Este es mi primer corto. No os ensañéis mucho con él, todavía no tenemos experiencia y hemos pagado muchas novatadas. Pero dentro de lo que cabe estamos orgullosos del trabajo realizado, aunque podría mejorarse mucho en todos los aspectos. No esperéis ver un gran corto con un gran argumento, aunque eso sí, nos ha costado mucho de hacer y hemos descubierto que detrás de todos los cortos y películas hay mucho más trabajo del que pueda parecer a simple vista.
Cae la tarde. Camino por la calle dispuesto a volver a casa. Toda la gente con la que me cruzo parece ser feliz. Veo a un grupito de chavales sentados en un banco, uno se lía un porro y una chica habla con otra. Cuando llego a la altura del banco activo la parabólica. Siempre trato de escuchar lo que dice la gente con la que me cruzo. Con una sola frase quiero hacerme la idea de cómo son sus vidas y qué problemas tienen. No dicen nada interesante, aunque nunca pierdo la esperanza de que algún día uno de ellos me revele la clave de mi vida, necesito que un ángel me hable a través de los transeúntes, ya que son los únicos seres a los que escucho. Quiero encontrar el sentido de mi vida al igual que le ocurrió a Hui Neng, quiero escuchar una frase que me provoque la iluminación súbita. Pero lo único que escucho es: “Tíaaaa, cuánto tiempo”.
Miro a la gente fijamente. Observo lo que llevan puesto. Muchas personas llevan gafas de sol. Yo nunca me he comprado unas gafas de sol, cuestan un dineral y no sirven para nada. La gente se las compra solamente por motivos estéticos, algunos pagan más de 100 euros por dos cristales de mierda. No lo entiendo. Soy tan diferente a la gente que todos los días me pregunto si estoy rodeado de idiotas o soy yo el único idiota del mundo.
Giro una esquina y casualmente me pongo a caminar a la misma altura que una chica. No soporto caminar en paralelo a alguien, además, yo sigo mi ritmo pero la chica se pone nerviosa. Creo que se piensa que soy un acosador o algo así. Así que no me queda otro remedio que reducir la velocidad para que se adelante y camine más tranquila.
Veo a la gente que está sentada en las terrazas de las cafeterías. Tienen algo que hacer, se relacionan con sus amistades, sin embargo yo estoy siempre solo. A veces los envidio y otras veces me alegro de tener siempre a mi querida soledad . Me gustaría sentarme en una de esas terrazas y conversar con más gente. Pero no tengo dinero. No me queda dinero ni para pagar el alquiler. La semana pasada tuve que pagar la matrícula y ahora estoy en números rojos. No me dieron la beca y cuando fui a secretaría a protestar me dijeron que no podían hacer nada por mí, que debía de pagar, de lo contrario me quitarían la matrícula. Durante unos días intenté averiguar cómo conseguiría los 550 euros que me hacían falta para pagar. Pensé en prostituirme o robar unos cuantos bolsos. Incluso pensé en desistir de la idea de estudiar, soy un romántico que piensa que lo importante del estudio no es tener un papel oficial que te diga que sabes hacer una cosa, lo importante es saber hacer lo que quieres, y yo podría asistir a clases sin estar matriculado, nadie me pedirá un papel oficial en la puerta de clase. Podría aprender sin pagar un solo céntimo. Ahora la gente sólo estudia para aprobar, para sacarse un título y conseguir trabajo para ganar dinero. Siempre está el maldito dinero por el medio: dinero, dinero, dinero y dinero ¿Ese es el fin que todos perseguimos? Cuando Platón fundó su academia todos querían aprender por amor al arte y no para hacer unas oposiciones. En la biblioteca de Alejandría se amaba la sabiduría en su estado puro, sin intereses económicos por medio, ahora se suele decir que la Universidad es el centro del saber, lo cual es una mentira. No se ama lo que se hace, se ama el dinero que puedes recibir por lo que haces. Por eso me da tanto asco este mundo inmundo.
Cuando fui a la universidad le dije a la de secretaría que no podía pagar. Que yo no dependo de mis padres, que desde que trabajé no les pedía dinero, que sus declaraciones de renta no tienen que ver conmigo. Me dijo encogiéndose de hombros que no podía hacer nada por mí. Le pregunté qué podía hacer para aplazar el pago y reclamar la denegación de la beca. Me dijo que lo único que podía hacer era pagar, y luego en julio protestar. Lo cual me indignó y no pude evitar decir:
- ¿Esta es la educación que tenemos en España? ¿Una en la que sólo pueden estudiar los hijos de ricos? Mi madre se dedica a limpiar todos los días vateres y mi padre está puteado todos los días en un asqueroso horno por poco más del sueldo mínimo. ¿Qué hago? ¿Dejo de estudiar? ¿Es eso lo que quieren? ¿Qué no salga nunca de mi condición obrera?
Yo no puedo pedirle dinero a mis padres. Ellos no quieren que estudie. Cada vez que le enseño a mi padre un trabajo que hago en clase me dice: ¿Eso es todo lo que haces? ¿Te dedicas a salir en videos haciendo el gilipollas? ¡Lo que deberías hacer es ponerte a trabajar! ¡No haces nada! Tu madre y yo estamos trabajando y algún día nos moriremos y tendrás que pagar la luz y el agua, te vas a morir de hambre. Podrías hacerte fontanero, están ganando mucho dinero, haz un cursillo, ponte a trabajar de fontanero y no seas tonto.
He tratado más de un millón de veces explicarle que yo no quiero ser fontanero, que no quiero trabajar en un trabajo que me disguste, por mucho dinero que gane. Si hubiese sido así no me hubiera dejado aquel trabajo fijo de vendedor de teléfonos móviles, yo quiero ser feliz y prefiero ganar un euro haciendo lo que me gusta que diez a disgusto. Pero eso no lo entiende. Cree que soy un deshecho social y siempre me dice que le he defraudado. Me compara con mis primos, los cuales ya tienen coche y están pagando unos pisos. Como si eso fuera algo importante y les hiciera mejores personas. Por mí se pueden meter por el culo sus coches y sus pisos, yo no pienso hipotecar mi vida por una puta casa ni por un puto coche. No me considero inferior a mis primos, ellos han escogido su forma de vida y yo la mía. Yo prefiero vivir debajo de un puente antes que caer en el bucle de la esclavización moderna, hipoteca, coche, hijos y trabaja hasta que te mueras. Yo quiero tener la posibilidad de mandar todo a la mierda y largarme cuando quiera. Prefiero estudiar y aprender antes que trabajar. Prefiero leer y escribir. Y la diferencia con ellos es que yo amo lo que hago, y si me diesen ahora mismo 2000 millones de euros yo seguiría estudiando y haciendo lo que estoy haciendo ahora y ellos se dejarían sus trabajos (que dicen amar tanto). Aunque ahora mismo mi situación es tan mala que pronto comenzaré a hacer como Henry Miller ; empezaré a mandar cartas pidiendo a la gente que me inviten a comer una vez a la semana, así hasta poder sobrevivir.
Sigo con mi paseo. Mientras bajo unas escaleras me doy cuenta de que mis pasos no suenan, soy muy silencioso. Desde que nací he vivido en completo silencio, es la secuela de haber tenido a un padre panadero que dormía durante el día: no podíamos hacer ruido y ahora, allá donde voy, en mi subconsciente siempre hay una persona durmiendo. El silencio siempre me acompaña. A veces creo que hago tan poco ruido por donde paso que soy invisible. De hecho la gente no me mira. Puede que de verdad nadie me vea.
A veces sueño con que soy ese hombre invisible y que por fin la reconozco a ella, que también es invisible, entre la muchedumbre. Sólo las personas invisibles pueden verse entre ellas. Así como los budistas reconocen a la reencarnación del Dalai sólo con la mirada, yo la reconoceré a ella a primera vista. Cuando la vea simplemente sabré que es ella.
He llegado a la estación del tren. Siempre que el tren se aproxima pienso en qué pasaría si me arrojase a la vía en ese momento. Es un pensamiento macabro que se me acecha de forma involuntaria y siempre que lo intento apartar de mi cabeza me ataca con más fuerza.
Diario de un exiliado. Capítulo 16. La visión más cerda y guarra del mundo
Algún día contaré el desenlace del último capítulo del diario de un exiliado. Pero ahora no es el momento porque todavía no se ha escrito la última palabra de esta historia .
Me encuentro un poco espeso para escribir, pero trataré de relatar de la forma más fidedigna posible lo que he visto hoy:
Acababa de cenar una pizza. Últimamente ya no cocino en el piso porque todo está tan sucio que me da asco coger los cubiertos que hay allí. El suelo de la cocina está pegajoso y he cerrado la puerta a cal y canto. No quiero entrar allí hasta que alguno de mis compañeros se digne a limpiar. Siempre he sido yo el que ha fregado y no pienso hacerlo ni una vez más.
Cuando me he terminado la pizza he ido a la cocina y me he dado cuenta de que la basura apestaba muchísimo. Está rebosante de mierda desde hace un mes y nadie la tira. Encima seguimos tirando basura en esa bolsa y está tan llena que el contenido se va cayendo al suelo. Así que he decidido tirarla, más que por ellos lo he hecho por mí mismo; para no tener que aguantar esa peste cada vez que entro en la cocina.
Me he encarado a la bolsa, la he sacado y de pronto he visto que chorreaba un líquido negruzco por un agujero que había en la bolsa. Sin darme tiempo a reaccionar he vuelto a dejar la bolsa dentro del cubo de un golpe y en ese momento han comenzado a salir cientos de mosquitos de la bolsa. Para colmo la pestilencia ha comenzado a expandirse por toda la cocina con muchísima más potencia de la que percibía en un primer momento. Era como si la potencia de la peste se hubiese multiplicado por mil. Me he quedado quieto sin saber qué hacer, observando ese líquido mugriento en el suelo de la cocina. De pronto me ha dado una tremenda arcada que casi me hace vomitar, la pestilencia se iba filtrando con más potencia en mi fosa nasal y por un momento me he mareado y he pensado que me iba a desmayar. Pero el hecho de imaginar que me caía sobre aquella mancha oscura en la que se albergaba el perfume del hombre más guarro del mundo me ha hecho recobrar fuerzas para no desfallecer. Rápidamente he salido de la cocina esquivando todos los mosquitos infernales que revoloteaban por allí y he buscado una bolsa más grande para meter la bolsa agujereada, pero no he encontrado ninguna. Así que he cogido una caja de cartón y he metido la bolsa dentro mientras aguantaba la respiración.
Al salir corriendo a la calle con la caja de cartón me he cruzado con una vecina que ha olido la peste que desprendía esa caja. Me ha mirado mal y seguramente ha pensado que dentro de esa caja llevaba un cadáver descuartizado en estado de descomposición. Enseguida he tirado la caja dentro del contenedor y he venido a la universidad...
... en casa se ha quedado la mancha de líquido venenoso en el suelo y dentro del cubo hay un charquito que no sé cómo voy a limpiar... no me atrevo a hacerlo...
... me da tanto asco limpiar aquello que creo que lo mejor que puedo hacer es rescatar mis libros y mi portátil e incendiar el piso, de ese modo volverían a reconstruir el edificio y ya no sería necesario limpiar, volvería a empezar de cero y todo volvería a ser blanco y puro, como la primera vez que entré en el piso...
...pero por suerte o por desgracia, en la vida siempre ocurre igual: no nos renovamos, nos vamos pudriendo, y aunque tratemos de limpiar nuestro exterior, por dentro nos corrompemos, caducamos, perdemos la inocencia... y nunca volveremos a ser unos niños... ni aunque nos inmolemos.
Son las 3:33 de la madrugada, mañana tengo un examen, debo estudiar y no sé qué hago escribiendo esta gilipollez. Hay gente que está sufriendo: Paris Hilton está en la cárcel, ahí fuera hace frío, no me divierte el starcraft, me pica un huevo y todo me da un asco indescriptible.
Si ahora se me aparece un ángel disfrazado de papa Noel y me dice que la cocacola se fabrica con líquido residual de las basuras de los pisos de estudiantes no me extrañaría lo más mínimo... a estas alturas poco o nada puede sorprenderme.
¿Os sorprendería si os dijera que en mi piso ya no queda papel higiénico porque nadie quiere comprarlo? El otro día recorté un trozo de sábana vieja para poder limpiarme el culo. La situación era tan esperpéntica que hice una foto del trozo de sábana para que las futuras generaciones del año 4000 vean en las pésimas condiciones que vivíamos los humanos de la II Edad Media (que va desde el año 1900 al 2790).
Existió hace tiempo un planeta en el que todo era de cristal. La gente, las casas, el suelo, la comida, las plantas... todo era de cristal transparente. Era un planeta en el que no existían las sombras, se podía ver a través de cualquier objeto, no había nada oculto.
Los habitantes del planeta podían ver todo. Si cerraban los ojos veían a través de sus párpados de cristal. Cuando se ponían una venda en los ojos veían a través de ella. Sus corazones eran de cristal. Las paredes eran de cristal. No existía la intimidad. No había nada oculto. No existían los secretos. No podían enterrar sus tesoros de cristal. No podían enterrar nada. Su pasado siempre estaba presente.
Un día llegó un visitante al planeta. Era un ser opaco procedente de un planeta lejano. Cuando bajó de la nave pronunció las palabras: “un pequeño paso para el hombre y gran paso para la humanidad” y al pisar tierra firme ensució el planeta con la suela de su zapato. Cuando puso el segundo pie en el frágil suelo de cristal todo comenzó a resquebrajarse. Las grietas se expandieron por todo el pequeño planeta. La gente también se resquebrajó. Impotentes vieron cómo sus cuerpos se descomponían. En cuestión de minutos el planeta se vio reducido a minúsculos trozos de cristal que se esparcieron por el universo.
Hoy en día no se sabe nada de aquella civilización. Toda su sabiduría se perdió para siempre. Pero, según cuenta la leyenda, todavía podemos verles cuando miramos hacia las estrellas a través del fondo de un vaso de cristal.
Lo peor que podía ocurrir ocurrió: el Rastafari se echó novia.
Era la típica imbécil sin personalidad con la cara llena de piercings que llevaba rastas en la cabeza, en los sobacos y seguro que hasta en el coño. Pero no eran unas rastas normales, sino de las que sólo pueden formarse cuando alguien no se lava el pelo en un año. Era realmente asquerosa, por eso mismo hacía buena pareja con el Rastafari.
Debería haberme alegrado cuando me la presentó si no fuera porque la noche anterior estuvieron follando a grito pelado sin dejarme dormir. Yo intentaba conciliar el sueño y cuando creía que por fin iba a dormir comenzaban de nuevo: venga el ruidito del colchón, los golpes contra la pared, los gemidos y los múltiples orgasmos en estéreo. Yo tapaba mi cabeza con la almohada pero no podía dejar de escucharlos. Me levanté y pasee por la habitación para pensar qué hacer. Por un momento quise llamarles a la habitación, ¿pero qué iba a decir a dos personas que están follando como conejos? Disculpad ¿podéis follar con un poco más de discreción? Es que no puedo dormir. Pero no hubiese sido buena idea.
Así estuvieron durante toda la semana. Yo trataba de permanecer en el piso el menor tiempo posible. Siempre que podía me quedaba en casa de algún compañero a dormir. Se pasaban día y noche follando. A veces hasta se lo montaban en el cuarto de baño. Parecían tener la receta del viagra en su sangre. Creo que les daba morbo que les escucharan, otra explicación no me cabe en la cabeza. Entre polvo y polvo salían de la habitación sonrientes, medio en pelotas y se bebían mi botella de agua de la nevera. Yo los miraba y pensaba que el futuro de la Tierra a largo plazo estaría lleno de rastafaris fumaporros. Dentro de 1000 años, en las típicas fotos en las que aparece un mono que evoluciona hasta el homo sapiens sapiens aparecerá un eslabón más: el rastafari fumosapiens marihuanensis. En momentos así uno piensa que la eugenesia y el exterminio no es una opción tan descabellada como parece.
Pero llegó el día de San Juan. Fui con los amigos a comprar bebida para el botellón nocturno. Cuando volví a casa todo estaba lleno de humo y de gente . Tenía miedo. Cada vez que el rastafari montaba una fiesta sucedía algo paranormal. El humo era exagerado. Pensé que se estaban haciendo un submarino con una cachimba del tamaño de un botafumeiro. No conocía a la mayoría de gente que estaba allí, algunas caras me sonaban del día que el rastafari montó la fiesta en la que me robaron la tarjeta de la cámara. Nadie me decía nada. Todos estaban bebiendo o fumando. De pronto se acercó uno que no sabía quién es.
- ¿Tienes papel? –me pregunta. - No, no tengo papel. ¿Se puede saber qué está pasando aquí? - Nos hemos comido setas. Estoy de un buen rollo que flipas. Todavía quedan unas cuántas raciones. ¿Quieres? En serio tío, te da un buen rollo... yo estoy de puta madre ahora mismo. - No, no, gracias... es que me tengo que ir ahora mismo a la playa.
Salí de la cocina y entré en el comedor. Entonces vi al Rastafari junto a un montón de chusma y su novia multiorgásmica. Todas las mesas y sillones estaban apartados. Mire hacia arriba y había una mancha negra en el techo. En el centro del comedor había un montaña de ceniza.
- ¿¿Pero qué coño es esto?? - ¡¡Fredy!! –dijo el rastafari– ¡nos hemos comido setas y hemos hecho una hoguera!
Me quedé de piedra.
- ¿Una hoguera? –pregunté. - Sí, sí. Carí –dijo girándose hacia donde ella estaba la multiorgásmica–. Enséñale a Fredy el video que hemos grabado. –Se volvió a girar hacia mí– Ahora verás que cafrá.
Ella se levantó y se acercó con su cámara digital. Me puso el video que acababan de grabar. Y... en fin... ¿para qué les voy a contar? Me quedé tan impresionado que le pedí que me lo copiara para luego poder colgarlo. Le he puesto música para darle un mayor patetismo a la escena. Vean, vean:
Al acabar de ver el video no sabía qué hacer. La gente ya estaba flipando demasiado con las setas y decidí irme a la playa aunque faltaba una hora para el botellón. Pasé la noche de San Juan consternado. Al saltar las olas deseeé con todas mis fuerzas que se incendiara el piso y se murieran todos. Pero volví a casa y todos los amigos del Rastafari seguían allí, algunos en coma etílico tirados por el suelo, otros durmiendo en el sofá, otros en la terracita del balcón hablando de cómo rentabilizar el THC de una planta...
Al día siguiente llamé a la casera.
- ¿Oiga? Soy Fredy, quería hablar con usted. - Sí, dime. - La última vez que vino a cobrar nos preguntó si queríamos seguir en el piso el año que viene. - Sí. - Yo quería decirle una cosa: el año que viene o sen van mis dos compañeros o me voy yo. - ¿Por qué no vienes aquí y lo hablamos? - Vale.