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04/03/2006

El pez alérgico al agua

EL PEZ ALÉRGICO AL AGUA

No encontraba la inspiración por ninguna parte, así que encendí la televisión. Al menos en Navidad la programación variaba un poco, no de contenido, sino de forma. Los logotipos de las cadenas aparecían cubiertos de nieve y la publicidad mostraba su lado más altruista acordándose de los juguetes de los niños. El resto continuaba igual; programas vulgares para gente vulgar.

Empecé a recordar que antes había otro tipo de televisión, cuando yo volvía del colegio hacían dibujos animados. Ahora los niños se encontraban con programas como A tu lado, en el que salían personajes infames insultándose, acusándose de tomar drogas o de prostituirse. A finales de los años setenta, posiblemente hacían mejores programas, por ejemplo A fondo; un programa donde entrevistaban a “las primeras figuras de las ciencias, las artes y las letras”. Descubrí las entrevistas en Internet gracias a programas de intercambio de ficheros donde había gente sensata que compartía material de calidad. Encontré entrevistas a Salvador Dalí, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges... ¿Y ahora qué? Encendía la televisión y tan sólo veía entrevistas al último expulsado de Gran Hermano, de La casa de tu vida, o de Operación triunfo. Lo peor no era eso, lo peor era ver a las masas seguir esas entrevistas como si en sus comentarios encerrasen el sentido de la vida. Todo eso era normal en España. Luego había gente que todavía se preguntaba por qué había fracaso escolar. En Japón, uno de los programas con más audiencia del país era el de un matemático que ponía problemas a los telespectadores y daba clases de matemáticas de una forma clara y divertida. Me pregunté qué pasaría si emitiesen aquí algo parecido, más de uno se echaría las manos a la cabeza preguntándose cómo hacen un programa tan malo sin que salga ningún famoso de pacotilla contando su miserable vida. Aunque igual si lo presentase Bertín Osborne tendría éxito. ¿Quién sabe?

Permanecí sentado un buen rato, las imágenes televisivas seguían sucediéndose ante mí. Sólo me movía para levantar el mando a distancia y hacer zapping. Mientras tanto, me rondaban muchos pensamientos desconcertantes por la cabeza. Mucha gente me decía que utilizaban la televisión como una vía de escape para evadirse de la realidad, pero yo no me lo creía. Aunque en ocasiones hiciesen buenos contenidos, la mayoría de las veces esa vía de escape se convertía en un desagüe fecal pero al revés. Yo no era el único que así lo creía, mucha gente opinaba lo mismo y se indignaba de la misma manera. ¿Y la publicidad? ¡Ay, la publicidad! Querían hacerte creer que no tenías nada, intentaban generarte infelicidad y necesidad. “Compra este perfume y la chica caerá rendida ante ti”, “el coche de tu compañero de trabajo es mejor que el tuyo y tú eres un desgraciado por eso”, “si no compras este teléfono de última generación serás un cavernícola con tu teléfono obsoleto”, “con esta comida de perros tu perro será fuerte y tú más feliz por eso”, “compra esta ropa y serás superguay”. Todo me parecía un mercadillo para idiotas y, aun así, luego veía a la gente alardear de su coche o comprándose esa ropa para ir a la moda. Enseñaban sus teléfonos para compararlos con los de sus amigos para así ganar una especie de reputación vanidosa. Era horrible. A menudo escuchaba conversaciones banales en las que tenía que hacer grandes esfuerzos para contener las arcadas, sobre todo cuando se comportaban como pavos reales desplegando sus plumajes y hablando de sus televisiones de plasma, teléfonos de última generación, de las joyas que se ponen en las bodas o cuando una parejita presumía de su futuro yerno que estaba trabajando de ingeniero y cuya posición económica era excelente. Todos pavoneaban con sus pertenencias. Frecuentemente se olvidaban de la verdadera utilidad de las cosas, no se acordaban de que los teléfonos eran para hablar, los relojes para señalar la hora y los coches para desplazarse. Había gente que se compraba coches carísimos y no tenían ningún sitio a donde ir, como mucho iban al trabajo para pagarse su propio coche. A veces creía que yo no tenía nada en común con nadie. Me preguntaba si algún día harían una propaganda que dijese: “No compres nada, no te creas nada, despréndete de todo lo que tengas y dedícate a la vida asceta y contemplativa en la orilla del río Ganges”. No soportaba ver más televisión, así que la apagué y me fui.

Bajé las escaleras y salí a la calle. Era Navidad, pero extrañamente no caían copos de nieve por ninguna parte, no había trineos paseando por el cielo, ni estrellas resplandecientes que deslumbraban a unos transeúntes absortos con la boca abierta ante el fenómeno. Tampoco me crucé con ningún calvo que repartiera suerte con su mirada. Absolutamente nada. Todo era igual que siempre. Lo único que cambiaba eran las luces parpadeantes que habían colocado en los comercios, no sé si para adornar o para llamar la atención de los que van con sus pagas dobles de diciembre en busca de regalos para la familia. Todo me resultaba extraño, no entendía nada. A veces me decían que no respetaba los gustos de los demás, que siempre creía tener la razón, que hablaba con demasiada prepotencia y seguramente llevaban razón, no tenía derecho a opinar sobre los gustos y forma de vida de los demás, los coprófagos también tenían cabida en el mundo.

Me di cuenta de que estaba paseando sin saber a dónde me dirigía. Di media vuelta y tomé el mismo camino de siempre para ir al bar de Paco, un sórdido tugurio que difícilmente superaba alguna inspección de sanidad. Allí hablaría con Henry, un vividor al que le dieron una paga por invalidez a raíz de un accidente laboral que tuvo. Se limitaba a pasarse todo el día en el bar bebiendo y jugando a las máquinas tragaperras. En su casa ya nadie le esperaba para cenar, su mujer lo abandonó. Pese a eso jamás perdía la sonrisa. Era de esos borrachos que reían cuando bebían y no de los que lloraban. Me gustaba hablar con él.

Llegué al bar y abrí la puerta. Entré y allí estaba Henry, sentado en la barra y bebiendo cerveza. Me acerqué a un taburete libre que había a su lado y me senté sin decirle nada. Henry bebió un trago de cerveza, dejó el vaso en la barra y sin mirarme dijo:

- ¿Qué tal, Alex?

- Es sorprendente, sin mirarme me has reconocido.

- Te he visto reflejado en ese espejo –dijo mientras señalaba al espejo mugriento que estaba situado detrás de la barra–. ¿Qué quieres tomar?

- Nada.

- ¡Camarero! –levantó el brazo como si llamase a un taxi–. Ponle una cerveza a mi amigo y otra para mí.

- Siempre haces lo mismo.

- Por cierto, Alex... feliz Navidad.

- Déjate de pamplinas, desear la felicidad a alguien es desearle la muerte en vida. Prefiero que me digas que descanse en paz.

- ¿Ya empiezas con tus tonterías?

- No es ninguna tontería, eso de ir deseando la felicidad gratuitamente sin saber ni lo que es me parece una irresponsabilidad muy grave. Ahora en Navidad la gente se desea la felicidad una a otra sistemáticamente. En la televisión te lo desean antes de pasar a publicidad y en todas las propagandas. Hasta en las bolsas de plástico de los comercios aparece el dichoso “Feliz Navidad”. Nadie te pregunta antes si eres feliz, ni saben si lo eres, sólo te lo desean y lo esperan sin más. Como quien tira una bolsa de basura al contenedor y espera que por la noche pase el camión a recogerla.

- ¿Pero qué tiene de malo desear la felicidad? –preguntó con su habitual sonrisa cínica. Esa sonrisa que expresaba que le hacía gracia lo que decía y, a la vez, sabía que yo estaba completamente equivocado.

- ¿Qué tiene de malo? ¿Alguna vez has pensado cómo sería una persona completamente feliz? Imagina por un momento que un genio de la lámpara de Aladino le concede a alguien su tan ansiado deseo de ser feliz. ¿Cómo sería esta persona? Esta persona sonreiría ante todo, estaría muy bien los primeros días, sentiría un bienestar sin igual y tendría todas las necesidades saciadas. ¿Pero qué pasaría cuando empezasen a suceder desgracias a su alrededor? Se moriría un ser querido y sería feliz. Lo continuaría siendo si le despidiesen del trabajo o, incluso, si lo metiesen en la cárcel. Esa persona nunca lucharía por nada, porque nada le haría más feliz de lo que está. Lo podrían enterrar vivo, vejar, torturar, someterlo a cualquier tipo de escarnio y el hombre seguiría feliz como un idiota. Esa persona nunca lloraría cuando fuese el momento de llorar, nunca más se estremecería viendo alguna terrible noticia del telediario. Todos se apiadarían de él por ser un feliz desgraciado e inconsciente. Lo que te quiero decir, Henry, es que los que aspiran a ser felices en este mundo no quieren ver las desgracias de las que se compone la vida, quieren cerrar los ojos a la realidad. Creo que no se puede ser feliz mientras estemos viviendo en este mundo imperfecto. No se puede tener conciencia de las injusticias del mundo y ser feliz. De vez en cuando te puedes olvidar de que la vida es una mierda, reírte y ser feliz un rato, pero no durante toda tu vida. Muchísimas veces me sorprendo cuando pregunto a alguien a qué aspira en la vida y me dicen “quiero ser feliz”, creyendo ser modestos por estar pidiendo poco y, a la vez, creyendo que esa meta es inalcanzable. ¡Pues claro que lo es! ¿Nunca has oído hablar del sufrimiento de ser feliz?

- ¿Pero qué forma tan maquiavélica tienes para enfocar las cosas? –dijo Henry–. Siempre estás igual. Eres un retorcido. Sabes bien que la felicidad no es eso, la felicidad es luchar por lo que quieres dentro de las desdichas. Estoy harto de decirte que eres sumamente pesimista y eso no es bueno. ¿Sabes? Está probado estadísticamente que los pesimistas se mueren antes.

- Eso es discutible, estimado Henry. Por si no lo sabías, los optimistas son los únicos que se suicidan.

- ¿Cómo te atreves a decir semejante barbaridad?

- No es ninguna barbaridad; sólo se suicidan aquellos optimistas que dejan de serlo, en un momento u otro pueden perder su razón de ser. Sin embargo, los pesimistas que no han encontrado un motivo para vivir, ¿por qué lo iban a encontrar para morir? En el crack del 29 se suicidaron en masa todos aquellos que tenían todo su optimismo depositado en sus acciones. ¿Cuántos mendigos asqueados de la vida se suicidaron en el 29?

- Eso es un disparate. Yo no sé de dónde te sacas esas cosas –. Parecía realmente disgustado con lo que decía, se le había ido la sonrisa de su rostro.

- No lo digo yo, eso lo leí en un libro de Emily Ciorán. Era un filósofo rumano, aunque yo lo considero más bien un poeta.

- Deberías dejar de leer esos libros. Acabarán volviéndote loco. No dicen más que una sarta de burradas. Eres joven y no puedes pensar así. Lo que deberías hacer es leerte el libro que te recomendé, seguro que se te quita ese pesimismo de la cabeza y enfocas la vida de otro modo.

- ¿Qué libro?

- El de ¿Quién se ha llevado mi queso?

- Ya me lo leí y antes de terminarlo ya sabía cuál era la moraleja.

- ¿Ah, sí? – preguntó muy interesado – ¿Y qué conclusión sacaste?

- Que para ser feliz tienes que ser una rata descerebrada y no un liliputiense que piensa. No me vuelvas a recomendar más libros de esa infraliteratura barata, por favor.

- ¡Dios santo! ¡No hay forma con este chico! –dijo lamentándose. Cogió la cerveza y se la bebió entera de un trago. Respiró y añadió: –No tienes remedio.

- Lo sé –respondí.

Entonces se abrió la puerta del bar y apareció Luis.

- Hola, Alex –me dijo.

- Hola, Luis, qué sorpresa verte por aquí –contesté.

- Te estaba buscando, sabía que te encontraría aquí.

- ¿Cómo lo has sabido? ¡Si he salido de casa sin saber a dónde iba!

- Siempre estás aquí.

- ¡No puede ser! ¿Me estoy convirtiendo en un asiduo del bar?

Luis era uno de mis mejores amigos. Se podía hablar con él, era una persona profunda. Escribía poemas y lo hacía realmente bien, aunque no era de esos que escribían un poema rimando amor con dolor y decían llamarse poetas. Su vida, su pensamiento y su corazón tenían madera de auténtico poeta. Para él, escribir era algo más que una necesidad.

- Alex. ¿Me acompañas a un sitio? Así mientras hablo contigo.

- ¿Cómo no? –le respondí.

Me despedí de Henry y le dije que tendríamos que retomar la conversación otro día. Salimos de allí y caminamos.

- ¿Cómo estás, poeta? – le pregunté.

- Ya sabes que no me considero poeta.

- Sí, pero escribes unos poemas increíbles, si a tus dieciocho años escribes así, ¿qué harás cuando tengas treinta?

- No lo sé, de todas formas desprecio bastante lo que hago. No me gusta.

- Mira, yo sé que tú vales mucho, no he visto a nadie de tu edad escribir esos sonetos tan perfectos, con rima perfecta y que transmitan tanto. ¡Ya me gustaría a mí escribir como tú lo haces!

- Gracias por decirme eso, de verdad. Pero escribir es algo secundario, no le doy importancia, nada tiene importancia. Observo lo que hago y todo me parece absurdo, lo único que pasa en mi vida es que envejezco cada día un poco más y me da la sensación de que no hago nada útil.

- Por eso no te preocupes, Luis, recuerda que en esta vida sólo los mediocres se dedican a hacer cosas útiles.

- Sí, pero no se puede vivir de la poesía, nada de eso me va a dar de comer. Hay que trabajar o estudiar algo, haciéndolo o no, seguiré sintiéndome un desgraciado. No me gusta ningún trabajo, y eso de estar estudiando cosas que no me interesan... no sé cómo explicarlo... Carlos Edmundo de Ory dijo una vez: "La física nuclear no me ayuda a comprender por qué lloro por amor." Pues eso mismo pienso yo, aprender cosas innecesarias no me ayuda en nada.

- Qué genio. La verdad es que queda muy poca gente como tú.

- ¿Y de qué sirve? Sólo somos los raros, los colgados de la vida, los que no tenemos futuro. Si preguntas a alguien qué es la belleza te miran raro y te dicen que estás “rayado” o que no estás bien de la cabeza. Creen que te calientas la cabeza por tonterías, que piensas demasiado. Fíjate lo que dicen: ¡pensar demasiado!

- Sí –contesté–. A veces he contado algún problema que me atormentaba a alguien y para ayudarme me han dicho “no pienses en eso”, y se quedan tan anchos. ¿Es que es tan fácil dejar de pensar? ¿Es que uno puede hacer que su corazón deje de latir en cualquier momento? Vivimos en un mundo donde te enseñan a no pensar y, si lo haces, te miran mal. A través de los medios de comunicación están idiotizando a la gente, cuanto más idiotas estén, más propensos a consumir estarán, sólo les importa tu dinero. Tienen estudiado todo, saben hasta cuántos pasos das cuando entras a un supermercado, te colocan los productos estratégicamente para incitarte a consumir. A medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que este mundo no dista de aquel que creó George Orwell en 1984 o del Mundo feliz de Aldous Huxley

- Menos mal que hay alguien que me entiende –dijo Luis.

- Por cierto, ¿has escrito algo últimamente?

- Sí, no puedo parar de escribir. Sabes que es algo superior a mí. Pero a veces me da la sensación de que no soy yo el que escribe, sino que es ella la que escribe.

- Los hay que sin sus musas no hubiesen sido nadie. Fíjate en Gala para Dalí, en Yoko Ono para Lennon... sin ellas nunca hubiesen alcanzado el equilibrio.

- Pero ellos tuvieron suerte, no como yo... –no dije nada, permanecimos en silencio un rato. Sólo se escuchaban nuestros pasos y el ruido del tráfico, entonces Luis preguntó: –¿Y tú has escrito algo?

- Estoy intentando escribir un cuento de Navidad pero no puedo... Parece que siempre hay que sacar una moraleja positiva de todo y los buenos tienen que acabar casándose con la amada. En la vida real, tu mejor amigo se va con tu novia por muy héroe que seas. Además, creo que sobre la Navidad ya todo está dicho..., está muy visto eso de criticar a la sociedad de consumo, la hipocresía del mundo o relatar cómo es la Navidad de un pobre que intenta sobrevivir mientras otros niños ricos se divierten con los juguetes que les ha regalado Papá Noel.

- ¿Sabes qué dijo una vez el gran poeta Benjamín Prado?

- Dime.

- “Que algo ya se haya dicho, no significa que no pueda volver a decirse por primera vez”

- Me fascinas. ¿Por qué siempre tienes respuesta para todo?

Me sonrió y no respondió. Nos habíamos quedado parados en un semáforo en rojo, los coches pasaban de un lado a otro. Una chica se situó a mi lado esperando a que el semáforo se pusiese en verde, llevaba una bolsa en la mano. Parecía ausente ¿Qué pensaría?

- Oye, Luis, ¿Se puede saber a dónde vamos?

- Al centro comercial, tengo que comprar unas cosas.

Cruzamos la calle y fuimos directos al centro comercial. Nos mezclamos entre todo el río de multitud que entraba al centro comercial, mientras hablábamos de la hipocresía del mundo y de lo incomprendidos que nos sentíamos.

Cuando estábamos en la cola de la pescadería reparé en un salmón que había expuesto.

- Mira ese salmón –dije–. ¿Tanto nadar contracorriente para qué? ¿Para acabar frito?

- Ese salmón nunca ha nadado contracorriente, ahora los crían en piscifactorías.

- ¿Qué? –grité conmocionado– ¡No puede ser! ¿Entonces a qué se dedican esos salmones? ¡Sus vidas no tienen sentido!– los que estaban en la cola me miraban como si estuviese loco.

- ¡Tampoco te pongas así, hombre! Que te estás poniendo pálido y todo... –vio que me estaba poniendo realmente enfermo– Oye, de verdad, que tienes muy mala cara ¿Estás bien?

Me encontraba muy mal, pero ya conocía esos síntomas. Alcé la vista y vi un letrero colgado en el que ponía Bon Nadal que no mejoraba mucho la situación, pero al menos no me planteaba las mismas dudas.

- Tengo alergia a algo –dije–, pero los médicos todavía no han conseguido averiguar a qué.

En la megafonía apareció una voz femenina que decía:

- Aproveche las ofertas exclusivas de Navidad. Hoy en Hiperfour puede encontrar el salmón por sólo seis euros el kilo, recuerde, seis euros el kilo. Sólo en Hiperfour. Porque en Hiperfour... pensamos en ti.

Sábado, 04 de Marzo de 2006 18:26 #. Tema: Relatos Hay 10 comentarios.

11/03/2006

Pintadas

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Sábado, 11 de Marzo de 2006 16:20 #. Tema: Increible pero cierto Hay 7 comentarios.

18/03/2006

Lápidas

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A mí me gusta hablar de la muerte. Hablo de la muerte como quien habla de comprarse unos zapatos. Hay algunos que llevados por las más profundas supersticiones no quieren ni oír de hablar del tema. Les resulta desagradable y evitan tratar la cuestión. Como si el hecho de hablar de la muerte la atrajera. Tratan a la muerte como si fuese una circunstancia ajena a nosotros. Yo me pregunto: ¿Por qué no hablar un episodio que todos tenemos que atravesar algún día? Sé que muchos me dirán que soy un escatológico, pero muchas veces he intentado imaginarme cómo será desaparecer del mundo y qué se experimentará al morir. ¿Será doloroso? ¿Se verá esa luz que dicen que se ve? Por suerte, mi escasa imaginación será subsanada con la experiencia en sí. No creo que me absorba una divinidad, más bien creo que todo el tema de la luz es una reacción del cerebro. Al igual que el organismo premia al cuerpo con el orgasmo por el placer de reproducirse, supongo que la naturaleza proporcionará al hombre con esa satisfacción que describen los que han tenido alguna experiencia cercana a la muerte.

Es importante hablar de la muerte. No quiero que en mi lápida figure ningún icono religioso, y menos católico. Algún día diseñaré la lápida que quiero que me pongan. Seguramente contendrá algún poema o epigrama mordaz. No me gustan las lápidas en las que aparece un recuerdo de los familiares e hijos. Me parece triste. Teniendo en cuenta que pasaré mucho más tiempo en un ataúd que en la vida misma, el diseño de la lápida será algo importante, sin duda será un trabajo que tendré que perfilar con sumo detenimiento. Todo ello si no decido que me quemen y que esparzan mis cenizas por cualquier lodazal.

Volviendo al tema anterior, desde oriente siempre se ha criticado la falta de sensibilidad de los occidentales ante el tema. Dicen que los peores episodios que atravesamos en nuestra civilización son las despedidas: los divorcios y las muertes. Les recomiendo que lean un libro bastante interesante, El libro tibetano de la vida y la muerte , en el que se critica desde la perspectiva oriental nuestra falta de previsión ante la venida de la dama de la guadaña. Os sorprendería saber con qué parsimonia y filosofía se toman los budistas la muerte. Según ellos la vida sólo es un viaje y por eso es inútil construir un edificio sobre un puente, refiriéndose a la obsesión occidental por querer hacerse ricos y acumular cosas, dicen que lo único que vale de la vida, es aquello que puedas llevarte en tu supuesta alma al otro mundo. Consideran que este viaje es sólo una transformación y la muerte una anécdota que afrontan con total normalidad.

Pero debo confesar, que como no tengo ninguna fe en nada, estoy convencido de que la muerte es el fin. Aunque en realidad no existe, el estado de “muerto” nunca se llega a sentir en uno mismo. En el universo no cabe la posibilidad de no existir. Como dijo Jostein Gaarder en su libro Maya , tan sólo se ven los billetes premiados. Todos aquellos que no han nacido nunca jamás existirán. Creo que al final volveremos al principio y seremos lo mismo que éramos antes de haber nacido. No recordaremos nada. El universo, la Tierra, y la existencia dejará de tener sentido en mi ser, para mí ya no significará nada. Todo será como si nunca hubiese estado aquí. Mi conciencia se extinguirá como si se apagase un televisor.

Sé que esto es discutible. Kant demostró que en cuestiones metafísicas todo es discutible, la verdad no existe. Pero incluso él mismo llegó a decir que es normal que la humanidad se ampare tras las religiones, más que nada por tener una esperanza. ¿A veces no habéis sentido el angustioso murmullo de la muerte? ¿Tenemos miedo? ¿Qué sentido tiene atravesar todo esto para llegar al mismo final?

Supongo que todo carecerá de un sentido... o todavía no lo he encontrado. Por si acaso, yo voy a imprimir esto .


LO ÚNICO INDUDABLE ES QUE NOS REIREMOS MUCHO ESTANDO MUERTOS

¿Y tú?

¿Alguna vez has pensado en decorarte la lápida a tu gusto?

Sábado, 18 de Marzo de 2006 02:42 #. Tema: Divagaciones Hay 17 comentarios.

21/03/2006

Tomando notas en la cafetería

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Decidí darme un paseo por Valencia. Por fin se habían acabado las fallas. Ahora las calles estaban más tranquilas y las ratas habían vuelto a las alcantarillas. Me senté en una cafetería del centro. La calle estaba muy concurrida. Me fijé en la gente que transitaba. La mayoría estaban más sosegados después de las fiestas, pero aún así, casi todos caminaban con prisa. Trotaban hacia sus trabajos a ritmo de obligación. Me pregunté si eran felices. Me fijé en todas las personas que pasaban. Supongo que si las parase y les preguntase si son felices me dirían que sí. Pero viendo sus caras uno sabe si son felices o no y sabría que muchos de ellos me mentirían. Durante un tiempo estuve observando, pero nadie me pareció realmente feliz. De pronto, vi a uno que caminaba a un paso lento y tranquilo. Iba más bien sucio y con ropajes andrajosos, pero eso le importaba un comino. Se veía claramente que era feliz. Estaba disfrutando del paseo y, sobre todo, se sentía bien con lo que hacía. Cuando se perdió entre la multitud comencé a reflexionar sobre aquel tipo. Llegué a la conclusión que para ser feliz hay que disfrutar con lo que uno hace. No te debe importar lo que digan ni hagan los demás. Nada.

Pagué el café y me largué de allí. Ya estaba harto de mis estudios antropológicos intuitivos. Al pasar al lado de un portal oscuro, me vi reflejado en el cristal y no me reconocí.

Martes, 21 de Marzo de 2006 16:16 #. Tema: Divagaciones Hay 17 comentarios.

24/03/2006

Un sentimiento

"Estoy buscando algo que no voy a encontrar ... Quiero mi parte de Victoria y Soledad... " Andrés Calamaro.

 

Conducía el coche cerca de su casa. Ya había dado varias vueltas a la manzana sin encontrar ninguna plaza libre para aparcar. Eso le estresaba mucho. Lo único que quería era llegar a casa y darse una ducha cuanto antes. Tras un cuarto de hora merodeando vio a un coche que se marchaba y aparcó allí. Salió del coche y se dirigió a su portal.

Una vez allí sacó las llaves y pensó en qué cenaría. Mierda. No tenía nada en la nevera. Debería ir al supermercado. Se metió de nuevo las llaves en el bolsillo y se fue a comprar.

Entró al supermercado y cogió un carro. Curiosamente el carro era de los que se podía sentar un niño. No le gustaría llevar a su hijo allí, pensó, parecía inestable y peligroso. Pero él no tenía hijos. No sabía si algún día los tendría. A sus treinta años ya era hora de empezar a plantearse la cuestión. Aunque de momento estaba bien. No quería tener una responsabilidad más. Suficiente tenía él con el trabajo. Pero apenas amaba su trabajo y tenía la sensación de dar a la empresa mucho más de lo que se merecía. Creía que todas sus preocupaciones y renuncias no valían ese sueldo que recibía a final de mes. Quizás estaba en la época ideal de su vida para buscarse una pareja. Aunque todas sus relaciones anteriores habían fracasado. No estaba muy dispuesto a afrontar de nuevo una relación seria. No quería sufrir nunca más. Después de su último fracaso se prometió no sufrir por nadie jamás, ni por la persona a la que amase. Tan sólo valían la pena las relaciones de amistad duradera y la afectividad familiar. Aún así, hacía tiempo que no telefoneaba a sus padres. ¿Cómo les iría? Lamentaba no hablar mucho con ellos. Últimamente no tenía tiempo de hablar con la gente a la que quería y si lo hacía era a regañadientes.

Se paseaba entre los pasadizos de botes de tomate y de pastas. Veía a familias enteras acudir juntos a comprar. No era lo normal, pero a veces iban juntos. Parecían felices, aunque armaban mucho escándalo. Eso contrastaba con el silencio que lo envolvía. Metió unos cuantos paquetes de pasta en el carro. Le encantaba la pasta. Se cruzó con la familia y los observó disimuladamente. Una familia, una mujer y unos hijos esperándote en casa, pensó. Parecía algo bonito... Pero los niños podían salir demonios a los que no les gusta estudiar, posiblemente no respetarían nada al igual que todos los niños de ahora, vociferarían y romperían sus cosas. También podría salirle una mujer rana, de esas que son ideales durante el periodo de noviazgo y a partir del “sí quiero” se convierte en una marujona que te considera su esclavo particular y te exige que le digas a todo que sí, y se enfada por nada y constantemente está reclamando tu atención y te echa en cara que no le das todo el amor que ella se merece. Había que pensárselo dos veces antes de tomar una decisión así.

Llegó a la caja. Había una cajera hermosísima. Dejó todo el contenido del carro sobre la cinta transportadora y pasó delante de ella sin quitarle el ojo de encima. Con una chica así se le quitarían todos los miedos, pensó. No le importaría lo que le pidiese; él accedería. Sería su princesa perfecta. Ella pasó todos los productos por el lector de códigos de barras. Él preparó unas bolsas y mientras se fijaba en sus manos, en el corte de sus uñas, en su palidez de alta alcurnia, en sus ojos verdes, en su peinado recogido. Era perfecta. Pensó en invitarla al cine, o a su casa, o a toma runa copa. Cualquier cosa. Mientras tenía todos esos pensamientos, ella le dio el ticket y le indicó el importe total de su compra sin mirarle a los ojos. Él sacó un billete y se lo dio. Ella le devolvió el cambió y al hacerlo tuvo un pequeño contacto físico con su mano que a él le pareció un roce divino y a ella algo insignificante de lo que no había ni tomado conciencia. Cogió sus bolsas, respiró hondo intentando retener el aroma de la chica para que se quedase en sus pulmones todo el tiempo que pudiese. Reteniendo el aire conseguiría que una parte de ella se extendiese por sus venas como el oxígeno. Se despidió sin respirar y cuando salió del supermercado expulsó el aire. No podía aguantar más.

Mientras volvía a casa vio a una muchacha pasear un perro. Se le ocurrió la idea de comprarse un perro para que le hiciese compañía. Todos los días saldría a pasearlo y quizás tuviese la posibilidad de entablar amistad con las otras paseadoras de perros de su barrio. Primero hablarían, luego se tomarían juntos un café y algún día la invitaría a su casa y harían el amor mientras que sus respectivos perros también copulan entre ellos. Sería excelente celebrar una orgía animal de ese tipo. Pero para él los perros siempre habían sido unos animales sucios y asquerosos. Lo único que hacían era cagar, mover el rabo y dar por el culo. Cuando uno se marchaba solamente ladraban y molestaban a medio mundo. Tendría que llevarlo al veterinario, vacunarlo, comprarle cosas. Los perros no le gustaban. Preferiría comprarse un periquito y tenerlo en una jaula.

Llegó a la puerta de su casa. Mientras se volvía a sacar las llaves observó el timbre de su puerta, ¿Para qué servía? Nunca nadie le llamaba. Sólo algún que otro comercial extraviado o testigo de Jehová hablándole de dios. Cada vez que alguno llamaba él les preguntaba si habían leído a Nietzsche, les recomendaba a todos que se leyesen “El anticristo” para que entendiesen por qué él era ateo.

Entró en casa y dejó las bolsas en la cocina. Cogió una cerveza y comenzó a bebérsela. Su casa era grande. Había dos habitaciones, dos cuartos de baño, un salón enorme en la que había una mesa con cuatro sillas. Sobraban tres sillas pensó, también sobraba un cuarto de baño y una habitación. Sobraban todos los cubiertos, la mayor parte de la vajilla y vasos. Siempre utilizaba los mismos. Se dirigió al balcón con su cerveza y se asomó. Lo tenía todo, cualquier cosa que quería se la podía comprar. No estaba mal. Aunque entrar en su casa era lo mismo que entrar en una cripta y por eso siempre sentía la necesidad de encender la televisión o la radio. Quería espantar a las voces que pueblan el silencio. Así se sentía un poco acompañado. Aunque odiaba todo lo que decían en la tele.

Se terminó la cerveza y tiró la lata en la basura. Entró en el cuarto de baño para darse la ducha que deseaba desde que había terminado de trabajar. Se desnudó y entró en la bañera. Todavía sentía en sus venas el aroma de la cajera del supermercado. Encendió la ducha y mientras el agua caía por su cara comenzó a masturbarse pensando en ella.

Viernes, 24 de Marzo de 2006 16:28 #. Tema: Relatos Hay 22 comentarios.

26/03/2006

El día que conocí a Jordi Sierra i Fabra

20060326173857-fabra.jpgEstimado Jordi: Me sentí muy identificado al leer tu libro Rabia y por eso he querido recordar esos momentos tan especiales para mí de la forma más fidedigna posible .

EL DÍA QUE CONOCÍ A JORDI SIERRA I FABRA

Día 25 de Febrero del 2000. Era como otro viernes cualquiera. Pero ese día tenía señalado en la agenda que nos visitaría un escritor al que habíamos leído. Como siempre cogí el tren para ir clase. Al menos no daríamos clase durante una hora, pensé.

Se estaba retrasando. Llevábamos bastante tiempo esperándole en la biblioteca de aquel instituto de Gandia en el que se supone que estudiaba. Yo permanecía expectante y ansioso. Tenía ganas de conocerle. Me senté en la primera fila, justo en el asiento lateral que había junto al pasillo central. Al mi lado estaba Gonzalo, un compañero de clase con el que me llevaba muy bien. Como siempre, me puse a hablar con él de música, y en cierto momento me dijo:

- Por cierto, Fredy, ya te he grabado la cinta.
- ¿Y a qué esperas para dármela?

Se llevó la mano al bolsillo y sacó una cinta que se titulaba “Pop Pérfido en los riñones (volumen 3). San Fermines por experiencia”.

- ¿Por qué le has puesto de título San Fermines por experiencia? –pregunté.
- No sabía qué título ponerle, así que abrí un libro y copié la primera frase que vi.
- Fabuloso.

Gonzalo me estaba señalando un título que le gustaba mucho, y como si se tratase de un anuncio de perfumes la cinta cayó en el suelo por arte de magia. Un hombre que cruzaba el pasillo en ese momento se agachó a recogerla. Al incorporarse leyó uno por uno los títulos de las canciones que habían grabadas mientras asentía con la cabeza. Guiñó el ojo y nos devolvió la cinta haciendo un gesto cómplice con el pulgar. Parecía que le habían gustado las canciones. Tardé un poco en darme cuenta que aquel hombre era el mismo que salía en la foto del libro. Había cambiado bastante, de hecho parecía otro. Se llamaba Jordi Sierra i Fabra y nos iba a dar una charla.

Ya me había leído bastantes libros de él. El joven Lennon , Malas tierras , Noche de Viernes y muchos más. El último que había leído era Balada de Siglo XXI. Me gustó bastante, trataba de un grupo de música compuesto por cuatro genios, los cuales, habían sido contratados por una discográfica con fines comerciales. Toda una crítica de lo que sucede con la música actual.

Jordi no se sentó. Permaneció allí de pie delante de todos.

- ¿Queréis que hable en catalán o en castellano? – preguntó.
- En castellano – contestó la profesora.
- En primer lugar, quiero presentarme: soy Jordi Sierra i Fabra y no me considero un escritor –se levantó la chaqueta y enseñó una chapa con una guitarra que llevaba en la solapa – Soy ante todo un rockero.

Genial. Había comenzado de forma fulgurante. Normalmente los escritores me aburrían bastante. Había escuchado muchas cosas de él, pero dudaba si eran ciertas. De momento mis mejores presagios se estaban cumpliendo.

- No he venido aquí a daros una charla soporífera. Quiero que paséis un rato divertido.

Comenzó a contar sus principios literarios y cómo de joven, estando hospitalizado, comenzó a escribir su primera novela. Contó que de pequeño se burlaban de él por ser tartamudo. Ahora ya había superado esa dificultad con mucha voluntad y esfuerzo. Pero entonces, en su clase, había un profesor que siempre le preguntaba cuánto eran dos más dos. Él, al intentar responder y debido a su problema contestaba: “cua... cua... cuatro”. Entonces el profesor decía en voz alta “¡parece un pato!” Y todos se reían de él. Nos hizo gracia la cruel anécdota. Pero de pronto adquirió un semblante serio, y con una gran compostura añadió en un tono irónico y a la vez vanidoso: “Pero ellos ahora están donde están y yo estoy aquí, siendo el escritor español vivo con más libros publicados”.

Una cosa que me llamó muchísimo la atención fue cuando contó su método para escribir.

- Cuando quiero escribir una novela, me encierro en casa, pongo algún disco de los más de 30.000 que tengo a todo volumen, me siento ante la máquina de escribir y comienzo a teclear sin parar. Me paso horas y horas allí metido y hasta que no acabo la novela no me detengo. Durante el proceso salgo muy poco, y normalmente en una semana más o menos tengo la novela hecha. No la releo, no me hace falta porque yo ya sé lo que pone. Después la mando a la editorial y la publican.
- ¡30.000 discos! ¿Tú sabes lo que es eso? – dije sorprendido a Gonzalo. La cifra me había dejado conmocionado.

Luego comenzó a hablar de su primera etapa como escritor, dijo que un buen amigo le aconsejó que para ser escritor primero debía darse a conocer y cuando tuviese un nombre conocido le publicarían. Siempre tuvo presente el consejo. Él continuó por otros derroteros. Era un apasionado de la música y todas las semanas escribía cartas a la radio comentando sus opiniones sobre los últimos discos que salían. Entonces no tenía dinero para comprarse discos y se iba a los centros comerciales donde se pasaba las tardes de pie escuchando los discos de muestra como si fuese un besugo. Cuando acababa de escucharlos, escribía críticas musicales y las mandaba a la radio. En la emisora, viendo la afluencia de cartas de que recibían se fijaron en él. Se pusieron en contacto y lo llamaron para trabajar, en principio para poner discos. Una vez allí, comenzó a destacar por su gran pasión musical y no tardó mucho en dar el salto a los micrófonos. Paradojas de la vida, decía, “siendo tartamudo acabé trabajando en la radio”. Aunque ya no tartamudeaba, lo tenía superado. Comentó que su afición por la escritura le vino cuando se dio cuenta que escribiendo no tartamudeaba. Esto era todo un claro ejemplo de constancia y demostraba que quién se propone una meta y lucha, puede conseguir lo que quiera, surjan las adversidades que surjan.

Estábamos muy atentos. La charla era diferente de lo que me esperaba. Jordi era divertido, gracioso y transmitía una gran fuerza. Yo sabía que era un genio con las palabras, pero hablando conseguía centrar la atención al igual que en sus novelas, que suelen ser de esas que no puedes dejar de leer hasta que no las terminas.
Siguió contando cómo fue su paso por la radio. Su vida cambió el día que escuchó la canción“Twist and Shout” de los Beatles. Dijo que aquella canción era distinta a todo lo que había escuchando hasta entonces y por eso le cautivó. Fue en ese momento cuando se dijo: “yo no me conformo con ver todo esto desde la tele, yo quiero estar allí y hablar con ellos” y viajó por el mundo para conocer a todos los artistas a los que admiraba. Comentó que escuchando los Beatles aprendió a hablar inglés. Un tiempo más tarde fundó el programa “El gran musical” que fue mítico en aquel tiempo, así tuvo ocasión de conocer, entre otros, a Michael Jackson, Eric Clapton, John Lennon, y se declaraba íntimo amigo de Madona y de Bruce Springsteen, al cual adoraba. A mí eso me dejó conmocionado. Confirmaba que todo lo que me habían contado de Jordi no era mentira.


Mencionó su gran adversidad a las drogas. Dijo que estuvo mucho tiempo investigando sobre el tema, e incluso, recorrió discotecas para conocer de primera mano el problema. Al principio no tenía ni idea sobre las drogas, pero al informarse tanto, al final, conseguía saber qué se había tomado una persona con tan sólo mirarla. Todo ese trabajo culminó con una novela dedicada exclusivamente al asunto. Afirmó que nunca se había tomado ninguna droga, a él no le hacían falta. Ni siquiera las tomaba en las fiestas que celebraban algunas estrellas de la música, entre otros, Clapton y Elton John, en las que paseaban señoritas en top less llevando bandejas repletas de rayas de cocaína para ofrecérselas a los invitados. Una vez, dice que estaba con Eric Clapton el cual iba cieguísimo y ya no podía ni levantarse y le preguntó a Jordi qué es lo que se tomaba para aguantar tanto. Él le contestó que nada, que tan sólo bebía agua. Entonces bebía un sorbo más y comenzaba a liarla más que cualquier otro que había tomado drogas.

También hizo una crítica de la música de entonces. En aquel tiempo estaban muy de moda los Backstreet boys y se burló de las fans que los seguían imitando sus histéricos gritos que emitían cuando iban a los conciertos. Esto me hizo bastante gracia porque allí estaba presente mi hermana, que era una de esas fanáticas y me reí muchísimo viendo su cara de circunstancias al sentirse insultada.

Quiso comentar una anécdota del libro que habíamos leído. En la balada de Siglo XXI aparecía una cantante que estaba liada con un periodista y estaban enamorados, él le propuso casarse, pero ella le dijo que no podían porque en el contrato musical que ella firmó figuraba una cláusula en la que decía que no podía casarse. Dijo que ese periodista era él y que eso le había pasado de verdad. Eso sí, no dijo con qué cantante le pasó. ¿Sería Madonna? También comentó que cuando conoció a Jonh Lennon habló mucho con él y, de hecho, el libro de El joven Lennon, lo escribió con la información que él le había dado.

Al final, cuando dio paso a las preguntas, nadie quería preguntar. Pero yo tenía muchas dudas y levanté la mano y me dio la palabra.

- En tu libro describes la música a la perfección, parece que al leerlo se escuchen esas melodías. Si te apasionaba tanto la música, ¿nunca te planteaste tocar o hacer un grupo para dedicarte a eso?
- No, nunca pensé en dedicarme a la música. Pero muchas veces he escrito letras para grupos. Cuando asistía a grabaciones de algunos amigos , a veces me pedían que escribiese una letra para rellenar la cara B del disco que estaban grabando. Entonces sólo importaba el tema principal y en la cara B ponían cualquier tema improvisado.
- ¿Y tú crees que una estrella del rock nace o se hace?
- Es muy complejo, desde luego tienes que luchar por lo que te propongas. A uno no lo coronan estrella del rock porque sí. Tú imagina a Pedro Duque cuando era pequeño y decía que quería ser astronauta, seguro que sus padres le dirían que estaba loco, pero él estaba seguro de lo que quería. Es muy importante tener claro lo que uno quiere, y se tiene que trabajar y luchar por eso. Si ves que tienes una posibilidad entre 200, debes creer en tu posibilidad y pensar que te sobran 199. Si uno está seguro de sí mismo y lucha, puede. Yo desde pequeño tenía claro que quería escribir, a mí padre le disgustaba tanto que escribiese, que cuando me veía hacerlo se ponía a llorar diciéndome que me moriría de hambre e insistía en que estudiase algo de provecho. Pero eso es un error, siempre he dicho que vale la pena ganar un duro haciendo lo que te gusta, que dos a disgusto. La mayoría de gente trabaja en cosas que le disgustan. Todo por culpa de ese pragmatismo irracional que quieren infundar los padres. ¿Por qué no dicen a sus hijos que simplemente traten de ser felices? Yo lo pasé mal durante toda mi adolescencia, leía mucho y, para colmo, cuando escribía los profesores de literatura me ponían ceros debido a mi desbordante imaginación.

Cabe destacar que yo en aquella época tenía obsesión por montar un grupo. Quería componer canciones, tocar la guitarra, triunfar, hacer giras, y convertirme en una eminencia de la música. Pensaba en las respuestas provocativas que daría en las entrevistas que me harían en televisión y en la casa que tendría. Imaginaba que las fans me perseguirían, me adorarían, se pelearían por tocarme y lucharían por conseguir un autógrafo mío y dormirían en la puerta de mi casa con la esperanza de verme asomado al balcón. Estaba sumido en plenos delirios de grandeza.

Mientras respondía a una pregunta que le habían hecho, Jordi cogió un libro de una alumna que estaba allí sentada para dar una explicación de ese libro y, como si estuviese preparado, cayó del libro una hoja, la recogió y él la comenzó a leer en voz alta:

Hola Jordi: Soy una gran admiradora tuya y me encantaría conocerte. Tus libros han significado mucho para mí. Quiero darte mi número de teléfono por si algún día quieres conocer a una persona que te aprecia muchísimo... el número es... bla, bla, bla.

Evidentemente todos comenzamos a partirnos de risa ante la declaración de intenciones de ella. Jordi también hizo bromas con la notita fingiendo que estaba abrumado.

La hora pasó volando y todos estábamos encantados con la presencia de Jordi. Transmitía mucha energía y esperanza a todos los jóvenes que teníamos algún sueño. Todas las cosas que él dijo nunca nos las decía nadie. En el instituto impartían clases de matemáticas, física, historia, pero no nos enseñaban a ser nosotros mismos y a luchar por lo que queríamos. La charla de Jordi valía muchísimo más que todas las reprimendas que nos daban nuestros profesores. Todos nos sentíamos en plena comunión con él aunque el tipo tuviese la edad de nuestros padres. El secreto estaba en que él no hablaba como un adulto que considera bobadas las preocupaciones de los jóvenes, tampoco era de esos que intenta restar importancia a nuestros sueños. Él era más bien un hermano que nos comprendía y nos daba ánimos para seguir por nuestro camino. Comprendí que ese era su secreto para triunfar con la literatura juvenil.

Cuando terminó la charla, me dirigí donde él estaba para que me firmase el libro. Me acerqué a su mesa y unos le estaban preguntando si era verdad que tenía un Ferrari. Cuando acabaron de hablar me acerqué con el libro y se lo di.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó.
- Fredy, una futura estrella del rock.- dije.
- ¿Ah sí? Espero que me mandes una maqueta cuando la grabes.
- Eso está hecho.
Miré cómo me dedicaba el libro y mientras lo hacía no pude resistirme.
- ¿Es cierto que conociste a Kurt Cobain? –lo habíamos leído en algún sitio y queríamos confirmar si eso era verdad.
- Sí, éramos amigos – dijo mientras firmaba – nos telefoneábamos y todo. Una cosa curiosa que me pasó con él es que le dije una vez: “tío, tú eres demasiado triste, acabarás muriéndote”. Y mira... al poco tiempo se suicidó –lo dijo con cierto toque de humor negro. Yo estaba alucinando, estaba ante una persona que había hablado con Dios –te recomiendo que leas un libro que escribí después de su muerte. Se llama “Nunca seremos estrellas del rock” y me inspiré en Kurt para escribirlo. –No tardé ni una semana en comprármelo.
- Jordi, tenemos que quedar un día para hablar de música.
- Claro que sí, cuando quieras te vienes a mi casa en Barcelona y estaremos horas y horas hablando de música.

Nunca fui. Pero algún día iré a verlo y le contaré todo esto. Después nos hicimos una foto que todavía hoy tengo colgada en la habitación. Al salir de la biblioteca me sentí distinto. Os parecerá una tontería, pero a partir de ese día tenía más claro que había que creer más en uno mismo y luchar por lo que uno quería. Se tenía que estar seguro de lo que se hace y era muy importante soñar. Cuando acabó todos comentábamos nuestros planes de futuro y queríamos poner más empeño en cumplir nuestros objetivos. No quiero exagerar, pero aquella charla con Jordi me ayudó a lo largo de mi vida a la hora de tomar decisiones. Me transmitió su espíritu de lucha y su pasión por lo que hacía. Aquello era mejor que acabar de ver una película de esas que te cambian, o que terminar de leer un libro de los que te dejan una sonrisa de oreja a oreja y te despierta unas ganas incontenibles por comerte el mundo.

Estoy seguro que hoy en día no estaría haciendo lo que hago si no hubiese sido por esos consejos. Seguramente ahora no estaría luchando por mis sueños y por lo que quiero. Gracias a aquello ahora estudio algo que me motiva y estoy intentando hacer lo que me gusta de verdad. Soy feliz haciéndolo y siento que tengo un futuro, no sé si prometedor, pero al menos lo tengo.

Gracias Jordi.
 
Remember: Consejos para ser un buen escritor. (Extraído del libro Rabia de Jordi Sierra i Fabra.)

Domingo, 26 de Marzo de 2006 17:38 #. Tema: Increible pero cierto Hay 11 comentarios.

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