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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2007. 04/11/2007La triste y maravillosa historia del dinosaurio-galleta suicidaLa triste y maravillosa historia del dinosaurio-galleta suicida. Una superproducción casera que conjuga la fuerza del amor a las galletas con el deseo irrefrenable de un dinosario que nació encarnado en galleta que quería quitarse la vida. ¿Por qué se extinguieron los dinosaurios? Quizá este demoledor relato pueda darles la respuesta. 05/11/2007La mariposa![]() "Cuando la felicidad es demasiado grande, cuando a uno le curan de una herida demasiado mala, cuando todo es demasiado bonito, sólo hay un presentimiento que un hombre sensato pueda tener: algo está a punto de joderse." Lorenzo Silva – La flaqueza del bolchevique Me regalaron el póster cuando estábamos en Valencia. Me acuerdo que caminábamos sin rumbo, nos daba igual a dónde ir, lo único que importaba era estar juntos después de cinco eternos días sin vernos. Caminábamos cogidos de la mano. Cada dos pasos tenía la necesidad de apretarla hacia mí, quería sentirla cerca, quería que su tacto se quedase grabado en mí piel para recordarla cuando no estuviera. Siempre había odiado a esas parejitas que caminaban encarameladas. Se les veía tan felices que me parecían gilipollas, lo único que deseaba era que cruzasen sin mirar la carretera y que un camión cisterna los atropellara a ellos y a su nube de amor. Pero yo me había convertido en el gilipollas que tanto odiaba y que, en el fondo, envidiaba. Una vez caminaba con ella y me vi reflejado en el espejo de un escaparate. Fue una de las pocas veces en las que no me reconocí en el espejo. No era por mi cara, ni por mi tipo, tampoco había engordado ni me había salido nada raro. Lo extraño era que tenía una especie de apéndice a mi lado con forma de mujer. Se me hacía tan raro verme con alguien que me asusté. ¿Yo saliendo con una chica? ¿Eso dónde se había visto? Era como si no fuera yo. Durante el paseo llegamos hasta Nuevo Centro. Allí había una exposición de animales que no me importaba un pimiento porque ella estaba a mi lado y cuando ella estaba conmigo el resto del mundo y el universo era insignificante. En una de las paradas había una azafata con una urna. Era el juego de adivinar qué había dentro de una urna con los ojos vendados. Ella me dijo que no era capaz de meter la mano allí dentro y yo, como soy un orgulloso, le dije que iba a participar en el juego. Me vendaron los ojos y metí la mano sin miedo. Confiaba en que lo que hubiera dentro no fuese demasiado asqueroso. No creía que algo fuera peligroso porque no iban a poner dentro algún animal hambriento con dientes afilados. Entonces sentí un cosquilleo por mi mano, algo me la recorría, no era muy grande pero se adhería con ligereza en mi mano. No pesaba mucho. - ¿Es un escarabajo? – pregunté. - No, casi –dijo la azafata. - ¿Una cucaracha? - ¡Acertaste! Me quitaron la venda y vi que tenía una cucaracha en la mano. Las cucarachas me daban mucho asco pero en mi mano parecía un animal normal e inofensivo. Pasa con todo, cuando una cosa te da miedo o asco lo más difícil es tocarlo por primera vez, luego, cuando te acostumbras, es muy sencillo tocarlas y acercarte a ellas. Ya me pasó con las serpientes y las tarántulas. No espanté a la cucaracha. Saqué la mano de la urna y observé a la cucaracha. Me dijeron que era una especie de cucaracha de Asia, cosa que me daba igual. El premio por meter mi mano y jugarme la vida fue el póster que he mencionado antes. Era un póster de una mariposa con las alas extendidas como las que ponen en los museos. Vi que a ella le encantó el póster y decidí regalárselo. Ella decía que no podía aceptarlo porque era muy bonito. Yo le insistí en que se lo quedara, que a mí no me importaba, pero ella se mantenía en sus trece. Entonces, cual Salomón, le propuse que partiéramos el póster por la mitad y nos quedásemos una mitad cada uno y eso le pareció buena idea. Corté el póster justo por la mitad. A cada lado del póster se quedó un ala de la mariposa y prometimos que nos colgaríamos nuestra mitad de póster en nuestra habitación. Cuando ella no estaba miraba el póster. Lo tenía enfrente de mi cama. Representaba a la perfección lo que éramos. Nos separaba una distancia no muy lejana pero lo suficiente como para no poder vernos todos los días. Las clases, la rutina hizo que lo nuestro se reducía tan sólo a los fines de semana. “Me falta un ala para volar” Escribí una vez en el póster. Juntos volábamos. Pero separados sólo éramos un ala inútil e inservible. Éramos como esos aviones de guerra a los que un misil les ha alcanzado en el ala y que caen abatidos dibujando espirales de humo hacia el suelo. Un día llegó el frío. Llegué a su casa ilusionado por verla, tenía ganas de estar con esa persona que me hacía sentir bien. Pero la besé y sentí el frío. No sé cómo lo supe, pero esas cosas se saben. Noté que ese beso no lo sintió, que me lo dio por compromiso, que era falso. No le dije nada pero notaba que le pasaba algo conmigo. Estaba distante y me esquivaba, era incapaz de mirarme a los ojos. Aguanté eso durante tres días hasta que un día fui en bicicleta hasta donde ella veraneaba. Necesitaba hablar con ella y saber qué le pasaba. No me importaban los kilómetros de distancia, la necesidad superaba el cansancio que me podría ocasionar recorrer la distancia en bici. Cuando llegué le dije que fuéramos al lago. El mismo lugar en el que pasamos nuestros mejores momentos. Allí era donde le leía las cartas que le escribía. Algunas de esas cartas que le escribía tenían más de 20 folios mecanografiados. Creo que desde entonces se me desató la pasión por escribir. Le pregunté qué le pasaba. Y ella dijo que no me lo quería contar, que era una cosa que le había pasado y que no podía contármela. Le dije que necesitaba saberlo, que me estaba afectando a mí también y tenía derecho a saberlo. Tras media hora intentando convencerla accedió. Me lo contó todo. Hubieron muchas palabras, pero era fácil resumirlo: el chico que le gustaba antes de conocerme se le declaró hacía unos días y tenía dudas. Permanecí callado durante un tiempo escuchando. No pronuncié palabra, estaba procesando y digiriendo lo que me contaba. - Pero yo te quiero a ti –concluyó ella. - ¿Y si me quieres por qué tienes dudas? En el lago se deslizaban los patos y el silencio. El sol se reflejaba en el agua. - Será mejor dejarlo –dije yo– y cuando se te quiten las dudas me avisas. - ¡No! ¡Eso no! Si no quería contártelo era para que esto mismo no sucediera. Te necesito, necesito que estés a mi lado, no quiero que te vayas. Silencio y más silencio. - ¿Para qué quieres que esté a tu lado? ¿Para que te ayude a decidirte entre otro tipo y yo? ¿Necesitas que te dé palmaditas a la espalda mientras decides si me cortas la cabeza o no? - ¡No! ¡Eso no es! ¡Yo te quiero! - Me voy, yo no voy a estar a tu lado para que te decidas. Cogí la bici y me senté en ella. Antes de comenzar a pedalear me giré para verla por última vez. Estaba acurrucada mirando al lago y llorando. Yo no lloraba por fuera, pero sí por dentro. Comencé a pedalear hacia casa. Iba a oscurecer y no tenía luces en la bici así que aceleré el vertiginosamente el ritmo de mis pedaleos. No me importaba el cansancio, estaba hecho una furia, no quería quedarme parado, necesitaba que me dolieran las piernas para no pensar en nada. Hasta que llegué a un camino de huertos donde no había nadie, tiré la bici al suelo y di el grito que necesitaba dar, un grito que venía desde el estómago con el que expulsé toda la rabia que contenía dentro. No me quedé mejor, pero era mi única forma de estallar. Pasé unos días encerrado. No sabía qué hacer. Me ahogaba en su mar de dudas. Necesitaba saber qué pensaba, dónde estaba, qué hacía. Sentí que yo no dependía de mí sino de ella. Y en medio de ese naufragio estaba el ala de mariposa colgada en la pared. Ella era la única testigo de lo que ocurría. Al fin y al cabo era la más afectada de todas. En un arrebato le escribí una carta. En un sobre funerario metí a un amor agonizando y a un loco desolado. Le pregunté por dónde volaba nuestra mariposa. Nunca recibí una respuesta. Ella comenzó a salir con otro chico al cabo de unos meses. Se olvidó de mí, dejé de existir para ella. Lo último que supe de ella es que después de leer mi carta sólo tenía una cosa clara: que jamás volvería conmigo, que no debía haberle preguntado por qué tenía dudas entre un tío que sólo sabía hablar de porros y yo, y que nunca había dejado de ser egocéntrico que conoció. Había una estela de ausencia en mi habitación cuando miraba el medio póster de la mariposa. Estaba enfrente de mi cama y todos lo días, antes de apagar la luz de la mesita era lo último que veía. El recuerdo que no podía volar me acompañaba en las pesadillas, el recuerdo de que yo era un avión abatido cayendo espiral me azotaba las pupilas. Pensé que el único final posible era que las alas se volvieran a unir con una cinta de celo. O al menos que se juntaran y se enterrasen en algún lugar fértil en el que plantar una flor en un acto completamente psicomágico. Un día de Noviembre todo cambió. Me levanté como esos gatos que siempre caen de pie. Mis nudillos estaban destrozados de pelearme contra las paredes y los espejos. Mi hígado se resintió. Con valor, con rabia y sin pensar arranqué el póster de la pared. Lo aparté de mi vista. Estaba harto de él. Yo ya sabía que no podía volar, pero no quería que un póster me lo recordase como si fuera una maldición insultante. Años más tarde hablé con ella. Fue una conversación formal. Nos pusimos al día, vimos los avances de uno y de otro. Fue una conversación repleta de “Yo sabía que tú llegarías a eso”, “yo sabía que tú podías hacerlo”, “Nunca dudé de que conseguirías tus sueños”, “siempre confié en ti”. Y ya en el rellano, el lugar en el que se dicen las cosas importantes, antes de despedirnos con un “hasta pronto” que se traduciría en un “hasta tarde” quise preguntarle una cosa. - ¿Te acuerdas de la mariposa? - Sí, claro que me acuerdo. Durante mucho tiempo la tuve colgada en mi habitación y al verla siempre me acordaba de ti. Nunca quise quitarla y siempre la tuve allí. Pero el año pasado, cuando me mudé de casa, la quité. Desde entonces la guardo en una caja. ¿Tú qué hiciste con la tuya? - También la guardo en una caja. Nos quedamos mirándonos. - Oye –dijo ella– tengo el estómago vacío, podríamos ir a comer algo. - Es buena idea, yo también tengo el estómago vacío. Y llenamos nuestros estómagos de comida para paliar algo más que el hambre. Y entonces, después de eso, ya pudimos decirnos un falso hasta pronto. 14/11/2007El Aleph está en tu nevera y no en lo íntimo de una piedra Abro la nevera y está vacía. Tengo que ir a comprar. Subirse a un autobús a las seis y media de una tarde de noviembre es un acto poético. Ya es de noche y la ciudad está iluminada de tristes y cálidos tungstenos. Miras a través del cristal sucio las luces de los coches y escuchas el rumor del tráfico. Los del asiento de atrás mantienen una conversación sobre móviles. El chico cuenta que se cambió de número y le dio el móvil a su novia, el problema es que mucha gente todavía tiene su antiguo número y llaman a su novia cuando quieren dar con él. No sé qué caras tienen, pero trato de imaginármelas. Dos paradas después ellos se levantan para salir y les veo las caras. No eran como me esperaba. Tenían la cara mucho más demacrada de lo que creía. A la gente siempre se la imagina mejor de lo que es. Nuestra mente, nuestros ojos, nuestras lentes hacen más bellas a las personas. A veces me gustaría quedarme ciego para no poder ver la decrepitud de las personas. Todo sería más bonito y evitaría ver la erosión que el tiempo ejerce sobre nuestras caras. Tan sólo me quedarían las palabras, los gestos y el contacto físico. No vería nunca más una mirada esquiva, una mueca de asco y no vería las calles sucias con esos feos chicles asquerosos incrustrados en el suelo. Todo me lo imaginaría recién pintado y radiante. Toda la gente estaría siempre sonriente aunque sólo perciba de ellos el ruido de sus pasos. Ahora sólo veo a un inmigrante con la mirada perdida y con las manos destrozadas de trabajar. Existe una fauna en la ciudad. Ratas, cucarachas, hormigas, gorriones, todos ellos se han adaptado a lo urbano. Saben que el árbol en el que viven está en un parque y que no están en plena naturaleza. Con los poetas ha pasado igual, se han tenido que urbanizar, ya no evocan a los lagos, ni a las praderas, ni hablan de la naturaleza. Tienen que hablar de azulejos, ladrillos, paredes o charcos. El Sol ya no se ve entre los edificios y a los pájaros ya no se les escucha cantar. Hay una chica guapa en el autobús. Ella sabe que es la chica más guapa de todo el autobús porque está todo lleno de viejos. Al levantarse para bajar en su parada un viejo le mira el culo con una expresión que dice: “ojala tuviera 30 años menos”. Yo tengo los años que él desearía tener y no hago nada. El viejo piensa que soy idiota. Todos los viejos dicen lo mismo, que aproveche el momento, es un carpe diem sexual. Seguramente, cuando sea viejo (si no lo soy ya) pensaré lo mismo. Llego al supermercado. Lleno el carro de la compra con lo primero que veo. Paseo mi cesta-carro entre estantes de tomate cruzándome con más gente con carrito. No nos miramos a las caras porque nos avergonzamos. Sé que todos están pensando lo mismo que yo. Que somos inútiles. No nos miramos por la vergüenza de no estar cazando, como debería ser, para conseguir nuestros alimentos. Nos hemos convertido en una auténtica basura animal. Compramos trozos de filetes ya cortados, ya ni siquiera los criamos para matarlos y comérnoslos, ahora nos los tienen que cortar ellos e, incluso a veces, cocinar. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Dónde está mi espíritu guerrero y cazador? Las sociedad da asco. Nacimos así y ni siquiera nos hemos planteado nada. Todo está hecho e inventado. La era digital consiste en meternos los dedos hasta la campanilla para vomitar todo lo que hemos bebido. Me pongo en la cola de la caja. Hay una empleada del supermercado que ha terminado el turno y se pone delante de mí. Sólo va a comprar una cosa: una caja de condones. La compañera de la caja le pregunta “¿Hoy toca eh?”, ella no dice nada, sólo sonríe con esa sonrisa que sólo puede tener una mujer que sabe que se la van a follar bien follada. Salgo de allí pensando que todos somos irreales. Que no hay nadie auténtico. La gente de la ciudad se oculta en sus burbujas. Caminan abrigados con sus chaquetas, con sus mochilas llenas de apuntes y con sus ipods. A la gente de ciudad la distingues porque siempre llevan auriculares que resuenan débilmente. A los poetas los distinguirás porque están observando, intentando captar la belleza de las cosas, descubriendo en cada segundo que hasta en la más remota mota de polvo hay belleza. Hoy es de esos días que siento que dentro de mí se anidan los poemas más bellos. Hierven con burbujas y a veces salen por los poros como el vapor, pero la gran mayoría se quedan dentro y nunca ven la luz. Cada vez que te subas en un autobús estarás escribiendo una poesía urbana. Luego, cuando llegues a casa, recordarás lo triste que es todo y verás que las cosas no son mejores en un autobús o en un supermercado. Te desesperarás yendo y viniendo de un lado a otro, estarás atrapado en casa, abrirás y cerrarás la nevera un millón de veces, como si dentro de esa nevera buscaras una respuesta a una pregunta indefinida, como si allí dentro algún día apareciera el Aleph que llene el estómago de nuestra curiosidad. Como si algún día, al abrir la nevera, apareciera ese algo que te fuera a solucionar la vida.
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