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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2005. 03/10/2005¿Esperar o no esperar?-Nunca esperes nada en el amor, ya llegará solo.- Le dijeron. Días más tarde llamaron a su puerta. Se levantó del sofá desperezándose. Volvieron a llamar a la puerta. - ¡Ya va joder! Abrió la puerta y se hizo la luz. Era la mujer más hermosa del mundo, la más radiante y pura dama. Esa que había nacido sólo para él. Para vivir juntos durante el resto de sus vidas, para entregarse el uno al otro y formar un solo ser. - Hola. – Dijo la más bella dama del mundo. - ¿Qué quieres? - Soy el amor de tu vida. - Ah no no no, no espero nada ni a nadie. Te has equivocado de puerta. Adiós. Y le cerró la puerta en las narices. Desperdiciando, una vez más, la oportunidad de encontrarse con el amor de su vida. Él seguía al pie de la letra los consejos de sus amigos, no debía esperar a nadie aunque, contradictoriamente, el amor llegaría solo. 06/10/200523 Vueltas La Tierra ha dado 23 vueltas al Sol desde que nací. Esa situación planetaria es digna de celebración. ¿Reflexiones? Ninguna, no siento nada especial. No me siento ni más viejo, ni tengo una depresión, ni me he marcado ningún objetivo nuevo. No pido deseos de ningún tipo, si es que soplo alguna tarta; No creo que se cumplan, en todo caso ahora lucho por conseguirlos. No voy a celebrarlo, ni voy a montar la gran fiesta. El año pasado, por ejemplo, lo que hice fue soplar dos mecheros. Muy triste. Pero a la vez me daba igual. De todas formas, acepto regalos de todo tipo, siempre y cuando sean caros. Tampoco acepto regalos útiles, nada de pijamas, calcetines ni prendas que pueda a usar a diario, a no ser, que encontréis mi tan ansiada camiseta de “Clockwork orange” con la silueta de los drugos. Los regalos cuanto más inútiles sean mejor. Pueden ser elementos decorativos, como una bola de cristal con rayos eléctricos que cuando pones la mano te salen más rayos. Aunque... pensándolo bien, puedo exceptuar algún regalo útil como puede ser un coche o un apartamento. También, en caso de no disponer en vuestras arcas un activo suficiente para realizarme el regalo, podéis brindarme vuestros favores sexuales, siempre y cuando sea una señorita “respetable”. Y ahora, como primicia, ¡Voy a mostrarme en foto! Os voy a dejar con una imagen del eclipse proyectado sobre mi mano, característica por su sensualidad sin igual. ![]() Seguramente el hecho de coincidir el fenómeno con la semana de mi cumpleaños es un buen presagio. Hasta pronto amigos. ¡Y comprended mi ironía! ¡Gracias a todos los que se acuerden y a los que no! 10/10/2005¿Crees que el arte debe perseguir una finalidad didáctica? ¿Por qué?Para saber cual es la finalidad del arte, debemos remontarnos a su origen, y ver cuales son los hilos que mueven a un artista al iniciarse en la creación de una obra. Normalmente, el artista, cuando coge su pincel, su pluma o su herramienta de trabajo, es movido por una necesidad de expresar y decir algo fruto de una inspiración procedente del mundo real o divino. Cuando un artista trabaja, se sumerge de lleno en el éxtasis de la creación y no se detiene para pensar en lo que pueda opinar el espectador. Se establece una comunicación directa entre el artista y su obra. El artista transmite lo que quiere decir en su obra a través de palabras, pinceladas o golpes de martillo. En ese éxtasis, el único que valora la obra es el propio autor, y es al único al que le debe agradar o desagradar. Él mismo es quién valora si la obra refleja lo que quiere transmitir porque es el único que realmente va a entenderla en todo su esplendor. Una obra puede ser didáctica pero no es necesario que así lo sea, ya que, con una obra también se puede transmitir una inquietud, un sentimiento o una sensación. Cuando se imponen unos cánones en los que debe hacerse la obra, el arte desaparece y se convierte en un prisionero sin libertad. Los artistas que así lo creen (dudo que haya alguno) no se dan cuenta que tienen el mismo campo de movimiento que un albañil colocando ladrillos en el sitio que le ha indicado el arquitecto (Que es el verdadero artista) y se convierten en marionetas estéticas. ¿Qué sería de nosotros si a Jonh Lennon le hubiese dado por explicarnos el teorema de Pitágoras, o si Hamlet nos hubiese impartido clases de Barrio Sésamo? ¿Dónde quedaría el arte de Dalí si hubiese confundido un lienzo con una pizarra? ¿Qué serían de los cuentos sin moraleja de Julio Cortazar? Por el contrario, el didactismo, tiene que ver más con el receptor de la obra que con el artista. Uno puede ver un Picasso y no ver nada, otro puede ver un Picasso, interesarse en su obra y despertar un interés que puede concluir en un aprendizaje. Uno puede leer una poesía y quedarse igual, otro con una mente inquieta la lee y aprende cosas. Se puede leer una novela y pasar por alto todas las palabras y términos que desconozcamos o se puede leer una novela y buscar todos términos desconocidos y aprender cual es su significado. Hay que distinguir entre una obra de arte y tener arte para enseñar. No cabe duda que existe un arte para enseñar, al igual que lo hay para cocinar, para pelar gambas, para hacer barquitos de papel o para darle una paliza a alguien (Para otros llamado artes marciales). Sin embargo, siempre habrá gente que seguirá confundiendo una novela con un libro de texto de segundo de bachiller. Para ellos son lo mismo: Libros. Cualquier artista sabe que una creación nace dentro de su corazón. Sin ir más lejos, Leandro Fernández de Moratín, ilustrado por excelencia, uno de los principales promotores del didactismo en el teatro neoclásico, criticó en su obra “El sí de las niñas” la educación de sus tiempos. Pero detrás de ese trasfondo didactico, esconde una historia personal: la mujer a la que pretendía se casó por obligación con un primo suyo. ¿Será que los ilustrados, al contrario de lo que parece, se dejan guiar por sus sentimientos? ¿Será que ocultaban sus traumas y vivencias personales detrás de una crítica con fines didácticos? ¿Y tú qué opinas? Nota: Esto era para un trabajo de clase, pero ya que lo he escrito por lo dejo por aquí... 11/10/2005Sigo la estelaHe tenido la primera depresión del nuevo curso al ver los exámenes de selectividad, pero que no cunda el pánico porque ya estoy resarcido. Todo ha sido tras echar una ojeada a los exámenes de selectividad, he visto tantas cosas que no sabía, tantas preguntas que no sé ni de qué hablaban que al leerlo he empezado a agobiarme. Eso ha sido esta mañana, ahora estoy mejor porque pienso que con constancia y estudio podré superar toda la prueba. Tengo un pequeño truco cruel para subirme la moral en estos casos. Simplemente pienso en toda esa gente que ha aprobado segundo de bachillerato, concretamente en los que ya han aprobado y considero unos zoquetes. Ellos me consuelan, pienso ¿Si esos idiotas han podido por qué no voy a hacerlo yo? Es un viejo sistema que ya utilicé cuando me apunté a la autoescuela, cuando veía impensable el hecho de aprenderse todo el libro de tráfico. Me sentaba en las paradas de autobús y veía a los conductores de los coches que pasaban. Todos tenían cara de gilipollas y me preguntaba: Si ese idiota ha podido ¿Yo no voy a poder? Y es cuando, después de todo lo que me pasó, me tomé el teórico en serio y aprobé en menos de un mes. Todo va bien, el rodaje ya está hecho, aunque tengo la sensación de que no trabajo todo lo que puedo y quiero estudiar más. Lo que más me ha llamado la atención de estas primeras semanas ha sido la ineptitud de la profesora de latín. Desde que ha empezado el curso no hemos hecho nada. La profesora llega a clase, se sienta y empieza a mirarnos las caras, otras veces se pone a mirar sus papeles y a escribir cosas, nosotros nos quedamos sorprendidos y comenzamos a hablar entre nosotros y nos hacemos caras como preguntándonos ¿Qué está pasando aquí? Apenas ha explicado nada y lo poco que hemos hecho en clase ha sido fruto de nuestra propia iniciativa. Le preguntábamos a la profesora ¿Hacemos algo hoy? Y es cuando empezamos a analizar alguna frase o algo por el estilo. Un día incluso, en medio de la confusión, la profesora se sacó el bocadillo y empezó a cenar tan campante como si nada. Por esta y por muchas más cosas sigue siendo la asignatura que más miedo me da. Lo único que no me gusta de todo este meollo de la profesora de latín es que mis compañeros, en vez de hablar con la profesora y decirle claro que necesitan preparase, se dedican a hablar con la tutora, con el jefe de estudios, con sus madres y con todo el mundo, en vez de afrontar el problema de frente e intentar solucionarlo. Me recuerdan a los compañeros que tenía en preescolar y se chivaban al primer responsable cada vez que veían que algo estaba mal. Son los que van de correctos y que dicen “aquí estoy yo, soy una persona responsable y voy a hacer lo posible para que todo esto funcione bien”. Para mi no son más que hipócritas. Con las relaciones personales he dado pasos atrás y no lo digo porque no hable con la gente, sino por todo lo contrario, he hablado demasiado. Le comenté a un compañero de clase que conocía de vista si era de mi ciudad y me dijo que sí. Yo le dije que también era de allí. Me respondió lo de siempre: ¡Nunca te he visto! No está mal para una primera toma de contacto si no fuese porque al poco tiempo me dijo: Oye, pues mañana me podría venir contigo en el coche. Yo no podía negarme, así que acepté; ahora lo tengo en mi coche todos los días. Muchas veces me llaman mala persona por cosas como esta. Pero a mí me jodió muchísimo que se acoplara conmigo en el coche porque me encanta conducir solo. Ahora, el hecho de tener a una persona desconocida todos los días en el asiento del copiloto y tener que forzar conversaciones absurdas me saca de quicio. A mí me gusta ir solo, ir a mi ritmo, ir cantando, hurgándome los mocos, un día ir rápido, otro día ir pisando huevos... Me agobia tener todos los días a una persona esperándome. No sé si me entendéis. Es difícil, puesto que una persona que opta por la soledad como opción voluntaria es un bicho raro. Casi todo el mundo necesita ir acompañado a los sitios, no conciben ir al cine solo, ir de compras solos, ir a tomarse una cerveza por ahí solo. Se echan las manos a la cabeza y me preguntan como si estuviese loco: ¿Y te vas solo? Al menos, el nuevo copiloto no me ha desagradado del todo, me ha comentado que es músico y que quiere aprender a tocar la guitarra porque tiene intención de montar un grupo, le he comentado que cuente conmigo para proyectos de ese tipo. También me pone al día de las noticias de mi ciudad, yo no me entero nunca de nada. No es mal tío si no fuese que me quita mi soledad. El primer día que vino conmigo opté por conducir temerariamente para ver si se acojonaba y no venía nunca más conmigo, pero él estaba indiferente, así que un día de estos optaré por el plan B. Le hablaré del dinero de la gasolina y ya que se viene conmigo todos los días que me pague. Es cuando aprovecharé para darle algún sablazo bajo el pretexto de que la gasolina está cara. A ver si se le quitan las ganas de venir conmigo. Tengo la sensación de que todo el mundo está loco, a veces creo que soy el único hombre cuerdo de la Tierra, mucha gente me comenta cosas sin importancia, otras veces ves cada cosa por ahí que dices: ¿Pero esto como puede ser? O ¿Cómo se puede ser tan idiota? No voy a preguntarme si el loco soy yo, eso está muy visto. Espero seguir escribiendo más, tengo muchísimas historias en el tintero, aún tengo anécdotas divertidas del trabajo que no he escrito por pereza. También he pensado en añadir nuevas historias laborales de la época en la que trabajé de botones; estuve trabajando de botones durante tres veranos y os aseguro que aquel trabajo daba para escribir 4 o 5 historias diarias. Veía gente de todo tipo y había un contacto más directo y personal. Todo se andará, lo que tengo claro es que debo seguir la estela de lo que quiero, no quiero centrarme en estudiar olvidándome del motivo principal por el que estoy haciendo todo eso, no quiero olvidar cual es el objetivo. La esencia de todo está en la escritura. 17/10/2005Hoy me remitoHoy me remito a un texto de Patxi Irurzun que leí gracias a Sergio, y Sergio lo encontró gracias a mí y lo publicó en su blog. Yo también lo voy a publicar porque me he acordado de ese cuento hace poco. Me parece un relato extraordinario y yo también me he sentido identificado con ese bloqueo. Os dejo con el cuento: BLOQUEO Llevaba cuatro días tumbado panza arriba en mi cama y el techo, después de ese tiempo, ya no era amarillo salpicado con cagarrutas de mosca y chorretones de pintura, sino a veces una nube de color indefinido, gris o blanca, o gris blanquecina, y otras veces como una balsa de aceite apedreada, con sus ondas doradas y espesas que se extendían hasta desaparecer... En realidad me importaba un huevo de qué color fuera el techo. Sobre la cama, alrededor de mi cuerpo, había folios arrugados y otros llenos de tachones y un par de libros de cuentos de Bukowski, el mejor escritor del mundo (Bukowski también se había quedado bloqueado una vez, diez años nada menos; yo, sin embargo, no podía esperar tanto, pues lo único que tenía importancia para mí en este jodido mundo era escribir). Sobre la mesilla un cenicero lleno de colillas, unos cuantos huesos de melocotón tan resecos como mi cerebro y el mando a distancia del compact-disc. Cada vez que el disco de AC/DC se acababa apretaba un botón y la música volvía a sonar a todo volumen. Hasta hace cuatro días AC/DC era uno de mis grupos preferidos; ahora (es decir, entonces) los odiaba, pero no me apetecía levantarme a cambiar el disco y aquella mierda de mando a distancia no podía hacerlo por mí. Hacía calor. El sol de julio se colaba a través de la ventana de mi habitación y escarbaba en mi piel en busca de pozos de sudor, pozos que no se secaban nunca: me sudaba la frente, me sudaban las axilas, me sudaba la espalda y me la sudaba sudar. Las sábanas estaban empapadas, sucias y olían, toda la habitación olía: a sobaco, a pies, a lefa seca, a pedos de estómago triste, a humo... Daba igual; me importaba un huevo aquel olor a cebolla quemada; me importaba un huevo julio, los punteos de Angus Young y hasta el borracho de Bukowski. Lo único que me importaba era escribir algo y no se me ocurría nada. Cualquier escritor sabe que, cuando eso pasa, lo único que se puede hacer es esperar. Yo llevaba esperando cuatro días y no encontraba otra manera de hacerlo que mirando el techo. Quizás Bukowski se habría emborrachado de güisqui en un bar de mala muerte, o les habría enchufado sus veinticinco centímetros a unos cuantos culos enormes y rosados. Yo me ponía pedo de aceite y follaba con la inspiración sin que ninguno de los dos llegáramos a corrernos. - Tienes que salir - me repetía. - Después de todo sólo tienes veinte años y no sabes demasiado de la vida -. Pero seguía tumbado panza arriba. Lo poco que sabía de la vida era suficiente para entender que tarde o temprano soltaba una patada en los cojones, o dos, o tres, o mil, y que entonces, una de dos: o te levantabas enrabietado y le hacías frente, o te quedabas retorciéndote en el suelo hasta que el dolor desaparecía; y lo primero sólo sucedía en las películas y en las solapas de las novelas, donde las biografías de los escritores hablaban de trabajos miserables y fracasos estrepitosos que precedían a la fama (yo no tenía ni idea de cómo iba a ser escritor, si nunca había trabajado ni me había pasado ninguna de esas cosas extraordinarias que les pasaban a los escritores - "licenciado en filología, su novia le dejó por otro": así no iba a vender ni un puñetero libro -. Lo poco que sabía de la vida era suficiente para entender que, aunque ahora estaba tan resabiado con ella como para que me resultara indiferente, tarde o temprano la muy puta me volvería a hacer llorar. De momento, sin embargo, mis lágrimas se habían secado y la vida, para mí, era como me apetecía dictársela a mi pluma. La otra, la de verdad, simplemente pasaba sin hacerme sentir nada. Ahora yo era Dios y, la verdad, me comportaba tan bastardamente como Él, porque las historias de mis criaturas transpiraban tristeza, dolor, odio, repugnancia, crueldad... (Después de todo yo no tenía la culpa de tener dos ojos en la cara ni de leer todos los días el periódico). Quizás eso fuera la vida, Dios escribiendo cuentos acerca de lo que veía a su alrededor, ahí arriba en el cielo, o en el infierno, o donde quiera que estuviese. Si efectivamente consistía en eso, Él no tenía la culpa, pero nosotros íbamos jodidos. Si sus cuentos eran únicamente una distracción, Dios se merecía una buena paliza. - Tienes que salir - me repetía. Y pensaba en las piscinas con las chicas dejando que el sol de julio las sodomizase o lamiese sus pezones con su lengua de fuego, pero seguía tumbado porque todo aquello era sólo carne, carne sin ojos, carne sin cerebro, carne sin nombre con la que me iba a ser imposible escribir un cuento. Carne con la que, de todos modos, descargué mi juventud caliente sobre el estómago. Fue algo exclusivamente orgánico, como ir a mear, algo triste, porque me resultó imposible pensar en nadie. Fue como palpar mi vacío entre las manos y sentirlas llenas. Seguí tumbado panza arriba. Me importaba un huevo todo. En las piscinas las chicas desnudaban sus cuerpos en lugar de sus entrañas, en las calles había manifestaciones de todo tipo (el etarra fue asesinado por la guardia civil pero ojalá hubiese sido al revés, el etarra tenía un tiro en la sien pero es que se suicidó, el etarra es un muerto como los demás y "estamos por la paz" pero en el fondo no nos da pena, y en fin, uno menos) pero nadie se manifestaba contra Dios por haber escrito un cuento tan miserable y tan sangriento, tan lleno de odio. Incluso Induráin había ganado el Tour de Francia y le esperaba un recibimiento multitudinario. Yo seguía tumbado mirando el techo. Me importaba un huevo hasta el mismísimo Induráin. Lo único que quería era escribir un cuento hermoso y que lo leyera todo el mundo, mis vecinos, el cartero, el chófer del autobús, mis amigos, mis enemigos, todos los que me habían despreciado alguna vez o se habían pensado que yo era subnormal, que lo leyeran las tías buenas que me cruzaba por las calles y que al verme se dieran codazos, me señalaran a hurtadillas, susurraran "mira ése, el que ha escrito ese cuento tan bonito" y se quedaran boquiabiertas, pues encontraban mi alma tan atractiva como el cuerpo de Miguel Bosé, que lo leyera la chica del telediario, y Angus Young, incluso Induráin, que lo leyera hasta Bukowski, el mejor escritor del mundo y que dijera: "no es tan bueno como yo, pero el hijoputa escribe bien". Eso era lo único que quería y no podía hacer otra cosa que esperar tumbado. Además salir no me iba a aportar nada, pues en realidad la vida de un escritor es un bloc de notas, una prostituta pagada con tinta. Si salía y conseguía ligarme a una chica pensaría mientras la besaba: "su lengua era un helado de fresa dentro de un vaso de cerveza con posos de ceniza", si me peleaba con alguien intentaría grabar en mi memoria lo que me gritaban sus ojos "inyectados en sangre"... Recordaba una vez que se me desgarró el frenillo haciendo el amor con una chica. Veía borbotonear la sangre allá abajo y lo único que se me ocurría era "tío, aquí hay un cuento alucinante". La vida de un escritor es llorar o alegrarse por una puta de trescientos duros, pero esta vez yo quería algo mejor, la Virgen María duchándose en la balsa de aceite del techo de mi habitación, mi corazón reventándose granos de pus, los pensamientos bellos de un dictador o Bambi chutándose heroína, así que no pensaba levantarme de la cama hasta que se me ocurriera algo. Se abrió la puerta de mi habitación. Era mi madre. - Te llaman por teléfono - dijo. Y sonrió. Ella creía que yo no salía porque estaba colgado y se alegraba por mí. Me entraron ganas de pegarle un grito y, a la vez, de comérmela a besos. - ¿Quién es? - dije mientras me incorporaba. - Mikel, tu amigo. Salí de la habitación y me arrastré desganado hacia el teléfono. - ¿Qué tripa se te ha roto? - pregunté. - ¿Te apetece salir a dar una vuelta? - No. - Vale, entonces a las ocho donde siempre. - Bien. - Colgué. Y me quedé con el teléfono en la mano preguntándome a ver de qué coño iba yo, pero como tampoco me importaba demasiado, en apenas unos segundos estaba pensando en lo mucho que me fastidiaba tener que afeitarme la barba de cuatro días. De todos modos lo hice, y también me duché, e incluso me vestí como yo creía que estaba mejor. Era como rellenar una quiniela, porque yo sabía que cuando salía con Mikel el asunto eran tías, tías y tías, y a mí ya lo único que me importaba era la chica de mis sueños, una chica inteligente, llena de vitalidad, algo imprevisible, que una noche dijera "qué te parece si hoy nos emborrachamos en París" y al día siguiente "podíamos pasar el verano en Sudamérica, o en un campamento con niños disminuidos", una chica guapa por fuera y por dentro, sin maquillaje en sus armarios, una chica con sentido del humor, o por lo menos que entendiera mi sentido del humor, y que llorara si me veía llorar; ella escribiría cuentos en una esquina de la habitación y yo en la otra, y, aunque yo estaba seguro de que escribía mejor que ella y ella de que escribía mejor que yo, a los dos nos gustaban los cuentos del otro, y además nos los publicaban a ambos, y cuando fuimos a recoger el premio Nobel íbamos vestidos con nuestras chupas vaqueras... O sea, una quiniela de catorce (aunque podía ser también de trece, ella podía tener el culo un poquito más gordo de lo normal, y hasta de doce, ella no era escritora sino actriz, o reportera de guerra, o animadora sociocultural en una residencia de ancianos...) Lo que estaba claro era que si no rellenaba la quiniela nunca me podría tocar, así que me puse la ropa con la que creía que estaba mejor. De todos modos hubiese preferido seguir tumbado mirando el techo, porque las tías, en realidad, también me importaban un huevo. Nunca me había tocado una de catorce y no tenía esperanza alguna de que me tocara en el futuro. No sabía por qué había quedado con Mikel. Yo era gilipollas. No sabía ni lo que quería pero me daba igual. Fuimos a un bar de niñas pijas. "Las niñas pijas son estúpidas pero están más buenas" dijo Mikel, y aunque, por desgracia, tenía razón, para mí aquello era como buscar una perla entre los vómitos de un borracho. El bar tenía altavoces por todos los lados, y éstos escupían una música que era como si alguien le diese patadas a una persiana metálica mientras un robot afónico eructaba, así que de este modo resultaba imposible mantener una conversación. Aquello se asemejaba a un centro para sordomudos o para epilépticos en celo, porque eso parecían todos esos pijos cuando bailaban. Mikel y yo pedimos unas cuantas cervezas y mientras las tomábamos nos pusimos a mirar a las chicas. Ellas nos ignoraban. No éramos guapos ni llevábamos zapatos marca la madre que los parió. ¡Pero qué se creían todas esas estúpidas! Otro gallo habría cantado si uno pudiese llevar marcado en la frente que tenía un librito de cuentos publicado y que un día de éstos iba a escribir el relato más hermoso de la literatura universal, aunque tampoco merecía la pena, porque seguro que todas aquellas cabezas de chorlito, cuando llegaban a su casa, jugaban una partida al comecocos en su ordenador en lugar de ponerse a leer un buen libro, y uno sólo les podía interesar porque suponían que era famoso y rico. En fin: por mí como si Snoopy se las follaba a todas. Me giré hacia la barra y empecé a pedir una cerveza detrás de otra. "Por lo menos me emborracharé", pensé, pero uno no puede emborracharse si derrama sus cervezas en una alcantarilla. Yo era el hombre vacío, el hombre lleno de mierda si os apetece más, pero no sentía lástima por mí. Al final Mikel se dio también por vencido y nos fuimos a casa. Cuando llegué me encontré con la habitación ordenada y limpia. Mi madre era una santa. Me tumbé panza arriba en la cama y me puse a mirar el techo. No pensaba moverme hasta que se me ocurriera algo para mi cuento. Esta vez no. Estuve un par de horas así. El techo era otra vez una balsa de aceite apedreada. Decidí salpicarme otra vez el estómago con las brasas de mi juventud, pero no había nada capaz de levantarme el ánimo. Me hubiese gustado llorar pero no podía. Estaba tumbado sobre un lecho de chinchetas pero no sentía el dolor. Intenté dormirme. Quizás al día siguiente pudiera escribir lo vacío que me sentía y entonces la vida sería hermosa. 19/10/2005Pareja de enamorados Había una vez una pareja de enamorados que se fueron de viaje a una isla muy lejana donde tenían 24 horas de Sol. En un arrebato de romanticismo incondicional y rutinario, los muy burros se fueron a ver una puesta de Sol.Nunca más se volvió a saber de ellos. 22/10/2005El rebaño esquizofrénico![]() El pastor estaba loco porque creía que todos los seres vivos con cerebro podían hablar. Todos los días, llevaba a las ovejas a una pradera donde instaló una pizarra en la que dibujó la letra A.
- A ver, Tú. Yo sé que puedes, ¿Qué letra pone aquí? - Beeeeeee. – Respondió la oveja. - Noooo. ¡Es la A!
Daba las clases sin ningún éxito. Pero el pastor no perdía la esperanza.
Curiosamente, una de las ovejas que había allí, entendía perfectamente al pastor. Esa oveja nunca había hablado porque siempre estaba escondida en la última fila y el pastor nunca le prestó atención. La oveja se apiadaba del pastor y no entendía como sus semejantes no aprendían a hablar. Pensó que el trabajo del pastor era tan inútil como intentar dar clase a unos insectos. Entonces se imaginó una escena en la que una oveja daba clases de lectura a una mosca. Esa imagen surrealista le hizo gracia y, ese día, cuando llegó a casa, se puso a escribir una historia de una oveja dando clase a unas moscas. Sábado, 22 de Octubre de 2005 19:45 #. Hay 6 comentarios. 24/10/2005InsomnioLa falta de sueño me ayuda a escribir mejor. Anoche pasé una noche de insomnio involuntario. Es horrible estar en la cama, cerrar los ojos y no conciliar el sueño. Estaba dando vueltas en la cama de un lado a otro y me sentía estúpido al querer dormir y no poder. Lo peor de todo era cuando abría los ojos, miraba el reloj digital en medio de la oscuridad y veía que marcaba una hora más, o mejor dicho, una hora menos de descanso. Las 2, las 3, pasaban las horas y yo lo único que quería era dormir cuanto antes. Las 4, las 5, las 6 hasta que finalmente desistí. Me levanté, escarbé en la nevera y piqué algo.
En medio de la desesperación, encendí el ordenador y vi conectado a un poeta que vive al otro lado del charco que me hizo la noche más llevadera. Siempre es bueno encontrarse con alguien así en medio de una noche delirante. Al menos, espero que las conversaciones con él le lleven a buen puerto, ya que yo, naufragué hace tiempo. Los que somos buenos guiando a la gente con consejos es porque nuestro barco ya encalló mientras nos adentrábamos en bahías intransitables. Aunque en realidad, no sé si soy bueno dando consejos, pero al menos advierto a los que se acercan para que no sigan mi camino, que ya es algo. Luego siempre digo: “no soy quién para dar consejos, ya me ves como he terminado”.
Sigo con las clases. Todo parece que funcione bien, estoy aprendiendo, avanzando y trabajando. No es el eslogan de un partido político, es lo que quiero hacer. Siento que voy a hacer algo importante. Algunos días visualizo mi futuro y me veo triunfando, veo que hacen calles en mi ciudad con mi nombre, hacen estatuas conmemorativas con mi figura y tengo un reconocimiento popular. Aunque para mí eso no es triunfar, triunfar es sobrevivir mientras haces lo que te da la gana. Otros días, visualizo mi futuro y me veo en un cuchitril hediondo, plagado de cucarachas y ratas que me comen vivo y que acabo muerto en un rincón de la casa en la más absoluta soledad sin que nadie me eche de menos. Días mas tarde encontrarían mi cadáver en avanzado estado de descomposición debido a la fuerte peste que desprendería mi cuerpo que acabaría alertando a los vecinos. Si dicen que en el equilibro está la virtud, ya veis que en mi se alojan todas las imperfecciones del mundo.
Tengo miedo de que en clase me asocien con la figura del pelota. Por eso ya no me siento en primera fila, ahora opto más por sentarme en segunda fila. La primera fila siempre ha tenido mala fama, están los lameculos, los responsables idiotas y demás fauna estercolera. Y digo eso porque ahora a una compañera se le ha ocurrido llamarme “superdotado”, porque, según ella, lo sé todo. Era lo peor que me podía pasar, hasta ahora me encontraba cómodo en clase, cuando preguntaban algo contestaba sin tapujos, ahora me lo pienso dos veces. Soy un puto inseguro y no es porque crea que yo sé mucho, todo lo contrario, no sé nada; no sé nada de latín, inglés lo llevo como el orto y creo que no estudio lo suficiente. Todo viene a raíz de que un día en clase de literatura, la profesora estaba explicando la historia de las rimas de Bécquer, y cometí el error de avanzarme y decir que sus rimas se quemaron y luego las reconstruyo de memoria. Cualquiera que siga la poesía sabe eso. Pero entonces saltó la chica en cuestión y me preguntó:
- ¿Eres superdotado o qué? ¡Lo sabes todo! Yo como no sabía lo que decirle le dije: - Sí, soy superdotado sexual.
No me ha gustado nada, lo peor es que insiste. Estuve a punto de decirle que no es que yo sepa mucho, simplemente es que los demás no saben nada. Algo así como que en el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero es que no llego ni al estatuto de tuerto. Cierto es que a veces me dan ciertos arrebatos pedantes, en los que parece que únicamente quiera hacerme el interesante, como por ejemplo, cuando en clase de historia del arte, apareció el templo de Artemisa, una de las 7 maravillas del mundo. Pregunté si ese era el templo que quemó un tal Eróstrato para hacerse famoso. Pero eso no es cultura, ni es saber, eso es tener un cierto gusto por lo insano, los destructores y cosas por el estilo me llamaron la atención durante un tiempo. Por eso a veces me siento cretino, estúpido y gilipollas. Los demás están teniendo una imagen de mí que no corresponde, y me atormenta que yo haya podido contribuir a crearla sin querer. No quiero ser un hipócrita. Lo mejor será callarse la boca.
Al igual, otra vez, estaba hablando con un compañero de libros, y no sé por qué mierdas le comenté que al año me leía entre 10 y 30 libros y luego lo comentó en voz alta a toda la clase, enterándose la mismísima profesora de literatura.
Cambiando de tema, he optado por afeitarme la barba que llevaba desde hacía más de un mes y que me daba un aspecto muy descuidado y bohemio, ese día, al entrar a clase me senté y una que hasta entonces no me había dirigido la palabra para nada me dice:
- Te has afeitado... Pareces más joven así. Estás raro. Yo me giré, la miré con mala cara y le dije: - Yo con barba o sin barba soy raro.
Y así miles de anécdotas más, debería escribir historias a diario, sé que me dejo muchas en el tintero, pero la mejor es lo que ocurrió la semana pasada, cuando unas cuantas chicas se fueron dos horas antes a casa y comentaron a otras:
- Nos vamos. - ¿Ya os vais?- le dijo la chica que se quedaba y que curiosamente es la que me llama “superdotado”. - Sí tía, que hoy empieza gran hermano y no me lo quiero perder por nada del mundo. Si entra algún tío bueno en la casa te mando un mensaje. - Tranquila, no hace falta que me lo mandes que yo cuando llegue a casa ya me enteraré.
En ese momento yo estaba sentado al lado de la ventana y me dieron ganas de arrojarme al vacío.
Lunes, 24 de Octubre de 2005 12:19 #. Hay 6 comentarios. 26/10/2005El moribundo ambulanteAyer también tuve otra noche de insomnio, la segunda seguida. Ya era demasiado. Esta vez tenía un malestar general, una constante angustia y, para colmo, me han salido unas llagas en la boca que me están amargando. No puedo comer, ni puedo hablar sin parecer medio gilipollas. Por la noche llegué a la desesperación. Me levantaba, creía que iba a vomitar. No lo hacía. Me volvía a acostar. Era como si mi estómago fuese una lavadora centrifugando. Además tenía que levantarme por la mañana obligado; tenía que ir a la oficina de empleo para tramitar el paro y también tenía que inscribirme en la SGAE. Se hicieron las 8 de la mañana y me levanté. No quedaba más remedio. Antes de ir al la oficina de empleo, tenía que pasar por Valencia y recoger en las oficinas de la empresa donde trabajaba los últimos papeles que me faltaban. Me fui en tren. Me daba la impresión de ser un zombi. Un demacrado que se tambaleaba en busca de su objetivo. Me metí en el tren y me senté. Me puse el mp3 en marcha. Era mejor no escuchar al resto de la gente. De este modo escuchaba mi música favorita mientras veía a los demás mover la boca y gesticular con sus manos. Enfrente de mí veía como un tío le estaba echando los tejos a la chica que tenía enfrente. Intentaba hacerla reír y todas esas cosas patéticas. Cuando ella apartaba la vista, el chico recorría con su mirada todo su cuerpo. Realmente estaba desesperado. Pero yo estaba con mi música, ajeno a todo eso y dudando si aguantaría todo el trayecto sin morirme. Bajé del tren y me dirigí a las oficinas de la empresa. No sabía que comentarles cuando les viese, así que pensé en ser sincero y cuando me preguntasen como me iba tal les diría: “bien pero que estoy bastante enfermo y tal...”. Cuando llegué, me abrieron la puerta, me dieron los papeles y no me preguntaron ni qué tal. ¿Para eso estuve un rato del camino pensando de qué hablaría con ellos? Eso son recursos humanos sí. Tan sólo les faltó no llamarme por mi nombre sino por el número de trabajador. A la mierda. Todavía no entiendo por qué existen las ETT.
Salí de allí y me dirigí a la SGAE. Tenía que hacerme socio porque tengo un asunto pendiente entre manos que ya comentaré cuando esté todo hecho. Ya fui allí una vez a pedir la documentación y ahora ya lo llevaba todo firmado. El gran problema para hacerme socio era que tenía que registrar al menos una obra y la canción debía presentarla en partitura. Yo sé leer minimamente las partituras, pero no se escribirlas bien, así que me la tuvo que hacer un amigo. Otro problema es que también pedían una prueba de que ya has estrenado alguna obra. Yo me preguntaba ¿Cómo vas a estrenar una obra si no la has registrado antes? Entonces pensé en los conciertos que hice cuando tenía el grupo y que quizás en el instituto me firmarían un papel acreditando que yo he estrenado canciones propias. Y así fue, los muy buenos me hicieron el favor. Llegué y la chica encargada de los registros estaba almorzando. La que estaba de guardia de seguridad me dijo que me esperase y me dijo que había una cafetería al lado. Esperé y cuando empezó a sacarme tema de conversación decidí irme al bar. Cuando volví la chica todavía no había llegado, la guardia volvió a hablarme de tonterías. Parecía que aburría bastante y además era una desesperada de la vida. Parecía llevar buscando durante años al hombre definitivo que la aguatase. Yo no iba a ser su candidato, así que le dije que iba a esperar arriba. Allí había unos sofás muy cómodos. Llegó la chica, le di la obra, la documentación y pagué. Cuando ya estaba todo hecho. Le dije:
- ¿Y mi número de socio? - Te lo enviarán por correo en un mes - ¿¿En un mes?? ¡Si yo lo único que quería era el número!, ¡He hecho todo esto por el número!
Volví a la estación de tren justo cuando iba a salir el mio. Entonces salí disparado para cogerlo. Emprendí una carrera. Parecía estar en los 100 metros lisos. Ya estaba a punto de entrar, entonces sonó el pitidito. Pi pi pi pi pi. La puerta se cerró en mis narices. Presioné el botón verde para ver si la abría pero el tren partió y yo me cagué en su puta madre. La gente que estaría dentro del tren seguro que se estaba riendo de mí como yo me reía cuando estaba dentro y veía algo igual. Debía esperar media más hora en la estación a que saliese el próximo tren.
Subí al otro tren. Aún le quedaba rato para salir. Me puse de nuevo el Mp3 para escuchar a Joaquín Sabina. Todo iba bien aunque empecé a sentir de nuevo los retortijones de barriga. De pronto, entró un señor mayor, me preguntó algo y yo al tener los cascos puestos no entendí nada. Aun así le respondí que sí. El hombre se sentó y el tren partió. Al rato me preocupé por si el hombre me había preguntado si el tren iba a Castellón, a Xativa o a cualquier sitio menos al que iba. No importaba... en ese caso ya se daría cuenta cuando llegase.
Todo esto lo dice alguien que puso su carpeta en el asiento de al lado... ¿Qué más da lo que hiciese el resto del día? 28/10/2005La operación. Capítulo IFue muy difícil dar el paso y operarme. Aquello ya no tenía otro remedio. Me armé de valor, comenté el problema a mis padres y días más tarde fui al médico y le dije:
- Tengo que operarme. - ¿De qué? - De fimosis. - Muy bien... Acompáñame. – Cada vez que alguien decía esa palabra me acordaba de “sorpresa sorpresa”.
Le seguí hasta a la camilla.
- Bájate los pantalones. - Vale. – Nunca antes había sido tan sumiso.
Me bajé los pantalones y los calzones. El doctor se ajustó las gafas y miró aquello como si no hubiese visto una polla en su vida. ¿Es que él no tenía una? Me preocupaba porque miraba demasiado. Entonces me dijo:
- Ahora vengo.
No sabía a donde coño iba. Miré como estaba y dudé entre subirme los pantalones o esperar tal cual y que se me ventilase. Decidí que se ventilara y estuve con la chorra fuera esperando. Al rato volvió con otro médico.
- Míralo tú porque yo no sé.
¡Menudo incompetente! El nuevo médico me inspeccionó y me sometió a tocamientos impuros. No quería pensar mal y dudar de su profesionalidad, pero no podía evitarlo.
- Pues sí, sí. – Decía.
Yo pensaba ¿Sí qué? ¿¿SÍ QUÉ?? ¿Me quedaría estéril? ¿Me la cortarían? ¿No tendría remedio?
- Bueno, ya está. Te voy a mandar al urólogo.
- Bueno ¿Qué te pasa? - Pues eso. - Pues eso ¿Qué? - Joer.. pues eso. - Pero es que yo no sé qué es eso.
¿No lo tendría apuntado en el papel o es que quería afrontarme?
- Que tengo fimosis. - Ah, muy bien. Acompáñame. – Otra vez la melodía.
Le acompañé.
- Bájate los pantalones.
Ya empezábamos otra vez. Tocamientos, inspección, manoseos, excitación por su parte...
Volvimos a la mesa y me dijo:
- La operación será en 2 meses.
Pasó el tiempo y cuando ya casi me había olvidado de todo, recibí una carta del hospital indicando la fecha de la operación. Sería una tarde a las 6. Las noches anteriores las pasé fatal. Pensé en las probabilidades de quedarme inútil, pensé en lo doloroso que sería. Llegué incluso a escribir varias poesías hablando del dolor, del sufrimiento, de amputaciones y de supervivencia en tonos dramáticos. También pensé en redactar un testamento. Pero si hoy por hoy soy inútil escribiendo por entonces lo era todavía más y era incapaz de escribir más de una línea.
Mis padres me llevaron al hospital. Me daba la sensación de estar camino del matadero. Nos sentamos en la sala de espera del quirófano. Todos los que había allí eran viejos. Dijeron mi nombre y fui al mostrador. La chica se cercioró de que era yo y con su rotulador fosforito subrayó en su lista mi nombre y, a continuación, otra palabra que me estremeció al leerla: Circuncisión.
Me acompañaron adentro, mis padres me despidieron como si no me fuesen a ver nunca más en la vida. Un simpático joven me acompañó hasta un vestidor. Me dio una bata azul, y me dijo: Quítate toda la ropa y ponte esto. Me quité todo y me puse aquella bata que no me tapaba nada. Allí en el vestidor había un viejo que me daba muy mala espina. Estaba quieto y con la mirada perdida mirando al frente. No se movió ni un segundo ni para mirarme. No se inmutó en ningún momento. Parecía un muñeco de un museo de cera. Estaba ensimismado. Todo se hacía cada vez más escatológico. Finalmente guardé mi ropa en una taquilla y salí. Allí me esperaba el chico con una gran sonrisa y una camilla. Me dijo que me acostase en ella. Me llevó por los pasillos llenos de luces como si se pasease con el carrito de la compra. Durante el trayecto en camilla, dentro de los límites de mi campo de visión, veía a enfermeras, enfermeros, médicos.. Todos parecían salidos de una película de médicos asesinos que traficaban con los órganos de los pacientes a los que mataban a conciencia. Me miraban como si fuesen gente buena que me iban a ayudar, pero dentro de ellos había demonios que se reían con una carcajada cavernosa. Era como estar dentro de la casa del terror, o dentro de una pesadilla donde todos parecen buenos pero sabes que te van a hacer algo malo. Entonces me empezó a hablar:
- ¿De dónde eres? - De Culebra.- Le dije. - ¿Ah sí? Tengo allí un apartamento. - Mira que bien...
No me importaba una putísima mierda lo que dijera, el tío sería nuevo trabajando y estaría aplicando los conocimientos de psicología para pacientes que le dieron en la universidad. Se creía que estaba idiota. Sabía que esas eran las típicas charlas para tranquilizar a los pacientes, y estaba seguro de que no tendría ningún apartamento en mi ciudad. Cuando trabajé en el hotel de botones, siempre preguntaba a los clientes de donde eran. Independientemente del sitio que me dijeran siempre respondía que tenía familia allí, que era un lugar precioso y que había muy buenos vinos por allí. De este modo, la propina siempre era mucho más generosa.
El chico de la camilla me llevó a una sala que parecía un parking de camillas. Vio un aparcamiento libre entre dos camillas y me encajó allí en medio. A mi derecha se encontraba un hombre de 40 años, parecía sano. A izquierda había un hombre con un gotero que estaba moribundo. Me preguntaba de qué iban a operar a toda esa gente. Seguro que todos esos tenían enfermedades mucho peores que la mía, pero no me consolaba lo más mínimo. Estaba nervioso. No me gustaba el panorama. Veía a los médicos pasar de un lado a otro. Habían unas puertas en las que ponía: Quirófano 1, Quirófano 2. En eso que pasó una enfermera, me vio y se fue. De pronto pasó otra y lo mismo. Luego me dio la impresión de que todas las enfermeras pasaban sólo para mirarme. Incluso vi a una, que se asomó a la puerta, me miró y se metió para adentro. Era como si se dijeran las unas a las otras que fuesen a verme. Llegué a la conclusión de que cada vez que había uno que se operaba de fimosis se extendía el rumor e iban a verlo. También cabía la posibilidad de que me estuviese volviendo paranoico. De pronto, vi a una enfermera, y me pareció que era mi vecina. ¡Se enterarían todos de que me iban a operar! ¡No!
Imaginé que cada vez que subiese en el ascensor de casa y que me cruzase con algún vecino y se reiría de mí diciendo: “¡Se ha operado! ¡Se ha operado!” Y harían bromas absurdas sobre la operación.
Al cabo del rato llegó mi San Martín. Un camillero me metió por la puerta donde ponía quirófano. Otra vez estaba en el trenecito del terror acostado. Entré en una sala, toda llena de aparatos, y allí estaba el urólogo que me inspeccionó hacía dos meses. Me dio la bienvenida mientras se ponía unos guantes de látex en la mano. Y de no haber llevado mascarilla apostaría que tras ella había una gran sonrisa con un diente centelleante. En ese momento me dieron ganas de saltar de la camilla y salir corriendo. Renunciaría a una sexualidad satisfactoria para toda mi vida. No me importaría el hecho no poder meterla en condiciones. Bueno... pensándolo mejor sí que me importaba. Me quedaría.
Me pusieron en la camilla, vino una enfermera, me clavó la aguja de un gotero en la mano. En el dedo, me pusieron una especie de pinza para indicar mis constantes vitales. Me colocaron una sábana verde por encima. La máquina empezó a emitir pitiditos con las constantes vitales. Se encendió un gran foco sobre mí y entonces pensé en la luz que ven los que han tenido experiencias cercanas a la muerte. En la película de Ghost salían los espíritus metiéndose por ese foco. Tendría una salida fácil en caso de que las cosas saliesen mal.
De pronto apareció una mujer que se situó a mi derecha. También con el gorrito y la mascarilla. ¡Me iba a operar también una mujer! El que tenía a mi izquierda, el urólogo, saco una aguja. Mi pene ya estaba dispuesto a ser tratado. Me dijo:
- Te voy a poner la anestesia. Esto te va a doler un poco...
Entonces se dirigió con la aguja hacía mi desamparada polla. No quise mirar nada de lo que me hiciesen. Miré a la luz. Y sentí el peor pinchazo que me han dado jamás en mi vida en la parte posterior de mi pene. Era como un clavo traspasándome. No emití ningún gruñido, ni gemido, ni nada. Solo miraba la luz para ver por dónde aparecía Dios.
- ¿Sientes algo? - Sí.
Metió otra inyección. Y otra. Tres pinchazos mortíferos en distintos puntos de mi geografía más sensible y en la luz no aparecía nadie.
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