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04/07/2006

Madrid

Llegué a Madrid un poco más tarde de lo previsto. Salva, mi anfitrión, me llamó para decirme no podía venir a recogerme y me indicó qué línea de metro debía coger para llegar hasta su casa.
Salí de la estación y me dirigí al metro. Pregunté a una chica guapa (ya que tienes que preguntar a desconocidos hay que aprovechar para hacerlo con la que esté más buena de todas) dónde se encontraba la parada de metro más cercana. Ella me dijo que continuase recto por esa misma calle y enseguida la vería. Seguí por la avenida pero no veía la parada por ninguna parte, crucé de acera y tampoco. Le pregunté a otra mujer (esta no estaba buena) dónde estaba el metro. Ella me miró como si fuese gilipollas y me dijo: “lo tienes ahí delante”. Había pasado por delante y no me había enterado, podría incluso haberme caído por las escaleras mientras buscaba a lo lejos la parada.
Bajé con paso firme y seguro por la escalerilla mecánica. Compré un billete, metí el ticket en la puerta del metro, avancé por el torniquete de acceso con mi maleta y comprobé que mi maleta y yo no cabíamos por allí, pero me di cuenta demasiado tarde, ya me había quedado encallado entre los hierros. Miré a los lados para comprobar que nadie me estaba viendo protagonizar tan vergonzoso espectáculo. Pero un inmigrante que pasaba por allí se tomó esa mirada como una petición de ayuda y vino en mi rescate. Cuando vi que dirigía hacia mí hice más fuerza y me liberé, posiblemente lo único que querría era robarme la cartera.
Avancé por el túnel del metro. Me sentía incómodo. Odio esa horrible sensación de ver que todo el mundo sabe a dónde se dirige menos yo. Miré los letreros y vi el andén que se dirigía hacia la parada donde vivía mi amigo. Subí al metro y me senté.

Quedaba menos para llegar.

Salí del metro y nos saludamos. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Salva iba acompañado y me presentó a su amigo.
- Este es mi nuevo compañero de piso, se llama Alberto.
Le di la mano.
- Encantado –dije.

Caminamos desde la parada hasta su casa, aparentemente estaba cerca, pero todo el camino era cuesta arriba y yo iba con mi mochila y mi maleta a rastras desde hacía tiempo. No se ofreció nadie para llevarme aunque fuera un simple bulto.
Cuando llegamos al portal yo ya estaba casi muerto. Tantas subidas y encima cargado...
- Menos mal que ya hemos llegado. No podía más –dije.
- Pues vivo en un tercero sin ascensor –me dijo.
- ¡No me jodas!

Subimos las escaleras y por fin entramos en casa. Salva convivía con otros tres compañeros de piso italianos que estaban de Erasmus. Todos ellos estudiaban veterinaria. Nos presentaron. Se llamaban Elena, Eugenio y Verónica, estos dos últimos eran novios. Por lo visto Verónica volvía a Italia esa misma noche. Salva había colgado en el comedor una cartulina en la que ponía que la echaría mucho de menos y que la quería mucho. Ella cuando la vio se echó a llorar. Según me dijo era la mejor compañera de piso que había tenido desde que estaba viviendo en Madrid.
Alberto estaba allí para ver su nueva habitación. Le gustó bastante. Dijo que a partir de mañana comenzaría a traer sus trastos y ya se quedaría a dormir. A todo esto yo seguía en el comedor con mis maletas esperando que alguien me dijera dónde puedo dejarlas, pero sentí por unos momentos como si no existiera, como si fuese sólo un fantasma.

- ¿Dónde puedo dejar los trastos? – pregunté.
- Donde quieras.
- ¿Dónde quiera?
- Pues allí mismo, en mi habitación.
- ¿Pero esa no es la habitación que va a ocupar tu nuevo compañero de piso?
- Sí, pero no viene hasta mañana, hoy podrás dormir allí.

A mí en realidad me daba igual dormir en una cama que en un sofá. Al fin y al cabo me habían ofrecido un sitio para dormir y con eso me sobraba. La cuestión es que no sabía bien dónde dormiría, ya que entre idas y venidas de gente, cambios de habitaciones y demás, aquello estaba un poco caótico esos días.

En la casa había una perra. Era de Verónica. Tenía un león de peluche al que no paraba de follarse. Ellos decían que era el novio. Verónica preparaba las maletas para marcharse esa misma noche. Había un sabor de despedida en el ambiente. Los Erasmus siempre lloran cuando se van. Salva me dijo que me duchase si quería. Me preparé la ropa y la toalla y me metí en la bañera pero había un problema con el agua caliente. Llame a Salva y él me dijo que de vez en cuando el agua caliente no salía, que tenía que esperar. Esperé un buen rato hasta que por fin saló el agua.
Cuando viajo siempre suelo olvidarme de algo. Esta vez había olvidado el champú y el jabón, pero no era un gran problema, allí habían miles de botes de todas clases. No echarían en falta un poco.

Al salir, Salva me dijo que tenía pensado ir al aeropuerto para despedirse de Verónica, pero había decidido que no, que allí lo pasaría muy mal y no quería ponerse a llorar más y pasar otro mal trago. Mejor era despedirse ahora y salir un rato para divertirnos.

Cenamos un poco, Salva me preparó arroz blanco, con atún y mayonesa, todo crudo. No estaba mal. Cuando hay hambre todo está bueno. Verónica ya se tenía que ir, estaba ultimando los preparativos, preparaba la jaula para meter a la perra, pero no cabía el novio de la perra. Decidió atar el peluche con cinta aislante a la parte superior de la jaula de viajes y nos mostró cómo había quedado.

- ¿Creéis que si ato al peluche ahí me dejarán pasar?

Llegó la despedida. Besos, lágrimas, promesas futuras de volver a verse que seguramente no se cumplirán y un adiós seco que contiene un lamento. La puerta se cerró y se esconden para llorar, se refugian en sus habitaciones y después pasan por el cuarto de baño para lavarse la cara y disimular que han llorado. Hay que ser fuertes. Hay que olvidar.

Salva habló un rato por teléfono y cuando acabó me dijo:

- He quedado a las once con un amigo. Saldremos un rato y olvidaré las penas. ¡Cuánto quería a mi niña que se ha ido!
- ¿Dónde iremos?
- Vamos a Chueca, es la fiesta del orgullo gay.
- Ahh...
- ¿Sabes que todos mis amigos son gays?
- Me contaste que tenías un amigo gay. Pero no sabía que todos eran gays.
- Pues con los que vamos hoy son gays.
- Vaya, vaya...
- ¿Qué?
- Nada, a mí no me importa...
- Pues vamos.

De nuevo en el metro le volví a preguntar.
- ¿Y a qué sitios iremos?
- Ya lo verás.
- ¿Y si me hacen algo?
- ¿Qué te van a hacer?
- Yo que sé, si me acosan o algo. Tú cuida de mí.
- No te harán nada. No te creas que los gays van por ahí metiendo mano.
- No, no creo eso, pero tú no me dejes solo en ningún momento.
- ¿Tienes miedo o qué?
- No. No tengo miedo. Pero yo que sé.
- Si es divertido, ya verás.
- ¿Pero tú por qué vas allí?
- Porque voy con mis amigos.
- ¿Y si te entra un tío?
- Pues me gusta divertirme, yo nunca dejo claro lo que soy, me gusta meterme en el juego, y si veo que un tío me mira yo también lo miro de vez en cuando. Es divertido.
- ¿Te gusta ser ambiguo?
- Sí, es divertido. Pero además, ya verás que allí no todos son homosexuales, hay heterosexuales y de todo. Una vez ligué con una tía por allí.
- ¿Ah sí? ¿Y qué tal?
- Nada, me dijo “qué pena, por aquí no hay nada que hacer, todos son gays”, y yo le dije “pues para eso estoy yo”. Y acabamos liados. Ah, y otra vez, también ligué en una discoteca de ambiente con una tía y acabamos dos tíos y dos tías en una cama.
- ¡No jodas!
- Sí, y te puedo asegurar que allí pasó de todo.
- ¿Pero qué me estás contando?
- Lo que oyes.
- Cómo has cambiado desde la última vez que te vi.
- No lo sabes tú bien, y eso que todavía no has visto mi faceta drogadicta.
- Madre mía Salva....

Las calles estaban repletas. Su amigo se estaba retrasando. Por lo visto todo el mundo había decidido quedar en la misma esquina que nosotros.
- Siempre se retrasa este cabrón. No hay día que llegue puntual.

A mi lado había un grupo de chicos que también esperaban. Llegaron las personas que estaban esperando y comenzaron a darse dos besos entre todos. ¿Era lo normal en Madrid o era lo normal en los gays?

- Se saludan así – me dijo Salva como si me hubiese leído el pensamiento.
- Entiendo...

A los diez minutos llegó el amigo de Salva. Cuando se vieron se dieron dos besos. Yo no pensaba darle dos besos. Yo no soy gay. Yo nunca he hecho eso. Yo soy un hombre.
- Fredy, este es Diego. Diego este es Fredy.
Yo no pensaba darle dos besos, no pensaba darle dos besos ni loco, yo no doy dos besos, no pienso darle dos besos, nada de besos.

Se acercó a mí y nos dimos dos besos.

Bueno, pero yo no soy gay, he dado dos besos para ser educado, porque ellos se saludan así, para no hacer el feo, para que no me pegasen, para quedar bien.
- Es de Valencia, ha venido a verme y a matricularse en la universidad – dijo Salva.
- ¿En qué carrera te vas a matricular?
- Todavía no lo sé.
- ¿Y qué? ¿Ahora de fiesta no?
- Sí, a ver qué hacemos.
- ¿Es la primera vez que vienes a Madrid?
- No, ya he venido otras veces. Pero a este sitio no he venido nunca.
- Así que es tu primer orgullo gay...
- ....

Diego comentó que había quedado con unos amigos y fuimos allí. Nos metimos por el tumulto. Según me contaban, estos días eran como las fiestas del barrio, había escenarios en cada calle, muchísima gente, espectáculos, conciertos... Los gays se lo “montan” bastante bien. Al menos ver todo aquello era curioso y divertido. Podría contarlo al volver. Un paleto de pueblo cerrado que ha estado en las calles de Sodoma. Toda una aventura.
Llegamos al lugar indicado. Diego saludó a su amigo, que iba acompañado por otro chico y dos personas más. Dos besos de cortesía. Dios mío. ¿Y si se le ocurría presentar? No lo había acabado de pensar, cuando de pronto dijo a sus amigos:

- Vengo con dos amigos, con Salva y Fredy.

Y uno por uno vinieron, se fueron presentando, el amigo de Diego, se llamaba Carlos, su novio, no me acuerdo como se llamaba. Y otros dos que tenían casi cuarenta años y hablaban de forma muy afeminada. Dos besos para cada uno. Ya me estaba acostumbrando. No tenía personalidad, no era capaz de decir que no, que yo no daba dos besos a ningún tío, que por mis santos cojones no se me acercasen. Pero bueno. No pasaba nada malo.

- ¿Cómo estás putilla? – Le dijo Carlos a Diego.
- Nada, aquí, a ver si lo pasamos bien.

Diego se vino hacia nosotros, habíamos pedido una cerveza, y nos dijo por lo bajo:
- ¿Has visto qué guapo es el nuevo ligue de Carlos? ¡Pero qué cabrón! ¿Dónde lo habrá conocido? ¡Pero qué bueno está!

Luego vino uno de los dos cuarentones, el más marica de los dos, Rafa, y sin más dilación nos pregunta a mí y a Salva.
- ¿Sois pareja u os habéis acabado de conocer en una sauna?
Salva me miró, esperaba que contestase yo. Yo miré a Salva y le dije.
- Eso depende de él.

¿No le gustaba ser ambiguo? Pues se iba a enterar.

- ¿Eres activo o pasivo? – le pregunta Rafa a Salva.
- No te lo pienso decir –contestó.
- ¿Y tú? – me preguntó.
- Yo soy neto.

Era una maricona impresionante, tenia el deje de la mano, la voz afeminada y era un promiscuo irremediable.

- ¿No bailáis? – Nos dice.
- Yo no sé bailar –contesté.
- ¡Venga moved el coño!

Y se puso a bailar él solo mientras sonreía a todos los chicos que pasaban por su lado. Y en eso se nos acercó su amigo.
- Mi marido siempre hace igual –nos comentó- está más loca...

Estaban casados. Nos dijo que llevaban diez años juntos, y que hacía seis meses que estaban casados.

- Pero eso sí –decía-, estar siempre con el mismo cansa, por eso cada uno nos buscamos la vida. Lo divertido es cuando uno de los dos se trae un ligue a casa y tenemos que disimular, decimos que somos compañeros de piso. Anda que no nos divertimos. Aunque a veces hemos llevado un ligue y hemos terminado los tres juntos. Una vez acabamos cinco en la cama. Pensaba que se iba a hundir. Aunque sigo prefiriendo un trío, que tanta polla por ahí ya no sabes qué hacer con ella.
- ¡Ay que golfa eres! – le dice el marido.

En ese momento pasó un negro alto por nuestro lado y Rafa, la maricona mayor, se puso a gritar.

- ¡Madre mía! ¡Qué negro! Con un tío así enseguida me pongo a cuatro patas y dejo que me meta todo y que me reviente entero, ¡Oh! ¡Qué gozada!
- ¡Ya te digo! ¡Menudas polla tendrá! - contestó el marido.

Yo ya estaba alucinando, había ido a parar con las peores mariconas de Madrid, estaba en el peor sitio que podría estar en el mundo ahora mismo.
Mientras tanto, Diego y su amigo hablaban.

- Por cierto Diego -dijo el amigo-, me han contado por ahí que tú eres muy pasivo.
- ¿Quién te ha dicho eso?
- Pues una persona que tenemos en común, que me dijo que te ha follado.
- ¿Quién?
- No te lo voy a decir.

El marido de la maricona, el que parecía más formal, seguía dándole al palique. Me preguntó de dónde era. Le dije que de Valencia y que yo era un paleto de pueblo que era la primera vez que estaba allí y veía algo así.
- ¿Pero eres hetero?
- Digamos que sí.
- Yo creo que tú eres el típico de pueblo que se lo tiene callado.
- No creo.

Una cosa que aprendí, es que todos los homosexuales intentan convencer a los heterosexuales de que no lo son con la única intención de metérsela y te comen la cabeza con eso de que hay que probarlo para saber si te gusta, etc.

- Pues mira -me dijo-. Precisamente en Valencia me llevé la mayor decepción de mi vida. ¿Conoces la playa de Xeraco?
- Por supuesto.
- Pues yo también tuve una época hetero, como tú. Y bien, yo entonces tenía 17 años y estaba con una chavalilla, y estábamos en la playa dándonos el lote. Entonces, unos tíos se pusieron delante de nosotros, y vimos que todo el rato estaban mirándonos. Yo le dije a ella: “esos tíos parece que te estén mirando todo el rato”. Y ella se dio cuenta también. Pero de pronto los tíos comenzaron a tocarse, y al rato estaban dándose por el culo. ¡Allí en medio! En serio tío, en mi vida he visto algo igual. La cuestión es que me puse cachondo y me empalmé. ¡Al que miraban era a mí! ¡Madre mía cómo me puse! Tuve que comenzar a sobar a mi novia para que no se diese cuenta que me empalmé viéndolos y se pensara que mi erección era por ella.

Comencé a descojonarme por la extraordinaria historia que me había contado. Era una historia de blog. Esto se debía contar. El tío continuaba:

- A partir de ese día me di cuenta que no podía ocultarlo más. Esa tía fue con la última con la que estuve. Yo era maricón desde los catorce, de toda la vida, vamos.

El marica mayor, se acercó a Diego y le metió la mano en los huevos y se puso a mover los dedos como si moviese una campana y a decir:

- Trololololololon ¡Qué vienen los indios!

Hasta Diego, que era gay reconocido, se echó atrás ante la presencia de este peligroso salido. Luego la maricona vino a por mí.

- Qué guapo eres. Antes de que acabe la noche te habré dado un beso.

Me dieron arcadas. Cuando de pronto me cogió y me dio un beso en la mejilla. Me apresuré a apartarme, eso sí, con gesto simpático porque no quería que me pegasen y me limpié la mejilla con asco. ¿Y si alguien que tenía SIDA se acababa de correr en su boca y aun tenía semen en la saliva y al darme un beso se queda una gota de saliva infectada y traspasa un poro de mi piel qué?

Me tomé otra cerveza y no me separé de Salva en ningún momento. Yo no sabía que los homosexuales eran así. De hecho estoy seguro de que no son así, lo que pasa que habíamos ido a parar con los más salidos. O al menos quería pensar eso.

- ¿Esto es normal Salva?
- No, yo nunca he conocido a unos así.

De nuevo vino el marido de la maricona.

- Qué guapo es el novio de tu amigo ¿No? Sólo por los ojazos que tiene ya me lo follaba.

La verdad es que el chico parecía sacado de un anuncio de la tele, podría ser modelo perfectamente. Con la de tías que se podría tirar ese tío y estaba allí, con unas mariconas que se hablaban en femenino y con un imbécil que no sabía ni qué hacía allí metido.

Decidimos desplazarnos. Pasamos por medio de mogollón de gente, en un escenario se estaba haciendo un desnudo integral. Pero de un tío. Toda la gente gritaba y aclamaba. Pasé junto a una esquina, siguiendo a mi amigo, no sabía exactamente a dónde íbamos, cuando de pronto sentí una mano en mi culo. ¡Me estaban tocando el culo! Miré atrás. ¿Quién cojones había sido? ¡Me cago en todo! Estaba todo lleno de gente. Diablos. Era imposible saberlo. De todas formas si lo hubiese visto no sé qué le podría haber dicho. ¿No me toques el culo hijo de puta maricón? No podía decir eso en medio de esa covacha de sodomitas. Me lincharían.

La maricona iba saltando y gritando por todos los sitios. A todos los chicos les decía algo. No importaba saberse los nombres, con eso de querida, amor, guapa y chica tenían la papeleta solucionada.
Un tío pasó por su lado. Parecía serio.

- ¡Chico¡ ¡Pero qué pálido estás! ¡Alegra esa cara joder!
- Tío... no le digas eso. A ver si el pobre tiene el sida –le contestó Diego.

Íbamos en fila india porque era imposible caminar de otro modo.

- ¡Mira¡ ¡Parece que estemos haciendo un trenecito! – dijo la maricona.
Y todos empezaron a reírse.

Al principio lo estaba pasando bien. Era curioso ver a parejas de homosexuales y de lesbianas besarse tranquilamente. Era una fiesta de la libertad, del respeto y de la tolerancia. Con esa fiesta se demostraba que todo el mundo podía convivir independientemente de sus preferencias sexuales o de sus ideologías. Estaba muy bien eso. Servía para abrir la mente. Pero llegó cierto punto que vi la fiesta para abrir la mente en realidad era una fiesta para abrir el culo. Como atracción de feria estaba bien. Pero yo ya tenía suficiente. Me quería ir, pero de mí no dependía y tampoco tenía ningún lugar al que ir, ni conocía a nadie, así que tendría que esperar hasta que a Salva le diese la gana volver y yo no pensaba ser una carga para él, no iba a decirle que quería irme, no quería aguarle la fiesta, así que preferí callar y aguantar lo que se avecinaba.

Después fuimos a un garito donde Salva había quedado con un antiguo excompañero de piso. Según me dijo se tuvo que marchar de ese piso porque el tío se enamoró de él y no le dejaba en paz. Constantemente reclamaba su atención e incluso le dieron ciertos ataques de celos. Él no pudo soportar más y se marchó de un día para otro. Cuando se lo comunicó, el tío se puso a llorar y lo pasó bastante mal. Este era un gay sentimental. Aún así quedaban de vez en cuando. Salva decía que lo hacía como favor personal, porque él no paraba de llamarle y tampoco le importaba verlo aunque fuese una vez al mes. Pero nada más.

Al fin perdimos al matrimonio de homosexuales de vista. Eran divertidos, me había reído mucho con sus historias y viendo todo lo que hacían. Pero yo ya tenía suficiente.
Ya eran casi las cuatro de la madrugada. Tan sólo éramos cuatro. Salva, Diego, Javi (el antiguo compañero de piso de Salva) y yo. Pensé que ya nos íbamos a ir a casa. Pero empezaron a hablar entre ellos.

- ¿A qué discoteca vamos hoy? – preguntó Diego.
- Pues a la Hom, que está más cerca – dijo Salva.
- Sí, hoy debe haber buen ambiente allí –dijo Javi.

Nos pusimos en camino hacia la discoteca. Me puse al lado de Salva y le pregunté:
- ¿Vamos a ir a una discoteca?
- Sí.
- ¿Y está bien?
- Ya la verás. Por cierto, mira por el suelo y si ves alguna invitación como esta la recoges, así te ahorras tres euros en la entrada.
- ¿Qué vale la entrada?
- 13 euros y con el descuento 10.
- ¿Y está bien la discoteca?
- Ya la verás.
- Vale.

Llegamos a la calle donde estaba la discoteca. Había una cola inmensa. Todo el mundo parecía querer entrar allí. Pronto reparé en un pequeño detalle: Toda la gente que había en la cola eran tíos menos 2 o 3 tías.
Le pregunté a Salva por lo bajo.
- ¿Dónde me has traído?
- A una discoteca de ambiente.
- ¿Pero a ti te gusta eso?
- No, pero es divertido.

No dije ni mu. Comencé a mirar a la gente que estaba en la cola. Calvitos, afeminados, hombres barbudos con sombreros de cuero, altos, bajos, cachas, gordos. Dios santo. Me iba a meter en el peor antro del universo. Eso era un bullicio de lujuria y perversión. Seguramente habrá un cuarto oscuro donde la gente se contagiará el sida. Yo no pensaba entrar allí, debía decir que yo no entro, que yo me voy, que quiero ir a un sitio de heterosexuales o que quiero irme a casa. Vale que vaya a Chueca para ver la fiesta por la curiosidad y eso. Pero allí dentro ya era demasiado. Debía decir algo pero no me atrevía. Soy un cobarde. ¿Pero a dónde me iría? Yo no tenía piso, no estaba alojado en un hotel, dependía de él y él tenía intención de entrar, además, parecía que tenía muchas ganas de entrar. De pronto Diego se gira y comienza a decir:

- Joder, me he puesto cachondo escuchando la conversación de estos dos que van delante en la cola. Uno le estaba diciendo a otro: “cariño, yo entro pero sólo si tu te sientes cómodo, no quiero que estés mal, si te sientes incómodo en cualquier momento me lo dices y nos vamos, pero no quiero que estés mal si me ves con otro”.

Santo Dios. Santo Dios. ¿Dónde coño me iba a meter?

Mire al cielo con la esperanza de encontrar alguna señal del cielo y me encontré con una bandera de 20 minutos. Resultaba que en la primera planta de aquel edificio estaba la redacción del periódico. La redacción donde trabajaba el ezcritor . ¿Eso era una señal? ¿El ezcritor sabe que la redacción del periódico en el que trabaja está asentado sobre un local de perversión y lujuria?

Lo estaba pasando mal. De pronto escuché la conversación de una pareja heterosexual que estaban justo detrás de mí en la cola. El chico le decía a la chica que lo único malo de la discoteca es que a veces la gente va muy salida y se acerca por detrás y te restriega la cebolleta un poco y las tienes que apartar.

¿Dónde cojones me iba a meter? ¿Por qué ese degenerado iba a meter a su novia en un sitio como ese? ¿Es que se aburren y no encuentran un lugar mejor? ¿Por qué no van a follar y se dejan de tonterías? Debía abandonar aquel lugar. Yo no pensaba entrar allí y mucho menos pagar 10 euros por ver a una manada de maricones. Allí me violarían. Me confundirían. No era un lugar hecho para mí. No quería entrar. ¡No por favor!

Mientras la cola avanzaba yo palidecí. En mi cabeza sólo sonaba una pregunta.
¿Qué cojones hago aquí?
¿Qué cojones hago aquí?
¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué cojones hago aquí?
Debo irme.
Debo irme.
Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme. Debo irme.

Y mientras no paraba de repetirme lo mismo llegué hasta la entrada y el de la puerta me dijo:

- Son diez euros.

Saqué diez euros y los di. Hacía meses, creo que más de un año, que no pagaba un céntimo por entrar una discoteca normal, y ahora estaba pagando por entrar allí.

Atravesé el umbral de la puerta y me metí en aquel oscuro abismo.
Martes, 04 de Julio de 2006 22:03 #. Tema: Crónicas viajeras Hay 13 comentarios.

11/07/2006

Hasta nunca Benedicto

Por fin se marchó el santo padre de nuestra adorada ciudad. Un viaje a propósito del encuentro mundial de las familias en el que Benedicto XVI defendió los valores de la familia tradicional. Resulta curioso que sean los sacerdotes, en este caso el máximo representante de la Iglesia, los que promulguen el tradicionalismo familiar. Defienden la familia esos que no se pueden casar porque están siriviendo a dios, los que (en teoría) no mantienen relaciones sexuales, los que condenan el sexo como práctica nociva y esos que lo más cerca que han estado de una mujer ha sido en las fantasías sexuales que mantienen mientras se masturban. ¿Por qué no empiezan predicando por el ejemplo? Es absurdo que un hombre o mujer que se entregue a su fe no pueda compatibilizar su trabajo de sacerdote con el de tener una familia respetable ¿A que esperan para hacer sacerdotes a los padres de familia? ¿Por qué una mujer no puede ser la máxima responsable de la Iglesia católica? ¿Por qué las altas esferas de la Iglesia están tan masculinizadas?. Podría incluso ampararme en los argumentos que tanto utiliza la Iglesia y decir que su comportamiento es “antinatural”. Los que condenan la homosexualidad como una práctica en contra de las leyes de Dios deberían saber que en el mundo animal es mucho más fácil encontrar casos de animales invertidos que animales asexuales. Constantemente están diciendo que dios creó al hombre y a la mujer y el matrimonio sólo es concebible entre estos dos géneros, pero olvidan su propio estado de renuncia considerándolo “normal”. ¿Sería lógico que una persona se vendase los ojos porque cree mucho en dios y quiere entregarse a él? ¿Entonces por qué es lógico renunciar a su sexo porque quieres entregar tu vida a dios?

El respeto es uno de los principales lemas del catolicismo. Por lo tanto deberían comenzar a respetar los gustos y las preferencias de la sociedad. Deberían adaptarse a las nuevas tendencias de la juventud. Deberían saber que para formar una familia antes es necesario tener un buen trabajo y un buen piso. Cosa prácticamente imposible hoy en día para la inmensa mayoría de los jóvenes. Deberían abandonar sus consignas arcaicas, modernizarse, y considerar compatible tener hijos con repartir hostias. No deberían criticar a un gobierno que lo único que ha hecho ha sido normalizar los derechos de los homosexuales. Sobran los comentarios de los cardenales que han dicho que Zapatero es como un dictador por no haber acudido a la misa del Papa.

¿Es que olvidan que este país, en teoría, es un estado laico?

Las televisiones y la Iglesia todavía no se han enterado. Por eso seguimos pagando eventos religiosos del bolsillo de todos
Martes, 11 de Julio de 2006 02:36 #. Tema: Noticiario Hay 27 comentarios.

22/07/2006

El mundo da muchas vueltas y por eso nos mareamos.

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A veces me gustaría encontrar una salida pero no sé ni de dónde quiero salir. Me siento atrapado en la vida como una mosca que ha caído en una telaraña y espera a que la gran araña negra venga para comérselo. Si al menos encontrase un incentivo por vivir, una alegría, una ilusión... pero no encuentro nada. Todo tiene un sabor insípido y toda la carne es cruda. Falta algo grande, algo que me haga mantenerme despierto, algo que me quite el sueño.. pero ahora lo único que quiero es dormir. En Internet no encuentro ninguna noticia interesante, la gente se muere y yo me empacho de comida. Me cuesta leer cinco páginas seguidas de cualquier libro sin que me dé sueño. Sentarme a escribir me supone un suplicio. Caminar es aburrido, ver la tele es aburrido, las películas son aburridas, no aguanto a la gente y me cuesta mantener el hilo de una conversación con cualquier persona. Ya no quiero cambiar al mundo, simplemente quiero que desaparezca.

En el trabajo mato las horas pero también me suicido un poco cada día. La gente viene con sus teléfonos a preguntarme tonterías. Quieren los últimos modelos más modernos. Quieren tener de todo en su teléfono. Odio a la gente que se pasa todo el día enganchada al teléfono, parece que vivan dentro de su teléfono. A través de los teléfonos están lavando el cerebro a la población. Los móviles y la televisión hacen que la gente se vuelva imbécil. Los que quieren dominar el mundo a través de la globalización ya lo saben y por eso nos infectan la programación de la televisión con concursos que no estimulan la inteligencia, con programas del corazón donde hablan de personajes de mierda, de este modo consiguen que nadie piense y todos estén tranquilos y sin ganas de iniciar una revolución marxista. Los niños envidian los juguetes de sus amigos y la única preocupación que tienen es conseguir los mismos juguetes que ellos. La educación va a peor, la media de coeficiente intelectual disminuye cada vez más. Si os fijáis, cada año las notas de corte para entrar en las universidades son más bajas. La inteligencia brilla por su ausencia, y yo, que siempre he defendido la libertad, estoy trabajando para los globalizadores, para los destructores de principios y de ideales. En la educación pública ya no existe el individuo, sólo hacen que fomentar los trabajos en grupo para que las ideas de uno se disuelvan en beneficio del conjunto entero. Quieren que pensar esté prohibido. En los medios de comunicación sólo transmiten inseguridad para que el ciudadano esté intranquilo. Quieren que los propios ciudadanos sean los que demanden más seguridad, incluso a cambio de ceder su propia libertad individual. Los globalizadores saben que si siguen así, los padres acabarán viendo con buenos ojos que a sus hijos se les implanten chips para saber dónde están y, al final, la humanidad acabará esclavizada y controlada por cuatro grandes manipuladores de mentes. Y eso es fácil de conseguir: tan sólo tienen que reducir los presupuestos de seguridad para que las fuerzas del estado sean más deficientes y que así anden unos cuantos asesinos en serie sueltos sembrando el terror. Entonces la gente pedirá y cederá lo que sea por estar segura, incluso a costa su propia libertad. De hecho ya está muy difundida entre la población esta nefasta idea de decir: “a mí no me importa que me investiguen ni que escuchen mis conversaciones telefónicas, yo soy un hombre de bien y no tengo nada que ocultar, y si eso es a favor de mi propia seguridad que lo hagan”. Los que dicen esto o es que no han estudiado, o no han sabido lo que hemos conseguido a lo largo de la historia, la gente se olvida con facilidad de lo que significa la idea de LIBERTAD y lo que costó conseguirla.

El sistema está mal hecho, a nosotros, a los promotores, nos estimulan con el gran engañabobos de los incentivos para que compitamos por vender más. Nos dan un caramelito por haber vendido los 200 teléfonos al cabo del mes y ellos, los grandes, llenarán sus arcas a costa del esfuerzo ajeno, y si por casualidad te has quedado a 20 teléfonos de llegar a tu objetivo (que suele ser siempre, lo tienen más o menos estudiado) no te dan el caramelito y ellos han tenido muchísimos más clientes a los que les sacan los cuartos. También nos envían cartas diciéndonos que frecuentemente nos visita un cliente fantasma, de esos que contratan las mismas empresas para evaluar si somos eficientes en nuestro trabajo. Nos dicen que si les atendemos bien, les mostramos el teléfono, se lo encendemos y le descargamos cosas, podremos entrar en el concurso de una Play Station o un Mp3. Con eso quieren que a todo el mundo que se acerque a preguntar les enseñemos los malditos teléfonos, que los engatusemos con la cantidad de opciones que tienen, que se queden embobados con la gran tecnología 3G y se vayan a sus casas con uno de ellos. Sin embargo, no he conocido todavía a ningún compañero al que le hayan dado un premio por haber atendido bien al cliente fantasma. ¿Será una mentira para hacernos vender más? A mí no me estimula nada que me digan que entraré en un concurso, pero a otros sí, y es lo malo, para mí son los azotes que les dan a los condenados a galeras pero a la moderna. Les hacen remar para nada.

Adoro a la gente que me pide teléfonos simples, de esos que ya no se hacen, que sólo sirven para hablar y para enviar mensajes. Los que más los piden son los viejos, ellos saben lo que es práctico y lo que no. A esa gente puedo confesarles abiertamente que los teléfonos con cámara son una tontería, yo llevo dos años con uno y todavía no he mandado ninguna foto, lo que pasa que teniéndola creemos tener algo más valioso y nos vamos con la sensación de haber hecho una buena compra. Sin embargo, todos los niñatos desean los mejores teléfonos, quieren bluetooth, infrarrojos, melodías polifónicas, Mp3, cámara, vídeo, 3G, televisión. ¿Pero qué quieren demostrar con sus teléfonos? ¿Qué son más guays? ¿Quieren despertar la admiración de sus amigos? Cada vez que me viene un niñato a comprarse un teléfono porque el bueno se lo han robado me alegro. Se lo robarían porque no pararía de mostrarlo por ahí para creerse un poco más superior y algún envidioso se lo robaría. Eso te pasa por imbécil.

Y es que la tontería por los teléfonos llega hasta cuotas insospechadas. La semana pasada vino a comprarme un teléfono UN SORDOMUDO. Lo acompañaba uno que hacía de intérprete entre él y yo. Para colmo no era un teléfono de 3G con el que pudiera comunicarse por señas con otro sordomudo. Según me dijo lo compraba “porque le gustaba mucho”. Vale que pueden enviar mensajes, pero se lo compró más bien por el bluetooth y por el vídeo. ¿Por qué no te compras una cámara normal so tío idiota? ¿No sabes que las fotos de los teléfonos salen como el culo?

Y es que la superficialidad que me envuelve me puede. Mis compañeros de trabajo sólo hablan de compras, de discotecas y de tonterías. Yo no puedo integrarme, me dicen que soy calladito, ¿Pero qué quieren? ¿Que me ponga a hablar con ellos de sus mismas tonterías? Hoy mismo una compañera de trabajo me ha preguntado qué he vendido, le he dicho que he vendido cinco teléfonos de tarjeta, dos de contrato, y que he hecho dos reconversiones, al decir eso me he quedado pensando en la palabra y he dicho: “Qué jodido esto de llamar reconversiones a la gente que se pasa de tarjeta a contrato ¿no? Es como si se cambiasen de religión”. Ella, que estaba escribiendo en el ordenador, se para de pronto, se gira, me mira como si estuviese loco, hace un gesto de extrañeza y me dice: “Con eso de la religión me has dejado loca”. Y se vuelve a girar cara al ordenador y contina escribiendo mientras piensa que yo soy un loco al que se le va la pinza. ¿Cómo podía explicarle que a veces creo que las compañías de teléfono son las nuevas religiones del siglo XXI? Hoy en día o eres de Movistar, Vodafone o Amena. Entre las compañías se matan y se hacen la competencia por conseguir a los fieles de las otras empresas, para ello les hacen más descuento a los que vienen de otra compañía que a los que ya están en ella. Quieren tentar a los clientes, y cuando consiguen atraer a uno quieren que sean fieles a ellos, les estimulan con programas de puntos diciéndoles que cuanto más consuman más descuento les harán cuando quieran comprarse un teléfono nuevo, después les hacen firmar un contrato de permanencia de 18 meses con el que le obligan a estar pagando 9 o 25 euros al mes durante año y medio aunque no gaste el teléfono, y si por alguna de aquellas se le ocurre darse de baja antes, tiene que pagar una indemnización de 150 euros o de lo contrario pasará a formar parte en una lista de morosos, y a partir de entonces, les denegarían cualquier préstamo y crédito que soliciten, no se podrían pagar un coche a plazos ni comprar un piso, tampoco podrían hacerse otro contrato con otra compañía porque ya llevarían la cruz de morosos por siempre hasta que paguen.

Nos tienen cogidos por los huevos.
Sábado, 22 de Julio de 2006 02:20 #. Tema: Trabajando Hay 12 comentarios.

25/07/2006

¿Te gusta leer?

 

Una mañana aburrida en el puesto de trabajo. Yo estaba sumergido en mis pensamientos. Mi compañera contemplaba fijamente el monitor del ordenador. Deslizaba el ratón con desgana, parecía que ya había hecho todo lo que tenía que hacer en Internet. Me mira.

- ¿Te gusta leer? – me pregunta.
- Me encanta leer.
- A mí también, el año pasado me leí el Código Da Vinci y este año estoy pensando en leerme otro libro..
- Yo no pude leérmelo, cuando llevaba cien páginas me pareció una castaña y lo abandoné. Aunque leer es bonito. Para mí significa mucho y leo todo lo que puedo.
- Sí, pues eso es bueno ¿sabes? Yo por eso me obligo a leer un libro al año.
- ¿Y qué libro te gustaría leer?
- No sé. Me encantan los libros de amor. Me gustaban mucho esos libros en valenciano que nos mandaban leer en el instituto... ¡Qué bonitos eran!
- A mí esos libros me parecían lamentables. Malísimos y predecibles.
- Me han recomendado que me lea uno que se llama La sombra del viento. ¿Lo has leído?
- No.
- Pues ahora lo compraré. Espero que me guste.
- Puedes ir ahora, no hay mucho trabajo.
- Sí, podría ir, pero es que... gastarme 20 euros en un libro es un crimen. Con ese dinero podría comprarme otra cosa.

La aborrezco. Es cierto que los libros están caros. Pero no puedo con esta gente. Ella es licenciada en Psicología y no lee más de un libro al año. ¡Con la de libros que debería leer sobre el tema que supuestamente le apasiona! ¿Habrá leído a Freud? Seguro que no. ¿Así cómo iba a ejercer de psicóloga? Los hay que se sacan carreras y no saben nada. Se han dedicado a estudiar un mes antes del examen y luego lo vomitan y lo olvidan. No nacieron con vocación. En el futuro estará lleno de gente sin vocación que estudiará y no aprenderá y luego estará desempeñando un trabajo que no estarán capacitados para desarrollar. Jamás querría que me tratara una psicóloga como ella. Y eso que no quiero ir de intelectual vanidoso y pedante, yo no he leído ni la mitad de lo que me gustaría leer, no quiero que me confundan con uno de esos. Pero creo que leer es casi una necesidad que debería tener todo el mundo y sé que cada cual tendrá sus propias aficiones y no es necesario que todos las compartan. Pero bueno...

- Pues yo me gasto casi todo el dinero que tengo en libros. Prefiero gastármelo en libros que en ropa. De hecho, cuando voy a comprarme ropa suelo pasar por una librería y si me gusta alguno, lo compro, y luego no me queda dinero para ropa. Siempre me pasa.
- ¿Y qué te gusta leer?
- Pues últimamente estoy leyendo a escritores norteamericanos.
- ¿En inglés?
- ¡No por favor! Traducidos. No se me da bien el inglés.
- ¿Y de qué van?
- Pues son libros que hablan sobre la realidad. Gente que ha fracasado en la vida, deprimida, borracha, con aspiraciones de convertirse en escritor. Lo llaman el “realismo sucio”.
- ¿Qué divertido no? – me preguntó irónicamente con una mueca de asco.
- A mí me gusta. Los libros realistas están cargados de una crítica social. Los de fantasía suelen ser para entretener la mente.

Una psicóloga que no se interesa por la realidad. Le hablo de lo que me apasiona y me mira con asco. ¿Esto es lo que nos espera? ¿Quién tiene necesidad de ir al psicólogo si el que te atiende es como los demás? ¿Cómo le vas a explicar que te sientes incomprendido si el psicólogo forma parte de esos que te miran mal por ser diferente? Según me dijo, quería trabajar de psicóloga con enfermos de alzheimer. No me extraña, esos pacientes nunca se podrán quejar, no recordarán su falta de competencia para protestar. Si alguno le acusa de hacerlo mal ella puede negarlo y decir que se lo ha inventado.

- Podría comprarme algún libro de Danielle Steel.- continuó.
- No me he leído nada de ella – todos dicen que esos libros son para gente acabada, y yo, por suerte o por desgracia, nunca lo comprobaré.
- Dicen que está bien.
- Sí, eso dicen – mejor no le digo lo que pienso –, si quieres te puedo recomendar algunos títulos de libros de amor que me han gustado.
- ¡Sí! ¡Dime!
- A mí me gustó mucho “El desencuentro”, que te pasas una semana llorando. O algún libro de Jordi Sierra i Fabra que, aunque es literatura juvenil, me gusta mucho. Títulos como “La estrella de la mañana” o “97 formas de decir te quiero”. ¿Sabes? Cuando conocí a ese escritor me cambió la vida.
- El de la estrella de la mañana debe estar bien. Podrías dejarme alguno. Aunque yo tardo meses en leérmelos, así que no sé si te lo devolvería antes de que terminemos de trabajar aquí.
- No los tengo en casa – Mentí, paso de dejar un libro que no me va a devolver– esos son libros que cogí en la biblioteca.

Vino un cliente a preguntar una gilipollez.

- ¿Qué teléfonos te quedan? – me pregunta.
Saco un catálogo de teléfonos y comienzo a indicarle los que tenemos.
- Oye, oye. ¡Para! ¿Tú a mí me has visto con cara de comprar ese teléfono que me acabas de decir? – dice mientras se señala a la cara. Era extranjero, de tez morena. Llevaba cadenas y pulseras de oro. Los dientes los tenía torcidos. Tenía unos tatuajes penosos que parecían estar hechos por un niño. Realmente tenía pinta de traficante, de expresidiario o de delicuente.
- Yo sólo te estoy diciendo los teléfonos que me quedan.
- ¡Esos teléfonos son para viejos! ¡Yo no quiero esos teléfonos! ¡Yo quiero teléfonos buenos! ¡Mira! – saca un teléfono de su bolsillo. El último modelo de Nokia, el más caro, el mejor, tiene de todo. – ¡Estos son los teléfonos que yo quiero y no la mierda que me estás enseñando!
- Yo sólo respondí a tu pregunta.
- ¡Adiós!

Se va.

Pasa un rato.

- ¿Tú tienes la tarjeta del centro comercial? – me pregunta mi compañera.
- No. Paso de hacérmela. Con eso hacen una base de datos sobre lo que compras y dejas de comprar.
- ¿Y qué más da?
- Pues que a mí no me da la gana que controlen lo que compro. No me pienso vender por cuatro mierdas que regalen con los puntos. Se empieza así y al final, dentro de unos años, los gobiernos controlarán los libros que compramos y las revistas que leemos con el pretexto de defender al país del terrorismo. Investigarán a toda la gente que lea a Marx, que tenga ideas sospechosas por ser liberales, o que esté en contra del sistema. Tratarán de quitárselos del medio acusándoles de algún delito y encerrándolos.
- Tú estás loco.
- Claro, y además, si compras con la tarjeta esa y cometes un asesinato con un objeto que se venda en el centro comercial, filtraran a todos los que lo compraron y te pillarán enseguida.
- Yo no pienso matar a nadie.- Me contesta con desprecio, intentándome dejar en ridículo. Como si el último comentario lo hubiese hecho en serio – A ver si tenemos aquí entre nosotros a uno con la mente de psicópata. ¡Me das miedo!

Me das miedo, me das miedo, me das miedo. ¿Cuántas veces habré escuchado eso? ¡Si soy inofensivo! ¡Me sabe mal matar a las cucarachas y a las moscas! ¡Prefiero espantarlas antes de que mueran bajo mis garras!

- Oye.. y ahora en serio. Tú que eres psicóloga. Dime la verdad. ¿De verdad crees que estoy loco?
Martes, 25 de Julio de 2006 04:42 #. Tema: Trabajando Hay 11 comentarios.

26/07/2006

El cuerpo es una cárcel de la que hay que escapar, pero nadie quiere salir.

¿Cómo sería una vida sin cuerpo y sin necesidades? No nos preocuparíamos ni por comer, ni de cagar, ni de respirar, ni de follar, ni de trabajar ni de sobrevivir. ¿Es así el cielo? ¿Sólo habitan almas que pasean y que no follan entre ellas? ¿Qué harán? ¿Leer? ¿Hablar? No tendrán ni la necesidad de dormir, no discutirán por dinero, ni los padres discutirán con sus hijos por saber a qué hora llegarán a casa por la noche. No existirá el tiempo.

El cielo debe ser aburrido, no habrán casas donde vivir, no habrá propiedad privada, no habrán direcciones, no habrán teléfonos. ¿Todos se limitarán a sonreír y a estar junto a sus seres queridos? No podrás quedarte en casa rascándote los huevos mientras ves una película. Por no existir no existirá ni el arte.

Si algún día voy al cielo no tendré nada que hacer, y como no tendré nada que hacer me querré suicidar, y como ya estaré muerto no podré suicidarme. Por lo tanto viviré en una inmensa felicidad repetitiva y agonizante. Me cansaré de la eternidad y de los lugares donde no cabe ninguna ley física. Iría a ver a Dios para pedirle cuentas por lo mal que ha hecho las cosas.

Se supone que el cielo está lleno de amor, de comprensión, de cariño, pero llegará cierto momento que uno se hartará de eso. Nuestras almas, si existen, necesariamente deben estar corruptas. Uno debería ser consciente de su situación en el cielo, si no hay pena que quepa en el cielo todo sería una gran mentira. Estaríamos ciegos y seríamos unos hipócritas.

Prefiero ir al infierno, allí donde hay carne y se sufre, donde hay fuego, donde hay látigos, donde hay mujeres, donde la gente va a conciertos, se emborracha, se odian entre ellos y se matan. Quiero un lugar donde quepa la vanidad, la desgracia y la alegría de ver que alguien que te cae mal está sufriendo. Un lugar donde todos los sentimientos se mezclan en una cadena de gente que se da por culo la una a la otra.

Si me disculpan, me voy al infierno...
O lo que es lo mismo... me quedo en la Tierra.
Miércoles, 26 de Julio de 2006 02:31 #. Tema: Divagaciones Hay 2 comentarios.

27/07/2006

Algún engranaje no funciona

Debería haber algún modo de localizar las averías de la vida. Tendría que haber un mecánico al que pudiésemos llamar para decirles qué nos pasa. Seguramente vendría y encontraría inmediatamente dónde está el error y lo repararía. Siempre hay algo que no funciona bien y que impide que las cosas no salgan como las hemos planeado. Intentamos fabricar una máquina de hacer croissants y lo que nos da son panes.

- ¡Yo no te pedí esto! – le dices cabreado a la máquina.
Pero las máquinas nunca responden.
Dios tampoco.

Uno no debería estar por las noches escribiendo estas parrafadas como única vía de escape de sus locuras y paranoias internas en las que imagina que hay una conspiración a escala mundial para hacerle desdichado. Yo debería estar ahí fuera, bebiendo, conociendo a gente interesante y enamorándome de doscientas mujeres al día. Y no, estoy aquí, en mi propia realidad, en un ataúd del tamaño de una habitación.

Lo peor es que cuando por fin me decidido a salir tengo una terrible sensación. Siento que se acaba la fiesta cuando yo llego a un sitio. Es como si ese mundo de ahí fuera no correspondiese al que yo imaginaba.

- No es como yo pensaba – me digo.

No existen esas fiestas donde se conoce a gente interesante, no quedan mujeres de las que enamorarse sin que te invada una sensación de que estás perdiendo el tiempo con una estúpida con tetas.

Vas a la discoteca con tus amigos. Es el lugar en el que te dicen que se lo pasan genial los fines de semana. Pero tú llegas y lo único que encuentras es a mucha gente de pie, mirándose los unos a otros y que esperan encontrar a alguna borracha que esté lo suficientemente inconsciente como para ser capaz de liarse con algún desgraciado como ellos.

- ¿Dónde está la fiesta que me dijeron que había aquí? – me pregunto.

Si no bebes o te drogas no te lo pasarás bien. Necesitas que alguna sustancia altere tus sentidos y conseguir que la sucia realidad se distorsione y se acabe convirtiendo en algo divertido. Sólo drogado puedes pensar que ver bailar a 200 mierdas con patas puede resultar interesante y divertido. De lo contrario, no entiendo que los Lunes vengan a contarme que el pasado fin de semana lo pasaron muy bien.

- ¡Qué bien me lo pasé el fin de semana! ¡Menuda fiesta! – me dicen.
- No amigo, sabes que te engañas a ti mismo cuando dices que lo pasaste bien, lo que pasa es que quieres demostrar que tú haces cosas interesantes y no es así, no te lo pasaste bien. En realidad lo que hiciste es una PUTA MIERDA, pero las drogas te hicieron creer que era maravilloso todo aquel colorido de luces, de sombras y de mujeres que se acercaban para meter su sucia lengua con restos de semen de otros tíos en tu boca. 
Jueves, 27 de Julio de 2006 00:40 #. Tema: Divagaciones Hay 4 comentarios.

Violada

Sucedió bastante rápido. Era una tarde soleada de verano. Yo volvía de casa de una amiga. Mientras caminaba alguien me cogió por detrás, me levantó, me llevó hasta un coche, abrió la puerta y me metió dentro a la fuerza. En ese momento me pareció que la calle estaba vacía... o que la gente no quiso ver nada. ¿Quién eres? ¿Qué haces? Tengo miedo. Déjame irme. Me retuvo. Estate quieta hija de puta. Me dio una bofetada. Quiero salir de aquí. Comencé a llorar. Llevó el coche lejos de la ciudad. Se detuvo en un descampado. El miedo me había inmovilizado. No sabía qué hacer.
Salió del coche.
Abrió la puerta donde yo estaba.
Me sacó del coche a trompicones.
No me hagas nada por favor. Lloraba mucho, no podía contenerme. No sabía quién era aquel hombre que hablaba con un acento extranjero. Me daba mucho miedo.
Me tiró al suelo.
Quítate la ropa.
No me moví. Sólo caían mis lágrimas.
¡He dicho que te quites la ropa!
Temblaba de miedo.
Me dio una bofetada que me tumbó en el suelo.
Yo sólo tenía 13 años.
Comencé a sangrar.
¿Te lo tengo que decir otra vez?
Tenía miedo. Movida por el miedo me quité la parte de arriba. No quería que aquel hombre malo me pegase más.
¡Quítate el sujetador!
Lloré más. Socorro. Qué alguien me ayude. Que alguien venga.
Pero estábamos en las afueras de la ciudad.
¡Hija de puta!
Se precipitó contra mí y me arrancó el sujetador. Me tumbó contra el suelo. Comenzó a besarme los pechos. Estaba inmovilizada. No podía hacer nada contra toda su fuerza. ¿Por qué me haces esto?

Después me quitó el pantalón. Me tumbó boca abajo. Me metió su cosa. No sé cuánto tiempo estuvo así. Sentía que me estaba muriendo. Si no moría ahora estaba convencida que luego me mataría. Estuvo así hasta que se cansó. Yo me debilitaba cada vez más.

Ahora me la vas a chupar.

Me la puso delante, en la boca, pero yo la cerré. No quería. No. Me pegó. No lo hice. Insistió. Ya estaba segura de que iba a morir. El hijo de puta se enfadó y me volvió a tirar contra el suelo. Me volvió a meter su cosa. Esta vez lo hizo con tanta fuerza que mi rodilla estuvo tan presionada contra el suelo que comencé a sangrar. A cada empujón la herida de mi rodilla se abría cada vez más. No tenía ni fuerzas para gritar. Estaba prácticamente inconsciente. Me costaba mantener abiertos los ojos. Sólo quería que aquello terminase. Quería que me matara de una vez, aunque yo creía ya estar muerta.

Cuando terminó me volvió a meter en el coche. Yo no podía hacer nada. Miró lo que tenía en el bolsillo. Cogió mi teléfono. Hizo algo con él. Ya me daba igual. Quiero morir. Quiero que esto pase. No quiero que me pegues.
El cobarde me llevó de nuevo a la ciudad, en las afueras abrió la puerta, me sacó, y me dejó allí tirada.

Estaba débil. Todavía no sé de dónde saqué las fuerzas para llegar hasta casa. Nadie me vio entrar y me metí en mi habitación.

Durante unos días no hablé. Mis padres me preguntaban constantemente qué me pasaba. Yo les dije que había discutido con mis amigas. No quería contarles nada. Me sentía sucia. Ninguna ducha podía limpiar lo sucia que me sentía. Durante mucho tiempo no le conté nada a nadie. No lo denuncié. Yo sólo tenía miedo.

Fue al cabo de mes. Cuando sonó mi teléfono móvil.

Hola.

Era él. Era su voz. La tenía grabada en mi mente. Era la voz que asociaba con la cara que protagonizaba todas mis pesadillas. ¿Colgar? Si le cuelgo vendrá y me violará de nuevo. Me dijo que si le denunciaba me mataría. Que a mis amigas y seres queridos les podía pasar cosas muy malas. Que de mí dependía que mi familia estuviera bien. Si denunciaba y les pasaba algo iba a ser por mi culpa.

Yo no quería que les pasara nada malo a mis seres queridos. Ya lo sé. Llámame tonta. Llámame imbécil. Llámame lo que quieras. Pero jamás querría que mi prima, por ejemplo, pasase por lo que yo he pasado. No le deseo a nadie eso. Yo ya lo he sufrido y no quiero que lo sufra nadie más. Ya ha pasado y no puedo hacer nada.

Con el tiempo pude contárselo a un novio que tuve. Me dijo que lo denunciase, si no lo hacía lo mataría él con sus propias manos. Me decía que no fuese idiota. Podría llevarlo a la cárcel y que se pudriera allí. Pero yo tenía demasiado miedo. No podía denunciarlo. ¿Cómo me sentiría si a alguien cercano a mí le pasase algo? No puedo y no puedo.

Comencé a salir con chicos pero no podía mantener relaciones sexuales con nadie. Cada vez que un chico me acariciaba me venía la imagen del violador. Les decía que no podía continuar y se enfadaban. No entendían que tenía miedo. Aunque sabía que ellos no me harían daño, el recuerdo de aquel momento me impedía seguir. Nunca he podido quitarme la ropa delante de un chico, cuando lo hacía me acordaba del momento en el que aquel cabronazo me obligó a quitármela.

Durante mucho tiempo no he dormido. Aquello que me pasó me daba vueltas y vueltas en la cabeza. Hoy en día me sigue costando dormir. ¿Por qué me tuvo que pasar eso? A veces me siento culpable. Él hizo que odiase mi cuerpo, que odiase que fuese fruto del deseo. A veces pienso que yo hice algo mal en esta vida y por eso yo merecía que me pasase todo aquello. Me he sentido una desgraciada. Hoy en día lo sigo pensando, sigue costándome mantener relaciones sexuales con un chico. He conseguido hacerlo, pero sólo cuando he tenido plena confianza como para contarles mi problema y ellos han sido pacientes conmigo. Necesito mucha confianza en una persona para seguir adelante. Incluso, a veces, sólo me siento una estúpida imbécil violada que no puede hacer nada. A veces mi autoestima llega a estar a grados bajo cero. ¿Qué tipo de justicia me podría devolver la seguridad en mi misma? Cada vez que me desnudo y me miro al espejo veo las marcas que me quedaron en la rodilla y recuerdo otra vez aquel fatídico momento.
El rostro del miedo.
Mi torturador.

Desde entonces nunca he podido caminar sola y tranquila por la calle. A veces me da la sensación de que me persigue, que va a salir de un lugar u otro y me volverá a violar. Tengo que volver la vista atrás para asegurarme y, a veces, confundo otros rostros con los de él y me invade el pánico.

Años después lo volví a ver. Me reconoció. Me paró. Sentí que no había pasado ni un segundo desde la última vez que lo vi.

Has sido buena. No me has denunciado. Así me gusta.

Se fue. No me hizo nada. El hombre aún tenía mi teléfono y me llamaba para recordarme que no lo denunciase y para amenazarme en caso de que lo hiciera. Una vez me propuso volver a vernos y, a cambio, dejaría de amenazarme y toda mi familia estaría bien. Todo se acabaría. ¿Sabes? Estuve a punto de decir que sí. Que hiciese de mí lo que quisiera si a cambio dejaba en paz a mi familia. Ya lo sé. El pensamiento fue una locura. Pero no me importaba lo que me pasase a mí, no me tenía ningún aprecio. La poca gente que sabe todo de mí me dijo que estaba loca por pensarlo. Pero en ese momento sólo quería que acabase todo. Pensé en cambiarme el número, en colgarle cuando me llamase, pero tenía miedo de que hiciera algo a mi familia. Sigo teniéndole miedo y no creo que lo denuncie nunca. Ya sé, sé que te dará rabia. Todo el mundo me dice que lo haga, me dicen que tienen ganas de matar a ese hijo de puta. Pero no puedo. Lo siento. No puedo. Tengo miedo.

Yo sólo espero perder el miedo algún día. Sólo espero poder mantener relaciones sexuales satisfactorias sin que me asalte el recuerdo de lo que pasó. Sólo quiero pasear tranquila por la calle. Quiero mirarme al espejo sin ver esas marcas en mi rodilla que me hacen recordar aquella fatídica tarde de verano en la que yo tenía trece años. Quiero que se borre la herida de mi carne, quiero dejar de mentir a la gente que me pregunta por esas marcas y les digo que me las hizo un perro.

Pero sobre todo quiero que algún día desaparezcan las heridas de mi alma.
Aquellas que no se ven.

 

Foto: Extraída de aquí.

Jueves, 27 de Julio de 2006 16:03 #. Tema: Increible pero cierto Hay 16 comentarios.

28/07/2006

¿Te gusta leer? Capítulo 2

- Ya me he comprado el libro –me dijo.
- Me alegro. ¿Qué libro era?
- La sombra del viento.

A las nueve cortan el aire acondicionado en el centro comercial. A las diez salimos. Supongo que lo harán para ahorrarse una pequeña cantidad de dinero y para que los clientes no se sientan tan a gusto allí dentro y comiencen a pensar en marcharse a casa. Los que trabajamos allí sufrimos en nuestras carnes esa decisión tan rácana e inhumana.

Salió una cucaracha por debajo de los armarios y cruzó el estand

 

.

Las dependientas que estaban atendiendo a clientes salieron corriendo. Otras gritaron. Una se escondió detrás de mí como si en vez de una cucaracha hubiese salido un asesino con un cuchillo amenazándonos. La chica de fotografía dejó las fotos y se puso a gritar mientras el rollo de la máquina de revelar seguía rodando. La cucaracha se había detenido allí en medio, ante el estupor de los que estábamos dentro y la sorpresa de los clientes que estaban fuera.

- ¡Qué asco! ¡Qué asco! UUUUU – decía una como si viese a un muerto en estado de descomposición. Poco le faltó para desmayarse.

 

La cucaracha avanzó dos baldosas. De nuevo los gritos, las histerias, los lloros, los traumas y las lamentaciones. Algunas, que intuyeron que podían estar viviendo los últimos instantes de su vida, llamaron a sus familiares para decirles que les querían.

Un cliente que había por la parte de fuera me dijo:

- ¡Venga mátala! – y señalaba con el dedo a la cucaracha. Implorando que acabase con la agonía de las trabajadoras que estaban allí dentro en ese momento.
- ¡A mí me sabe mal matarlas! – contesté.
- ¡Sólo me faltaba por soportar esto en el trabajo! – Clamó una mirando al techo.
La chica que estaba detrás de mí me empujó. – Mátala, hombre. ¡Mátala! – me decía.

Todos me miraban.

Yo era el único hombre que había dentro del rectángulo del estand. Todas las chicas se habían ido a las esquinas huyendo del peligroso y abominable insecto.

Aquello era un cuadrilátero.

Por un lado teníamos a Fredy y por el otro a una cucaracha sin cerebro que paseaba tranquilamente. La gente de fuera comenzó a agitarse. Empezaron a hacer entre ellos apuestas por el ganador. La chica que se había escondido detrás de mí era mi manager y estaba alentándome como a Rocky.

- ¡Acaba con ella! – me decía a cámara lenta.

 


Yo imaginé que tenía una toalla en mis hombros y que tan sólo llevaba un pantalón corto. Me tenía que poner el protector dental. Las gotas de sudor se deslizaban por mi frente a causa de los focos. Nuevos clientes se acercaron para presenciar el combate. Era mi oportunidad, el momento de lanzarme a la fama consiguiendo el cinturón de campeón. Por fin demostraría que yo era un hombre que sabe combatir. Tenía que poner en práctica todos los conocimientos que adquirí en mi adolescencia jugando al Mortal kombat y al Street Fighter.

Sonó la campana.

¡Cooooooomienza el combate!

Los púgiles se miran. Dan vueltas al ring. Fredy se lanza al ataque y la cucaracha en vez de afrontarlo le da la espalda. Atención señores. Fredy se indigna con la afrenta y sale tras ella. La acorrala contra las cuerdas. La superioridad de Fredy es evidente. 70000 gramos contra 20. Puede aplastar a la cucaracha con su pie. ¿Pero qué hace? ¡Fredy ha cogido un folio! Se agacha a donde está la bestia inmunda y coloca el folio sobre ella.

- Es para no mancharme el zapato –expliqué a los asistentes.

El público vibra.

-¡Písala! ¡Písala ya de una vez!
- Acaba con nuestro sufrimiento Fredy –decían las dependientas.

Fredy se dispone a efectuar el golpe de gracia que dejará K.O. a la cucaracha, cuando ¡atención! La cucaracha escapa en el último momento del manto (folio) que había colocado su contrincante sobre ella. Parece que está herida. Ha sido pisada por una parte. Apenas puede caminar.

- ¡Písala! ¡Písala! – Gritaban al unísono.

Pero no podía hacer caso de la plebe. No quería ser un criminal. Me giré y miré a la grada. Allí estaba el Cesar. Le mostré mis respetos. El Cesar se levantó y echó una mirada a la grada. Estaba a punto de emitir su veredicto.

 

 

Dedo abajo.

Muerte.

Pisé a la cucaracha y la mandé a una vida mejor.

Fatality.

La gente invadió el cuadrilátero. Me felicitaron. Me abrazaron. Yo buscaba a Paulie y no la encontraba.
¡Pero qué coño! yo no conocía a ninguna Paulie.

Un operario se llevó el cadáver de la cucaracha y la tiró en la basura.

Yo era un asesino de cucarachas vendedor de teléfonos móviles.

- Nos has salvado la vida Fredy.
- Ha sido un placer.
Viernes, 28 de Julio de 2006 16:22 #. Tema: Trabajando Hay 8 comentarios.

30/07/2006

Paseo

Baldosas rojas y amarillas bajo mis pies. Las analizo una a una. Intento adecuar mi paso para pisar siempre las baldosas amarillas. Es imposible. Tengo que dar un paso más largo que otro y parezco idiota.

No sé hacia dónde camino.

Mi ciudad está muerta aunque ahora está en plena efervescencia turística. No veo más que resquicios de lo que un día fue y fui. Caminando me acuerdo de aquellos veranos en los que nunca estaba sólo. Siempre podía buscar a alguien. Éramos mucha gente. Pero ahora parece que no queda nadie, todos se han marchado y yo ando sólo por la noche.

Me cruzo con gente normal. Siento que soy un espectro que pasea. Un perro que se cruza con humanos. Hay un parque por donde paseo. Ahora está cerrado. Los patos de dentro han salido de su charca y están entre ellos reunidos. Yo sigo solo. Los humanos se reúnen también en manadas. Yo no soy un humano. Los seres humanos no concuerdan con la naturaleza. Todas las fotos en las que salen humanos son antiestéticas. Sólo los paisajes son dignos de ser fotografiados. Debería estar penado hacer fotos de carnet.

Mi teléfono no suena. Es el síntoma de que el mundo se ha olvidado de que existo. Los teléfonos a los que intento llamar comunican. Me siento incomunicado. No puedo trasladar a otro semejante el pesar que llevo dentro de mí. Estoy rompiendo con mi pasado. Una fractura se abre entre los recuerdos y yo. Me estoy convirtiendo en un hombre de hielo. Mis lágrimas están secas. Me asfixio en el mundo y no puedo huir a las colinas para convertirme en ermitaño. No me arreglo para salir. Tan sólo a veces me digno a ponerme elegante para mí mismo. Deseo encontrarme bien conmigo. A veces deberíamos tener citas a solas. Soy un experto en saborear las delicias de la soledad y eso comienza a inquietarme. Muchos deberían aprender a estar solos consigo mismos y deberían salir a pasear junto a ellos. Me gusta mirar al suelo cuando camino. Allí está mi sombra acompañándome. La comparo con otras sombras. Me parece ver una sombra única.

Mi alma debe ser como mi sombra.

Dicen en los informativos que hay sequía. La gente bebe licores en los chiringuitos. Mezclan la bebida con la música. Soy una isla desierta en medio de un manantial de gente. Busco los frutos de mis cosechas y no encuentro ni mis tierras. Todo lo que tengo me lo he ganado. Lo he querido así. Yo no elegí el mundo y no puedo cambiar el mundo ni cambiarme a mí.

Asumo que no puede haber una reconciliación entre la vida y yo.

Se bebe mucho. Se ríe mucho. Se fuma mucho. Pero nunca es suficiente. Yo sigo arrastrándome. A veces me despierto en medio de la calle, apoyado en un coche y manchado de mi propio vómito. Estoy acabado.

Mis gritos de ahogo no los escucha nadie.

Caen gotas desde lo alto de los edificios. Alguien ha regado las plantas o se ha dejado los grifos abiertos. A mí me parece que los edificios están llorando. La ciudad es testigo de este paseo infernal. Piso las hierbas. Piso las flores. Piso hormigas. Piso los pies a mi sombra.

La arena se mete en mis zapatos. Me molesta. Me molesta mucho. Camino. Odio la arena. Veo una cara conocida tras la barra.
“¿Cuánto tiempo no?”
Dos besos.
“¿Recuerdas cuándo te escribía cartas de amor?” Le digo con mi pensamiento.
“Ponme una cerveza.” Le digo con mi voz.
Me las pone.
Le extiendo dos monedas de euro.
No quiere cobrarme.
Se va.

Al menos no eres una puta.

Quiero ser humano. Quiero poder hablar. Quiero conversar como ellos.

- Antes hacían los edificios sin plazas de aparcamiento. Ahora los hacen con parkings. – afirma una.

Quiero ser experto en urbanismo. Quiero poder hablar de algo con ellos. No quiero decirles que la noche es triste y que las luces de neón me producen fatiga. Quiero sentarme en un bar con amigos. Como todos esos del bar de enfrente. Quiero tener un coche con el que pasear acompañado de amigas y chicas. Quiero tener planes. Ir a la playa con mis amigos. Ser sociable. Pero no encuentro gente entre la gente.

Quiero escupir mis dientes.

Tengo llagas en los pies. ¿Y mi voz? ¿Dónde está mi voz? ¿Me acordaré de hablar?
¿Sé el idioma que hablo? ¿En realidad sé cómo me llamo? A veces cuando me preguntan cómo me llamo no sé ni qué decir. No sé ni lo más elemental de mí. No soy capaz de descubrirme.

Yo camino y las estrellas brillan. Brillaron en su momento. Su luz me llega ahora miles de años después. ¿Tanto  tiempo viajando para chocar contra mi retina? Creo que no ha merecido la pena tan largo viaje.

Me vacío... dentro de mis pulmones se oprime el universo. En mi caja torácica se esconde la fuerza que hizo estallar el big-bang.
Los edificios siguen llorando.
Mi alma sigue cantando.
Una voz se oye de fondo, pero no es a mí a quién le habla.

Me gustaría tener uñas para rascar tu espalda y dejar unos hilos de sangre. Me gustaría tener una lengua larga con la que poder estrangular la tuya.

Quiero morder el anzuelo de nuevo.

Domingo, 30 de Julio de 2006 18:16 #. Tema: Relatos Hay 6 comentarios.

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