amada. Encuentro una foto de Carmen de Mairena. En la guerra uno se acuerda siempre de su amada. La beso. Espero que ella me dé fuerzas para enfrentarme a los enemigos. Oigo unos pasos. Alguien está cerca. Debo salir para ver qué pasa. La integridad de mi bando depende de mí. Me asomo. Hay una persona.

- ¿Qué desea? – le digo.
- Quiero pasarme de tarjeta a contrato. Pero no sé cuándo finaliza el periodo de seis meses que tengo que estar como mínimo utilizando la tarjeta.
- Yo no tengo acceso a esa información. Deberás llamar a atención al cliente.

El cliente enemigo se pone a llamar a atención al cliente. Se le pone el contestador. Me sé de memoria lo que dice.

- Diga que quiere otras consultas –le indico.
- Otras consultas – dice.
Por la cara que hace ya sé que el contestador le ha dicho: “perdone, pero no le he entendido”.
- ¡HE DICHO QUE OTRAS CONSULTAS! – grita como un loco. La gente se gira para ver qué le pasa al hombre. Por lo visto el contestador no reconoce la voz y mucho menos los gritos.
- ¡OIGA! –se pone a hablar con la máquina- ¡PÓNGAME CON UN SEÑOR DE ESOS QUE HABLAN!

Me meto en la trinchera de nuevo. Tengo que reírme. No lo soporto más. Ahí fuera son muchos y yo estoy solo.

Seguiremos en la guerra hasta que nos invadan.

Hasta la derrota siempre.

Paseo

Baldosas rojas y amarillas bajo mis pies. Las analizo una a una. Intento adecuar mi paso para pisar siempre las baldosas amarillas. Es imposible. Tengo que dar un paso más largo que otro y parezco idiota.

No sé hacia dónde camino.

Mi ciudad está muerta aunque ahora está en plena efervescencia turística. No veo más que resquicios de lo que un día fue y fui. Caminando me acuerdo de aquellos veranos en los que nunca estaba sólo. Siempre podía buscar a alguien. Éramos mucha gente. Pero ahora parece que no queda nadie, todos se han marchado y yo ando sólo por la noche.

Me cruzo con gente normal. Siento que soy un espectro que pasea. Un perro que se cruza con humanos. Hay un parque por donde paseo. Ahora está cerrado. Los patos de dentro han salido de su charca y están entre ellos reunidos. Yo sigo solo. Los humanos se reúnen también en manadas. Yo no soy un humano. Los seres humanos no concuerdan con la naturaleza. Todas las fotos en las que salen humanos son antiestéticas. Sólo los paisajes son dignos de ser fotografiados. Debería estar penado hacer fotos de carnet.

Mi teléfono no suena. Es el síntoma de que el mundo se ha olvidado de que existo. Los teléfonos a los que intento llamar comunican. Me siento incomunicado. No puedo trasladar a otro semejante el pesar que llevo dentro de mí. Estoy rompiendo con mi pasado. Una fractura se abre entre los recuerdos y yo. Me estoy convirtiendo en un hombre de hielo. Mis lágrimas están secas. Me asfixio en el mundo y no puedo huir a las colinas para convertirme en ermitaño. No me arreglo para salir. Tan sólo a veces me digno a ponerme elegante para mí mismo. Deseo encontrarme bien conmigo. A veces deberíamos tener citas a solas. Soy un experto en saborear las delicias de la soledad y eso comienza a inquietarme. Muchos deberían aprender a estar solos consigo mismos y deberían salir a pasear junto a ellos. Me gusta mirar al suelo cuando camino. Allí está mi sombra acompañándome. La comparo con otras sombras. Me parece ver una sombra única.

Mi alma debe ser como mi sombra.

Dicen en los informativos que hay sequía. La gente bebe licores en los chiringuitos. Mezclan la bebida con la música. Soy una isla desierta en medio de un manantial de gente. Busco los frutos de mis cosechas y no encuentro ni mis tierras. Todo lo que tengo me lo he ganado. Lo he querido así. Yo no elegí el mundo y no puedo cambiar el mundo ni cambiarme a mí.

Asumo que no puede haber una reconciliación entre la vida y yo.

Se bebe mucho. Se ríe mucho. Se fuma mucho. Pero nunca es suficiente. Yo sigo arrastrándome. A veces me despierto en medio de la calle, apoyado en un coche y manchado de mi propio vómito. Estoy acabado.

Mis gritos de ahogo no los escucha nadie.

Caen gotas desde lo alto de los edificios. Alguien ha regado las plantas o se ha dejado los grifos abiertos. A mí me parece que los edificios están llorando. La ciudad es testigo de este paseo infernal. Piso las hierbas. Piso las flores. Piso hormigas. Piso los pies a mi sombra.

La arena se mete en mis zapatos. Me molesta. Me molesta mucho. Camino. Odio la arena. Veo una cara conocida tras la barra.
“¿Cuánto tiempo no?”
Dos besos.
“¿Recuerdas cuándo te escribía cartas de amor?” Le digo con mi pensamiento.
“Ponme una cerveza.” Le digo con mi voz.
Me las pone.
Le extiendo dos monedas de euro.
No quiere cobrarme.
Se va.

Al menos no eres una puta.

Quiero ser humano. Quiero poder hablar. Quiero conversar como ellos.

- Antes hacían los edificios sin plazas de aparcamiento. Ahora los hacen con parkings. – afirma una.

Quiero ser experto en urbanismo. Quiero poder hablar de algo con ellos. No quiero decirles que la noche es triste y que las luces de neón me producen fatiga. Quiero sentarme en un bar con amigos. Como todos esos del bar de enfrente. Quiero tener un coche con el que pasear acompañado de amigas y chicas. Quiero tener planes. Ir a la playa con mis amigos. Ser sociable. Pero no encuentro gente entre la gente.

Quiero escupir mis dientes.

Tengo llagas en los pies. ¿Y mi voz? ¿Dónde está mi voz? ¿Me acordaré de hablar?
¿Sé el idioma que hablo? ¿En realidad sé cómo me llamo? A veces cuando me preguntan cómo me llamo no sé ni qué decir. No sé ni lo más elemental de mí. No soy capaz de descubrirme.

Yo camino y las estrellas brillan. Brillaron en su momento. Su luz me llega ahora miles de años después. ¿Tanto  tiempo viajando para chocar contra mi retina? Creo que no ha merecido la pena tan largo viaje.

Me vacío... dentro de mis pulmones se oprime el universo. En mi caja torácica se esconde la fuerza que hizo estallar el big-bang.
Los edificios siguen llorando.
Mi alma sigue cantando.
Una voz se oye de fondo, pero no es a mí a quién le habla.

Me gustaría tener uñas para rascar tu espalda y dejar unos hilos de sangre. Me gustaría tener una lengua larga con la que poder estrangular la tuya.

Quiero morder el anzuelo de nuevo.

¿Te gusta leer? Capítulo 2

- Ya me he comprado el libro –me dijo.
- Me alegro. ¿Qué libro era?
- La sombra del viento.

A las nueve cortan el aire acondicionado en el centro comercial. A las diez salimos. Supongo que lo harán para ahorrarse una pequeña cantidad de dinero y para que los clientes no se sientan tan a gusto allí dentro y comiencen a pensar en marcharse a casa. Los que trabajamos allí sufrimos en nuestras carnes esa decisión tan rácana e inhumana.

Salió una cucaracha por debajo de los armarios y cruzó el estand

 

.

Las dependientas que estaban atendiendo a clientes salieron corriendo. Otras gritaron. Una se escondió detrás de mí como si en vez de una cucaracha hubiese salido un asesino con un cuchillo amenazándonos. La chica de fotografía dejó las fotos y se puso a gritar mientras el rollo de la máquina de revelar seguía rodando. La cucaracha se había detenido allí en medio, ante el estupor de los que estábamos dentro y la sorpresa de los clientes que estaban fuera.

- ¡Qué asco! ¡Qué asco! UUUUU – decía una como si viese a un muerto en estado de descomposición. Poco le faltó para desmayarse.

 

La cucaracha avanzó dos baldosas. De nuevo los gritos, las histerias, los lloros, los traumas y las lamentaciones. Algunas, que intuyeron que podían estar viviendo los últimos instantes de su vida, llamaron a sus familiares para decirles que les querían.

Un cliente que había por la parte de fuera me dijo:

- ¡Venga mátala! – y señalaba con el dedo a la cucaracha. Implorando que acabase con la agonía de las trabajadoras que estaban allí dentro en ese momento.
- ¡A mí me sabe mal matarlas! – contesté.
- ¡Sólo me faltaba por soportar esto en el trabajo! – Clamó una mirando al techo.
La chica que estaba detrás de mí me empujó. – Mátala, hombre. ¡Mátala! – me decía.

Todos me miraban.

Yo era el único hombre que había dentro del rectángulo del estand. Todas las chicas se habían ido a las esquinas huyendo del peligroso y abominable insecto.

Aquello era un cuadrilátero.

Por un lado teníamos a Fredy y por el otro a una cucaracha sin cerebro que paseaba tranquilamente. La gente de fuera comenzó a agitarse. Empezaron a hacer entre ellos apuestas por el ganador. La chica que se había escondido detrás de mí era mi manager y estaba alentándome como a Rocky.

- ¡Acaba con ella! – me decía a cámara lenta.

 


Yo imaginé que tenía una toalla en mis hombros y que tan sólo llevaba un pantalón corto. Me tenía que poner el protector dental. Las gotas de sudor se deslizaban por mi frente a causa de los focos. Nuevos clientes se acercaron para presenciar el combate. Era mi oportunidad, el momento de lanzarme a la fama consiguiendo el cinturón de campeón. Por fin demostraría que yo era un hombre que sabe combatir. Tenía que poner en práctica todos los conocimientos que adquirí en mi adolescencia jugando al Mortal kombat y al Street Fighter.

Sonó la campana.

¡Cooooooomienza el combate!

Los púgiles se miran. Dan vueltas al ring. Fredy se lanza al ataque y la cucaracha en vez de afrontarlo le da la espalda. Atención señores. Fredy se indigna con la afrenta y sale tras ella. La acorrala contra las cuerdas. La superioridad de Fredy es evidente. 70000 gramos contra 20. Puede aplastar a la cucaracha con su pie. ¿Pero qué hace? ¡Fredy ha cogido un folio! Se agacha a donde está la bestia inmunda y coloca el folio sobre ella.

- Es para no mancharme el zapato –expliqué a los asistentes.

El público vibra.

-¡Písala! ¡Písala ya de una vez!
- Acaba con nuestro sufrimiento Fredy –decían las dependientas.

Fredy se dispone a efectuar el golpe de gracia que dejará K.O. a la cucaracha, cuando ¡atención! La cucaracha escapa en el último momento del manto (folio) que había colocado su contrincante sobre ella. Parece que está herida. Ha sido pisada por una parte. Apenas puede caminar.

- ¡Písala! ¡Písala! – Gritaban al unísono.

Pero no podía hacer caso de la plebe. No quería ser un criminal. Me giré y miré a la grada. Allí estaba el Cesar. Le mostré mis respetos. El Cesar se levantó y echó una mirada a la grada. Estaba a punto de emitir su veredicto.

 

 

Dedo abajo.

Muerte.

Pisé a la cucaracha y la mandé a una vida mejor.

Fatality.

La gente invadió el cuadrilátero. Me felicitaron. Me abrazaron. Yo buscaba a Paulie y no la encontraba.
¡Pero qué coño! yo no conocía a ninguna Paulie.

Un operario se llevó el cadáver de la cucaracha y la tiró en la basura.

Yo era un asesino de cucarachas vendedor de teléfonos móviles.

- Nos has salvado la vida Fredy.
- Ha sido un placer.

Violada

Sucedió bastante rápido. Era una tarde soleada de verano. Yo volvía de casa de una amiga. Mientras caminaba alguien me cogió por detrás, me levantó, me llevó hasta un coche, abrió la puerta y me metió dentro a la fuerza. En ese momento me pareció que la calle estaba vacía... o que la gente no quiso ver nada. ¿Quién eres? ¿Qué haces? Tengo miedo. Déjame irme. Me retuvo. Estate quieta hija de puta. Me dio una bofetada. Quiero salir de aquí. Comencé a llorar. Llevó el coche lejos de la ciudad. Se detuvo en un descampado. El miedo me había inmovilizado. No sabía qué hacer.
Salió del coche.
Abrió la puerta donde yo estaba.
Me sacó del coche a trompicones.
No me hagas nada por favor. Lloraba mucho, no podía contenerme. No sabía quién era aquel hombre que hablaba con un acento extranjero. Me daba mucho miedo.
Me tiró al suelo.
Quítate la ropa.
No me moví. Sólo caían mis lágrimas.
¡He dicho que te quites la ropa!
Temblaba de miedo.
Me dio una bofetada que me tumbó en el suelo.
Yo sólo tenía 13 años.
Comencé a sangrar.
¿Te lo tengo que decir otra vez?
Tenía miedo. Movida por el miedo me quité la parte de arriba. No quería que aquel hombre malo me pegase más.
¡Quítate el sujetador!
Lloré más. Socorro. Qué alguien me ayude. Que alguien venga.
Pero estábamos en las afueras de la ciudad.
¡Hija de puta!
Se precipitó contra mí y me arrancó el sujetador. Me tumbó contra el suelo. Comenzó a besarme los pechos. Estaba inmovilizada. No podía hacer nada contra toda su fuerza. ¿Por qué me haces esto?

Después me quitó el pantalón. Me tumbó boca abajo. Me metió su cosa. No sé cuánto tiempo estuvo así. Sentía que me estaba muriendo. Si no moría ahora estaba convencida que luego me mataría. Estuvo así hasta que se cansó. Yo me debilitaba cada vez más.

Ahora me la vas a chupar.

Me la puso delante, en la boca, pero yo la cerré. No quería. No. Me pegó. No lo hice. Insistió. Ya estaba segura de que iba a morir. El hijo de puta se enfadó y me volvió a tirar contra el suelo. Me volvió a meter su cosa. Esta vez lo hizo con tanta fuerza que mi rodilla estuvo tan presionada contra el suelo que comencé a sangrar. A cada empujón la herida de mi rodilla se abría cada vez más. No tenía ni fuerzas para gritar. Estaba prácticamente inconsciente. Me costaba mantener abiertos los ojos. Sólo quería que aquello terminase. Quería que me matara de una vez, aunque yo creía ya estar muerta.

Cuando terminó me volvió a meter en el coche. Yo no podía hacer nada. Miró lo que tenía en el bolsillo. Cogió mi teléfono. Hizo algo con él. Ya me daba igual. Quiero morir. Quiero que esto pase. No quiero que me pegues.
El cobarde me llevó de nuevo a la ciudad, en las afueras abrió la puerta, me sacó, y me dejó allí tirada.

Estaba débil. Todavía no sé de dónde saqué las fuerzas para llegar hasta casa. Nadie me vio entrar y me metí en mi habitación.

Durante unos días no hablé. Mis padres me preguntaban constantemente qué me pasaba. Yo les dije que había discutido con mis amigas. No quería contarles nada. Me sentía sucia. Ninguna ducha podía limpiar lo sucia que me sentía. Durante mucho tiempo no le conté nada a nadie. No lo denuncié. Yo sólo tenía miedo.

Fue al cabo de mes. Cuando sonó mi teléfono móvil.

Hola.

Era él. Era su voz. La tenía grabada en mi mente. Era la voz que asociaba con la cara que protagonizaba todas mis pesadillas. ¿Colgar? Si le cuelgo vendrá y me violará de nuevo. Me dijo que si le denunciaba me mataría. Que a mis amigas y seres queridos les podía pasar cosas muy malas. Que de mí dependía que mi familia estuviera bien. Si denunciaba y les pasaba algo iba a ser por mi culpa.

Yo no quería que les pasara nada malo a mis seres queridos. Ya lo sé. Llámame tonta. Llámame imbécil. Llámame lo que quieras. Pero jamás querría que mi prima, por ejemplo, pasase por lo que yo he pasado. No le deseo a nadie eso. Yo ya lo he sufrido y no quiero que lo sufra nadie más. Ya ha pasado y no puedo hacer nada.

Con el tiempo pude contárselo a un novio que tuve. Me dijo que lo denunciase, si no lo hacía lo mataría él con sus propias manos. Me decía que no fuese idiota. Podría llevarlo a la cárcel y que se pudriera allí. Pero yo tenía demasiado miedo. No podía denunciarlo. ¿Cómo me sentiría si a alguien cercano a mí le pasase algo? No puedo y no puedo.

Comencé a salir con chicos pero no podía mantener relaciones sexuales con nadie. Cada vez que un chico me acariciaba me venía la imagen del violador. Les decía que no podía continuar y se enfadaban. No entendían que tenía miedo. Aunque sabía que ellos no me harían daño, el recuerdo de aquel momento me impedía seguir. Nunca he podido quitarme la ropa delante de un chico, cuando lo hacía me acordaba del momento en el que aquel cabronazo me obligó a quitármela.

Durante mucho tiempo no he dormido. Aquello que me pasó me daba vueltas y vueltas en la cabeza. Hoy en día me sigue costando dormir. ¿Por qué me tuvo que pasar eso? A veces me siento culpable. Él hizo que odiase mi cuerpo, que odiase que fuese fruto del deseo. A veces pienso que yo hice algo mal en esta vida y por eso yo merecía que me pasase todo aquello. Me he sentido una desgraciada. Hoy en día lo sigo pensando, sigue costándome mantener relaciones sexuales con un chico. He conseguido hacerlo, pero sólo cuando he tenido plena confianza como para contarles mi problema y ellos han sido pacientes conmigo. Necesito mucha confianza en una persona para seguir adelante. Incluso, a veces, sólo me siento una estúpida imbécil violada que no puede hacer nada. A veces mi autoestima llega a estar a grados bajo cero. ¿Qué tipo de justicia me podría devolver la seguridad en mi misma? Cada vez que me desnudo y me miro al espejo veo las marcas que me quedaron en la rodilla y recuerdo otra vez aquel fatídico momento.
El rostro del miedo.
Mi torturador.

Desde entonces nunca he podido caminar sola y tranquila por la calle. A veces me da la sensación de que me persigue, que va a salir de un lugar u otro y me volverá a violar. Tengo que volver la vista atrás para asegurarme y, a veces, confundo otros rostros con los de él y me invade el pánico.

Años después lo volví a ver. Me reconoció. Me paró. Sentí que no había pasado ni un segundo desde la última vez que lo vi.

Has sido buena. No me has denunciado. Así me gusta.

Se fue. No me hizo nada. El hombre aún tenía mi teléfono y me llamaba para recordarme que no lo denunciase y para amenazarme en caso de que lo hiciera. Una vez me propuso volver a vernos y, a cambio, dejaría de amenazarme y toda mi familia estaría bien. Todo se acabaría. ¿Sabes? Estuve a punto de decir que sí. Que hiciese de mí lo que quisiera si a cambio dejaba en paz a mi familia. Ya lo sé. El pensamiento fue una locura. Pero no me importaba lo que me pasase a mí, no me tenía ningún aprecio. La poca gente que sabe todo de mí me dijo que estaba loca por pensarlo. Pero en ese momento sólo quería que acabase todo. Pensé en cambiarme el número, en colgarle cuando me llamase, pero tenía miedo de que hiciera algo a mi familia. Sigo teniéndole miedo y no creo que lo denuncie nunca. Ya sé, sé que te dará rabia. Todo el mundo me dice que lo haga, me dicen que tienen ganas de matar a ese hijo de puta. Pero no puedo. Lo siento. No puedo. Tengo miedo.

Yo sólo espero perder el miedo algún día. Sólo espero poder mantener relaciones sexuales satisfactorias sin que me asalte el recuerdo de lo que pasó. Sólo quiero pasear tranquila por la calle. Quiero mirarme al espejo sin ver esas marcas en mi rodilla que me hacen recordar aquella fatídica tarde de verano en la que yo tenía trece años. Quiero que se borre la herida de mi carne, quiero dejar de mentir a la gente que me pregunta por esas marcas y les digo que me las hizo un perro.

Pero sobre todo quiero que algún día desaparezcan las heridas de mi alma.
Aquellas que no se ven.

 

Foto: Extraída de aquí.

Algún engranaje no funciona

Debería haber algún modo de localizar las averías de la vida. Tendría que haber un mecánico al que pudiésemos llamar para decirles qué nos pasa. Seguramente vendría y encontraría inmediatamente dónde está el error y lo repararía. Siempre hay algo que no funciona bien y que impide que las cosas no salgan como las hemos planeado. Intentamos fabricar una máquina de hacer croissants y lo que nos da son panes.

- ¡Yo no te pedí esto! – le dices cabreado a la máquina.
Pero las máquinas nunca responden.
Dios tampoco.

Uno no debería estar por las noches escribiendo estas parrafadas como única vía de escape de sus locuras y paranoias internas en las que imagina que hay una conspiración a escala mundial para hacerle desdichado. Yo debería estar ahí fuera, bebiendo, conociendo a gente interesante y enamorándome de doscientas mujeres al día. Y no, estoy aquí, en mi propia realidad, en un ataúd del tamaño de una habitación.

Lo peor es que cuando por fin me decidido a salir tengo una terrible sensación. Siento que se acaba la fiesta cuando yo llego a un sitio. Es como si ese mundo de ahí fuera no correspondiese al que yo imaginaba.

- No es como yo pensaba – me digo.

No existen esas fiestas donde se conoce a gente interesante, no quedan mujeres de las que enamorarse sin que te invada una sensación de que estás perdiendo el tiempo con una estúpida con tetas.

Vas a la discoteca con tus amigos. Es el lugar en el que te dicen que se lo pasan genial los fines de semana. Pero tú llegas y lo único que encuentras es a mucha gente de pie, mirándose los unos a otros y que esperan encontrar a alguna borracha que esté lo suficientemente inconsciente como para ser capaz de liarse con algún desgraciado como ellos.

- ¿Dónde está la fiesta que me dijeron que había aquí? – me pregunto.

Si no bebes o te drogas no te lo pasarás bien. Necesitas que alguna sustancia altere tus sentidos y conseguir que la sucia realidad se distorsione y se acabe convirtiendo en algo divertido. Sólo drogado puedes pensar que ver bailar a 200 mierdas con patas puede resultar interesante y divertido. De lo contrario, no entiendo que los Lunes vengan a contarme que el pasado fin de semana lo pasaron muy bien.

- ¡Qué bien me lo pasé el fin de semana! ¡Menuda fiesta! – me dicen.
- No amigo, sabes que te engañas a ti mismo cuando dices que lo pasaste bien, lo que pasa es que quieres demostrar que tú haces cosas interesantes y no es así, no te lo pasaste bien. En realidad lo que hiciste es una PUTA MIERDA, pero las drogas te hicieron creer que era maravilloso todo aquel colorido de luces, de sombras y de mujeres que se acercaban para meter su sucia lengua con restos de semen de otros tíos en tu boca. 

El cuerpo es una cárcel de la que hay que escapar, pero nadie quiere salir.

¿Cómo sería una vida sin cuerpo y sin necesidades? No nos preocuparíamos ni por comer, ni de cagar, ni de respirar, ni de follar, ni de trabajar ni de sobrevivir. ¿Es así el cielo? ¿Sólo habitan almas que pasean y que no follan entre ellas? ¿Qué harán? ¿Leer? ¿Hablar? No tendrán ni la necesidad de dormir, no discutirán por dinero, ni los padres discutirán con sus hijos por saber a qué hora llegarán a casa por la noche. No existirá el tiempo.

El cielo debe ser aburrido, no habrán casas donde vivir, no habrá propiedad privada, no habrán direcciones, no habrán teléfonos. ¿Todos se limitarán a sonreír y a estar junto a sus seres queridos? No podrás quedarte en casa rascándote los huevos mientras ves una película. Por no existir no existirá ni el arte.

Si algún día voy al cielo no tendré nada que hacer, y como no tendré nada que hacer me querré suicidar, y como ya estaré muerto no podré suicidarme. Por lo tanto viviré en una inmensa felicidad repetitiva y agonizante. Me cansaré de la eternidad y de los lugares donde no cabe ninguna ley física. Iría a ver a Dios para pedirle cuentas por lo mal que ha hecho las cosas.

Se supone que el cielo está lleno de amor, de comprensión, de cariño, pero llegará cierto momento que uno se hartará de eso. Nuestras almas, si existen, necesariamente deben estar corruptas. Uno debería ser consciente de su situación en el cielo, si no hay pena que quepa en el cielo todo sería una gran mentira. Estaríamos ciegos y seríamos unos hipócritas.

Prefiero ir al infierno, allí donde hay carne y se sufre, donde hay fuego, donde hay látigos, donde hay mujeres, donde la gente va a conciertos, se emborracha, se odian entre ellos y se matan. Quiero un lugar donde quepa la vanidad, la desgracia y la alegría de ver que alguien que te cae mal está sufriendo. Un lugar donde todos los sentimientos se mezclan en una cadena de gente que se da por culo la una a la otra.

Si me disculpan, me voy al infierno...
O lo que es lo mismo... me quedo en la Tierra.

¿Te gusta leer?

 

Una mañana aburrida en el puesto de trabajo. Yo estaba sumergido en mis pensamientos. Mi compañera contemplaba fijamente el monitor del ordenador. Deslizaba el ratón con desgana, parecía que ya había hecho todo lo que tenía que hacer en Internet. Me mira.

- ¿Te gusta leer? – me pregunta.
- Me encanta leer.
- A mí también, el año pasado me leí el Código Da Vinci y este año estoy pensando en leerme otro libro..
- Yo no pude leérmelo, cuando llevaba cien páginas me pareció una castaña y lo abandoné. Aunque leer es bonito. Para mí significa mucho y leo todo lo que puedo.
- Sí, pues eso es bueno ¿sabes? Yo por eso me obligo a leer un libro al año.
- ¿Y qué libro te gustaría leer?
- No sé. Me encantan los libros de amor. Me gustaban mucho esos libros en valenciano que nos mandaban leer en el instituto... ¡Qué bonitos eran!
- A mí esos libros me parecían lamentables. Malísimos y predecibles.
- Me han recomendado que me lea uno que se llama La sombra del viento. ¿Lo has leído?
- No.
- Pues ahora lo compraré. Espero que me guste.
- Puedes ir ahora, no hay mucho trabajo.
- Sí, podría ir, pero es que... gastarme 20 euros en un libro es un crimen. Con ese dinero podría comprarme otra cosa.

La aborrezco. Es cierto que los libros están caros. Pero no puedo con esta gente. Ella es licenciada en Psicología y no lee más de un libro al año. ¡Con la de libros que debería leer sobre el tema que supuestamente le apasiona! ¿Habrá leído a Freud? Seguro que no. ¿Así cómo iba a ejercer de psicóloga? Los hay que se sacan carreras y no saben nada. Se han dedicado a estudiar un mes antes del examen y luego lo vomitan y lo olvidan. No nacieron con vocación. En el futuro estará lleno de gente sin vocación que estudiará y no aprenderá y luego estará desempeñando un trabajo que no estarán capacitados para desarrollar. Jamás querría que me tratara una psicóloga como ella. Y eso que no quiero ir de intelectual vanidoso y pedante, yo no he leído ni la mitad de lo que me gustaría leer, no quiero que me confundan con uno de esos. Pero creo que leer es casi una necesidad que debería tener todo el mundo y sé que cada cual tendrá sus propias aficiones y no es necesario que todos las compartan. Pero bueno...

- Pues yo me gasto casi todo el dinero que tengo en libros. Prefiero gastármelo en libros que en ropa. De hecho, cuando voy a comprarme ropa suelo pasar por una librería y si me gusta alguno, lo compro, y luego no me queda dinero para ropa. Siempre me pasa.
- ¿Y qué te gusta leer?
- Pues últimamente estoy leyendo a escritores norteamericanos.
- ¿En inglés?
- ¡No por favor! Traducidos. No se me da bien el inglés.
- ¿Y de qué van?
- Pues son libros que hablan sobre la realidad. Gente que ha fracasado en la vida, deprimida, borracha, con aspiraciones de convertirse en escritor. Lo llaman el “realismo sucio”.
- ¿Qué divertido no? – me preguntó irónicamente con una mueca de asco.
- A mí me gusta. Los libros realistas están cargados de una crítica social. Los de fantasía suelen ser para entretener la mente.

Una psicóloga que no se interesa por la realidad. Le hablo de lo que me apasiona y me mira con asco. ¿Esto es lo que nos espera? ¿Quién tiene necesidad de ir al psicólogo si el que te atiende es como los demás? ¿Cómo le vas a explicar que te sientes incomprendido si el psicólogo forma parte de esos que te miran mal por ser diferente? Según me dijo, quería trabajar de psicóloga con enfermos de alzheimer. No me extraña, esos pacientes nunca se podrán quejar, no recordarán su falta de competencia para protestar. Si alguno le acusa de hacerlo mal ella puede negarlo y decir que se lo ha inventado.

- Podría comprarme algún libro de Danielle Steel.- continuó.
- No me he leído nada de ella – todos dicen que esos libros son para gente acabada, y yo, por suerte o por desgracia, nunca lo comprobaré.
- Dicen que está bien.
- Sí, eso dicen – mejor no le digo lo que pienso –, si quieres te puedo recomendar algunos títulos de libros de amor que me han gustado.
- ¡Sí! ¡Dime!
- A mí me gustó mucho “El desencuentro”, que te pasas una semana llorando. O algún libro de Jordi Sierra i Fabra que, aunque es literatura juvenil, me gusta mucho. Títulos como “La estrella de la mañana” o “97 formas de decir te quiero”. ¿Sabes? Cuando conocí a ese escritor me cambió la vida.
- El de la estrella de la mañana debe estar bien. Podrías dejarme alguno. Aunque yo tardo meses en leérmelos, así que no sé si te lo devolvería antes de que terminemos de trabajar aquí.
- No los tengo en casa – Mentí, paso de dejar un libro que no me va a devolver– esos son libros que cogí en la biblioteca.

Vino un cliente a preguntar una gilipollez.

- ¿Qué teléfonos te quedan? – me pregunta.
Saco un catálogo de teléfonos y comienzo a indicarle los que tenemos.
- Oye, oye. ¡Para! ¿Tú a mí me has visto con cara de comprar ese teléfono que me acabas de decir? – dice mientras se señala a la cara. Era extranjero, de tez morena. Llevaba cadenas y pulseras de oro. Los dientes los tenía torcidos. Tenía unos tatuajes penosos que parecían estar hechos por un niño. Realmente tenía pinta de traficante, de expresidiario o de delicuente.
- Yo sólo te estoy diciendo los teléfonos que me quedan.
- ¡Esos teléfonos son para viejos! ¡Yo no quiero esos teléfonos! ¡Yo quiero teléfonos buenos! ¡Mira! – saca un teléfono de su bolsillo. El último modelo de Nokia, el más caro, el mejor, tiene de todo. – ¡Estos son los teléfonos que yo quiero y no la mierda que me estás enseñando!
- Yo sólo respondí a tu pregunta.
- ¡Adiós!

Se va.

Pasa un rato.

- ¿Tú tienes la tarjeta del centro comercial? – me pregunta mi compañera.
- No. Paso de hacérmela. Con eso hacen una base de datos sobre lo que compras y dejas de comprar.
- ¿Y qué más da?
- Pues que a mí no me da la gana que controlen lo que compro. No me pienso vender por cuatro mierdas que regalen con los puntos. Se empieza así y al final, dentro de unos años, los gobiernos controlarán los libros que compramos y las revistas que leemos con el pretexto de defender al país del terrorismo. Investigarán a toda la gente que lea a Marx, que tenga ideas sospechosas por ser liberales, o que esté en contra del sistema. Tratarán de quitárselos del medio acusándoles de algún delito y encerrándolos.
- Tú estás loco.
- Claro, y además, si compras con la tarjeta esa y cometes un asesinato con un objeto que se venda en el centro comercial, filtraran a todos los que lo compraron y te pillarán enseguida.
- Yo no pienso matar a nadie.- Me contesta con desprecio, intentándome dejar en ridículo. Como si el último comentario lo hubiese hecho en serio – A ver si tenemos aquí entre nosotros a uno con la mente de psicópata. ¡Me das miedo!

Me das miedo, me das miedo, me das miedo. ¿Cuántas veces habré escuchado eso? ¡Si soy inofensivo! ¡Me sabe mal matar a las cucarachas y a las moscas! ¡Prefiero espantarlas antes de que mueran bajo mis garras!

- Oye.. y ahora en serio. Tú que eres psicóloga. Dime la verdad. ¿De verdad crees que estoy loco?

El mundo da muchas vueltas y por eso nos mareamos.

El mundo da muchas vueltas y por eso nos mareamos.

A veces me gustaría encontrar una salida pero no sé ni de dónde quiero salir. Me siento atrapado en la vida como una mosca que ha caído en una telaraña y espera a que la gran araña negra venga para comérselo. Si al menos encontrase un incentivo por vivir, una alegría, una ilusión... pero no encuentro nada. Todo tiene un sabor insípido y toda la carne es cruda. Falta algo grande, algo que me haga mantenerme despierto, algo que me quite el sueño.. pero ahora lo único que quiero es dormir. En Internet no encuentro ninguna noticia interesante, la gente se muere y yo me empacho de comida. Me cuesta leer cinco páginas seguidas de cualquier libro sin que me dé sueño. Sentarme a escribir me supone un suplicio. Caminar es aburrido, ver la tele es aburrido, las películas son aburridas, no aguanto a la gente y me cuesta mantener el hilo de una conversación con cualquier persona. Ya no quiero cambiar al mundo, simplemente quiero que desaparezca.

En el trabajo mato las horas pero también me suicido un poco cada día. La gente viene con sus teléfonos a preguntarme tonterías. Quieren los últimos modelos más modernos. Quieren tener de todo en su teléfono. Odio a la gente que se pasa todo el día enganchada al teléfono, parece que vivan dentro de su teléfono. A través de los teléfonos están lavando el cerebro a la población. Los móviles y la televisión hacen que la gente se vuelva imbécil. Los que quieren dominar el mundo a través de la globalización ya lo saben y por eso nos infectan la programación de la televisión con concursos que no estimulan la inteligencia, con programas del corazón donde hablan de personajes de mierda, de este modo consiguen que nadie piense y todos estén tranquilos y sin ganas de iniciar una revolución marxista. Los niños envidian los juguetes de sus amigos y la única preocupación que tienen es conseguir los mismos juguetes que ellos. La educación va a peor, la media de coeficiente intelectual disminuye cada vez más. Si os fijáis, cada año las notas de corte para entrar en las universidades son más bajas. La inteligencia brilla por su ausencia, y yo, que siempre he defendido la libertad, estoy trabajando para los globalizadores, para los destructores de principios y de ideales. En la educación pública ya no existe el individuo, sólo hacen que fomentar los trabajos en grupo para que las ideas de uno se disuelvan en beneficio del conjunto entero. Quieren que pensar esté prohibido. En los medios de comunicación sólo transmiten inseguridad para que el ciudadano esté intranquilo. Quieren que los propios ciudadanos sean los que demanden más seguridad, incluso a cambio de ceder su propia libertad individual. Los globalizadores saben que si siguen así, los padres acabarán viendo con buenos ojos que a sus hijos se les implanten chips para saber dónde están y, al final, la humanidad acabará esclavizada y controlada por cuatro grandes manipuladores de mentes. Y eso es fácil de conseguir: tan sólo tienen que reducir los presupuestos de seguridad para que las fuerzas del estado sean más deficientes y que así anden unos cuantos asesinos en serie sueltos sembrando el terror. Entonces la gente pedirá y cederá lo que sea por estar segura, incluso a costa su propia libertad. De hecho ya está muy difundida entre la población esta nefasta idea de decir: “a mí no me importa que me investiguen ni que escuchen mis conversaciones telefónicas, yo soy un hombre de bien y no tengo nada que ocultar, y si eso es a favor de mi propia seguridad que lo hagan”. Los que dicen esto o es que no han estudiado, o no han sabido lo que hemos conseguido a lo largo de la historia, la gente se olvida con facilidad de lo que significa la idea de LIBERTAD y lo que costó conseguirla.

El sistema está mal hecho, a nosotros, a los promotores, nos estimulan con el gran engañabobos de los incentivos para que compitamos por vender más. Nos dan un caramelito por haber vendido los 200 teléfonos al cabo del mes y ellos, los grandes, llenarán sus arcas a costa del esfuerzo ajeno, y si por casualidad te has quedado a 20 teléfonos de llegar a tu objetivo (que suele ser siempre, lo tienen más o menos estudiado) no te dan el caramelito y ellos han tenido muchísimos más clientes a los que les sacan los cuartos. También nos envían cartas diciéndonos que frecuentemente nos visita un cliente fantasma, de esos que contratan las mismas empresas para evaluar si somos eficientes en nuestro trabajo. Nos dicen que si les atendemos bien, les mostramos el teléfono, se lo encendemos y le descargamos cosas, podremos entrar en el concurso de una Play Station o un Mp3. Con eso quieren que a todo el mundo que se acerque a preguntar les enseñemos los malditos teléfonos, que los engatusemos con la cantidad de opciones que tienen, que se queden embobados con la gran tecnología 3G y se vayan a sus casas con uno de ellos. Sin embargo, no he conocido todavía a ningún compañero al que le hayan dado un premio por haber atendido bien al cliente fantasma. ¿Será una mentira para hacernos vender más? A mí no me estimula nada que me digan que entraré en un concurso, pero a otros sí, y es lo malo, para mí son los azotes que les dan a los condenados a galeras pero a la moderna. Les hacen remar para nada.

Adoro a la gente que me pide teléfonos simples, de esos que ya no se hacen, que sólo sirven para hablar y para enviar mensajes. Los que más los piden son los viejos, ellos saben lo que es práctico y lo que no. A esa gente puedo confesarles abiertamente que los teléfonos con cámara son una tontería, yo llevo dos años con uno y todavía no he mandado ninguna foto, lo que pasa que teniéndola creemos tener algo más valioso y nos vamos con la sensación de haber hecho una buena compra. Sin embargo, todos los niñatos desean los mejores teléfonos, quieren bluetooth, infrarrojos, melodías polifónicas, Mp3, cámara, vídeo, 3G, televisión. ¿Pero qué quieren demostrar con sus teléfonos? ¿Qué son más guays? ¿Quieren despertar la admiración de sus amigos? Cada vez que me viene un niñato a comprarse un teléfono porque el bueno se lo han robado me alegro. Se lo robarían porque no pararía de mostrarlo por ahí para creerse un poco más superior y algún envidioso se lo robaría. Eso te pasa por imbécil.

Y es que la tontería por los teléfonos llega hasta cuotas insospechadas. La semana pasada vino a comprarme un teléfono UN SORDOMUDO. Lo acompañaba uno que hacía de intérprete entre él y yo. Para colmo no era un teléfono de 3G con el que pudiera comunicarse por señas con otro sordomudo. Según me dijo lo compraba “porque le gustaba mucho”. Vale que pueden enviar mensajes, pero se lo compró más bien por el bluetooth y por el vídeo. ¿Por qué no te compras una cámara normal so tío idiota? ¿No sabes que las fotos de los teléfonos salen como el culo?

Y es que la superficialidad que me envuelve me puede. Mis compañeros de trabajo sólo hablan de compras, de discotecas y de tonterías. Yo no puedo integrarme, me dicen que soy calladito, ¿Pero qué quieren? ¿Que me ponga a hablar con ellos de sus mismas tonterías? Hoy mismo una compañera de trabajo me ha preguntado qué he vendido, le he dicho que he vendido cinco teléfonos de tarjeta, dos de contrato, y que he hecho dos reconversiones, al decir eso me he quedado pensando en la palabra y he dicho: “Qué jodido esto de llamar reconversiones a la gente que se pasa de tarjeta a contrato ¿no? Es como si se cambiasen de religión”. Ella, que estaba escribiendo en el ordenador, se para de pronto, se gira, me mira como si estuviese loco, hace un gesto de extrañeza y me dice: “Con eso de la religión me has dejado loca”. Y se vuelve a girar cara al ordenador y contina escribiendo mientras piensa que yo soy un loco al que se le va la pinza. ¿Cómo podía explicarle que a veces creo que las compañías de teléfono son las nuevas religiones del siglo XXI? Hoy en día o eres de Movistar, Vodafone o Amena. Entre las compañías se matan y se hacen la competencia por conseguir a los fieles de las otras empresas, para ello les hacen más descuento a los que vienen de otra compañía que a los que ya están en ella. Quieren tentar a los clientes, y cuando consiguen atraer a uno quieren que sean fieles a ellos, les estimulan con programas de puntos diciéndoles que cuanto más consuman más descuento les harán cuando quieran comprarse un teléfono nuevo, después les hacen firmar un contrato de permanencia de 18 meses con el que le obligan a estar pagando 9 o 25 euros al mes durante año y medio aunque no gaste el teléfono, y si por alguna de aquellas se le ocurre darse de baja antes, tiene que pagar una indemnización de 150 euros o de lo contrario pasará a formar parte en una lista de morosos, y a partir de entonces, les denegarían cualquier préstamo y crédito que soliciten, no se podrían pagar un coche a plazos ni comprar un piso, tampoco podrían hacerse otro contrato con otra compañía porque ya llevarían la cruz de morosos por siempre hasta que paguen.

Nos tienen cogidos por los huevos.

Hasta nunca Benedicto

Por fin se marchó el santo padre de nuestra adorada ciudad. Un viaje a propósito del encuentro mundial de las familias en el que Benedicto XVI defendió los valores de la familia tradicional. Resulta curioso que sean los sacerdotes, en este caso el máximo representante de la Iglesia, los que promulguen el tradicionalismo familiar. Defienden la familia esos que no se pueden casar porque están siriviendo a dios, los que (en teoría) no mantienen relaciones sexuales, los que condenan el sexo como práctica nociva y esos que lo más cerca que han estado de una mujer ha sido en las fantasías sexuales que mantienen mientras se masturban. ¿Por qué no empiezan predicando por el ejemplo? Es absurdo que un hombre o mujer que se entregue a su fe no pueda compatibilizar su trabajo de sacerdote con el de tener una familia respetable ¿A que esperan para hacer sacerdotes a los padres de familia? ¿Por qué una mujer no puede ser la máxima responsable de la Iglesia católica? ¿Por qué las altas esferas de la Iglesia están tan masculinizadas?. Podría incluso ampararme en los argumentos que tanto utiliza la Iglesia y decir que su comportamiento es “antinatural”. Los que condenan la homosexualidad como una práctica en contra de las leyes de Dios deberían saber que en el mundo animal es mucho más fácil encontrar casos de animales invertidos que animales asexuales. Constantemente están diciendo que dios creó al hombre y a la mujer y el matrimonio sólo es concebible entre estos dos géneros, pero olvidan su propio estado de renuncia considerándolo “normal”. ¿Sería lógico que una persona se vendase los ojos porque cree mucho en dios y quiere entregarse a él? ¿Entonces por qué es lógico renunciar a su sexo porque quieres entregar tu vida a dios?

El respeto es uno de los principales lemas del catolicismo. Por lo tanto deberían comenzar a respetar los gustos y las preferencias de la sociedad. Deberían adaptarse a las nuevas tendencias de la juventud. Deberían saber que para formar una familia antes es necesario tener un buen trabajo y un buen piso. Cosa prácticamente imposible hoy en día para la inmensa mayoría de los jóvenes. Deberían abandonar sus consignas arcaicas, modernizarse, y considerar compatible tener hijos con repartir hostias. No deberían criticar a un gobierno que lo único que ha hecho ha sido normalizar los derechos de los homosexuales. Sobran los comentarios de los cardenales que han dicho que Zapatero es como un dictador por no haber acudido a la misa del Papa.

¿Es que olvidan que este país, en teoría, es un estado laico?

Las televisiones y la Iglesia todavía no se han enterado. Por eso seguimos pagando eventos religiosos del bolsillo de todos

Madrid

Llegué a Madrid un poco más tarde de lo previsto. Salva, mi anfitrión, me llamó para decirme no podía venir a recogerme y me indicó qué línea de metro debía coger para llegar hasta su casa.
Salí de la estación y me dirigí al metro. Pregunté a una chica guapa (ya que tienes que preguntar a desconocidos hay que aprovechar para hacerlo con la que esté más buena de todas) dónde se encontraba la parada de metro más cercana. Ella me dijo que continuase recto por esa misma calle y enseguida la vería. Seguí por la avenida pero no veía la parada por ninguna parte, crucé de acera y tampoco. Le pregunté a otra mujer (esta no estaba buena) dónde estaba el metro. Ella me miró como si fuese gilipollas y me dijo: “lo tienes ahí delante”. Había pasado por delante y no me había enterado, podría incluso haberme caído por las escaleras mientras buscaba a lo lejos la parada.
Bajé con paso firme y seguro por la escalerilla mecánica. Compré un billete, metí el ticket en la puerta del metro, avancé por el torniquete de acceso con mi maleta y comprobé que mi maleta y yo no cabíamos por allí, pero me di cuenta demasiado tarde, ya me había quedado encallado entre los hierros. Miré a los lados para comprobar que nadie me estaba viendo protagonizar tan vergonzoso espectáculo. Pero un inmigrante que pasaba por allí se tomó esa mirada como una petición de ayuda y vino en mi rescate. Cuando vi que dirigía hacia mí hice más fuerza y me liberé, posiblemente lo único que querría era robarme la cartera.
Avancé por el túnel del metro. Me sentía incómodo. Odio esa horrible sensación de ver que todo el mundo sabe a dónde se dirige menos yo. Miré los letreros y vi el andén que se dirigía hacia la parada donde vivía mi amigo. Subí al metro y me senté.

Quedaba menos para llegar.

Salí del metro y nos saludamos. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Salva iba acompañado y me presentó a su amigo.
- Este es mi nuevo compañero de piso, se llama Alberto.
Le di la mano.
- Encantado –dije.

Caminamos desde la parada hasta su casa, aparentemente estaba cerca, pero todo el camino era cuesta arriba y yo iba con mi mochila y mi maleta a rastras desde hacía tiempo. No se ofreció nadie para llevarme aunque fuera un simple bulto.
Cuando llegamos al portal yo ya estaba casi muerto. Tantas subidas y encima cargado...
- Menos mal que ya hemos llegado. No podía más –dije.
- Pues vivo en un tercero sin ascensor –me dijo.
- ¡No me jodas!

Subimos las escaleras y por fin entramos en casa. Salva convivía con otros tres compañeros de piso italianos que estaban de Erasmus. Todos ellos estudiaban veterinaria. Nos presentaron. Se llamaban Elena, Eugenio y Verónica, estos dos últimos eran novios. Por lo visto Verónica volvía a Italia esa misma noche. Salva había colgado en el comedor una cartulina en la que ponía que la echaría mucho de menos y que la quería mucho. Ella cuando la vio se echó a llorar. Según me dijo era la mejor compañera de piso que había tenido desde que estaba viviendo en Madrid.
Alberto estaba allí para ver su nueva habitación. Le gustó bastante. Dijo que a partir de mañana comenzaría a traer sus trastos y ya se quedaría a dormir. A todo esto yo seguía en el comedor con mis maletas esperando que alguien me dijera dónde puedo dejarlas, pero sentí por unos momentos como si no existiera, como si fuese sólo un fantasma.

- ¿Dónde puedo dejar los trastos? – pregunté.
- Donde quieras.
- ¿Dónde quiera?
- Pues allí mismo, en mi habitación.
- ¿Pero esa no es la habitación que va a ocupar tu nuevo compañero de piso?
- Sí, pero no viene hasta mañana, hoy podrás dormir allí.

A mí en realidad me daba igual dormir en una cama que en un sofá. Al fin y al cabo me habían ofrecido un sitio para dormir y con eso me sobraba. La cuestión es que no sabía bien dónde dormiría, ya que entre idas y venidas de gente, cambios de habitaciones y demás, aquello estaba un poco caótico esos días.

En la casa había una perra. Era de Verónica. Tenía un león de peluche al que no paraba de follarse. Ellos decían que era el novio. Verónica preparaba las maletas para marcharse esa misma noche. Había un sabor de despedida en el ambiente. Los Erasmus siempre lloran cuando se van. Salva me dijo que me duchase si quería. Me preparé la ropa y la toalla y me metí en la bañera pero había un problema con el agua caliente. Llame a Salva y él me dijo que de vez en cuando el agua caliente no salía, que tenía que esperar. Esperé un buen rato hasta que por fin saló el agua.
Cuando viajo siempre suelo olvidarme de algo. Esta vez había olvidado el champú y el jabón, pero no era un gran problema, allí habían miles de botes de todas clases. No echarían en falta un poco.

Al salir, Salva me dijo que tenía pensado ir al aeropuerto para despedirse de Verónica, pero había decidido que no, que allí lo pasaría muy mal y no quería ponerse a llorar más y pasar otro mal trago. Mejor era despedirse ahora y salir un rato para divertirnos.

Cenamos un poco, Salva me preparó arroz blanco, con atún y mayonesa, todo crudo. No estaba mal. Cuando hay hambre todo está bueno. Verónica ya se tenía que ir, estaba ultimando los preparativos, preparaba la jaula para meter a la perra, pero no cabía el novio de la perra. Decidió atar el peluche con cinta aislante a la parte superior de la jaula de viajes y nos mostró cómo había quedado.

- ¿Creéis que si ato al peluche ahí me dejarán pasar?

Llegó la despedida. Besos, lágrimas, promesas futuras de volver a verse que seguramente no se cumplirán y un adiós seco que contiene un lamento. La puerta se cerró y se esconden para llorar, se refugian en sus habitaciones y después pasan por el cuarto de baño para lavarse la cara y disimular que han llorado. Hay que ser fuertes. Hay que olvidar.

Salva habló un rato por teléfono y cuando acabó me dijo:

- He quedado a las once con un amigo. Saldremos un rato y olvidaré las penas. ¡Cuánto quería a mi niña que se ha ido!
- ¿Dónde iremos?
- Vamos a Chueca, es la fiesta del orgullo gay.
- Ahh...
- ¿Sabes que todos mis amigos son gays?
- Me contaste que tenías un amigo gay. Pero no sabía que todos eran gays.
- Pues con los que vamos hoy son gays.
- Vaya, vaya...
- ¿Qué?
- Nada, a mí no me importa...
- Pues vamos.

De nuevo en el metro le volví a preguntar.
- ¿Y a qué sitios iremos?
- Ya lo verás.
- ¿Y si me hacen algo?
- ¿Qué te van a hacer?
- Yo que sé, si me acosan o algo. Tú cuida de mí.
- No te harán nada. No te creas que los gays van por ahí metiendo mano.
- No, no creo eso, pero tú no me dejes solo en ningún momento.
- ¿Tienes miedo o qué?
- No. No tengo miedo. Pero yo que sé.
- Si es divertido, ya verás.
- ¿Pero tú por qué vas allí?
- Porque voy con mis amigos.
- ¿Y si te entra un tío?
- Pues me gusta divertirme, yo nunca dejo claro lo que soy, me gusta meterme en el juego, y si veo que un tío me mira yo también lo miro de vez en cuando. Es divertido.
- ¿Te gusta ser ambiguo?
- Sí, es divertido. Pero además, ya verás que allí no todos son homosexuales, hay heterosexuales y de todo. Una vez ligué con una tía por allí.
- ¿Ah sí? ¿Y qué tal?
- Nada, me dijo “qué pena, por aquí no hay nada que hacer, todos son gays”, y yo le dije “pues para eso estoy yo”. Y acabamos liados. Ah, y otra vez, también ligué en una discoteca de ambiente con una tía y acabamos dos tíos y dos tías en una cama.
- ¡No jodas!
- Sí, y te puedo asegurar que allí pasó de todo.
- ¿Pero qué me estás contando?
- Lo que oyes.
- Cómo has cambiado desde la última vez que te vi.
- No lo sabes tú bien, y eso que todavía no has visto mi faceta drogadicta.
- Madre mía Salva....

Las calles estaban repletas. Su amigo se estaba retrasando. Por lo visto todo el mundo había decidido quedar en la misma esquina que nosotros.
- Siempre se retrasa este cabrón. No hay día que llegue puntual.

A mi lado había un grupo de chicos que también esperaban. Llegaron las personas que estaban esperando y comenzaron a darse dos besos entre todos. ¿Era lo normal en Madrid o era lo normal en los gays?

- Se saludan así – me dijo Salva como si me hubiese leído el pensamiento.
- Entiendo...

A los diez minutos llegó el amigo de Salva. Cuando se vieron se dieron dos besos. Yo no pensaba darle dos besos. Yo no soy gay. Yo nunca he hecho eso. Yo soy un hombre.
- Fredy, este es Diego. Diego este es Fredy.
Yo no pensaba darle dos besos, no pensaba darle dos besos ni loco, yo no doy dos besos, no pienso darle dos besos, nada de besos.

Se acercó a mí y nos dimos dos besos.

Bueno, pero yo no soy gay, he dado dos besos para ser educado, porque ellos se saludan así, para no hacer el feo, para que no me pegasen, para quedar bien.
- Es de Valencia, ha venido a verme y a matricularse en la universidad – dijo Salva.
- ¿En qué carrera te vas a matricular?
- Todavía no lo sé.
- ¿Y qué? ¿Ahora de fiesta no?
- Sí, a ver qué hacemos.
- ¿Es la primera vez que vienes a Madrid?
- No, ya he venido otras veces. Pero a este sitio no he venido nunca.
- Así que es tu primer orgullo gay...
- ....

Diego comentó que había quedado con unos amigos y fuimos allí. Nos metimos por el tumulto. Según me contaban, estos días eran como las fiestas del barrio, había escenarios en cada calle, muchísima gente, espectáculos, conciertos... Los gays se lo “montan” bastante bien. Al menos ver todo aquello era curioso y divertido. Podría contarlo al volver. Un paleto de pueblo cerrado que ha estado en las calles de Sodoma. Toda una aventura.
Llegamos al lugar indicado. Diego saludó a su amigo, que iba acompañado por otro chico y dos personas más. Dos besos de cortesía. Dios mío. ¿Y si se le ocurría presentar? No lo había acabado de pensar, cuando de pronto dijo a sus amigos:

- Vengo con dos amigos, con Salva y Fredy.

Y uno por uno vinieron, se fueron presentando, el amigo de Diego, se llamaba Carlos, su novio, no me acuerdo como se llamaba. Y otros dos que tenían casi cuarenta años y hablaban de forma muy afeminada. Dos besos para cada uno. Ya me estaba acostumbrando. No tenía personalidad, no era capaz de decir que no, que yo no daba dos besos a ningún tío, que por mis santos cojones no se me acercasen. Pero bueno. No pasaba nada malo.

- ¿Cómo estás putilla? – Le dijo Carlos a Diego.
- Nada, aquí, a ver si lo pasamos bien.

Diego se vino hacia nosotros, habíamos pedido una cerveza, y nos dijo por lo bajo:
- ¿Has visto qué guapo es el nuevo ligue de Carlos? ¡Pero qué cabrón! ¿Dónde lo habrá conocido? ¡Pero qué bueno está!

Luego vino uno de los dos cuarentones, el más marica de los dos, Rafa, y sin más dilación nos pregunta a mí y a Salva.
- ¿Sois pareja u os habéis acabado de conocer en una sauna?
Salva me miró, esperaba que contestase yo. Yo miré a Salva y le dije.
- Eso depende de él.

¿No le gustaba ser ambiguo? Pues se iba a enterar.

- ¿Eres activo o pasivo? – le pregunta Rafa a Salva.
- No te lo pienso decir –contestó.
- ¿Y tú? – me preguntó.
- Yo soy neto.

Era una maricona impresionante, tenia el deje de la mano, la voz afeminada y era un promiscuo irremediable.

- ¿No bailáis? – Nos dice.
- Yo no sé bailar –contesté.
- ¡Venga moved el coño!

Y se puso a bailar él solo mientras sonreía a todos los chicos que pasaban por su lado. Y en eso se nos acercó su amigo.
- Mi marido siempre hace igual –nos comentó- está más loca...

Estaban casados. Nos dijo que llevaban diez años juntos, y que hacía seis meses que estaban casados.

- Pero eso sí –decía-, estar siempre con el mismo cansa, por eso cada uno nos buscamos la vida. Lo divertido es cuando uno de los dos se trae un ligue a casa y tenemos que disimular, decimos que somos compañeros de piso. Anda que no nos divertimos. Aunque a veces hemos llevado un ligue y hemos terminado los tres juntos. Una vez acabamos cinco en la cama. Pensaba que se iba a hundir. Aunque sigo prefiriendo un trío, que tanta polla por ahí ya no sabes qué hacer con ella.
- ¡Ay que golfa eres! – le dice el marido.

En ese momento pasó un negro alto por nuestro lado y Rafa, la maricona mayor, se puso a gritar.

- ¡Madre mía! ¡Qué negro! Con un tío así enseguida me pongo a cuatro patas y dejo que me meta todo y que me reviente entero, ¡Oh! ¡Qué gozada!
- ¡Ya te digo! ¡Menudas polla tendrá! - contestó el marido.

Yo ya estaba alucinando, había ido a parar con las peores mariconas de Madrid, estaba en el peor sitio que podría estar en el mundo ahora mismo.
Mientras tanto, Diego y su amigo hablaban.

- Por cierto Diego -dijo el amigo-, me han contado por ahí que tú eres muy pasivo.
- ¿Quién te ha dicho eso?
- Pues una persona que tenemos en común, que me dijo que te ha follado.
- ¿Quién?
- No te lo voy a decir.

El marido de la maricona, el que parecía más formal, seguía dándole al palique. Me preguntó de dónde era. Le dije que de Valencia y que yo era un paleto de pueblo que era la primera vez que estaba allí y veía algo así.
- ¿Pero eres hetero?
- Digamos que sí.
- Yo creo que tú eres el típico de pueblo que se lo tiene callado.
- No creo.

Una cosa que aprendí, es que todos los homosexuales intentan convencer a los heterosexuales de que no lo son con la única intención de metérsela y te comen la cabeza con eso de que hay que probarlo para saber si te gusta, etc.

- Pues mira -me dijo-. Precisamente en Valencia me llevé la mayor decepción de mi vida. ¿Conoces la playa de Xeraco?
- Por supuesto.
- Pues yo también tuve una época hetero, como tú. Y bien, yo entonces tenía 17 años y estaba con una chavalilla, y estábamos en la playa dándonos el lote. Entonces, unos tíos se pusieron delante de nosotros, y vimos que todo el rato estaban mirándonos. Yo le dije a ella: “esos tíos parece que te estén mirando todo el rato”. Y ella se dio cuenta también. Pero de pronto los tíos comenzaron a tocarse, y al rato estaban dándose por el culo. ¡Allí en medio! En serio tío, en mi vida he visto algo igual. La cuestión es que me puse cachondo y me empalmé. ¡Al que miraban era a mí! ¡Madre mía cómo me puse! Tuve que comenzar a sobar a mi novia para que no se diese cuenta que me empalmé viéndolos y se pensara que mi erección era por ella.

Comencé a descojonarme por la extraordinaria historia que me había contado. Era una historia de blog. Esto se debía contar. El tío continuaba:

- A partir de ese día me di cuenta que no podía ocultarlo más. Esa tía fue con la última con la que estuve. Yo era maricón desde los catorce, de toda la vida, vamos.

El marica mayor, se acercó a Diego y le metió la mano en los huevos y se puso a mover los dedos como si moviese una campana y a decir:

- Trololololololon ¡Qué vienen los indios!

Hasta Diego, que era gay reconocido, se echó atrás ante la presencia de este peligroso salido. Luego la maricona vino a por mí.

- Qué guapo eres. Antes de que acabe la noche te habré dado un beso.

Me dieron arcadas. Cuando de pronto me cogió y me dio un beso en la mejilla. Me apresuré a apartarme, eso sí, con gesto simpático porque no quería que me pegasen y me limpié la mejilla con asco. ¿Y si alguien que tenía SIDA se acababa de correr en su boca y aun tenía semen en la saliva y al darme un beso se queda una gota de saliva infectada y traspasa un poro de mi piel qué?

Me tomé otra cerveza y no me separé de Salva en ningún momento. Yo no sabía que los homosexuales eran así. De hecho estoy seguro de que no son así, lo que pasa que habíamos ido a parar con los más salidos. O al menos quería pensar eso.

- ¿Esto es normal Salva?
- No, yo nunca he conocido a unos así.

De nuevo vino el marido de la maricona.

- Qué guapo es el novio de tu amigo ¿No? Sólo por los ojazos que tiene ya me lo follaba.

La verdad es que el chico parecía sacado de un anuncio de la tele, podría ser modelo perfectamente. Con la de tías que se podría tirar ese tío y estaba allí, con unas mariconas que se hablaban en femenino y con un imbécil que no sabía ni qué hacía allí metido.

Decidimos desplazarnos. Pasamos por medio de mogollón de gente, en un escenario se estaba haciendo un desnudo integral. Pero de un tío. Toda la gente gritaba y aclamaba. Pasé junto a una esquina, siguiendo a mi amigo, no sabía exactamente a dónde íbamos, cuando de pronto sentí una mano en mi culo. ¡Me estaban tocando el culo! Miré atrás. ¿Quién cojones había sido? ¡Me cago en todo! Estaba todo lleno de gente. Diablos. Era imposible saberlo. De todas formas si lo hubiese visto no sé qué le podría haber dicho. ¿No me toques el culo hijo de puta maricón? No podía decir eso en medio de esa covacha de sodomitas. Me lincharían.

La maricona iba saltando y gritando por todos los sitios. A todos los chicos les decía algo. No importaba saberse los nombres, con eso de querida, amor, guapa y chica tenían la papeleta solucionada.
Un tío pasó por su lado. Parecía serio.

- ¡Chico¡ ¡Pero qué pálido estás! ¡Alegra esa cara joder!
- Tío... no le digas eso. A ver si el pobre tiene el sida –le contestó Diego.

Íbamos en fila india porque era imposible caminar de otro modo.

- ¡Mira¡ ¡Parece que estemos haciendo un trenecito! – dijo la maricona.
Y todos empezaron a reírse.

Al principio lo estaba pasando bien. Era curioso ver a parejas de homosexuales y de lesbianas besarse tranquilamente. Era una fiesta de la libertad, del respeto y de la tolerancia. Con esa fiesta se demostraba que todo el mundo podía convivir independientemente de sus preferencias sexuales o de sus ideologías. Estaba muy bien eso. Servía para abrir la mente. Pero llegó cierto punto que vi la fiesta para abrir la mente en realidad era una fiesta para abrir el culo. Como atracción de feria estaba bien. Pero yo ya tenía suficiente. Me quería ir, pero de mí no dependía y tampoco tenía ningún lugar al que ir, ni conocía a nadie, así que tendría que esperar hasta que a Salva le diese la gana volver y yo no pensaba ser una carga para él, no iba a decirle que quería irme, no quería aguarle la fiesta, así que preferí callar y aguantar lo que se avecinaba.

Después fuimos a un garito donde Salva había quedado con un antiguo excompañero de piso. Según me dijo se tuvo que marchar de ese piso porque el tío se enamoró de él y no le dejaba en paz. Constantemente reclamaba su atención e incluso le dieron ciertos ataques de celos. Él no pudo soportar más y se marchó de un día para otro. Cuando se lo comunicó, el tío se puso a llorar y lo pasó bastante mal. Este era un gay sentimental. Aún así quedaban de vez en cuando. Salva decía que lo hacía como favor personal, porque él no paraba de llamarle y tampoco le importaba verlo aunque fuese una vez al mes. Pero nada más.

Al fin perdimos al matrimonio de homosexuales de vista. Eran divertidos, me había reído mucho con sus historias y viendo todo lo que hacían. Pero yo ya tenía suficiente.
Ya eran casi las cuatro de la madrugada. Tan sólo éramos cuatro. Salva, Diego, Javi (el antiguo compañero de piso de Salva) y yo. Pensé que ya nos íbamos a ir a casa. Pero empezaron a hablar entre ellos.

- ¿A qué discoteca vamos hoy? – preguntó Diego.
- Pues a la Hom, que está más cerca – dijo Salva.
- Sí, hoy debe haber buen ambiente allí –dijo Javi.

Nos pusimos en camino hacia la discoteca. Me puse al lado de Salva y le pregunté:
- ¿Vamos a ir a una discoteca?
- Sí.
- ¿Y está bien?
- Ya la verás. Por cierto, mira por el suelo y si ves alguna invitación como esta la recoges, así te ahorras tres euros en la entrada.
- ¿Qué vale la entrada?
- 13 euros y con el descuento 10.
- ¿Y está bien la discoteca?
- Ya la verás.
- Vale.

Llegamos a la calle donde estaba la discoteca. Había una cola inmensa. Todo el mundo parecía querer entrar allí. Pronto reparé en un pequeño detalle: Toda la gente que había en la cola eran tíos menos 2 o 3 tías.
Le pregunté a Salva por lo bajo.
- ¿Dónde me has traído?
- A una discoteca de ambiente.
- ¿Pero a ti te gusta eso?
- No, pero es divertido.

No dije ni mu. Comencé a mirar a la gente que estaba en la cola. Calvitos, afeminados, hombres barbudos con sombreros de cuero, altos, bajos, cachas, gordos. Dios santo. Me iba a meter en el peor antro del universo. Eso era un bullicio de lujuria y perversión. Seguramente habrá un cuarto oscuro donde la gente se contagiará el sida. Yo no pensaba entrar allí, debía decir que yo no entro, que yo me voy, que quiero ir a un sitio de heterosexuales o que quiero irme a casa. Vale que vaya a Chueca para ver la fiesta por la curiosidad y eso. Pero allí dentro ya era demasiado. Debía decir algo pero no me atrevía. Soy un cobarde. ¿Pero a dónde me iría? Yo no tenía piso, no estaba alojado en un hotel, dependía de él y él tenía intención de entrar, además, parecía que tenía muchas ganas de entrar. De pronto Diego se gira y comienza a decir:

- Joder, me he puesto cachondo escuchando la conversación de estos dos que van delante en la cola. Uno le estaba diciendo a otro: “cariño, yo entro pero sólo si tu te sientes cómodo, no quiero que estés mal, si te sientes incómodo en cualquier momento me lo dices y nos vamos, pero no quiero que estés mal si me ves con otro”.

Santo Dios. Santo Dios. ¿Dónde coño me iba a meter?

Mire al cielo con la esperanza de encontrar alguna señal del cielo y me encontré con una bandera de 20 minutos. Resultaba que en la primera planta de aquel edificio estaba la redacción del periódico. La redacción donde trabajaba el ezcritor . ¿Eso era una señal? ¿El ezcritor sabe que la redacción del periódico en el que trabaja está asentado sobre un local de perversión y lujuria?

Lo estaba pasando mal. De pronto escuché la conversación de una pareja heterosexual que estaban justo detrás de mí en la cola. El chico le decía a la chica que lo único malo de la discoteca es que a veces la gente va muy salida y se acerca por detrás y te restriega la cebolleta un poco y las tienes que apartar.

¿Dónde cojones me iba a meter? ¿Por qué ese degenerado iba a meter a su novia en un sitio como ese? ¿Es que se aburren y no encuentran un lugar mejor? ¿Por qué no van a follar y se dejan de tonterías? Debía abandonar aquel lugar. Yo no pensaba entrar allí y mucho menos pagar 10 euros por ver a una manada de maricones. Allí me violarían. Me confundirían. No era un lugar hecho para mí. No quería entrar. ¡No por favor!

Mientras la cola avanzaba yo palidecí. En mi cabeza sólo sonaba una pregunta.
¿Qué cojones hago aquí?
¿Qué cojones hago aquí?
¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí?
Debo irme.
Debo irme.
Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme.

Y mientras no paraba de repetirme lo mismo llegué hasta la entrada y el de la puerta me dijo:

- Son diez euros.

Saqué diez euros y los di. Hacía meses, creo que más de un año, que no pagaba un céntimo por entrar una discoteca normal, y ahora estaba pagando por entrar allí.

Atravesé el umbral de la puerta y me metí en aquel oscuro abismo.

Estalla la guerra

Debería estallar una guerra. Un gran conflicto que agite las conciencias de la gente y que movilice a toda la juventud que deambula por las calles sin ningún ideal. Deberían meterles los teléfonos móviles por el culo. Deberían rapar el pelo a todos esos que quieren parecerse a Fernando Torres y enviarles al frente para que luchen contra los enemigos. Necesitamos que pase algo que haga hundirse todas las bolsas, que quiebren todos los bancos, que escaseen los alimentos y que la gente se mate entre sí. Necesitamos despertar del sueño que nos produce un nivel de vida cómodo. Ya está bien de tanta tontería, de tanta máscara y de tanto engaño.
Es por eso que he decidido volver a la guerra. A partir de la semana que viene voy a iniciar de nuevo mis andanzas por los puestos de telefonía. Sí, queridos amigos, aquellos stands que tanto he criticado y de los que huí hace un año como de la peste. Os pensaréis que tengo una actitud sadomasoquista y que soy un charlatán que se contradice. Pero necesito dinero y para conseguirlo tengo que trabajar un poco, y nada mejor que volver al lugar que más odio para ganarme los cuartos. El trabajo será hasta final de agosto, y tan sólo trabajaré los fines de semana. Es decir: Viernes, Sábados y Lunes (incomprensiblemente el lunes es uno de los días que más teléfonos móviles se venden a lo largo de la semana, a todos les da por comprar los lunes, si alguien sabe el porqué que me lo explique por favor). Con esto podré sentir que hago algo útil este verano y conseguiré inspirarme para escribir nuevas historias con las vivencias que me sucedan en aquel antro. Me moriría si no escribiese las anécdotas y putadas que ocurren en un puesto de trabajo con tanto trato humano.

He tenido que ir a Valencia para firmar el contrato. Mientras paseaba por las céntricas calles de Valencia he vuelto a sentir el asco que me produce el lugar. La gente me parece que está acartonada. Por esas calles camina demasiada gente vestida con corbata, grandes ejecutivos, empresarios y hombres de negocios que arrastran una bola de plomo invisible encadenada a sus pies. La alienación ya no es propia de los estratos sociales más bajos, ahora atrapa también hasta a los directivos de las compañías más importantes. Todos ellos se cruzan con jovencitas trabajadoras, bien vestidas y acicaladas, que muestran sus generosos escotes a esos hombres de negocios casados, puteros y que se suelen acostar con su secretaria mientras le tiran los tejos a la nueva chica que ha entrado de prácticas.

Cuando he llegado a la empresa he visto al jefe echar un puro a unas azafatas de congresos. El jefe les decía que había recibido quejas sobre ellas, les explicaba que no debían de estar allí esperando a que alguien se acercase para ayudarles, tenían que ofrecerse constantemente, debían poner ganas e interés, debían ser competentes. Después las amenazó con no llamarlas más si seguían con esa actitud. Para colmo, le informaron que vieron a una de ellas tomarse un café en la cafetería del congreso. Algo imperdonable por lo visto. Cuando el jefe vio que yo estaba allí cambió su rostro y con una actitud muy amable y un tono muy cordial, me invitó a que esperase 10 minutos fuera y que me tomase un café o algo. Ese cambio de actitud tan brusco demostraba que era un gran actor, no se puede estar cabreado con unas personas y de pronto dirigirte a otra tan amable, y después volver al tono de antes. Lo que no sé es con quién fingía: si con ellas o conmigo. Salí de allí y entré en el bar más cercano que había. Me dirigí a la barra, en la cual no había ni una silla para sentarse y pedí un café con leche. El camarero me preguntó si quería tomarlo en la barra o en una mesa, supuse que lo preguntaba porque había distintas tarifas dependiendo del lugar, así que decidí tomármela en aquella incómoda barra, de pie, y con ganas de irme de allí cuanto antes. En una zona tan comercial hay que pagar incluso por sentarse, los espacios públicos no son públicos, son de las empresas, necesitas pagar por todo, a este paso pronto nos invadirá la moda europea de cobrar por entrar en los servicios para poder echar una meada. Mientras tomaba el café estuve reflexionando sobre las azafatas de congresos. Una vez conocí a una chica que trabajaba de azafata y me contó que en los congresos tienen que estar aguantando a los empresarios salidos que intentan conquistarlas de forma insistente, los hay que incluso les ofrecen dinero por acostarse con ellas. Se rumorea que muchas se ganan un sobresueldo con este tipo de actividades. Creería que sería una leyenda urbana si no fuera porque traté con esa gente cuando trabajé de botones en un hotel. Aún recuerdo cuando algunos de ellos me ofrecían suculentas propinas por buscarles una buena puta.

Al volver a la empresa me extendieron mi nuevo contrato y lo firmé. Me sorprendió descubrir una nueva cláusula que no figurabaen el anterior contrato que decía así:

"El trabajador se compromete a guardar silencio por los secretos comerciales, métodos, procedimientos, datos comerciales o industriales u otra información de naturaleza confidencial (...) El trabajador velará, con la debida diligencia profesional, por la seguridad de la información del contrato de trabajo, impidiendo que terceros puedan acceder a dicha información, obligándose a no transmitirla, almacenarla en cualquier sistema de almacenamiento, reproducirla por cualquier medio de duplicación manual o electrónico, mecánico, óptico o cualquier otro medio, ni sustraerla o hacerla pública en cualquier forma o manera. La inobservancia de las obligaciones anteriormente descritas se considerarán incumplimiento grave y culpable del trabajador, siendo considerado como falta susceptible de la sanción disciplinaria que en Derecho corresponda"

No tengo ni pajolera de leyes, no entiendo ni lo que dice, pero esto parece una amenaza a todos aquellos que les gusta publicar en sus blogs las miserias internas de sus empresas. Ya se han dado casos en los que algunos bloguistas han puesto verdes a sus empresas y en los buscadores más conocidos aparecían esos blogs cuando introducías en nombre de la misma y han tenido pleitos por eso. De todas formas yo no tengo nada que temer, todo esto es pura literatura, como bien sabe la gente que me conoce personalmente, todo lo que hay publicado aquí es fruto de mi imaginación delirante, los personajes que aparecen son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Así que tentaremos a la suerte un poco, veremos hasta dónde está el límite y si me echan me importa un pito: me harán un favor.

Y ahora partiré a Madrid, este fin de semana me marcho. No es que quiera asistir a la manifestación por el orgullo gay, más bien quiero echar una preinscripción para solicitar plaza en las universidades de allí. Todavía no he escogido ninguna carrera en Madrid, pero ya lo decidiré. Sin embargo, en Valencia ya he echado la preinscripción y he optado por poner como primera opción periodismo, pero mi nota es insuficiente, así que seguramente me acepten en comunicación audiovisual.

¿Los resultados de selectividad? Pues desconcertantes. He aprobado pero con notas muy diferentes a lo que me esperaba. Pensaba que la nota más alta sería la de lengua castellana y sólo he sacado un 7,3. Sin embargo, en otras asignaturas que esperaba una nota más mediocre como en historia o historia del arte he sacado un 9 y un 9,5 respectivamente. Incluso he sacado más nota en mi odiado valenciano (8,7) que en castellano, que ya es sorprendente, y eso que apliqué en la asignatura lo mismo que sabía de castellano pero traducido. En geografía las cosas también funcionaron bien, y saqué un 8,5, y en mi temido examen de inglés conseguí superarme y alcanzar un 6,6. No está mal para no saber nada. Por otro lado, como era de esperar, en latín he cosechado un estrepitoso fracaso con un 2,5. Aunque la nota es mucho más alta de lo que en realidad merecía, puesto que hice una traducción literal de diccionario y me inventé los tiempos verbales. Por lo visto aquella nota de disculpa que puse al final del examen conmovió al corrector y me puso ese 2,5 completamente inmerecido. Gracias señor corrector, si lees esto. En total una media de 7,2 en el selectivo y un 7,14 de nota media definitiva. Bastante mediocre para las expectativas que me marqué al principio.

¡Hasta pronto gentes!



El muerto al hoyo y el vivo al bollo

 

Las sirenas que sonaban en el exterior llamaron mi atención. Me asomé al balcón y vi una patrulla de la Guardia Civil y una ambulancia dirigiéndose a toda pastilla hacia el paseo marítimo.

Traté de averiguar qué estaba pasando y dirigí la mirada hacia la playa. Se había formado un tumulto. Al parecer, había una persona tendida en el suelo. Rápidamente, los agentes se abrieron paso entre la multitud y pude ver que se trataba de una señora, de unos cincuenta años y de complexión gruesa. Los operarios de la samu iniciaron el proceso de reanimación. Los guardias civiles trataban de alejar a los curiosos para que no entorpecieran el trabajo de los médicos, pero la gente seguía el espectáculo desde la distancia. Las madres más cautelosas mandaron a sus hijos a casa. No querían que los niños presenciasen el macabro desenlace que se auguraba en el ambiente.

 

Un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto tiempo pasó. Los de la Samu se levantaron y dieron por concluido el trabajo: no fue posible reanimar a la señora. Algunos curiosos habían perdido la paciencia y se fueron, pero habían sido sustituidos por otra tanda de curiosos que alargaban el cuello como pavos para ver qué estaba pasando. Querían presenciar la muerte en directo. La agonía de una persona que estaba debatiéndose entre la vida y la muerte.

 

Algunos de los que estaban con sus toallas cerca de la fallecida se marcharon angustiados, otros, más prácticos, cogieron sus bártulos y se desplazaron unos cien metros para alejarse del molesto dispositivo que había montado y poder seguir disfrutando de aquel maravilloso día de verano.

 

Los de la cruz roja taparon el cuerpo y para evitar las miradas curiosas de la gente, los guardias civiles colocaron a cada lado de la fallecida dos sombrillas abiertas y tumbadas. El espectáculo parecía haberse terminado, pero de pronto llegó una señora, acompañada por un agente, que se avalanzó sobre el cuerpo y comenzó a llorar desconsolada frente al cadaver. Agarró con sus manos el rostro del cuerpo, incrédula, suplicando y maldiciendo con un llanto desgarrador el maldito destino que le había arrebatado a su ser querido. Los agentes trataron de animarla y alejarla, pero nadie puede consolar a alguien que acaba de perder a un ser querido.

 

La Samu se fue. Los guardias civiles se quedaron. Comezó la larga espera para que llegase el juez y autorizase el levantamiento del cadaver. Era medio día y posiblemente estaría almorzando. Quizá por eso tardó tres horas en llegar. Durante ese tiempo, la gran mayoría de curiosos que estaban allí se fueron marchando poco a poco. Pensaron que ya no quedaba mucho más por ver. Yo seguía en la terraza del apartamento como uno más. Incrédulo ante lo que estaba aconteciendo. La espera se hacía infinita. Alrededor del cadaver con las dos sombrillas tan sólo estaban los guardia civiles custodiandolo. A un radio de cien metros todo iba volviéndo a la normalidad. La gente fue llegando a la playa. Los niños comenzaron a jugar con la pelota a pocos metros de allí. Vida y muerte estaban conviviendo con total harmonía, como en las más sagradas familias budistas del Tibet. Por fin se había contagiado algo de la cultura oriental a este mundo sin espíritu. Completa indiferencia. Llegó un momento en que los niños que jugaban a fútbol le dieron a la pelota muy fuerte y llegó hasta el radio en el que no había nadie. El niño se apresuró a ir a por la pelota, sacándola de un pelotazo hasta donde aguardaban los amigos.

 

Ahora que había llegado el verano, la gente solía comer en las terrazas. A mediodía, cuando sales a comer al balcón, siempre puedes escuchar las conversaciones de los vecinos, que hablan mientras se escucha el habitual tintineo de los cubiertos. La gente salió a sus balcones como siempre, y comieron disfrutando de la brisa del Mediterraneo, del paisaje de sus aguas, y del tufo a muerto que desprendía la playa, pero eso no importaba.

 

La gente que paseaba por la orilla de la playa, cuando veían que había un cuerpo tapado, se paraba preguntándose si era posible. Todos reaccionaban igual: paraban, observaban, se miraban entre ellos, se preguntaban si estaba muerta la persona, se sorprendían un poco y luego continuaban el paso. Era sólo un muerto tapado al que se le veían los pies. Nada interesante.

 

Durante ese tiempo a mí también me dio tiempo a comer y aunque no entendía muy bien por qué, seguía pendiente de lo que estaba pasando en la playa. La gente se bañaba, los niños jugaban a la pelota, otros tomaban el Sol, otros paseaban por la playa, la gente comía en las terrazas... el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

 

Por fin llegó el juez. Nunca entenderé por qué la justicia tarda tanto en hacer las cosas. Vale que es un muerto, que no van a solucionar nada llegando antes, pero hay otros que están vivos a los que una decisión y una acción judicial a tiempo, les puede salvar el cuello. Pero lo que menos entendía era a la gente, y mucho menos a mí, que permanecí allí, más fiel que nadie, para ver qué sucedía.

¿Comunicación audiovisual o periodismo?

Estos días he estado replegado en casa y cavilando sobre las posibilidades que se me abren de cara al futuro. Tengo dudas sobre qué hacer. No lo tengo muy claro. Tampoco tengo la nota para saber exactamente qué carreras puedo elegir y dónde puedo hacerlas. Pero ya tengo hechos los esquemas básicos.

Acabo de repasar los artículos que publiqué en septiembre del año pasado cuando estaba en plena crisis existencial. No sabía qué hacer, sentía que estaba echando mi vida a perder y ahora no me arrepiento de la decisión que tomé. Ahora, gracias a eso tengo muchas expectativas e ilusiones. Hice lo que el corazón me pedía.

Gracias Marta por aquel comentario que cambió el rumbo de mi vida.

Aún no sé si la nota me llegará para quedarme en Valencia. De lo contrario me iré a Madrid a estudiar. Cuando comencé el bachillerato tenía claro que quería estudiar periodismo, pero a medida que ha avanzado el curso me he planteado más posibilidades. Ahora barajo sobre todo dos opciones: Comunicación audiovisual y periodismo. Ambas carreras son parecidas en su estructura, de hecho, las asignaturas troncales son las mismas. Pero, por lo visto, una trata más el proceso de la información y la otra las formas de transmitir cualquier tipo de información. Ambas me gustan, pero en función de las notas que saque decidiré qué hacer.

En el post que publiqué cuando estaba desesperado dije cosas como: A mí me gusta el arte, soy un artista. Tengo sueños que realizar, me gusta expresarme, me gusta causar sensaciones en la gente, me gusta plasmar cosas que no se hayan plasmado antes. Hacer cosas originales. Únicas. Me gusta hacer reír.

Creo que con eso está todo dicho. Ahora suscribo lo que dije entonces y, además, leer eso me ayuda a saber quién soy y qué quiero.

A veces es necesario volver al pasado para situarse en el presente.